¿Compasión programada o crueldad organizada?

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Las emociones vuelven: ¿alguna vez se habían ido? Las emociones encarnan la violencia del alma, de tener un alma. Compasión, asco, tristeza, ira, miedo, alegría… Es necesario saber gestionar nuestras emociones, oímos. Pero solo se gestionan cadáveres, vivencias previamente troceadas, diseccionadas, arrancadas de su suelo corporal de verdad. Ciertamente, la “liquidación de existencias” en curso ha de comenzar por la carne. Un buen ciudadano del primer mundo no debe tener sangre en las venas; solo perfil, currículum, circuitos de influencia y estrategias urbanas. En resumen, esa fusión de impotencia real y prepotencia virtual que le hará visible, ágil y competente. Como se dice al comienzo de La caída del imperio americano (D. Arcand, 2018), tener una inteligencia pragmática, castrada en su singularidad, es indispensable para sobrevivir en un capitalismo cuya esencia solo puede consistir en correr, vendiendo quincalla. Tal vez podría verse el giro hacia el espectáculo del último capitalismo como un intento desesperado de conquistar el sur, integrando en un enfriamiento programado a esa población (obreros y campesinos, niños, mujeres, viejos, inmigrantes) antes reluctante a economizar sus pasiones diarias. No es la llamada inteligencia artificial, al fin y al cabo una ilusión de élite, lo que amenaza a esta civilización. Las vidas están coaccionadas desde dentro por una masiva emoción artificial, un secuestro gregario de la sensibilidad corporal desde la que todavía podríamos vivir y pensar por cuenta propia.

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Incluso las redes, supuesta alternativa a la información clásica, viven de arder con cualquier cosa. Dominados como estamos por un impresionismo informativo que se multiplica en red, obsesionado por una cobertura viral que no deja respiro, existe un problema en nuestros escenarios solidarios. Hay en el narcisismo grupal de nuestros contenidos, en la media aritmética de nuestra compasiva solidaridad a distancia, una lógica implícita que abandona la compasión real para los pocos seres marginales que se atreven a sentir por cuenta propia, con su cuerpo, sin estar pendientes de la alarma social de turno.

Fijémonos en el racismo de nuestros focos y cámaras. Se puede grabar con detalle cómo se ahogan lentamente una madre y su hijo en el Mediterráneo, pues son perfectas víctimas “profesionales” para alimentar nuestro bienestar de seres del primer mundo. De ningún modo se haría eso con gente blanca de Utah, Ámsterdam o Cáceres. Lo que señalamos a veces sobre “malas prácticas” informativas es solo la punta de iceberg de un sutil racismo informativo, práctico y teórico, que debe realimentar los muros simbólicos del bienestar en la llamada sociedad internacional, intramuros de la secta liberal que pretende dirigir el mundo. Es ya casi imposible, por ejemplo, imaginar otra África distinta a ese infecto “anti piso-muestra” (Beigbeder) de horrores a cuya vuelta el personal de las empresas punteras de Francia, Italia o España se sentirá más a gusto. Esa África logra aliviar el leve escozor de nuestra confortable muerte a plazos en la parrilla de la macroeconomía. Vista así la información, volcada sobre todo en los horrores ajenos, es la punta estadística del entretenimiento, el turismo barato y diario por unas sucias afueras que de rebote sedan casi cualquier malestar. Mi vida es dudosa, como todas, pero después del telediario ya parece otra vez normal. Y afortunada: al menos “puedo elegir”, se dice.

Este racismo perceptivo se prolonga en el conjunto casi infinito de lo que se llama cobertura de la actualidad. El asesinato de una mujer española en Estados Unidos es tratado de un modo cuidadoso, sobrio y prudente. Si se produce en un estado mexicano, al crimen le seguirán días y días de imágenes, datos e “informaciones” sobre el infierno mexicano y el holocausto de feminicidios incesantes. Etcétera. Como si el problema principal en México, con un desarrollo que se acerca cada vez más a España o Inglaterra, no fuese la muerte lenta por sobrecarga de trabajo, soledad y aburrimiento.

