Con chanclas y a lo loco

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“El verano, tiempo para las vacaciones anuales, suele ir acompañado de algunas circunstancias desagradables que tienden a instalarse entre nosotros como costumbres inveteradas. Las bermudas y las chancletas entendidos como vestuario de paseo y vida social ya son, con muy pocos quinquenios de servicio, parte esencial de la estética contemporánea y, sin respeto a los puntos cardinales del ocio y de sus diferencias climatológicas, no queda un refugio en España, ni en la montaña ni en la costa, en el que pueda evitarse la contemplación de tan insensata vestimenta que, además de producir frío en las canillas, proporciona trabajo añadido a los servicios traumatológicos de todos los centros hospitalarios de la periferia”, escribía acertadamente Manuel Martín Ferrand, en ABC.

Ahora que muchos chapoteáis en la orilla de la playa, deberíais echar un vistazo a Elegancia, de Genevieve Antoine Dariaux, mirando al mar. Leedlo, os encantará. Argumentaba en el capítulo Playa y desnudez: “Una cosa es cierta por lo que a bañadores se refiere: si se reducen aún más que ahora, pronto parecerán las playas grandes colonias de nudistas. Añadiré que la vista de una playa de moda me recuerda a las pinturas del infierno tal como lo imaginaron El Bosco o Peter Breughel. A menos de tener una figura impecable, a menos que la edad no llegue a los veinte años y se tenga la piel tensa y un moreno dorado es preferible llevar un bañador entero, que favorece mucho más la figura y es más elegante que un dos piezas”. Después de esto, coincido con Rosa Belmonte: “Que hayamos perdido el pudor no nos impide darnos cuenta de cómo están los cuerpos (los propios incluidos), que va una por la playa vistiendo con la mirada a la gente y echando de menos a la Guardia Civil de patrulla por la arena”. Lo civilizado hoy es ir (bien) vestidos.

Comprobado. Está visto que es imposible poner de acuerdo el calendario con el frío ni con el calor de nuestro tiempo. Es verano todavía cuando ya hace tiempo de otoño y en tiempo de primavera nos caen unas tormentas soberbias. Entonces nos llega el desaguisado en la vestimenta y nada más atroz que ver a muchos por la ciudad, ya entrada en agradables brisas, vestidos de playa. Reitero lo que llevo escribiendo hace años, no os habéis percatado aún de lo que nos favorece el otoño… Sólo hay que atender a ese dicho, ‘cuando a la mujer llega -vestido, objeto- parece nuevo o viejo amigo vuelto a encontrar’. Las crónicas de la época siempre han narrado como las mujeres elegantes -las que sostenían la moda cuando todavía no había llegado el prêt à porter– “solían desaparecer misteriosamente, a mediados de verano, durante un breve tiempo. Iban a París de incógnito para probarse los trajes de otoño que lucían acertadamente al primer golpe de tiempo otoñal”. Hoy a nadie se le ocurriría interrumpir unas vacaciones por el largo de una falda o un corte al bies, prefieren el absurdo de contraatacar al primer frío otoñal con un chal o uno de esos horribles chalecos…

En verano la luz intensa del día proyecta contra las fachadas y los escaparates de los edificios nuestros aciertos y desaciertos en la indumentaria. Imposible escapar de la cruel combinación de telas y accesorios. Tal desfile de crocs, pelos desbordándose entre tirantes, olores y uñas contra el suelo implorando una buena pedicura dejan claro que vivimos en tiempos funcionales como un mueble nórdico, tiempos en que desde las maneras hasta los quehaceres parece que se justifiquen con la comodidad y la naturalidad… Por mi parte hago apología de nuestras maneras actuales en muchas situaciones, pero no cuando considero totalmente viable exigirnos más y mejor. No les cuesta tanto… “Ser elegante es más caro por lo que exige de renuencia que por lo que pide de entrega”, me dice una autoridad. Los pies descalzos, las piernas no suficientemente acicaladas, las ropas llevadas sin fundamento, el pelo sin peinar… “todo ello puede ser maravilloso en el campo al raso…”.

Hierve el asfalto, hierven las colas del supermercado y para colmo asoman especímenes, no precisamente de nuestro interés, en chanclas acumulando variedad de sudores in crescendo: sudores fríos, sudores calientes, sudores de tinta, sudores de sangre… Por algo nuestros clásicos aluden en sus obras a los sudores que figuran apoteósicamente como los del alférez Campuzano en El casamiento engañoso, de Cervantes, “intensos cuarenta sudores con sus noches…” y así podríamos seguir con una larga letanía…

En definitiva, norma de convivencia humana: no molestar a los demás, y no sólo no ofenderle en sus sentimientos, “sino tampoco en sus sentidos, esos cinco sentidos que todos tenemos…”.

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