Conjuntados, pero separados. Nuestra huella es una pandemia que nos tiene aterrorizados

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La naturaleza humana es tan compleja que cualquier detalle sirve para describirla. Los matices y la observación pausada son imprescindibles para complementar lo sustancial del momento histórico que se quiera explicar bien, incluido hablar y ver como niños. Hoy, los principales medios de comunicación españoles abren sus informativos con la última hora nacional provocada por el coronavirus de manera seria: “La Atención Primaria vuelve a estar al límite por los contagios, la burocracia y la falta de personal”. Pero es la declaración sobre el uso de mascarillas de una niña que iba a entrar en su colegio en el primer día del curso escolar la que recorre las redes sociales hasta convertirse en viral: “Es un poquito peor porque no puedes respirar del todo, pero no pasa nada, es mejor eso que morirse”.

A veces creo que seguimos mirando el dedo cuando alguien señala la Luna. Construimos nuestro mundo con grandes ideologías, o sea, a base de frases cortas muy repetidas. Así paseamos y pasamos muy lentamente por los siglos con una gran carga dialéctica más ilusionante que práctica, a juzgar por los resultados conseguidos hasta la fecha. Desde Tito Livio: “Deja que te llamen cobarde en vez de prudente, perezoso en vez de reflexivo, ignorante por perito en guerra. Prefiero que te tema el enemigo prudente a que te alaben los ciudadanos necios (quam laudent cives stulti)”, a la dialéctica histórica y el progreso de Marx, cuya ideología sentimental ha originado partidos políticos con todas las escisiones posibles. La culpa fueron tres palabras, tres únicas palabras: teoría del valor.

Hoy, la plusvalía ya es criptomoneda. También el 5G unido al cambio climático con los acordes de Carmina Burana, de Carl Off.

Pero la muerte, lo que es la muerte, es un fundido entre el “temes a la muerte, Sparrow” y el “Dios ha muerto”, de Nietzsche. Un análisis inalcanzable para la mayoría de mortales hasta que lo explica una niña que entra con mascarilla en su escuela por una pandemia. Eso lo entiende todo el mundo.

Nuestra huella de comienzos del siglo XXI es una pandemia que nos tiene aterrorizados e inmovilizados, cuya simbología es una mascarilla en principio austera y posteriormente convertida en moda. Protegidos, pero con diseño. Las más carillas (perdón, no quise decir eso, sino mascarillas) ya son símbolo de identidad personal, de distinción sería más exacto. Pero no vamos con-juntados sino separados. De esta salimos, también nos dicen, pero yo al verbo salir le tengo mucho miedo. Hemos salido de tantos sitios que da qué pensar.

Hoy hay gente que muere y enferma. Mañana también, y pasado mañana, lo mismo. Soy como un vidente que se adentra en el futuro.

Mientras tanto, las más carillas (perdón, las mascarillas) son imprescindibles para nuestra “relación (¿?) social”. Deberíamos guardarlas en una cajita de plomo y enviarlas al espacio lejano para que “los otros” las añadan al museo terráqueo y creen una Fundación para estudiar lo que queríamos decir con ellas.

Hoy ha visitado la librería un ferviente lector de Alberto Moravia. Buscaba libros que no tuviese aún y los llevaba apuntados en una pequeña lista que había confeccionado a mano sobre papel cuadriculado y con bolígrafo. En su búsqueda tranquila y pausada por las estanterías ha encontrado uno que, a pesar de tenerlo, era de mejor edición, y lo ha justificado por una mejor calidad del papel e impresión, ya que el que tenía se leía “muy mal”.

Hemos cruzado unas palabras y le he preguntado los motivos por los que le gustaba Moravia y, de forma muy general, ha venido a decir que le gustaba por su lectura fácil, su narrativa comprensible y popular y por la riqueza para describir momentos convulsos en la historia, especialmente, los vividos en primera persona. Muy interesado en sus explicaciones he coincidido con él en que la literatura, la pintura, la música, el cine y la fotografía sirven en los tiempos difíciles para ser creativos y explorar con más detalle muchos acontecimientos ocurridos durante tiempos difíciles.

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