No nos cuesta nada, todo lo contrario (satisface nuestra egoteca), tener víctimas lejanas a nuestro cargo, oscuros inmigrantes que piden ayuda y están deseando arribar a nuestras radiantes y democráticas costas. Sería delicioso escuchar a Ivan Illich hablar de la información como lo hizo con la medicina contemporánea. Pero tenemos al Baudrillard de La agonía del poder: “Éstas son la indiferencia y la abyección que planteamos como reto a los otros: el desafío de envilecerse a su vez, de negar sus propios valores, de mostrarse al desnudo, de confesarse y admitirnos; en definitiva, de responder mediante un nihilismo como el nuestro. Procuramos arrancarles todo esto a la fuerza, mediante la humillación en las celdas de Abu-Ghraib o la prohibición del velo en las escuelas. Pero eso no nos asegura la victoria: es preciso que vengan por su propio pie, que se autoinmolen en el altar de la obscenidad, de la transparencia, de la pornografía y la simulación mundiales; que pierdan sus defensas simbólicas y emprendan por sí  mismos el camino del orden liberal, la democracia y el espectáculo integrales”.

El problema no está en las fake news, que son una cortina de humo, sino en el conjunto de la información que consideramos seria. Es la cabeza buscadora de un radar social que, para que la gente no estalle entregando su vida al genocidio consensuado de la economía, debe localizar sistemáticamente el mal fuera. Por ejemplo, de ningún modo vamos a intentar comprender el sufrimiento humano de los que han sido declarados malvados oficiales en nuestra incesante guerra justa, esta interminable película en blanco y negro que rueda en nuestras cabezas la sagrada alianza político-informativa: los serbios en el conflicto de los Balcanes, los sirios leales al régimen de Assad (al fin y al cabo, como Irak o Libia, solo una dictadura frente al caos que allí hemos alimentado), la población simpatizante de Rusia en Ucrania… A las otras víctimas, no elegidas e incómodas, cuyo rostro nunca vemos, les llamamos (como en el bombardeo de los Balcanes) daños colaterales.

El propio fondo binario (0/1) de la tecnología tiene que indicar algo de nuestro dogmático dualismo de base. La inquina actual contra el Nobel concedido a Handke demuestra que nuestra compasión está masivamente programada por intereses políticos abyectos (liquidar cualquier cultura que resista, balcanizar el mundo) y no se apea fácilmente de los carriles bélicos por los que discurre. Hay un fondo estratégico militar tras casi todas nuestras iniciativas civiles masivas, por solidarias, feministas o verdes que parezcan. La misma Greta Thunberg, con su aire de inocencia mutante, no deja de obedecer a nuevos intereses parciales, no menos siniestros y crueles que los anteriores.

¿No hay salida entonces, está todo infectado por la corrupción global? No. Sí hay salida, pero comenzaría por lo que en principio no estamos dispuestos a emprender: limitar drásticamente la cobertura informativa en nuestras vidas y atrevernos a sentir y pensar por cuenta propia. Solo desde una nueva soledad, la de cada uno de nosotros con su laberinto, podría reiniciarse otra comunidad, compasiva con el ser humano y los entornos reales.

El problema es que cuando la mayoría de los escritores o intelectuales de éxito toman la palabra… En fin, lo normal es que pronto nos sitúen de lleno en la meseta del maniqueísmo y la victimización habituales. Los malos, la falta de compasión y la crueldad están en los otros, los violentos, los taurinos, los miembros de la derecha extrema, los machistas, los rusos o los agentes chinos. No en nosotros, los intelectuales, profesores, periodistas, hipsters y neopijos de izquierda que habitualmente llenamos las salas oficiales y alternativas de la solidaridad, en general, confortablemente enmoquetadas en su aire climatizado. Nosotros, los progresistas, nunca somos el mal. Nosotros, los que somos capaces de decir sin despeinarnos que no existe el Otro, puesto que el Otro (sic) “soy yo”. Ahí queda eso.

