Con los hilos de nuestras paradojas. La fotografía y el dolor de los demás

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En 1994, Kevin Carter ganó el premio Pulitzer por una fotografía titulada: La niña y el buitre, que había aparecido por primera vez en The New York Times en marzo de ese mismo año. Tengo un recuerdo muy vivo de esa espeluznante fotografía: la memoria me devuelve la imagen de un inmenso buitre al lado de una niña pequeñita y famélica de un país del África subsahariana (hoy sé que se trataba de Sudán); recuerdo la cara de la niña mirando hacia el lado opuesto al que ocupa el buitre, y a este vertiendo su aliento paralizante sobre ella. La realidad que me devuelve hoy la fotografía, cuando vuelvo a mirarla casi treinta años más tarde para escribir este texto, es, sin embargo, algo diferente: hay un buitre cerca de una niña, efectivamente, pero ese buitre aparece a lo lejos y es mucho, muchísimo, más pequeño de lo que yo recordaba; no mira a la niña por encima de su cabeza, sino que está a una distancia de ella mucho mayor que en mi recuerdo, y la mira desde el fondo de la imagen. El primer plano corresponde a la niña, que aparece inclinada hacia delante. Vemos sus costillas clavándose en la piel, pero no sus ojos ni la expresión asustada de su cara, que se oculta contra la tierra seca. Es una imagen insoportable, cruda. Es una fotografía magistral. Mi memoria es imperfecta, pero ha hecho su trabajo: lo que ha retenido no es la realidad técnica, sino la verdad simbólica de esa imagen. La amenaza al desnudo.

El Pulitzer de fotografía del año 2021 ha sido para el español Emilio Morenatti, por su serie de fotografías de los ancianos durante la pandemia. Gracias a él, conocemos sus nombres: Josefa Ribas, José Marcos, Agustina Cañamero, Pascual Pérez, Leopoldo Roman, María Teresa Argullos… Morenatti pone nombre a un anciano que teme contagiarse por ser el único que ahora puede cuidar de su esposa, aquejada de demencia senil; a otro que cena solo delante de la televisión el día de Navidad porque ya no le queda nadie con quien pasar las fiestas. Carter nos mostró a una niña; Morenatti a unos ancianos. Los ganadores del 2020, Chani Anand, Mukhtar Khan y Dar Yasin, mostraron a la población civil de Cachemira durante las revueltas del año anterior. En 2019, Lorenzo Tugnoli mostraba la hambruna en Yemen, con algunas imágenes tan extraordinariamente impactantes como la de Carter. En el 2016, Jessica Rinaldi se centró de nuevo en un solo niño, Strider Wolf, que trataba de continuar viviendo tras haber sido víctima de violencia doméstica. Como afirma Susan Sontag en Ante el dolor de los demás, acerca de lo que ella llama un “inagotable catálogo visual de las desalmadas ejecuciones de los mártires cristianos”, estas imágenes tal vez estén, como aquellas, destinadas a “conmover y a emocionar, a ser instrucción y ejemplo”. Conmueven. Lastiman. Emocionan.

Efectivamente, la publicación de la fotografía de Carter y el premio Pulitzer desataron una oleada de cartas al director por parte de lectores que se interesaban por el paradero de la niña, pero también otras que se preguntaban cómo el fotógrafo había podido esperar el momento oportuno (Carter admitió haberlo hecho) para hacer la fotografía, como esperaría, alguien llegó a decir, un depredador. El dilema ético se convirtió en una paradoja demasiado pesada para Kevin Carter, quien se quitó la vida pocos meses después. El momento álgido de su carrera se derrumbó sobre él con toda su intensidad y Carter escribió, poco antes de su muerte, que lo perseguían las imágenes de cadáveres, asesinatos y víctimas de la hambruna.

