Como los cóndores

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Bastaría romper cualquier peñasco para que salte una cascada, o levantar una roca para que surja un humedal. La alta montaña es una fábrica incesante de agua y el agua aquí se confabula con la tierra para cargar la existencia de pantano

 

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La montaña mata casi siempre a traición. Oculta, emboscada dentro de sus pliegues y repliegues. Vista a lo lejos surge fingiendo ser una masa compacta y podríamos creer en su inocencia, que se desvanece cuando uno comienza a penetrarla. Los detalles permiten descubrir que la cordillera es un laberinto de misterios y engaños: cañadas que se truncan en paredes impenetrables, desfiladeros y cuchillas empinadas, cerros que se abren hacia el horizonte, valles empotrados entre las cimas, inimaginables cuando se contempla todo a distancia. Del borde a otro de un cañón se puede conversar a gritos, aunque haya horas de camino por medio. Aquí cambia rápidamente la percepción del tiempo y las distancias. La cordillera sólo se descifra andando sus trochas, antes será una imponente desconocida, que se ofrece rodeada de luces. Y vista desde lejos parece provocarnos, llamarnos a que arañemos sus entrañas.

 

 

2

 

De Santa Rosa de Cabal a la vereda La Linda y de allí a Potosí, sube una carretera empedrada rodeada de ganaderías. Los potreros cambian del color verde intenso al verde frío, para dar paso a una rara combinación de color marrón seco a medida que se asciende en la cordillera. La vegetación se torna más enana, hasta que entramos a unos rincones dónde el bosque ya no es de árboles sino de nubes. Niebla que se unta, que se adhiere a todo, envolviendo los caminos, las vacas con los terneros, las casas de madera mojada.

 

Bastaría romper cualquier peñasco para que salte una cascada, o levantar una roca para que surja un humedal. La alta montaña es una fábrica incesante de agua y el agua aquí se confabula con la tierra para cargar la existencia de pantano. Arroyos, musgos. Nieblas, aguaceros.

 

Potosí ha sido desde hace mucho el punto de partida de caminantes y montañistas que quieren adentrarse en el sector occidental de la serranía nevada del Cumanday, como la llamaron los indios Quimbayas, o del Parque de los Nevados, como figura en el mapa. También es el punto de contacto con la civilización que sirve a los colonos, últimos sobrevivientes dentro de estas lejanías, ya que es el único acceso carreteable por el occidente de la cordillera. De aquí hacia arriba son caminos de herradura empedrados, que se convierten en cataratas cuando llueve y barrizales cuando escampa.

 

La gente de esta tierra tiene los ojos claros y la piel pálida, enrojecida de frío. Guardan la introspección de todos los moradores de los altos Andes. Hacen de la parquedad y la fatalidad su modo de acostumbrarse al entorno.

 

Potosí era una gigantesca hacienda dónde antes se criaron ovejas para explotar su lana. Ahora es un fundo lechero con cientos o quizá miles de cabezas de ganado. Reses de tierra fría, que dan decenas de litros de leche diarios. En los bordes de Potosí, alcanzando los 3.000 metros de altura, el panorama cambia bruscamente: los desfiladeros quedan atrás para dar cabida a valles y hondonadas amplias, mucho menos duras. Los pastos verdes dan paso al pajonal amarilloso. Los árboles desaparecen, una sucesión de arbustos, zarcillos y matorrales de hojas aromáticas invade las cañadas. Nos metemos dentro de una nube, o ella se mete dentro de nosotros, que es igual, tapando cualquier horizonte. El frío agota los pulmones y quema la cara. Al otro lado de las nubes se encuentra el sitio a dónde vamos, el páramo, una infinita extensión de soledad y de silencio.

 

 

3

 

El páramo no es un lugar sino un conjunto de leyendas. Tampoco es apropiado decir que es un ecosistema. Más bien es una noción en la cabeza de campesinos y caminantes. El páramo es mezcla de humedad, amenazas y lejanías, un sitio más allá de la altura, un paraje después del cielo, dónde la soledad quiere impregnarlo todo. En el páramo se derramaron todos los tonos sepias, marrones y mates del universo para mojar las plantas y las piedras. Allí no se respira aire sino agua, no se pisa tierra sino marisma, no se siente el viento sino el hielo rugiendo en ráfagas. El páramo es una contradictoria y extraña combinación de asombro, desolación, belleza, terror y alegría.

 

Una caída, un tropiezo, un camino extraviado o un desmayo, son fáciles equivalentes de la muerte a esta altura. Muerte por hipotermia y congelamiento cuando baja la oscuridad. Y no sobra aclarar que de noche es humanamente imposible atravesar el páramo sin equivocar el rumbo.

 

Los frailejones se acomodan en los bordes del camino. Millones de centinelas cabezones, altos y delgados, desafiando el viento. Un año para crecer un centímetro demora un frailejón y los hay de más de tres metros. Entre una ladera y otra, una tanda de cojines de agua se nos traspone igual que una trampa. Es imposible caminar sobre estas masas de hojas rellenas de líquido, los pies se hunden por la carga de 25 kilos a la espalda, la travesía se antoja imposible cuando la respiración se hace pesada. Un arriero de cara tostada nos hizo antes la advertencia desoída: nunca se debe abandonar el camino para tratar de acortar el trecho.

