Consideraciones intempestivas

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Le escribo a un amigo de la infancia para felicitarlo por sus entradas en La Voz de Galicia. Tal vez no sea demasiado objetiva pero gracias a él regreso constantemente al mar frente al que me he criado. De alguna manera consigue que huela de nuevo el salitre de las Rías Altas, que el sonido de las olas de Doniños resuene en mi cabeza, que pueda recordar cada detalle del mar que más quiero en el mundo. Por eso le he escrito, sin decir nada sobre este blog.  Él me ha respondido agradeciendo el correo con cariño, contándome que estos pequeños empujones lo ayudan a seguir escribiendo, y sin saber, que a mí, cuando el cielo se vuelve demasiado gris, me sucede lo mismo.

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Hace tiempo me proponía un amigo escribir algo valorando lo que ha sido mi estancia en Líbano, lo que opino de este país. No descarto retomar el tema en algún momento pero esta tarde, con el cielo limpio y el mar Mediterráneo calmado , sé perfectamente que el Líbano es lo de menos…Cada uno de mis pasos, con mejor o peor criterio, han estado impulsados por una voluntad  que aún permanece en tinieblas, tanto en sus intenciones como en su dirección, si es que hubiera una…Soy solo yo la que crea un mundo a través de estos ojos medio empañados, a los que aún no he librado de la soberbia. Hay muchas cosas que podría criticar sobre el Líbano, pero en última instancia, cada crítica, cada palabra escupida con sarcasmo,  es en el fondo un juicio sobre mi misma.

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En Warnemünde  era todo un espectáculo ver  como los grandes cruceros  se adentraban  en el Mar Báltico al atardecer. Los niños saludaban entusiasmados a la gente que agitaba las manos desde la cubierta de los barcos. Las parejas se sentaban en el malecón de piedra contemplando el reguero de espuma dejado en el mar. El cielo en el norte era de tonos suaves y cálidos, como si alguien estuviese preparando la llegada de la primavera.

Aquí, en Beirut, resulta imposible acceder al puerto, aunque yo dispongo de un observatorio privilegiado desde la terraza, contemplando cada noche como los enormes barcos de pasajeros son engullidos por la oscuridad. Y pienso entonces que me he descuidado, que podría dar mucho más de mí… De adolescente leía y leía, tomaba notas, e intentaba reflexionar, torpemente, sobre asuntos filosóficos que me situaban ante un universo nuevo. Preguntaba, buscaba, escribía, me rebelaba y tenía un afán infinito por llegar más lejos, allá donde mi mente no había logrado llegar jamás. Por eso me gusta la visión de los barcos dirigiéndose hacia el horizonte. Hay que reemprender el viaje, donde lo desconocido da miedo reside la única posibilidad de ver la vida con una luz diferente.

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“Mis recuerdos se remontan a los primeros años de infancia. Es como entrar en un bosque espeso, en el que la vegetación se enreda de tal modo que es imposible reconocer qué plantas crecen en él exactamente. Los zarcillos se enredan alrededor del pie a cada paso, bajo los helechos crecen simpáticas setas con un aspecto fabuloso, por todas partes se abren flores desconocidas cuyo aroma llega hasta aquí, las copas de los árboles están llenas de extraños pájaros que clavan en nosotros sus ojos brillantes. Al final todo se convierte en sueño. Lo más grande y lo más pequeño se mezclan entre sí. La vida entera está allí, pero ¿quién sería capaz de desentrañar su traviesa caligrafía, sus trazos de cuento esbozados sobre cada tronco, grabados en cada piedra?.

Por muchos años que pasen, por muy lejos que vaya a parar, por mucho que cambie, seguiré caminando de un modo u otro por las orillas de este río, como si me dirigiera hacia mi patria.”

Rusia con Rainer. Lou Andreas-Salomé.