Confinado, resonante, tenso Emil Cioran

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Emil Cioran

Entre murmullos imaginarios, sombras proyectadas por los barrotes de la celda: “¿Se comprenderá alguna vez el drama de un hombre que, en ningún momento de su vida, ha podido olvidar el paraíso?”. Los argumentos apelan al doble acobardado; surgen en la lente bidireccional de las omisiones y las presencias, porque “cuando los demás han dejado de existir para nosotros, nosotros dejamos de existir a nuestra vez para nosotros mismos”. Plagada de interferencias, la amistad de la música, los libros, el lujo de la melancolía como una declaración de principios, la posibilidad de reencontrarse en la libertad de escribir sin temor a las censuras autoimpuestas. A merced del “esplendor de las herejías, la sosería de las ortodoxias”. Frente a la imposibilidad de adaptarse a lo que no nos acepta, “todo camino que no conduce a nuestra soledad o que no procede de ella es rodeo, error, pérdida de tiempo”. La terapia carnavalesca se anuda a la convención de la receta adictiva, plagada de espíritus, vigilias y correspondencias, que confluyen en la esclarecedora incomprensión.

“De olvido en olvido, el hombre logrará abolir el pasado y abolirse a sí mismo”. Los patrones del malestar continúan después de haber desplegado los labios, conscientes de que “el talento llega escribiendo. Es un ejercicio transfigurado”. Una intelectualidad duradera se esfuma en la derrota de estos Cuadernos (Tusquets, 2020, Traducción de Mayka Lahoz), donde el escritor rumano Emil Cioran (Răşinari, 1911-París, 1995) se enfrenta a la estupidez ensartando entradas, invariablemente fugaces, múltiples formas del monstruo reaccionario, para el que “existir se agota en el placer de no pensar”. El misterioso uno mismo aflora a medida que piensa en ese otro, hasta conformar la vasta extensión de una frustrante historia del pensamiento. Disquisiciones cosidas a una coherencia desasosegante entrelazan momentos melodramáticos equilibrados por la agudeza psicológica de una cámara de tortura, donde “la muerte continúa en nosotros sus largas cavilaciones, su soliloquio ininterrumpido”. En el desarraigo de la lengua desatada, los campos de batalla de la mudez, donde sobrevivir a los asaltos del entumecimiento.

“Te sobrevives a ti mismo a partir del momento en que ya no haces más que registrar los acontecimientos”. Atrapado en las repeticiones del disimulo, eres una voz entre ecos, “el triunfo y la degradación final del espíritu” que amenaza con sobrevivir en la sucesión de publicaciones en blanco, la tabla rasa donde se reescriben las acciones, los eventos del diario, “las huellas vocales”, las certezas y los peligros que se niegan a desempeñar el papel asignado, las esperanzas que se empeñan en lo inesperado, la desconcertada alteridad de los designios rebeldes de una inteligencia rota, a la que han “amputado todas las palabras”. Escritura en la prisión, emancipación del ejercicio de la imaginación alternativa, narración entrecortada dedicada a “un dios estéril, incapaz de un arranque de vida”, que merma el alcance compartido de una violencia más allá de los marcos temporales, dentro de una conciencia multiplicada.

En última instancia, “la percepción de la precariedad izada al rango de visión, de experiencia mística”, una forma de consuelo, a merced de “pensamientos que me corroen tan pronto como me quedo a solas con ellos”, un sentido de identidad demediado, desenfocado en los acontecimientos del “texto que quiero escribir sobre el aspecto positivo de la experiencia y de la irrealidad: debo sacarla de mí mismo, de mis reflexiones y sobre todo de mis sensaciones”, un relato no oficial a base de opiniones que se enfrentan, verbos para paliar el trauma, fortalezas morales subdivididas en acentos torturados, amalgamas oníricas de “la desolación que incita a la plegaria pero que no supera estadio de veleidad”, amores devastados, anhelos archivados, privilegios de la nomenclatura, reclamos del victimismo de haber “leído más o menos todo lo que hace falta para zozobrar; pero precisamente por eso no he podido evitar el naufragio”.

