Contribución a la guerra en curso

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Este libro, recientemente publicado en Errata Naturae con un texto clásico de Deleuze y uno de los primeros de la mítica revista Tiqqun, prolonga los documentos de una ofensiva política que acaso no tenga precedentes. De Deleuze conocemos aproximadamente su potencia de penetración en la metafísica que guía al poder reinante, sus detalles alucinógenos sobre el presente, su sabiduría para recordarnos lo que es el misterio de una vida que siempre se nos escapa. De ese extraño medio anónimo llamado Tiqqun volvemos a comprobar un caudal tan arrollador de sugerencias que casi es secundario los puntos en los que podemos estar de acuerdo y los que no. Es tan energética la descarga moral y política que realizan contra nuestro mundo que bien pudiera ocurrir que no tengamos elementos de juicio para tomar alguna distancia. Este colectivo anónimo encarna la más compleja filosofía y la más potente literatura política que hemos leído en mucho tiempo. Tan libre que a veces son desternillantes los relámpagos que deja caer sobre nuestro mundo dormido; tan iluminadora que el magnetismo de sus textos sigue funcionando aunque no se compartiese ni una sola línea.

 

Hablando de su amigo Foucault, Deleuze nos recuerda otra vez lo que es un dispositivo, a medias entre la infamia clásica del poder y los mecanismos de coerción invisibles, propios de un tiempo inmanente que debe evitar ejercer la violencia directa. El autor de Diferencia y repetición, rememorando a Burroughs y a Nietzsche, llega a hablar del poder como tercera dimensión del espacio, de una “estética” intrínseca de los modos de existencia como dimensión última de los dispositivos. Pertenecemos a los dispositivos y actuamos en ellos… Tanto los dispositivos de poder como los mecanismos de resistencia se alían más con lo actual que con lo que aún podríamos llamar historia. La historia o el archivo es lo que todavía nos separa de nosotros mismos, mientras que lo actual es eso Otro con lo cual concordamos ya. Lo actual no es lo que somos, sino más bien eso en lo que devenimos, nuestro devenir-otro. Lo intempestivo, ese devenir que se bifurca con la historia, ese diagnóstico que toma el relevo del análisis por otros medios, nos obliga, no a predecir, sino a atender a lo desconocido que llama a la puerta.

 

Deleuze apela a las nuevas configuraciones de subjetividad que son susceptibles de ofrecer resistencia a la nueva forma de dominación, un control que funciona en un régimen abierto y fundido con el pluralismo de los estilos de vida. Y Tiqqun toma el relevo en este punto, proponiendo una “metafísica crítica” que se convierta en ciencia de los dispositivos donde somos cuerpos sin vida, singularidades vacías, Bloom (Joyce) dispuestos para cualquier reenvío. El dispositivo perfecto, dicen estos militantes, es la autopista: en ella un máximo de circulación coincide con un máximo de control. Todo está cuidadosamente diseñado para que nunca suceda nada, igual que en las autopistas y en las redes de comunicación.

 

La puesta en marcha de estos continuos ambientes condicionados fuerza nuestra “bloomificación”, la conversión de la existencia en polen, nube, polvareda dispersa. La llamada era del acceso es al mismo tiempo la era del control, pues en cada conexión se nos formatea con una clave numérica. “El individuo autónomo viene a ser la figura central del dispositivo (…) un dispositivo que ha dejado de orientar al individuo, al ser el individuo el que se orienta en el dispositivo”. En esta continua libertad condicional a la que se nos invita, pagamos en realidad para ser dispensados de la experiencia del dispositivo, adquirimos el derecho a la ausencia.

 

Para los militantes de esta extraña simbiosis de teoría y práctica, la necesidad de una ciencia de los dispositivos se hace patente desde el instante en que los hombres se han instalado en un mundo por entero producido. Incluso lo que en principio nos parece “auténtico” acaba pronto mostrándose como producto, es decir, “disfrutando de un estatuto de no-producto como modo de obtener valor dentro del marco general de producción”.

 

Bajo la visión feroz de este texto de Tiqqun alienta una especie de optimismo revolucionario, pues en este mundo entregado al escrutinio, a una fanática gestión de la visibilidad, nos queda el aliado secreto que es el Tiempo. El tiempo de la experiencia, el que desvencija, deforma, corrompe; ese tiempo que es la esencia misma de la deserción. El tiempo que se concentra y expande en haces de momentos donde toda dominación aparece arruinada. Disponemos de tiempo; incluso allá donde no es nuestro aún podemos dárnoslo.

 

Cada dispositivo posee su propia musiquilla, una música que no pueden percibir quienes fluyen por el dispositivo, puesto que su paso sigue de forma demasiado marcial el compás como para escucharla. La tarea de la subversión es partir de una rítmica propia que permita prestar atención a la “normativa ambiente”, descompasando el paso, desdoblando la conciencia. Debemos estar a la vez en marcha e inmóviles, al acecho y aparentemente distraídos. Después de un recorrido extrañamente iluminador, el texto de Tiqqun termina de esta forma misteriosa: “En cierto sentido, la cuestión revolucionaria será en adelante una cuestión musical”.

 

A pesar de la fascinación que puede ejercer Tiqqun, precisamente por su radicalidad, queda en el aire alguna duda filosófica y política. A veces ellos parecen también un dispositivo, una metafísica por entero cerrada y producida de la que hay que fugarse para solamente extraer esquirlas. Es como si, al contraponer en bloque a la “metafísica tradicional” una “metafísica crítica”, se olvidasen que una de las funciones de la metafísica es librarnos de la metafísica. Sobre todo, librarnos de esa encarnación furiosa de la metafísica que es la obsesión política occidental. A pesar de una curiosa crítica a Marx, parecen todavía presos de él, ignorantes de que la cólera es un instrumento ocasional que ha de manejar la serenidad. Una serenidad que nos permita el juego o la retirada. Que nos permita incluso la indiferencia ante una historia que siempre ha sido una pesadilla de la que hay que despertar.

Ignacio Castro Rey es doctor en filosofía y reside en Madrid, donde ejerce de ensayista, crítico y profesor. Siguiendo una línea de sombra que va de Nietzsche a Agamben, de Baudrillard a Sokurov, Castro escribe en distintos medios sobre filosofía, cine, política y arte contemporáneo. Ha pronunciado conferencias en el Estado y en diversas universidades extranjeras. Como gestor cultural ha dirigido cursos en numerosas instituciones, con la publicación posterior de siete volúmenes colectivos. Entre sus libros últimos cabe destacar: Votos de riqueza (Madrid, 2007), Roxe de Sebes (A Coruña, 2011) y La depresión informativa del sujeto (Buenos Aires, 2011), Roxe de sebes (Fronterad, 2016), Ética del desorden (Pretextos, 2017). Acaba de publicar Sociedad y barbarie, un ensayo sobre los límites de la antropología en Marx.