‘Cómo hemos llegado hasta aquí’. La risa irreverente salpica las gradas del Teatro del Barrio

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Si una gran parte de los italianos adora España y los españoles y sueña con venir a pisar suelo ibérico no es por el jamón serrano o de bellota, no es por el flamenco y menos por los toros, porque lo que a los italianos más le gusta de España es la España de Almodóvar. Aunque resulte una decepción para algunos, el director manchego sería recibido con los brazos abiertos si fuera designado embajador en Roma. La pasión que atormenta el corazón azzurro poco tiene que ver con las borracheras de la movida madrileña de los ochenta, sino con la libertad engañosa de Miguel Bosé en Tacones lejanos, la frágil fuerza de Penélope Cruz en Volver, la excentricidad descarada de Entre tinieblas y el romanticismo dramático de Marisa Paredes en La flor de mi secreto. Lo que generalmente unía a los personajes de la primera fase cinematográfica del director era cierta locura libertadora y en parte masoquista que generaciones de jóvenes italianos miraban con celo.

Es por eso que, al ver la escenografía de la obra de Andrea Jiménez que, junto con las dos protagonistas, Nerea Pérez y Olga Iglesias, escribió el texto, no solamente la vista se alegra por la vuelta inesperada del coloreado plató de televisión de los años ochenta, sino que el recuerdo vuelve sobre aquellas películas que hicieron famosa España en la parte de Italia más progresista. Pero si bien la escena del gazpacho, en la que la mímica de Olga provoca una risa casi histérica, se parece al famoso gazpacho con somníferos de Carmen Maura en Mujeres al borde de un ataque de nervios, lo cierto es que la obra (Cómo hemos llegado hasta aquí) se aleja bastante del estilo almodovariano y se mantiene fiel a las técnicas narrativas teatrales.

En una versión más estridente de un famoso programa que Raffaella Carrà presentaba en la RAI, Nerea Pérez viste el traje de presentadora, psicóloga y coaching espiritual intentando que Olga denuncie frente a todo el mundo (los espectadores) los abusos de la sociedad moderna. Un grito liberador contra los anticuados estándares de género, contra el poder alienante del capitalismo y contra lo políticamente correcto que a veces esconde una forma de violencia y censura todavía peor. ¿Se acuerdan de Network. Un mundo implacable, la película que en 1976 dirigió Sidney Lumet, con Faye Dunaway, Peter Finch y William Holden? Peter Finch/Howard Beale hacía su ingreso en el plató de la cadena UBS con un impermeable beige y el cabello mojado por la lluvia torrencial de la ciudad, se situaba ante la cámara con aire pensativo y dirigiéndose al espectador daba comienzo a una avalancha de recriminaciones sin fin.

“No tengo que decirles que las cosas están mal, porque todo el mundo lo sabe. Hay crisis, mucha gente está sin empleo o con miedo de perder el que tienen. […] El aire es tan malo que no se puede respirar y los alimentos son tan malos que no se pueden comer. Seguimos sentados ante el televisor mientras un locutor nos cuenta que durante el día ha habido quince homicidios y sesenta delitos violentos como si eso fuera lo más corriente del mundo. Sabemos que las cosas están mal, […] todo en todas partes se vuelve loco y ya no queremos salir a la calle. Nos quedamos en casa y lentamente el mundo en el que vivimos se empequeñece y solo decimos ‘por favor, dejadme vivir tranquilo en mi living, dejadme mi tostadora con mi radio, con mi televisor y mis electrodomésticos y no diré nada. Dejadme en paz’. ¡Pues yo no voy a dejarles en paz! Quiero que se irriten conmigo, no que protesten, no que hagan manifestaciones, ni que escriban a sus congresistas porque yo no sabría decirles qué es lo que deben escribir. No sé qué hacer con la crisis, ni con la inflación, ni con los rusos, ni con el crimen en las calles. Lo único que sé es que tienen ustedes que montar en cólera. Tienen que decir: ¡Soy un ser humano maldita sea! ¡Mi vida tiene un valor! Quiero que ahora se levanten todos de sus sillones […] que vayan a sus ventanas, que las abran y que saquen la cabeza gritando: ¡Estoy más que harto y no quiero seguir soportándolo!”.

La obra de Nerea y Olga nunca llega a la ironía tan amarga de la película. Si por momentos nos subre una rabia desde las entrañas al reconocer la misma irritación que todos hemos probado al menos una vez frente a la vida, al mismo tiempo nos aflige comprobar que el presentador, Howard Beale, no solamente es el producto de lo que él mismo desprecia, sino que además está destinado a convertirse en su principal víctima. En Cómo hemos llegado hasta aquí la risa nunca esconde una mueca de resentimiento. Por fortuna las dos actrices y autoras no dejan que el silencio ocupe el espacio de la meditación perpleja, y sin embargo el resultado es casi idéntico.

Por fin Olga siente que sus miedos han sido exorcizados: “Qué maravilla. De verdad, me alegro mucho de haber llegado hasta aquí. […] Puede que me levante en medio de la noche otra vez con dudas, con miedo. Pero no importa las veces que te caes, sino las que te levantas. […] Es de Mohamed Alí. Es para decirle a todo el mundo que, si tiene un sueño, una pasión, que no se rindan, porque si yo he llegado hasta aquí todo el mundo puede”. La vulgaridad y banalidad de las máximas pseudofilosóficas se repiten como si Olga de pronto se hubiera convertido en aquellos monos con platillos y una sonrisa espantosa. Nerea intenta cambiar el rumbo que parece haber tomado el programa, sin mucho éxito. “Para hacerte la autosanación te vas a un retiro de yoga en Teruel”, grita la presentadora desconsolada. El conflicto y la denuncia no debían acabar en un proceso de autodescubrimiento y pacificación espiritual, sino en una protesta aún más grande y solidaria para que los viejos errores no se repitan.

Todas, de una forma u otra, somos huérfanas de una generación de padres que con la transición democrática en España y el boom económico en muchos otros países europeos se han quedado atrapadas en un limbo entre la tragedia pasada y la esperanza de un futuro más progresista, un limbo que ha dificultado la toma de conciencia feminista de muchas de nuestras madres y que ha retrasado inevitablemente la nuestra. Nerea presiona Olga para que hable sobre la difícil relación con su progenitora, para que mire al pasado con ímpetu y valentía, sin darse cuenta de que el pasado es algo contra lo que Olga no puede luchar sin que ella misma sucumba.

Dónde: Teatro del Barrio, Madrid

Cuándo: Hasta el 11 de diciembre

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