Como una suite de Bach

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1.

 

Abre los ojos al día y esta habitación le recuerda a otra que tuvo él antes, hace unos largos años. Una habitación de estudiante que, curiosamente, queda muy cerca de aquella en la que está ahora. A unas pocas calles de distancia, de hecho.

Siente un ligero vértigo en el estómago: el rumor de las cortinas blancas, la luz alerta de la estufa. Las voces de la calle. El butanero; gritando. Millennials que se negocian en la mañana algunos porros. El barrio gótico en su esplendor sabatino.

Respira profundamente.

Se queda un rato en silencio, ronroneando, dijéramos.

Piensa sin pensar en cómo, en este momento, todo su pasado reciente se acaba de hacer humo. Aquí las sombras, aquí los suspiros.

El ritmo pausado de la mañana.

Piensa, mientras se viste y sus pies tocan el suelo frío, que -afortunadamente- el presente está lleno de fantasmas (un humo lleno de fantasmas, a su alrededor: como una profética aura).

Al poco, en la terracita, tomando café y leyendo a Vinyoli, suena una suite de Bach.

Ella dice: es como un orgasmo.

Y él asiente.

 

2.

 

Es una terraza de Rambla Catalunya; varias noches antes.

Están hablando de fantasmas, pero de fantasmas matéricos, de los que van más allá de su dimensión natural, autorizada. Su interlocutor sabe de lo que habla.

Él le mira, con una perplejidad asombrada. Quiere saber. Su interlocutor sabe. Por eso él pregunta, muchas cosas. Quiere saberlo todo. Quiere entender. Entenderlo todo en un sentido metafísico, pero también desde un punto de vista personal.

(el símbolo, como sabía Trías, no es nada si no aúna emoción y conocimiento)

La larga conversación le deja aturdido y -no sabe por qué- algo sonámbulo.

(la narcosis de la intensidad del pensamiento)

Camina hacia casa bajo la sosegada incertidumbre de otra madrugada, pensando en la realidad matérica de los fantasmas. Cierra los ojos, en intermitencias.

Camina en la noche barcelonesa, instigado a las sombras.

 

3.

 

Suena Bach ahora mismo en su casa.

Es domingo por la mañana.

Diría que es el primer momento de sosiego y placidez, de soledad, más bien, del que ha dispuesto en toda la semana.

Suena Bach y él piensa en berberechos.

Lee unos versos de Proust, de su poema “Muchachas en flor”. Dice así: “No insistamos, debemos saber sacrificar / -de la etimología podemos prescindir-/ las cosas sin belleza: por ejemplo, la mierda”.

Y se pregunta, mientras ve languidecer la tarde, si los fantasmas son belleza o mierda; o acaso ambas cosas a la vez.

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