Cómo hemos cambiado

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El Teatro Real celebra su 200 aniversario rescatando una Aída con el destartalado montaje de Hugo de Ana.

 Aída - Teatro Real

 

Hace unos días estuve en el Auditorio Nacional escuchando Rinaldo, la ópera de Haendel. La daban dentro del ciclo barroco del Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM). Pensaba, de camino a casa, en lo que nos perdemos con la versión concierto: se priva al espectador de toda la dimensión escénica que es consustancial a la ópera. El caso de Rinaldo es el del perfecto hueso duro de roer (un marrón, vamos): un libreto absurdo que mezcla las cruzadas con la leyenda artúrica. ¿Qué se hace con eso? Pues, o se tiene a un director de escena absolutamente brillante o las tres horitas se hacen bola.

 

Me reía (por dentro) recordando estos lamentos cuando el jueves fui a ver Aída, al Teatro Real. ¡Cómo eché de menos la frialdad del escenario con los atriles y los músicos! ¡El hieratismo! El estarse quieto. Porque el montaje de Hugo de Ana que han rescatado para los fastos de 200 aniversario (tiene 20 años) es tan absurdo, tan desproporcionado, tan absolutamente delirante que les digo que no sé si la música estuvo mejor o peor. Me explico: Aída es una obra monumental, escrita en el frenesí del descubrimiento del antiguo Egipto y encargada para la inauguración de la nueva ópera de El Cairo. Los lugares exóticos estaban de moda en el siglo XIX; ahí está Carmen, Turandot o Butterfly. Es la composición de un Verdi entrado en años sobre un libreto (de Antonio Ghislanzoni) lleno de errores históricos: hay un templo de Vulcano que es culpa de Herodoto (que se enteraba de las cosas a medias) y tampoco es cierto que a los traidores se les enterrara vivos. Estas óperas de ubicación pintoresca son un encargo envenenado. Los aficionados están hartos de cármenes con mantón de manila y don josés de patillas frondosas. Por eso celebramos tanto cuando un director de escena decide salirse del cliché y ofrecer al público una propuesta inteligente.


¿Cómo puede ser que el mismo teatro ofrezca, con seis meses de diferencia, la Carmen dirigida por Calixto Bieito y esta Aída de Hugo de Ana? Pues francamente, ni idea. Para que no piensen que exagero: hay un momento en el deambulan por la escena unos actores semimomificados, porque todo el mundo sabe que en antiguo Egipto las momias iban de acá para allá haciendo sus cosas. Como hay que hacer algo mientras suena la música (¡quiero acción!), empiezan a desvendarse y a vendarse entre ellos. Hay mucha metáfora con trapitos largos a lo largo de la ópera: pareciera que el director quiere usar esta idea de la venda, el fular y la bufanda, como motivo conductor o vaya usted a saber. Gente caminando con la manita levantada, dioses egipcios sacados en procesión (la famosa romería de Osiris), soldados del mismo bando luchando entre ellos sin que sepamos muy bien por qué, sacerdotes llevando de una lado para otro un mamotreto parecido al arca perdida (que sin embargo abandonan en mitad del desierto cuando se cansan de portearlo); gente cantando subida a una pirámide, soldados que saltan como monos, bailes agarraos, etíopes pintados como el negro del Colacao («yo soy aquel negrito, del África tropical…»). Hay mujeres lanzando besos sin saber muy bien a dónde, ejércitos que hacen una cosa y la contraria (gente poniéndose en guardia sin tener enemigos delante, amenazando a la nada). En fin, una ristra de estupideces enmarcadas entre dos proyecciones (un telón traslúcido delante, una pantalla detrás) de Egipto como de tebeo de Astérix del que uno quiere largarse cuanto antes.

 

Aída - Teatro Real

 

No es una producción clásica, es una producción mala, que recuerda por momentos a los desfiles bíblicos de la Semana Santa de Lorca. Nada de lo que sucede en ese escenario tiene el más mínimo sentido, ¡ni siquiera es agradable de ver! Una suntuosidad torpe, una dirección de actores más que cuestionable, una retahíla de lugares comunes durante cuatro actos, tres horas con el descanso. Al final, aplausos tibios, medio teatro largándose nada más caer el telón. Desbandada general después de saludar a Nicola Luisotti, el director, porque la orquesta está francamente bien.

 

Aunque reconozco que hay algo valioso en todo esto: esta reposición conmemora el vigésimo aniversario de la reapertura del Real. Así empezaron. En las últimas temporadas hemos visto montajes extraordinarios, como el de Billy Budd de Deborah Warner o la Rodelinda de Claus Guth. Si el teatro quería mostrar dónde empezó y hasta dónde ha llegado, mi más sincera enhorabuena.