Compromisos

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El consejo que un indolente como yo le daría a cualquiera que esté pensando en hacer algo fuera de lo común, como construirse un barco, escribir una novela o perderse un año por la Patagonia, es contárselo primero a todo el mundo. No hay nada mejor que involucrar a la gente en nuestras propias locuras.

 

A este respecto me acuerdo siempre del comienzo de Voyage en Espagne, donde Teófilo Gautier explica con mucha gracia la razón de su viaje. Un buen día de abril el escritor, en amena charla con sus amigos, deja caer que de buena gana se iría a España. La frase desiderativa, dicha al buen tuntún, se convierte casi de inmediato en una taxativa declaración, y así cuando sus amigos se lo encuentran pocos días después por la calle le preguntan cuándo parte rumbo a los Pirineos. “En unos ocho días”, termina por responder aturulladamente el bueno de Teófilo. Y pasados esos ochos días, al verlo todavía por París, uno le dice, muy sorprendido, que lo creía ya en Madrid, y otro, verdaderamente maravillado, si es que ya había regresado. No le queda más remedio, pues, que marcharse ante la perspectiva de que sus amigos, cual frenéticos acreedores, lo persigan por los teatros y los restaurantes parisinos por el impago del prometido viaje a España.

 

Lo prometido es deuda, dicen. A mí me pasa hasta cierto punto con este blog. Desde hace meses llega el viernes y, nada más despertar, ya tengo la murga en la cabeza de que tengo que rellenar seiscientas palabras con lo primero que se me ocurra. Pero lo que suele ocurrir es que llega la tarde y nada se me ha ocurrido. Me digo entonces, “bueno, esta semana escurro el bulto. Ya me vendrá la inspiración la próxima”.

 

Así que salgo a la calle. Como la tarde es espléndida, me siento en un banco del Paseo del Océano, saco mi kindle y me pongo a leer el último número del New Yorker. Hay un artículo interesantísimo de James Wood sobre el estado de la novela en la actualidad…, pero hete aquí que cuando estoy en medio del asunto, y lleno de interés por lo que leo, suena el móvil. Al otro lado de la línea una muy amiga mía me dice que acaba de abrir mi blog y que se ha extrañado de no ver colgada la nueva entrega. Y sin darme tiempo a responder, añade que espera que de una vez por todas cuente lo que trae Teófilo Gautier de su pueblo cuando viajó a España allá en 1840.

 

– ¿Teófilo? Esta misma mañana pensaba en él.

 

– ¡Claro! – me ataja mi amiga. Tienes que utilizar la cita que te envié por email cuando hables de mi pueblo…

 

– ¿De qué cita hablas?

 

– No te hagas el despistado. La cita de Baudelaire sobre la extraordinaria facultad que tenía Gautier para establecer místicas correspondencias entre las cosas.

 

– ¡Ah, las correspondencias…!

 

La llamada de mi amiga no me deja otra alternativa. Acelero el paso, llego a casa y busco en mi biblioteca el libro del poeta. Alguno dijo que Gautier escribía con luz y colores en lugar de con tinta, y otro que en su viaje a España aparece de todo menos españoles. Ciertamente los meridionales pueblos de la España de Gautier están despoblados, como lo está el pueblo de Alhama por el que pasó el poeta en su camino hacia Málaga, aunque mi amiga y Baudelaire tienen toda la razón: Gautier es un maestro a la hora de conjuntar colores y sabores.

 

El asfixiante calor que experimenta en su primera noche en Alhama queda sutilmente asociado a la comida picante, mientras que contrasta con el frescor de la sandía que se toma al levantarse y cuyo refrescante líquido le corre por el codo. Luego, al darse un paseo por el pueblo, la facultad visual tampoco desmerece. Las calles solitarias, de aspecto africano, le llevan de la plaza al borde del tajo, cortado a pico, en el que aparece “en medio de unos macizos de árboles algunos molinos que pone en movimiento un torrente cuya agua parece un jabón por la mucha espuma que produce”. Sé que a mi amiga todo esto le emociona porque desde ese punto descrito por Gautier hace 170 años se levanta la casa de sus padres desde cuyo balconaje veía ella de niña esos mismos molinos, ese mismo torrente y quizá hasta esos mismos árboles.

 

La llamo por teléfono y, tras leerle lo que acabo de escribir, le propongo que a lo mejor la tarea que debería hacer, ella mucho más que yo, es recorrer a través de Google Earth toda la ruta de Gautier desde que entró por Irún hasta que salió por la frontera catalana.

 

Me dice que sí, que le parece buena idea. Yo lo único que le digo es que empiece a contarlo por ahí …

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.