Contradicciones

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La crisis de confianza sobre la economía española se extiende por el mundo entero, casi al mismo nivel que los éxitos deportivos de la selección de fútbol. Hace unos días, en una tienda de Beijing me preguntaron por enésima vez de dónde era, y en lugar de hacer gestos histriónicos con las manos y gritar gongniu  (公牛) o zuqiu (足球), sonrieron tímidamente antes de balbucear en «chinglish» la palabra maldita: troubles. Vaya, tenemos problemas y hasta en China se han dado cuenta de nuestra miseria. En breve nos comenzarán a tratar como inmigrantes sin recursos que llegan a este país cabizbajos en busca de lo que sea para sobrevivir. Por el momento nos incluyen en el privilegiado grupo de expertos extranjeros occidentales, pero conforme se den cuenta de nuestras necesidades bajaremos de categoría. Ni ganar la Eurocopa nos salvará del descenso.

 

A pesar de la buena vida que he llevado en el extranjero y del interés personal que me suscita esta experiencia, siempre me he considerado una emigrante. Una compatriota gallega me confesó hace poco que ella siente lo mismo. Ambas formamos parte de una generación de españoles que ha crecido en ciudades cada vez más multiculturales y ha vivido el fenómeno migratorio de España desde la comunidad de acogida. Aún recuerdo el impacto de llegar a Madrid en 2001 y compartir el transporte urbano y el propio barrio con personas de orígenes diversos. Ahora estamos en la otra orilla, ya no debemos acoger, sino esperar a que nos acojan, nos entiendan, nos respeten. Es una experiencia repleta de contradicciones.

Vigo, 1983. Licenciada en Periodismo y Especialista en Información Internacional y Países del Sur por la Universidad Complutense de Madrid. Tras experiencias académicas y profesionales en Madrid, Freiburg, Utrecht, Berlín y Londres, en 2008 llegó la ansiada oportunidad de ampliar horizontes en Asia. Cuatro meses antes de los Juegos Olímpicos me trasladé a Beijing con un visado de trabajo pero sin propósitos definidos, abierta al descubrimiento de un nuevo mundo, y aquí sigo, observando los cambios de una sociedad en constante transición que desafía mis neuronas constantemente.