Con el debido respeto

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El activismo juvenil con textos cortos no es de ahora –me dice Chiri– ¿Te acordás cuando nos mandábamos mensajes de pupitre a pupitre, a escondidas de la maestra? Yo creo que esa es la prehistoria de Twitter.

 

—No, eso es como mucho la prehistoria del chat –le digo–. Cuando éramos chicos, Twitter era escribir guarangadas en el baño.

 

—Y la señora de la limpieza era la ley SOPA.

 

—Gracioso –digo, pero sin risa. No me río cuando hablo con Chiri, porque tiene una conexión de mierda en su casa, y al menor jajaja fuerte se le corta internet.

 

Esta cita se puede leer en el número siete de la revista Orsai. Nadie en el medio, dicen, porque no hay intermediarios: ni distribuidores, ni editoriales ni publicidad. Hernán Casciari se atrevió a cortar los lazos que le unían a la industria editorial. Lo hizo, eso sí, con el respaldo que da estar detrás del blog que se convirtió en el mayor éxito de taquilla en la historia de Argentina.

 

 

Este es el segundo año de una publicación que planteó otro modo de publicar crónicas, cuentos… Orsai comienza a adquirir una identidad propia tras unos números de experimento, los cuatro primeros. Todo con el sello de Casciari, cuyos textos aportan solidez y una personalidad propia a la revista. Lo que inicia este post es parte de uno de ellos.

 

«Cuando éramos chicos, Twitter era escribir guarangadas en el baño». Orsai bebe del nuevo mapa comunicativo de las redes sociales y los blogs. Y cae en esa tentación de llevarlo todo al terreno de Twitter y Facebook. Lo hace desde el humor, no desde la tribuna del pájaro azul, saturada de expertos en todo. Y es que «decir todo lo que uno piensa no es ningún mérito», se lee en el pie de una de las páginas del séptimo número de Orsai.

 

Orsai

 

Escribo esto cuando me salta un tuit de alguien que habla de ‘reporterismo tuitero’. Se refiere a ir a una manifestación y contar a través del móvil lo que allí ocurre, enviar fotografías. En definitiva, estar pegado a una pantalla mientras frente a ti ocurren esos detalles que construyen un buen reportaje.

 

No es tan difícil, me han comentado en alguna ocasión: observar, pensar y contarlo. El reporterismo con apellido digital tiende a olvidarse del paso intermedio, ese que consiste en buscar la paradoja.

 

Pero no quería ponerme yo a dar lecciones cuando ninguna puedo dar.

 

Solo pretendía llegar desde el ingenio de Casciari al ‘Elogio a la desconexión’ que escribe Antonio Orejudo en el número impreso de Jot Down, revista que aspira a ser el ‘New Yorker’ español. Y, hombre, eso tampoco. Basta echar un vistazo a ambas publicaciones para comprobar lo lejos que está Jot Down de su objetivo.

 

 

«Hay método en nuestra locura», dicen orgullosos en su portada. Y el único método que acierto a adivinar es una mezcla de blogueros de éxito junto a firmas reputadas que no mejoran lo que publican en sus ‘denostados’ medios. Entre medias, dos interesantes entrevistas y algún reportaje largo escrito sin salir de casa y con una edición cuestionable.

 

Hay también, como decía, un texto de Antonio Orejudo, que ya no es capaz de ponerse a escribir cuando se levanta a las cinco de la mañana ni leer con paciencia un libro que no le engancha, como cuando el mundo estaba desconectado.

 

Orsai

 

«Ya sé que al hablar de este asunto es obligatorio decir, si no que quieres que te tachen de hereje y de tecnólogo, que las-ventajas-de-la-revolución-digital-son-evidentes», se justifica. «Ya no necesito ir a la Biblioteca Nacional para consultar su catálogo (…) Puedo escuchar todas las canciones del mundo, y descargarme películas. También puedo comprar ropa y pagar la multas sin moverme de casa. (…) Además puedo abrir un blog y dirigirme a la humanidad entera: la publicación ha dejado de ser un privilegio para estar al alcance de cualquiera».

 

Y pienso en Gay Talese, que se pasea ahora por el mundo contando cómo practica el periodismo narrativo/literario mientras trata de colocar algún ejemplar de su autobiografía. Hay que salir a la calle, dice: «Creemos que por leer algo en el ordenador y apretar un par de botones nos estamos enterando de lo que sucede».

 

Sé que me tacharán de hereje, pero no me gusta el número impreso de Jot Down. Tampoco que las entrevistas sean kilométricas porque sí. La edición existe. Y que los reportajes narrativos, por muy bien escritos que estén algunos (como los de E. J. Rodríguez) no tengan calle… Es que eso cuesta dinero, me dirán. Y no lo tenemos. Claro. Los medios de comunicación tradicionales que, pese a todo, siguen saliendo a la calle, tampoco andan sobrados.

 

Honestamente, creo que el futuro del periodismo no pasa por el método de Jot Down.