Cómo meter a seis cronistas de Indias en un taxi mexicano

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Muy fácil: lo mismo que a seis elefantes: dos delante y cuatro atrás. Así recorrimos la inverosímil distancia entre la librería Palinuro de México (nombre imaginario, donde un tipo que se parecía a Joaquín Sabina y que en realidad era Joaquín Sabina vestido con chaqueta de terciopelo negro con microscópicas estrellas de caspa compraba lápices de colores y libros) y el Museo Nacional de Antropología (nombre nada imaginario) en un extraordinario lapso cuántico de 40 minutos. Según mi tocayo disfrazado de taxista que en realidad era un taxista aunque no lo parecía, por lo paciente, socarrón y sabio (a diferencia de la mayoría de los taxistas españoles –léase Madrid: sinécdoque de los taxistas españoles- no se tiraba a la piscina a opinar sobre todo lo habido y por haber, lo divino y lo humano hasta que se le daba veda en tamaño entierro, y siempre con cautela, con una elegancia que no sé si era herencia colonial o precolombina), fueron poco más de 1,7 kilómetros. La silla vacía y Orsai (léase Olga Lucía Lozano y Karina Salguero-Moya) iban sentadas en el asiento del copiloto. El País, eCicero, Jotdown y FronteraD (léase Pablo de Llano, Fernando García Mongay, Enric González y el que suscribe) detrás. Como hermafroditas, hermanos, sierpes mitológicas o sencillamente humanos enroscados, mi querido Enric y el copista (que se hicieron amigos cuando El País era otra cosa, es decir, años luz), iban como en suave y vestida coyunda, yo en su regazo, como nunca antes nos vimos y no creo que nos volvamos a ver. No llegó la sangre (ni la leche) al río, porque cuando restaban todavía “quinientos metros” (dijo el conductor) para el museo, decidimos deshacer el entuerto de querer ensartar kilómetros con una lanza en ristre y nos bajamos. Fue hacerlo, y hacer las fotos de forensía, volver Alfonso a la cabina de control y a la letanía del salpicadero, despejarse el tráfico (que en México DF dicen tránsito) y licuarse el atasco como por ensalmo.

 

 —Señor, ¿hay una palabra en México para embotellamiento?, preguntó amabilísimo Pablo de Llano en medio del marasmo.

 —Sí… (un, dos, tres, casi cuatro segundos): embotellamiento.

 

Animado, Alfonso quiso, en vista de nuestros rifirrafes políticos, sexuales y periodísticos, saber dónde tenían su corte los Reyes Católicos, dónde terminaba Castilla y qué fue de lo que fuimos. Al final estuvimos a punto de llegar a una cordial transacción: venderle España al buen hombre por el taxi, pero no cuajó el negocio, para pesar nuestro y alivio de un conductor bienhumorado que desmintió el estereotipo (imaginario) de que es más difícil que un taxista entre el reino de los cielos que una serpiente emplumada pase por el ojo de una aguja.

 

Llegamos con bien, vivos, coleando y si cabe más amigos de lo que entramos, a la primera sesión pública del segundo encuentro de cronistas de Indias que la Fundación Gabriel García Márquez para un nuevo periodismo iberoamericano (hay que tener cuidado con los nombres, porque te pueden envenenar la sopa y avinagrar el guacamole) al que nos había convidado en este México DF intransitable, fantasmagórico, lindo y atroz, que nos atrae siempre como un rarísimo imán que descifraron, cada uno a su manera, Rulfo, Bolaño y Monsiváis. Ya volví a Madrid, pero echo de menos a los cien cronistas capaces de discutir como náufragos, sin patetismo y sin quejarse de la sal que se te mete en las heridas. Creo que si España quiere salir de su depresión debe dejar que sea ahora América Latina quien la descubra.

 

 

(Alfonso, el taxista, es el autor de la primera fotografía: de izquierda a derecha: Fernando, Olga Lucía, Enric, Karina, io y Pablo. Fernando García Mongay tomó a su vez la imagen de Alfonso)