Con don Humberto en la Tierra del Puma

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Continuamos nuestro cuaderno de viajes con motivo de la investigación sobre las multinacionales españolas en América Latina. Después de nuestra andadura en Colombia, le toca el turno a Chile.

 

 

Hace apenas un par de días que llegamos a Chile, y enseguida emprendimos camino hacia el Sur. Nuestro destino: Temuco, la capital de la región de La Araucanía, 675 kilómetros al sur de Santiago. Pisamos el corazón delWallmapu, Tierra Mapuche en mapudungún (la lengua de los indígenas mapuches). Partimos de un desconocimiento casi absoluto de ese pueblo, un desconocimiento que pronto se transformará en admiración y respeto.

 

130 kilómetros más al sur, llegamos a Panguipulli, que nos recibe con llovizna y frío, aunque menos de lo que esperábamos. Nos cuentan que Panguipulli significa “tierra del puma” (del mapudungún, pangipülli), o tal vez, espíritu del puma. Estamos en la XIV Región de Chile, la Región de los Ríos. La comuna (municipio) de Panguipulli forma parte de lo que se ha venido en llamar los Siete Lagos, una zona muy turística por motivos que saltan a la vista. Los lagos, la nieve, el volcán Choshuenco a lo lejos, conforman un paisaje inolvidable que recuerda al norte europeo. Jheisson, que viene de latitudes tropicales, está perplejo, felizmente sorprendido por este otro verde, menos exuberante pero bellísimo, tan diferente de la selva. Panguipulli, eso también lo percibimos en seguida, es un lugar muy turístico, pero no ha perdido su magia. Pasamos tres noches en la comuna y parece que nos hubiéramos quitado años de encima. Parece que la contaminación de Santiago, de Buenos Aires, quedaran tan lejos. Aquí, es pura calma.

 

Será nuestro segundo día en Panguipulli cuando conozcamos a don Humberto Manquel. La suya es una historia de lucha y resistencia que está grabada a fuego en la mirada, en cada gesto. Pero don Humberto no ha perdido ni el optimismo, ni la alegría. Y eso se nota en su hogar, a las afueras de Panguipulli. Allí reina la armonía, y allí nos sentimos como en casa, también nosotros.

 

Don Humberto militó en el Partido Socialista durante la época de Salvador Allende, tiempos de prometedoras esperanzas, nos cuenta al calor del fuego de la cocina. Desde siempre, su lucha política estuvo marcada por dos vertientes: el socialismo y la resistencia mapuche. Socialismo, porque “Chile es un país muy rico, con muchos recursos: hay para que todos vivamos bien”. Resistencia mapuche, porque todos los peñi (hermanos) tienen esa vocación de lucha contra el invasor grabada en la sangre. La historia oficial lo dejó fuera de los libros, pero a ellos no se les olvida que el pueblo mapuche conservó su independencia durante los siglos de dominación española. Sólo a fines del siglo XIX, tras la independencia de Argentina y Chile y las brutales campañas militares que ambos estados emprendieron contra los mapuches, perdieron esa autonomía, que en los últimos años vuelven a reivindicar con fuerza.

 

Después de la muerte de Allende y la llegada de Pinochet, don Humberto tuvo que poner tierra de por medio. Fueron tres años en el exilio, en la Bélgica francófona, y sin embargo cuenta Humberto que, cuando pudo regresar por fin a su Wallmapu, aquellos 30 años de nostalgia y exilio desaparecieron de su memoria. Y don Humberto volvió a trabajar, esta vez, por la recuperación de la cultura y la lengua mapuche, a través del Parlamento de Koz Koz, que desde 2007 rememora una institución nacida un siglo atrás para organizar la resistencia frente a loswinka (el hombre blanco) en su defensa del territorio.

 

Don Humberto nos cuenta cómo las plantaciones de eucaliptos y pinos, dirigidas a la exportación maderera, diezmaron las especies nativas de los bosques del Wallmapu a este lado de la cordillera andina. Aquí en Panguipulli, y en toda la Araucanía, los vecinos, que mayoritariamente viven del turismo, han conseguido que el Estado prohíba la plantación de esas especies, pero se enfrentan ahora a un nuevo desafío: las centrales hidroeléctricas y el complejo sistema de cableado para la transmisión de electricidad que planea el Estado chileno y que beneficiará especialmente a la multinacional de capital italo-español Enel Endesa. Los retos son grandes, del tamaño de Goliat, pero don Humberto no pierde el optimismo, y nos habla de la juventud chilena, del movimiento de estudiantes, de la esperanza que todo eso le provoca. Sus ojos chispean. Don Humberto contagia optimismo. Don Humberto es una lección de vida. 

 

* La fotografía es de Jheisson A. López.

Nací en Extremadura, pero soy -también- madrileña. Periodista por vocación y convicción, llegué a América Latina en 2008, a esa ciudad caótica y fascinante que es São Paulo. Después de unos años entre samba y tango, me establecí en Buenos Aires, desde donde trabajo como 'freelance' y colaboro para medios como El Mundo y Le Monde Diplomatique. Aunque, cada vez más, apuesto por los proyectos independientes: la revista Números Rojos, la web Carro de Combate -dedicada al consumo responsable y la denuncia del trabajo esclavo- y, por supuesto, este Fronterad.   Afincada por fin en Buenos Aires, una ciudad que me cautivó desde mucho antes de visitarla, cuando se me mostraba desde las páginas de Julio Cortázar, sigo descubriendo este continente diverso y complejo, este continente con las venas abiertas que, sin embargo -o por eso mismo-, tiene tanto que enseñarle al mundo.