“Hi Time magazine hi Pulitzer Prize/ Vulture stalked white piped lie forever/ Wasted your life in black and white/ (…) / Click click click click click/Click himself under”, escribió y cantó la banda galesa Manic Street Preachers en su tema ‘Kevin Carter’. Investigando más tarde supe que la niña había resultado ser un niño, que sobrevivió a la hambruna y que el suicidio de Kevin Carter había sido el resultado desafortunado de una suma de factores muy compleja, pero yo escuché cientos de veces aquel tema de Manic Street Preachers, y quedó para siempre en mi recuerdo como un himno a la falibilidad humana. La memoria, recordemos, retiene lo simbólico.

¿Hacer la fotografía en lugar de ayudar a la niña? Esa fue la disyuntiva que se desató entonces, que convirtió a Carter en un héroe griego y su vida a partir de esa fotografía en una tragedia con anagnórisis de libro de texto. Tal vez a Carter le habría consolado escuchar las palabras de Sontag cuando afirmaba en su discurso de recepción del premio Jerusalén que: “si tengo que escoger entre la verdad y la justicia –por supuesto, no quiero escoger entre ambas–, escojo la verdad”. Pero la verdad, a menudo, es insoportable, esa ortiga en el jardín de la copla de Carmen París.

Mauricio Silva, el Ojo Silva, es un fotoperiodista chileno de ficción que aparece en un relato de Roberto Bolaño, y que sufre un destino similar al de Kevin Carter, aunque su muerte sea más simbólica que real y más verosímil que verdadera. En el relato de Bolaño, el Ojo Silva es enviado a la India para hacer varios reportajes fotográficos, uno de ellos sobre un barrio de prostitución. En los primeros momentos consigue mantener una cierta distancia profesional, pero cuando la visión resulta del todo insoportable, la distancia se rompe. El Ojo es testigo de la miseria humana en un burdel en el que trabajan niños –varones– que han sido previamente castrados para un rito secreto, oficialmente prohibido pero tolerado. Esos niños han sido castrados para ser ofrecidos a una divinidad, pero se han visto rechazados después por sus familias, lo que los condena de facto a la prostitución. Lo único que puede dar una idea de esa miseria para quien ve el mundo a través de la fotografía es, precisamente, una fotografía. Pero ¿se puede hacer una fotografía de un niño en esas circunstancias? Este es el dilema Silva, el dilema Carter, la paradoja mortal: “Nadie se puede hacer una idea. Ni la víctima, ni los verdugos, ni los espectadores. Sólo una foto”, le cuenta el Ojo Silva a un amigo de la juventud mucho tiempo después, cuando por fin consigue hablar de aquello. Cuando su amigo, asombrado, le pregunta si de verdad sacó una foto, Mauricio Silva, con un escalofrío, contesta: “Saqué mi cámara”, “y le hice una foto. Sabía que estaba condenándome para toda la eternidad, pero lo hice”. Tal vez alguien que hubiera escrito una novela sobre Carter habría podido poner estas palabras en su boca. El Ojo Silva sabía que estaba condenándose, como tal vez lo supiera Carter. La condena de Mauricio Silva conlleva la paradoja de Carter.

No debería suponerse un “nosotros” cuando el tema es la mirada al dolor de los demás, escribe Sontag, pero lo cierto es que tal vez aquí haya dos casos muy conocidos, uno real, otro ficticio, donde ese nosotros se atisba y cuyo precio es una verdad áspera para quien lo convoca. Como dice un personaje secundario en Matar a un ruiseñor acerca de Atticus Finch, tal vez el abogado sea una de esas personas que hacen el trabajo sucio de los demás. Como él, tal vez, ciertos hombres y mujeres vayan tejiendo con los hilos de nuestras paradojas y nuestros detritos algo así como una red de conciencia que recoge, aunque sea de manera endeble, ese “nosotros” tan lejano a menudo, y que, si bien no nos protege plenamente de la caída, conforma al menos la memoria simbólica de una comunidad.

Texto escrito para formar parte del proyecto participativo Dolor / Plaer, Álbum Versàlia, núm. 1, publicado por Papers de Versàlia en 2021.

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