Cómo se hace una nivola

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Me he pasado buena parte de la mañana postrado en el sofá, con la vista unas veces en el ventilador del techo y otras hojeando al buen tuntún varios números atrasados de revistas, sin ganas de hacer nada más, o más bien, con ganas de cerrar los ojos y dormir: dormir hasta sacudirme el letargo. Cuando me siento así, entre hastiado y somnoliento, me viene siempre a la memoria la figura de mi admirado Sherlock Holmes, con su violín y su morfina, aunque mi única morfina en estos casos suele ser la música barroca o ponerme a leer un libro de fácil lectura. Esta mañana buscaba precisamente alguna novela detectivesca protagonizada por Holmes (o, en su defecto, por Marlowe o por Hercule Poirot), pero hete aquí que, en medio de mi somnolencia, me he topado con una vieja edición, medio desencuadernada, de Cómo se hace una novela de Miguel de Unamuno.

 

Con qué gusto y facilidad vuelvo a leer a don Miguel y de qué manera siento su pulso vital, su ritmo prosístico, el vasto caudal de su ensimismado discurso, entreverado todo él de citas, de reflexiones extemporáneas, de referencias históricas, políticas y hasta periodísticas, en donde se habla en un renglón de Kant y de Kierkegaard y en el siguiente de Primo de Rivera o la ría de Bilbao. He de confesar que una vez dejada atrás la adolescencia, Unamuno terminó por cansarme -o, mejor dicho, me llegaron a cansar sus monsergas religiosas, su ansia de absoluto y ese miedo a la muerte, que era tantas veces en él una obsesión histérica y pasada de rosca-, pero ahora, según releo este breve escrito, la verdad es que me gusta todo, incluidas las monsergas y el sentimiento trágico, además de parecerme un texto enormemente original.

 

En su destierro en París, y luego en Hendaya, el solitario Unamuno debió sufrir días y días de aburrimiento y somnolencia, como me pasa a mí en esta mañana de viernes. ¡Oh, la soledad y el tedio de la página en blanco cuando nada se tiene que decir porque nada pasa, salvo aquello que le pasa a uno por la cabeza! “Héteme aquí ante estas blancas páginas – blancas como el negro porvenir: ¡terrible blancura!”. Así empieza este extraordinario escrito unamuniano, una especie de monólogo interior entretejido alrededor de su experiencia del destierro, por un lado, y por el otro, con la invención, no demasiado convincente, de un personaje hecho a la medida del autor, un tal Jugo de la Raza, que ha de morir en el momento en que termine de leer su novela, la novela de su vida, que no es otra que la novela que escribe don Miguel mientras reflexiona sobre el modo en que se hace una novela.

 

Toda novela, toda obra de ficción, todo poema, incluso todo relato histórico, nos dice Unamuno, es una manifestación autobiográfica. Cierto. Pero una novela no es ni puede ser un diario, a no ser que el diario invente los sucesos. Ni puede ser un relato histórico, por más que incluya personajes reales. Ni puede cuestionar la verdad de lo que se cuenta. O sí puede hacerlo, pero entonces ya no será una novela al uso. Unamuno llamará a eso que hace él “nivola”.

 

Las nivolas son, por lo general, un experimento fallido, pero genial, como casi todo lo que hace Unamuno, incluida esta breve ficción autobiográfica, en la cual se cuestiona el valor real de la novela. O su irrealidad, más bien, en clave paradójica.

 

La novela es desde el Decamerón de Boccaccio -si no antes- una ficción que se presenta como verdad histórica a sabiendas de que no lo es. Ya sea el Lazarillo o Robinson Crusoe, Emma Bovary o Fortunata y Jacinta, toda novela, sin excepción, juega con la falsa premisa de su veracidad. Nadie que abre una novela se lleva a engaño, pero el éxito del género reside precisamente en creerse que aquello ha pasado. Cuanto más cierto nos parece lo que leemos, más valor artístico le otorgamos. El folletín también cuenta, naturalmente, y puede que sea lo que más nos divierta, pero una verdadera novela sólo lo es si crea una imagen (o un espejismo) de realidad. Si el Quijote y El rojo y el negro son obras inolvidables no es por lo que pasa en ellas, sino porque lo que pasa está protagonizado por personajes que tienen más existencia que sus propios autores.

 

Ese espejismo, sin embargo, es lo que menos le gustaba a Unamuno, que quería desde un principio, ya desde el mismo prólogo, dejar bien sentado que sus novelas (o sus nivolas) no eran más que un mero reflejo de su propia personalidad, no un reflejo de la realidad externa, tan alejada e inalcanzable como lo es un planeta para el astronauta que gira perdido en su órbita.

 

Cierro el libro y bostezo. Bostezo y miro el blanco del techo, el blanco del papel, mi propio vacío, mi propio solipsismo.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.