“La soledad, en su estadio extremo, exige una forma de conversación extrema ella también”. Hablan por tanto los múltiples egos de una charla consigo misma que revela, al exponerse a los demás, “el drama de la unicidad (…) inagotable e insoluble”. Monologa el expatriado, solapa argumentos, mantiene recursos con la distancia, pretende “desarticular un poema como se hace con un sistema (…) un crimen contra la poesía”. El método no lineal refleja las imperfecciones de la volubilidad, la volatilidad del sentido de obligación, la simpatía inevitable de lo aislado, lo que no tiene explicación. “¿No tengo nada que decir?”, inquiere, “¡Qué más da! Esa nada es real, es fecunda, puesto que no hay conversación estéril con uno mismo. Siempre sale algo de ella, aunque solo sea la esperanza de encontrarnos un día a nosotros mismos”. El mutismo da paso a un silencio que no es epílogo, sino prólogo, exiliado a lo que presencia, a lo que silencia.

“El acróbata ha suplantado al artista, el mismo filósofo no es más que un pedante que se menea”, es decir, alguien que tiene miedo a la monolítica imposibilidad del horror; un ente fuera de escena, innombrado, diferido en viñetas, perverso, irrevocable, desilusionado, utópico, corrompido. “Somos los herederos ingratos del ateísmo heroico, los epígonos de la revuelta, un montón de rebeldes que deploran secretamente la desaparición de las supersticiones”; oponemos formas de repatriación a lo fugitivo, cabría añadir, ilegítimos caminos a la culpabilidad, la expiación y la redención. La disidencia es el asunto de estas raudas polémicas, ráfagas contra la represión, imposibilidades de un juicio justo en la emisión que evaden, vergüenzas de estar vivo en el heredado desvelo, en el vacío ensordecedor, pleno de verborrea con “talento para la mediocridad (…) Quizá sea eso la civilización”.

Un afecto consternado rinde homenaje al espíritu errante que insiste en las demandas de una viva mudez, presa de opiniones subversivas. Una forma idiosincrásica de hablar hace reconocible el hueco de “estos humores agrios, estos sarcasmos automáticos, esta desolación en la que se despliega mi inspiración vacante, y el duelo de mi orgullo”. Pero quién dice lo anterior. En qué prolijos atisbos moran las radiografías del tedio, las celebraciones del deshonor, los vaticinios del profeta-santo, venerado por sus fantásticos desencuentros, que asume lo que sigue: “Pertenezco a la época por el frenesí. Además, no aporto ninguna ilusión; ahora bien, no nos agrupamos en torno a un mensaje lúcido hasta la destrucción”. En estos Cuadernos nadie huye a la masacre de una nada enredada en acontecimientos, penetra “el circo de la esterilidad (…) el sincretismo funesto. La inteligencia que se agota en sí misma” con asedios omniscientes, hazañas imaginarias, huecos de la propaganda, perspectivas propias del totalitarismo ajeno.

“Es impersonal todo lo que no es plegaria”, alega el erudito ateo. “Todo lo que no es plegaria no es nada”. Tal vez por ello, sus explicaciones pretenden dar sentido a lo inexplicable. “¿Cómo se puede vivir sin rezar”, cuestiona; vuelve a cuestionar: “Pero ¿a quién rezar?”. La disonancia se cumple en la realidad percibida desde el exterior, salpicada de epígrafes, subyugada al margen de la peripecia ajena, confundida con la nuestra, a expensas de su propio alfabeto, revirtiendo los conceptos erróneos de una seducción basada en traiciones convincentes: “¿Qué nos aporta una derrota?”, apela, antes de concluir: “Una visión más exacta de nosotros mismos”. En revelaciones iluminadas, opacos testigos imparciales de lo desconcertante. En prosa, el lírico sentido común de una angelical decencia basada en “la felicidad de saber que no se tiene nada que proclamar”, el alter ego entumecido, acosado por las cotidianeidades del sosiego, cuando el desasosiego llega de las profundidades confinado, resonante, tenso.

Y, sin embargo, “me horroriza todo lo que sale de las combinaciones puras del intelecto”, afirma Cioran, “todo lo que, de una manera o de otra, no ha sido marcado por la impureza del alma”. Las paradojas alusivas se acumulan o se rompen, astilladas a fuerza de afrontar las evidencias. Cronista del totalitarismo de la inquietud, el manuscrito denuncia la policía serena de los mass media, retiene tristezas a base de humor, se apasiona por la música clásica, donde “la salvación reside en el no acto. Felicidad de la abstención”, controversia de las largas frases latentes, entre emociones parias y entradas protagónicas. Una épica desgarradora, cargada de ironía, conduce al asalto final que nos cambia para siempre, al ataque perplejo “en la ausencia de acontecimiento, en el tiempo que no se rebaja al acontecimiento”, al colapso que multiplica las atrocidades en anónimas estadísticas.