Bajo este estatismo continuo y polimorfo, residiendo sin cesar en sus escenarios maniqueos, es difícil empezar a hilar por fuera sin parecer estar sufriendo (incluso ante los amigos) cierto desvarío paranoico. O cierta colonización cultural que habría que reeducar, como se dijo de las 100 firmantes del vilipendiado manifiesto francés contra MeToo. La primera crueldad nuestra es que nos pasamos la vida ocultando la simple dureza de ser. Existir siempre es una singularidad sin equivalencia, sin posible igualación. Tal vez al nacer yo, inmediatamente, destroné a mi hermana, que acaso sufrió durante años. Existir como persona singular significa pisar a otros, irremediablemente. Esta fatalidad se podría suavizar con el afecto, el humor, la amabilidad, la buena educación. Pero no. Estamos tan encantados de habernos conocido que no reparamos en los detalles de lo que ocurre alrededor. Cada uno de nosotros lleva años juzgando, ninguneando, anatemizando, dando caña, criticando, discriminando… ¿Nosotros (mujeres, profesores, periodistas, parados) solo somos víctimas, no somos culpables de ninguna crueldad? Vamos, por favor. La voluntad desesperada de ser alguien, en este escenario global de la indiferencia, nos hace con frecuencia sordos a todo lo que tenemos que pisar para avanzar. Escuchar, percibir se ha vuelto una tecnología punta improbable, asediados como estamos por una “libertad de expresión” que arde en red. El estrés de emitir continuamente para ser visibles, reenviando las balas rebotadas que hemos recibido en nuestras pantallas, nos salva de la escucha, de habitar una tierra común.

La crueldad de ser, alimentada por el peso de haber nacido distinto y tener que morir singularmente, es siempre el punto de partida, por muy progresistas que seamos. Negar esto es ejercer un maniqueísmo propio del B/N de una vieja película de vaqueros: el indio malo (violento, taurino, inculto, cazador, derechista, machista…) de un lado; el vaquero bueno, ahora ecofeminista, del otro lado. Una crueldad frecuente consiste en considerar que el otro, el que no es como nosotros (sea mujer africana o china, varón ruso o boliviano), es necesariamente una víctima que está deseando escapar de su infierno. Claro, el pobre otro no tiene democracia ni recicla la basura, no goza de Derechos Humanos ni tecnología punta de tarifa plana ni Liga de fútbol. Es normal entonces que desee fugarse de su maldición natal para escaparse con nosotros, donde al menos el crimen y la ablación no son groseros: vale decir, ocurren fuera de campo y son anímicos. Anímicos también quiere decir: que nuestra crueldad se ejerce a través del control férreo del tiempo de las vidas, no en visibles espacios de encierro. Hasta en nuestro favorito espacio de encierro, la empresa, la tortura media es a través de la dictadura líquida de la cronología.

Es así que detrás de la frecuente comprensión progresista hacia los inmigrantes (a veces por parte de alguien que, al vivir en una urbanización vallada de Pozuelo, nunca los va a sufrir cerca) está el racismo de pensar que el otro-otro es infecto, vive en una cultura de mierda y con condiciones miserables que claman por una vida mejor, lo más parecida posible a la nuestra. Detrás de la compasión programada digitalmente, la crueldad del desprecio analógico, real.

Casualmente, buena parte de nuestras campañas de solidaridad (en torno a la ablación de niñas africanas, la situación de las mujeres en Irán o Irak, la de los niños en Siria, los jóvenes alternativos de Rusia o la juventud de Hong Kong) coinciden con la ofensiva militar de un Occidente liberal que ha bombardeado toda nación que no hablase inglés o no estuviera armada hasta los dientes. No podemos quejarnos de que algunos países, no solo la famosa Corea del Norte, no se fíen de las bondades democráticas de la sociedad internacional. Es curioso, por ejemplo, que el tema palestino esté casi sistemáticamente excluido de nuestra conmovedora compasión digital. Es posible que esa cuestión toque los intereses de esos otros Elegidos que pesan tanto en la empresa informativa, víctimas ejemplares del Holocausto de ayer (una y otra vez reactualizado en pantalla panorámica) y actual vanguardia en el racismo democrático que ejercemos en la mitad del globo.

Lo que se llama alegremente cultura no nos salva, incluso cuando es de élite, del beligerante esquematismo informativo. De hecho, puede ser significativo que la celebrada crítica se desarrolle con frecuencia en edificios que hace veinte años eran cuarteles. ¿La cinta blanca? Dicho sea de paso, ¿no es el éxito europeo de Haneke la expresión de lujo que a los elegidos de este maniqueísmo que nos blanquea anímicamente? Dejaremos el tema para más adelante.