 

De Potosí a la laguna del Otún son cuatro horas trillando valles y quebradas. De ahí al sur, al paramillo del Quindío se va un día, al valle del Cocora dos. Por el oriente, atravesando la cumbre de la cordillera,  casi tres jornadas a los termales de Cañón y el nevado del Tolima pasando por la finca El África. Por el norte se puede salir al nevado del Ruiz y mucho más allá al Paramillo de Sonsón. Todas las distancias se miden en paso de hombre o de bestia. Esto es lo más parecido a un desierto de las alturas, con mínimos rastros de presencia humana.

 

Los campesinos tienen una reverencia anormal hacia el páramo. Lo respetan. Generalmente lo miran con temor al traspasar sus caminos. Entre las laderas de Cortaderal y el Bosque, bordeando el Paramillo de Santa Rosa, mataron de escopetazos a un hermano de Miguel Rivera. Dicen que era cuatrero, pero quién puede saberlo si la montaña es cómplice que guarda todos los secretos. En las faldas del nevado del Tolima, cerca a su finca, cayó asesinado el finado Humberto Cañón, famoso entre montañistas y guardabosques. Se insinuaría que es una zona recorrida por guerrilleros y soldados, pero cómo tener certezas entre las cimas de la incertidumbre. En la laguna del Otún naufragó un bote con obreros que construían una cabaña para los guardabosques: el bote jamás apareció y de los cuatro ocupantes sólo uno flotó como cadáver más de 20 días después del suceso. Recuerdan que unos estudiantes que atravesaban el valle de los romerales por el Quindío, tuvieron la mala fortuna de tropezar con un humedal dónde se hundieron sin remedio. Las trochas se han tragado un sinnúmero de caminantes, desaparecidos sin dejar huella. El páramo los esconde para siempre.

 

¿Sabremos entender ésta estepa andina de frío y soledad, si ella misma es la consagración del misterio? ¿Es posible descifrar el páramo, la incógnita más alta de la montaña? El páramo es indescifrable. No puede comprenderse, sólo atravesarse.

 

A un lado vemos el pico norte del paramillo de Santa Rosa, casi puede tocarse con los dedos aunque probablemente haya varios kilómetros de distancia. Al frente está el nevado de Santa Isabel y al otro lado unas vegas que se tienden suaves hacia el pequeño riachuelo que más abajo se transformará en el Campoalegre. Estamos a 4.200 metros de altura y la inmensidad nos envuelve. No lo sabemos todavía porque vamos extraviados, pero a estos los llaman los valles del cóndor, entre el paramillo y el nacimiento del río Otún; son un complejo de turberas, humedales y largas concentraciones de cojines de agua. El camino se desdibuja cada cuatro o cinco metros, se bifurca una vez tras otra, se confunde con los rastros de las conejeras y los espacios yermos entre pajonales. Los pasos pesan más que el plomo. Los tropiezos abundan. Los músculos se tuercen.

 

A un pasito está la laguna del Otún, que nunca vemos y brota de repente, inmensa y deslumbradora, nos estrellamos con ella: sólo se deja contemplar cuando estamos ya en su rivera. Tres cóndores juntos nos han volado encima a la mitad de la tarde, en el momento justo dónde errábamos el rumbo. Insinuaban una explicación: el páramo es un lugar hecho de silencios.

 

 

4

 

El nevado de Santa Isabel, con 4.965 sobre el nivel del mar, es el menos elevado de los que quedan dentro de la serranía. El Cisne y el Quindío, no tan altos, ya no se consideran nevados porque perdieron la mayor parte de la masa glacial a causa del calentamiento global. El Tolima se levanta más allá de los cinco mil metros en forma de copito de nieve, alcanzar su cumbre es una verdadera proeza. Hace un año la hipotermia mató en sus laderas a Lady Isabel, montañista caleña. El Ruiz, con más de cinco mil metros y muchos kilómetros de glaciar, es tan imponente que puede verse desde cientos de kilómetros a la distancia. Echaba una fumarola de cenizas desde el cráter, amenazando con despertar otra vez como en 1985.

 

El Santa Isabel es pequeño pero hermoso. Sus tres cumbres son praderas de nieve que enceguecen de tanta blancura. Desde allí es imposible no pensar en lo minúscula que es la vida humana, lo miserable de la existencia atenazada por fuerzas abrumadoras e incontrolables. Desde allí somos gotas de rocío que escurren cañada abajo.

 

Subir una montaña no tiene otro final que volver a bajarla, después de alcanzar la cumbre. Iguales a Sísifo, condenados a empujar arriba la roca que caerá de nuevo. En la cumbre del nevado los cóndores vuelan en círculos cortando las neblinas, contemplando sobre la altura las nieves perpetuas. Son capaces de volar horas, suspendidos entre ráfagas heladas que nunca abandonan la alta montaña. Pienso entonces que quisiera ser como ellos, como los cóndores.

 

Ya viejos y cansados, escogen el pico más alto de la cordillera arrojándose desde la cima. Se elevan hasta lo imposible dejándose ir por algún cañón, buscando el desfiladero más profundo y empinado, el más riscoso y vertical, el más intensamente estrecho. Caen en picada libre miles de metros, destrozándose contra los peñascos. Los campesinos creen que así es como eligen la fecha de su muerte, en lo más profundo de la montaña. Es su forma de alcanzar la eternidad.

 

 

 

Camilo Alzate. 26 años. Moreno. Colombiano por convicción. Nació y vive en Pereira, una ciudad dónde las únicas letras valiosas son las letras de cambio. Enamorado de las montañas. Escribe porque no sabe hacer otra cosa. En FronteraD ha publicado La escritura y el viento

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Autor: Texto: Camilo Alzate      Fotos: Juan Guillermo Arias, David Quintero, Edison Cano, Camilo López y Jesús Antonio Hoyos.