Como un rompecabezas

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Muchas historias no serían las que son sin los personajes secundarios que pasean por entre sus líneas, abriéndose paso aunque sea a base de merecidos codazos. Lo importante es que todas las piezas encajen unas con otras en un perfecto engranaje como si de un rompecabezas se tratase. A veces es una simple cuestión de comodidad el asumir un papel u otro. Tanto te acostumbras a ir de comparsa, a pasearte por la vida de puntillas, que ya no te imaginas en otro papel que no sea el de secundario y está tan denostado ese papel que nos olvidamos de que casi siempre los secundarios aportan el punto exacto de verosimilitud que les falta a los protagonistas, más empeñados en lucirse y llevarse esos fugaces honores y su “vanitas vanitatum”… Esos personajes secundarios, algunos tan importantes y entrañables como la maravillosa Marta y el Gran Flaco en La perorata del apestado, de Bufalino, o como el imprescindible boticario arribista de Madame Bovary. En cualquier caso cuánta responsabilidad y qué carga tan pesada cambiar la tranquila grisura de tu vida por los oropeles del éxito.

Aunque hay otras veces que es tan solo una cuestión de azar, las cosas te vienen así: el papel principal lo tiene cualquiera menos tú, hasta que de repente, un golpe de suerte, un premio en la lotería de la popularidad, o lo que es aún peor: una desgracia que de golpe te hace subir al candelero del protagonismo. Y mira por dónde, sin querer te conviertes en el centro de atención aunque sea por unos días o por unas horas, porque el protagonismo, además de puñetero –Warhol y sus quince minutos de fama, ya sabéis–, es de lo más efímero que hay en esta aventura que es la vida.

A mí me sucedió cuando me quedé sin trabajo, y me vi en la cola del paro. Por un motivo tan triste y humillante como este me convertí en la protagonista de un montón de conversaciones, cotilleos, un protagonismo que me quedaba tan grande como una cama de metro ochenta medio vacía… y tan fría. Todos opinaban sobre mi futuro y ya que estaban, por qué no hacerlo también sobre mi presente. Imaginaos, “… y ya no es ninguna cría”, y “al menos sigue soltera” y “mejor eso que una enfermedad”… pues claro, nos han jodido… sin salud ni siquiera tienes paro… Y así, de ser casi invisible, me convertí en el perejil de todas las salsas familiares… Han pasado unos meses y aún lo sigo siendo, aunque menos, también es verdad. La sorpresa de mi despido ha dado paso a la resignación y a esa cruenta conmiseración, como un cuchillo. No queda otra.

Aun así, a veces no puedo evitar contemplar la situación desde fuera, como si estuviera en un cine de sesión continua y mi vida no fuera otra cosa que una película a la vista de todos: aparezco sola, perdida, con el desamparo de una niña pequeña que no sabe a dónde se dirige, con un montón de dedos que me señalan mientras yo poco a poco me voy encogiendo en mi butaca, intentando hacerme mínima hasta desaparecer. Y pese a todo, no dejo de ser una ingenua: aún espero confiada que uno de esos dedos que me señalan, sea el del personaje principal de la película, que se decida a salir de la pantalla para llevarme con él, como le sucede a Mía Farrow en La Rosa Púrpura de El Cairo; esa apocada camarera, fantasiosa que como yo, acaba de perder su empleo y encuentra consuelo en la sala oscura de un cine. Una vida de película la suya en la que los seres de ficción quieren tener una vida real y los seres reales quieren tener una vida de ficción. Como si todo fuera tan fácil como entrar y salir de una pantalla de cine a tu antojo, esperando mientras dure la película a que un desconocido aparezca y te cambie la vida. Y ¿qué más da cómo sea, digo yo?,  si al final consigues vivir lo que muchos han soñado: enamorarte del protagonista, sentirte importante, ver como tu vida se convierte en una de esas historias que tanto te hacen disfrutar, desde el brillo de una gran pantalla de cine, sola en una sala a oscuras… ¿No os parece?

Por eso alguna vez he pensado que para acabar siendo una protagonista de segunda prefiero ser una gran secundaria, perfeccionando, en la medida de mis posibilidades, esos rasgos de mi carácter que tanto y tanto me pesan, darles nuevas dimensiones, una mayor cercanía asumiendo que son otras las estrellas, esas personas que más nos quieren, las que sostienen realmente el argumento de toda nuestra existencia, también la mía. Y la vuestra…

 

 

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Foto: La Rosa Púrpura de El Cairo, de Woody Allen.

Manuela della Fontana, escritora oculta. Después de trabajar muchos años en el mundillo editorial, rodeada de facturas e impuestos, decidió dar el gran salto y retomar esta “vocación” suya escribiendo con mayor regularidad. Fue entonces cuando empujada por algunos amigos salió a la luz, compartiendo sus vivencias en su blog Soñando con maletas y en las revistas vozed, e Hyperbole donde colabora habitualmente. @enmanuelle2002