Contra los ladrones de libros

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Detesto a los ladrones de libros de la misma forma en que se aborrece a los policías corruptos o a los amigos que traicionan: como una falla de la especie. Su existencia es un atentado contra nuestro instinto de conservación. Acaba de conocerse un caso digno de estudio: el de un bibliotecario inglés que dejó una carta póstuma en la que confesaba haber robado muchos libros al arzobispo de Canterbury. El hombre actuó durante años con la impunidad de un fantasma en un cementerio: de alguna forma brumosa logró llevarse títulos que siglos atrás anunciaron el descubrimiento de nuevos mundos, tomos de mapas que pertenecieron a una reina, hasta una edición temprana de una obra de Shakespeare. El crimen fue tan perfecto que la policía nunca supo a quién buscar. A falta de pistas, los sucesivos guardianes de la biblioteca debieron resignarse por más de treinta años a considerar las pérdidas como parte de los estragos de un bombardeo sufrido durante la Segunda Guerra Mundial. Si ahora sabemos del robo es solo porque el ladrón se quebró en el último trance, ese intervalo en que todo moribundo se apresura a saldar cuentas para llegar mejor al otro lado. Semejante impunidad me hace inevitable la analogía: si los asesinos ocultaran sus crímenes con la eficacia de un bibliotecario corrupto, la humanidad estaría al borde de la extinción.

 

Detesto a los ladrones de libros porque soy testigo de su crimen. Hace unos años llegaron a mis manos cuatro ejemplares antiguos que alguien había comprado en el mercado negro de Lima. Esta persona acababa de adquirirlos para evitar que cayeran en poder de algún bibliómano –ese tipo de coleccionista amoral– y me los entregó para hacer una denuncia pública: pertenecían a la Biblioteca Nacional del Perú. La evidencia de la podredumbre era obscena: los ladrones ni siquiera se habían tomado el trabajo de quitar la etiqueta con el código de barras y el logotipo de la BNP al ejemplar más antiguo, una edición de 1578 del Papirii Massoni Annalium libri quatuor… Todavía me pregunto si fue un error o una insolencia. En cualquier caso, era la prueba incuestionable de una plaga que ha sido motivo de amargura para muchos académicos peruanos. Ahora se sabe con certeza que ese hallazgo era apenas una pincelada de un cuadro mayor: el último recuento oficial dice que más de novecientos libros han desaparecido de los anaqueles y bóvedas de la BNP. Las sospechas apuntan a una mafia interna. A diferencia del caso de Canterbury, esto no lo sabemos por una confesión. Lo sabemos porque a mediados del 2012 un académico francés detectó un manuscrito robado en una biblioteca de Washington y pudo demostrar que pertenecía a la biblioteca de Lima. Cuando se hizo el rastreo, se descubrió que alguien había robado también las fichas bibliográficas de la BNP, esas que sólo los bibliotecarios pueden consultar. Había sido como secuestrar a una persona y destruir su registro de identidad.


Me parece que hay algo especialmente perverso en alguien que roba libros cuando su misión es protegerlos. Algo comparable a la perfidia de un cura pederasta o a la de un médico que trafica con los órganos del paciente que se le acaba de morir. En todos estos casos ocurre una violación de un principio de certidumbre, esa certeza de que podemos poner en manos de alguien más nuestros bienes más preciados. “Un libro, cualquier libro, es para nosotros un objeto sagrado”, escribió Borges, quien durante años fue el supremo guardián ciego de la Biblioteca Nacional de su país. Si prestar un libro es uno de los más edificantes actos de fe que aún practica la humanidad, robarlo es una de las herejías más abominables. En casos como este se suele recordar esa antigua amenaza de excomunión que ahora figura como una estampa inútil en bibliotecas de todo el mundo. En el libro Bibliofrenia, Joaquín Rodríguez cita un anatema menos difundido de un monasterio en Barcelona: “Para aquel que robara, cogiera prestado o no retornara un libro a su legítimo propietario, que se transforme en una serpiente su mano y lo desgarre. Que quede paralizado o todos sus miembros malditos. Que sufra el dolor pidiendo en voz alta clemencia, y que no se le permita recuperarse de su agonía hasta que se descomponga. Permítase a los gusanos de los libros que roan sus entrañas… y cuando vaya a alcanzar su castigo final, permítase que se consuma eternamente en las llamas del infierno”. Si el autor del crimen fuera un bibliotecario, estoy seguro de que Dante lo mandaría hasta el noveno círculo: el de los traidores.

 

Nunca he estado de acuerdo con que se celebre el robo de libros como la gesta romántica de escritores sin dinero, pero incluso en ese caso hay una diferencia sustancial con el crimen de los bibliotecarios corruptos: mientras el ladrón de librerías le roba al dueño de un negocio, el ladrón de bibliotecas le roba a la humanidad. El primero se apropia de un volumen recuperable, el segundo mutila nuestra memoria. Entre las mayores pérdidas de la Biblioteca Nacional del Perú, por ejemplo, figura un libro de Erasmo de Rotterdam del que solo quedaban cuatro ejemplares en el mundo. Su pérdida todavía es lamentada por bibliotecarios honestos con tanta pena como si fuera un compañero de trabajo desaparecido sin explicación. Cuando los nazis empezaron a quemar libros, antes de exterminar seres humanos, muchos diarios internacionales utilizaron la palabra bibliocausto para reflejar la magnitud de la tragedia alemana. Me parece que a la palabra bibliocleptomanía, en cambio, le falta fuerza para designar el silencioso saqueo de nuestros tesoros bibliográficos. Lo triste es que ambos términos son apócrifos. Tal vez eso sea otra evidencia de nuestro deterioro. “Si cada biblioteca es, en cierto sentido, un reflejo de sus lectores, también es una imagen de lo que no somos ni podemos ser”, dice Alberto Manguel.

 

Desprecio a los bibliotecarios ladrones porque estimulan la excusa de los bibliómanos extremistas –aquello de que es posible robar tesoros para protegerlos– y encima tienen un santo patrón: un conde italiano que para mayor impudicia se apellidaba Libri. A mediados del siglo XIX, el conde Libri usó sus influencias para hacerse nombrar Inspector de Bibliotecas de Francia, pero en lugar de cuidar sus joyas se llevó más de treinta mil manuscritos. Se dio el lujo de venderlos para darse una vida cómoda hasta el final de sus días. Prefiero pensar que los ladrones de libros en Lima no tendrán esa suerte. Prefiero creer que en una batalla apocalíptica por la verdad, más pronto que tarde, los bibliotecarios justos dominarán la Tierra. Me gustaría decir, pensando en el o la cabecilla de esta mafia, Tus días de Judas han terminado. Un día, no muy lejano, te atraparemos

Periodista. Es autor del libro: «Sombras de un rescate: tras las huellas ocultas en la residencia del embajador japonés» (Planeta, 2007), un relato de no ficción sobre la última acción armada del grupo terrorista MRTA. Ha sido becario del Edward R. Murrow Program for Journalists, organizado por el Departamento de Estado de los Estados Unidos y el Aspen Institute. Ha recibido el premio anual de Derechos Humanos y Periodismo otorgado por la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos del Perú. Es coautor de: «La muerte se escribe sola»(AgenciaPerú /Aguilar, 2006), una historia policial basada en hechos reales. Trabajó como reportero en los diarios El Comercio y La República. Fue editor general de la revista Etiqueta Negra. Ha sido profesor de periodismo literario en la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC). En la actualidad integra el equipo del portal periodístico OjoPúblico [www.ojo-publico.com]. Vive en Lima.