Con la comida no se juega…

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Nos lo enseñaron nuestras madres desde pequeñitos: con las cosas de comer no se juega. Pero en este mundo al revés -ayer un amigo me decía que el mundo no está al revés, que es el que es, y tal
vez tiene razón, pero no se me ocurre mejor expresión que esta robada a Eduardo
Galeano para expresar la locura y el sinsentido de nuestra civilización-, en
este mundo al revés no sólo se juega con la comida. Se especula con la tierra y
con el pan mientras cientos de millones de personas mueren de hambre. Una especulación
criminal, como denuncia este
artículo publicado en
la página de ATTAC.

 

El precio de los alimentos ha subido en los últimos años, empujado por la demanda creciente de los países asiáticos pero, sobre todo, por los movimientos de los inversores, que, en tiempos de
incertidumbre, huyen de las divisas y los títulos de deuda para refugiarse en
valores más seguros, como las tierras y los contratos de futuro de las
‘commodities’ o materias primas. El citado artículo de ATTAC reporta que, según
un informe de Lehman Brothers, la inversión especulativa en alimentos pasó de
13.000 millones de dólares a 260.000 millones en 2008.

 

La FAO (la organización para la alimentación de la ONU) ya ha alertado de que, de seguir así las cosas, se
avecina una crisis alimentaria muy grave. Pero no se aprecia ninguna urgencia
en las voluntades políticas para cambiar las cosas de una vez por todas y
gritar que no es de recibo que las cosechas futuras de soja, arroz, trigo o
maíz se compran y vendan decenas de veces sin otro objetivo que la pura
especulación. Y así ocurre que, en un país como Brasil, uno de los mayores
exportadores de alimentos del mundo, el granero del planeta, los alimentos cada
día están más caros: el año pasado, con una inflación de poco más del 6%, el
precio de los productos básicos subió más de un 10%. Lo más afectados, los de
siempre: los más pobres, que gastan un porcentaje cada vez mayor de sus exiguos
ingresos para comer. La cesta básica de la alimentación en Brasil ronda hoy los
265 reales, la mitad de los 540 reales (unos 250 euros) que cobran millones de
brasileños que reciben el salario mínimo. Porque Brasil ha consagrado su
economía a la exportación de materias primas, y en ese contexto, las presiones
al alza de los precios en el mercado mundial se transfieren instantáneamente al
mercado interno.

 

En Brasil, tierra de latifundios,donde el 2% de los propietarios poseen más de la mitad de la tierra, los
movimientos sociales llevan años clamando por la reforma agraria. Esa que el
presidente Jango quiso promover -planteó la desapropiación y redistribución a
la población de las fincas de más de 600 hectáreas- y que desencadenó el golpe
militar de 1964 -con ayuda del Tío Sam, claro-. Esa con la que, en tiempos de
mayor pragmatismo político, coqueteó el Partido de los Trabajadores de Lula,
pero nunca se tomó demasiado en serio. Esa por la que sigue luchando el mayor
de los movimientos sociales de Brasil y tal vez de América Latina, el Movimiento
de los Sin Tierra (MST), que este mes celebra su Abril Vermelho (Abril Rojo),
en conmemoración del 17 de abril, cuando se cumplieron quince años de la
tristemente célebre Masacre de Eldorado de Carajás. Entonces, 19 militantes de
la organización murieron asesinados, y centenares fueron heridos, por las
fuerzas del (des)orden del Estado de Pará, al norte del país, cuando exigían la
ocupación para sus asentamientos de una vasta propiedad baldía. Quince años
después, ningún policía, ningún político de cuantos estuvieron envueltos en la
matanza han sido punidos. Quince años después, Brasil sigue siendo tan
latifundista como entonces, y los Sin Tierra siguen luchando a base de
ocupaciones. La reforma agraria, y ahora también la reforma urbana -las dos
caras de la misma moneda: la brutal desigualdad en el reparto del suelo, de la tierra- siguen siendo las grandes
asignaturas pendientes del país del futuro. Así lo expresa el escritor y
teólogo de la liberación Frei Betto:

 

«Sin evitar la desnacionalización de nuestro territorio (y, por tanto, de nuestra agritultura), promover la
reforma agraria, priorizar la agricultura familiar y combatir con rigor la
deforestación y el trabajo esclavo, Brasil parecerá la despensa de la hacienda
colonial; el pueblo hambriento de la senzala, mientras, allá fuera, la Casa Grande
se harta en la mesa a nuestra costa».

 

(Frei Betto, «Brasil à venda e há quem compre», en la revista Caros Amigos. El texto hace referencia a la clásica obra ‘Casa Grande e Senzala’ del sociólogo Gilberto Freyre).

Nací en Extremadura, pero soy -también- madrileña. Periodista por vocación y convicción, llegué a América Latina en 2008, a esa ciudad caótica y fascinante que es São Paulo. Después de unos años entre samba y tango, me establecí en Buenos Aires, desde donde trabajo como 'freelance' y colaboro para medios como El Mundo y Le Monde Diplomatique. Aunque, cada vez más, apuesto por los proyectos independientes: la revista Números Rojos, la web Carro de Combate -dedicada al consumo responsable y la denuncia del trabajo esclavo- y, por supuesto, este Fronterad.   Afincada por fin en Buenos Aires, una ciudad que me cautivó desde mucho antes de visitarla, cuando se me mostraba desde las páginas de Julio Cortázar, sigo descubriendo este continente diverso y complejo, este continente con las venas abiertas que, sin embargo -o por eso mismo-, tiene tanto que enseñarle al mundo.