¿Cómo nos abrazamos entre redes?

0
227

 

El pasado 7 de diciembre, Jasmín Donoso publicaba un post titulado «Padece usted angustia digital», un artículo cargado de buen humor, cuya lectura recomiendo, que retuiteé rápidamente con un matiz añadido. «En la línea de Bauman», el influyente sociólogo que habla del mundo «líquido» en nuestra era electrónica, esa que nos ha hecho esclavos del teclado, del móvil y de las computadoras. El director de esta revista, Alfonso Armada, entonces me responde en Twitter con esta pregunta: ¿Cómo abrazar un cuerpo líquido? Es la misma pregunta que lanzo a los lectores ahora: ¿cómo nos abrazamos entre redes?

 

Gozamos de la palabra, de los matices en los comentarios, de las imágenes, de los vídeos, de reproducciones musicales, y sin embargo, se nos olvida que el tacto, el contacto directo, el valor de una mirada, que la auténtica desvirtualización es la real, que el maremagnum digital es un reflejo de lo que queremos dar a conocer, es parte de la imagen que deseamos proyectar, es tan sólo un destello en medio de una corriente colectiva y ensordecedora. Se podría incluso aplicar, también en las redes, la idea de «simulación» de Maquiavelo en El Príncipe: «Muchos ven lo que parezco pero pocos lo que soy».

 

Estamos demasiado pendientes de un trending topic, de un breaking news, de hacernos visibles al mundo que incluso llegamos a olvidarnos de quienes tenemos sentado justo a nuestro lado. Es muy curioso, viajar en transporte público y darse cuenta que un Ipad es el mayor entretenimiento de quien está sentado junto a ti. Tu compañero de viaje preferirá entonces encender su nuevo gadget, ver una película o escuchar música, en detrimento de una buena conversación. Cosa que también pasa con la lectura de un buen libro.

 

Pero no hace falta ir más allá, sucederá hasta en las mejores familias, matrimonios que discuten por el uso abusivo del móvil. Miramos tanto el móvil que nos perdemos la belleza de quien tenemos justo enfrente de nosotros. Primero fue la televisión, ahora es nuestra permanente conexión a Internet. Fijaros que ya, antes de la implantación de las redes sociales, Lipovetsky hacía referencia al walkman en La era del vacío

 

El triunfo de las redes sociales sirve para explicar, de alguna manera, el triunfo de sociedades cada vez más individualistas. La hiperrealidad, de la que algunos hablan, es precisamente aquella en la que comienza a mezclarse tanto el mundo real con el virtual, en la que uno ya no sabe identificar cuál es la verdadera de la ficticia. Baumann se refiere a la «generación electrónica» como aquella que pasa cada vez más tiempo habitando en el universo virtual que en el mundo «real» (off line).

 

¿Podría decirse whassapéame, en lugar de bésame, retuitéame por vamos a charlar o a ir de copas, o facebukéame en lugar de dar un paseo? Claro que no, pero sí se trasladan las ideas digitales hacia acciones reales.

 

Albergo la esperanza de que sí, tal vez sí, se pueden abrazar los cuerpos líquidos, respondiendo a la pregunta inicial. De que más allá de la Red, también confluyen las energías, las sinergías, de que la conexión establecerá interesantes vínculos que jamás hubieran existido sin la ayuda de las nuevas tecnologías. Las redes sociales conectan a personas porque también unen ideas a miles de kilómetros de distancia. La intención de Berners-Lee, creador de la web en 1989, está latente y avanza cada día, la web también nos humaniza, nos enlaza con los intereses de otros, y sí nos hace más inteligentes en la medida que aprendemos de ella cosas nuevas.

 

Compartiremos mucho más de lo que imaginábamos porque esto es tan sólo el principio de lo mucho que está por venir.

 

 

Fátima Margu nace en la antigua Emérita Augusta (Mérida, Extremadura) un caluroso verano de 1981. Ha trabajado como profesora de Universidad, periodista e investigadora. Aficionada a Internet y eterna alumna con una única vocación: cuestionarse qué está pasando para procurar llegar a la Verdad de las cosas. Alma viajera, siempre con la intención de hacer extraordinario aquello que para muchos pasaría desapercibido porque no se pararon a observar la belleza o el trasfondo que una instantánea puede condensar.