Como sea, con la solidaridad y la compasión teledirigidas hemos montado un inmenso negocio que lava nuestras conciencias y cualquier posible complejo de culpa. El mensaje subliminal es: Hemos sido muy malos antaño, pero ahora nos estamos corrigiendo con la crítica y la autocrítica. Para muestra, esta inmensa cadena de desdichas que enseñamos a diario. A la vuelta de la panorámica informativa sobre la cadena de desastres diarios que nos rodean, los esclavos de la macroeconomía se sentirá un poco más a gusto, a fin y al cabo han vuelto a comprobar que fuera se vive mucho peor. ¿No es esta percepción media en sí misma racista? El lenguaje políticamente correcto, que oculta en la penumbra lo que en verdad hacemos, acaba por confirmar el limbo virtual en el que vivimos. Comparado con este trastorno bipolar, ¿no era un juego de niños la hipocresía católica de antaño?

Inmenso negocio, el de la ayuda, que genera además miles de puestos de trabajo y nuevas formas de corrupción. No hace falta recordar las tropelías de los soldados de la ONU o las orgías sexuales, con prostitutas baratas, de nuestras ONG punteras. Como se dijo del cáncer: más viven de la tragedia del Mediterráneo de los que mueren en sus aguas. Esto puede sonar mal, incluso a las consignas de esa extrema derecha que todos hemos contribuido a alimentar. Pero el problema político es justamente el inverso: es la impiedad real de nuestro progresismo ideológico, oficial y alternativo, lo que alimenta las ideologías que decimos que no nos gustan, tanto en Europa como en América. Por poner un ejemplo nimio, casi nadie de la izquierda que ha logrado ocupar su escaño bajo el nuevo sol ecofeminista se acercará a mirar con detalle de qué manera Moore muestra en Fahrenheit 11/9 a un siniestro Obama que prepara el terreno de Trump. Estamos contra las groserías de este último, no contra la americanización del mundo, una dialéctica aislamiento real/espectáculo virtual que nos ha convertido en zombis indiferentes.

Good news, no news. La información, religión indiscutible de la época (vive del oscurantismo de confundir el presente con la actualidad de la cobertura), se ha convertido en un inmenso dispositivo para blanquear nuestra mala conciencia. Según nuestros ignorantes baremos racistas, tenemos un nivel de vida incomparable ante el de los pobres habitantes del Tercer Mundo. Por debajo, sin embargo, nuestra depresión larvaria, nuestra desvitalización (pronto no podremos ni ligar sin GPS o una aplicación de móvil) se ha convertido en crónica. Así al abrir los informativos de la compasión programada y asomarnos, entre café y whisky, a la vida horrenda que llevan los otros, víctimas indefensas de un sistema del cual nosotros no somos parte, lavamos automáticamente nuestra mala conciencia.

Supremacismo progresista. Nosotros somos el sistema, tal vez lo peor de él, pues nos creemos absueltos por haber leído a Foucault. Al participar además en cientos de masivas campañas solidarias, borramos cualquier sombra de pecado. Bajo cuerda, vivimos sin embargo de lo que se ha llamado industria de la agonía (S. Marai). Viendo a diario lo mal que le va a los demás, al otro lado de la pantalla, automáticamente nuestras dudosas vidas se sienten realzadas. Nuestro débil malestar, que nunca deja de amenazarnos, se difumina. La libertad de expresión, enredada con una alarma social vociferante, es la mejor forma de reprimir la verdad. Y la compasión, que solo puede nacer de lo que hay de subdesarrollado en nosotros y que es única, intransferible para cada cual.

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Ignacio Castro Rey
Ignacio Castro Rey es doctor en filosofía y reside en Madrid, donde ejerce de ensayista, crítico y profesor. Siguiendo una línea de sombra que va de Nietzsche a Agamben, de Baudrillard a Sokurov, Castro escribe en distintos medios sobre filosofía, cine, política y arte contemporáneo. Ha pronunciado conferencias en el Estado y en diversas universidades extranjeras. Como gestor cultural ha dirigido cursos en numerosas instituciones, con la publicación posterior de siete volúmenes colectivos. Entre sus libros últimos cabe destacar: Votos de riqueza (Madrid, 2007), Roxe de Sebes (A Coruña, 2011) y La depresión informativa del sujeto (Buenos Aires, 2011), Roxe de sebes (Fronterad, 2016), Ética del desorden (Pretextos, 2017). Acaba de publicar Sociedad y barbarie, un ensayo sobre los límites de la antropología en Marx.

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