Palabra tras palabra, el escrito se hace eco de lo intencionalmente incomprendido, se levanta en defensa propia contra el microensayo, libra macrocombates perdidos de antemano: “No tengo la fuerza moral para ser mendigo; por eso tengo que producir (o producirme) de vez en cuando”. Los incidentes dañados representan un panorama saludable, donde lo íntimo explora cuestiones de identidad e histórica sed de personaje. Contra la tiranía de la circunspección, “la nostalgia del premundo, en la embriaguez anterior a la creación, en el éxtasis puro de todo”, entre declaraciones desde la tribuna de una dignidad que tiende al optimismo, pero no dura indefinidamente, “contemporáneo de Dios, que conversa consigo mismo sumido en su propio abismo, en la felicidad anterior a la luz, anterior a la palabra”. Recopiladas a partir de documentos, notas traducidas, eclipses de una celebración radiante, recursos internos activados por la necesidad de aire libre, (“Ser víctima es comprender”), explicaciones del proceso anhelante.

Entre fenómenos perpetuamente evasivos, “el ego libre, desapegado, alerta, que no se aferra a nada”, triunfos del espíritu cautivo entre frases, finales paredes del ego, mazmorras de la protesta, impertinencias, “tantos entusiasmos que me descalifican”. Habla el pensador de Lágrimas y santos (1937) consigo mismo con tanta claridad que hay que oscurecerla, subdividirla en brevedades, relatar las experiencias incondicionales de la mente. Destilado, el coetáneo de Mircea Eliade y Eugène Ionesco no sentencia; piensa in extremis, nunca pierde la translucidez (“Soy hablador, y, sin embargo, todo lo bueno que puedo tener se lo debo al silencio”), habita quimeras, juzga fantasmagórico, sueña con ojos abiertos que se niegan a ver, acepta su salvación en la política misántropa de las diatribas envenenadas que castigan lo que elogian, incapaces de pertenecer a ninguna comunidad.

“De todos nuestros semejantes”, apostilla, “es a nuestros enemigos a quienes más nos parecemos. No es por casualidad que nos interesemos por ellos y ellos, por nosotros”. Poderosa la presencia de lo evocado, los olores, los sabores, los sonidos de las ausencias interconectadas. Lo no convencional, la herida no cicatrizada, “pasear y mirar sin dar una expresión intelectual a mis impresiones, sin formular nada”. Al huir de sí mismo, el traductor de Mallarmé regresa a casa; emite privadas órdenes de alejamiento, vuelve a la cárcel del yo, ingresa en la celda marcada de la afasia, apela al rechazar, condena mientras espera, se alimenta de revividas muertes, vaga por ese territorio ajeno donde se encuentra a sí mismo (“si todo lo que he escrito”, confiesa, “es tan manifiestamente siniestro es porque solo emborrono el papel cuando me invaden las ganas de pegarme un tiro”).

El ideólogo de El aciago demiurgo (1969) redacta, pensando en otra cosa, el libro de la vida, recluido en sus anécdotas, “bajo el efecto de la fiebre. De lo contrario no es contagioso”. Sentenciado a la cadena perpetua del desconsuelo, espera al veredicto de la posteridad, mientras recrea las escenas de la existencia imperturbable, “una forma especial de escepticismo: el escepticismo jadeante, frenético, combinación de fiebre y razonamiento, con preponderancia de la primera”. Su desorientación no es errática, desconcierta lanzando mensajes subliminales, golpea con absurdos, desafía con significados, “estéril por incapacidad orgánica de especializarse, por un obstáculo instintivo a la irrupción, por lo tanto al talento”. Su autonomía es su fortaleza, su independencia la interior prisión paralizante de las cuestiones sensoriales, “en condiciones de desaparecer en lo esencial”. En visitas póstumas al propio descendiente solitario, el exiliado en la capital del Sena se rodea de reliquias, conflictos pasados, enojos presentes, de lleno “en lo esencial (…) en el silencio o en la explosión, en la consternación o en el grito”, traiciones de la narrativa eternamente inquisitiva que informa cada página de esta crónica inconformista.

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