Contrincante

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Llevaba notando un importante descenso en el número de llamadas y por ende, en el de clientas. Le di vueltas a las posibles razones llegando a una conclusión básica: aunque sea el único prostituto oficial en Phnom Penh tampoco es que existan tantas señoras que se atrevan a contratar el producto.

 

Llevaba notando un importante descenso en el número de llamadas y por ende, en el de clientas. Le di vueltas a las posibles razones llegando a una conclusión básica: aunque sea el único prostituto oficial en Phnom Penh tampoco es que existan tantas señoras que se atrevan a contratar el producto. De hecho, si restara a todas las que ya han pasado por el catre, debo reconocer que no deben quedar tantas atrevidas dispuestas a rascarse el bolsillo e indirectamente a crearse un problema; que lo de pagar por sexo en una mujer sigue siendo un tema tabú que muy posiblemente requiera, para la mayoría de ellas, tratamiento psicológico.

 

Pero mira tú por dónde que tomándome un absurdo sándwich en uno de los clásicos negocios pecaminosos de hostelería camboyanos, que orientados hacia el mundo occidental patinan de manera insultante, me di de bruces con el quid de la cuestión: ‘Dimitri, alias Metralla, 23, cuerpo escultural, modelo, ex militar’. Justo debajo de mi anuncio del ‘Cambodia Times’, en una sección de contactos para mujeres que al paso que va acabará siendo el suplemento dominical del periódico, aparecía la oferta de un contrincante, un tipo al que casi doblo en edad, que se anuncia como musculoso y además como modelo.

 

El café de la mañana que me suele caer como un tiro no sólo perforó mi estómago sino mi ánimo, que quedó maltrecho generando en mi una neblina depresiva de insondable medida. Para emborronar el resto del día, pedí otro café solo que terminó por sacarme de mis casillas, llegándoseme a pasar por la cabeza una idea maquiavélica: hacerme pasar por una tal Lourdes y tratar de sacar información al tal Metralla, en un apodo mucho más certero que Aspersor si hablamos de llamar la atención al consumidor. Hasta pensé en cambiarme el nombre. ¿Goma 2? No, la gente pensaría que soy un enfermo de la seguridad sexual; o directamente que cargo con venéreas de por vida. ¿Granada? Nada, nada. Lo asociarían más al flamenco que a las bombas de mano. ¿Trinitrotolueno? Demasiado difícil de pronunciar. Si acaso Trinity… Pero no, no creo que el cambio de denominación atrajera más a mi bolsa de clientas, entre otras cosas porque la edad, aparente musculatura y el hecho de que sea modelo son realidades a las que yo no podría acercarme ni tras tres meses de trabajos forzados en un gimnasio.

 

El desasosiego corría por mis venas tanto como el Yamazaki 12 años, en una lucha constante que mantengo cada vez que las noticias no son como yo querría que fuesen. Y en esas envié un mensaje de texto al tal Metralla. Comienzo de la juerga. ‘Hola Metralla, me llamo Lourdes. ¿Qué servicios ofertas?’.

 

A los cinco minutos de reloj una respuesta desalentadora, fuera de todo producto comercial: ‘Estoy ocupado. Te contesto en media hora’. ¡Estaba ejerciendo! ¡Se le acumulaba el trabajo! Y yo gastándome lo que me quedaba en whisky japonés y mensajes de texto, cuando debería reconocer que por muchos datos que arranque al presumible ruso poco me queda por hacer. A la media hora justa, contestó Metralla, al más puro estilo chulesco. Quise vomitar. ‘Hola preciosa. Me acabo de duchar y ya estoy listo para otra sesión. ¿Dónde te veo?’.

 

El muy cabrón acumula actos como yo copas en este mundo tan injusto. Contesté curioseando, como hacen tantas y tantas de mis clientas. ‘¿Tienes casa? ¿Cuánto cuesta la sesión? ¿Qué ofreces?’. Y a los cuarenta segundos, la parrafada: ‘Divido mis polvos según la fuerza a emplear. Fuerza 1, 100 dólares, donde te sacaré placeres que ni siquiera tú sabías que existían. Fuerza 2, 75 dólares, donde mediaré entre la violencia sexual y el cariño. Y Fuerza 3, lento y pausado, pero hasta el fondo de tu cuerpo. Extras, a negociar. Yo pongo la casa, aunque puedo ir a la tuya si me pagas el taxi. Besos’. Hundimiento. No sólo cobra el doble que yo, sino que cobra el transporte. Por supuesto seguí jugando. El Yamazaki seguía indicándome el camino. ‘Soy clienta de Aspersor, que también se anuncia en el Cambodia Times. Y cuesta la mitad’. Y me quedé tan pancho. De hecho, fui a orinar al baño del bar mirándome al espejo como si en él se reflejara la imagen del auténtico ganador. Me la sacudí con violencia, me cerré la cremallera sin mirar, aguerridamente, y salí inflado de orgullo hasta que al llegar a mi mesa tuve que pedir un whisky triple. Su respuesta, el final: ‘Tres de mis clientas me han hablado de un calvo con melenas entradito en años que cobra por sexo y tose cuando se acerca al clímax. Me han dicho que flojea en la cama y que habla mucho. Nada que ver conmigo. Yo estoy en otra liga’. Pensé en llamar al ‘Cambodia Times’ y tirar los precios, como hacen los usureros en las rebajas. No sé, algo así como: ‘Todo este mes polvos a 20 dólares transporte incluido. Y hasta me quedo a dormir’. Aunque claro, la borrachera me llegó casi a convencer de poner anónimos en las farolas, en los baños públicos, en imprimir folletos para colocar en todos los parabrisas de cada uno de los coches de Phnom Penh con una frase demoledora: ‘Sube el sida en Rusia. Se busca a un ex militar que asesina a mujeres’. Casi me vuelvo loco. Pero en esas, y porque la vida está llena de milagros, sonó mi teléfono. Y esta vez no era Metralla. La voz sonó tan dulce que mis nervios llegaron, por primera vez en todo el día, a calmarse.

 

Hola Aspersor, llamo por lo del anuncio.

 

Perfecto. ¿Dónde quieres que nos veamos?

 

Hotel Raffles, habitación 456.

 

Maravilloso, ¿cuándo quieres que vaya?

 

Lo que tardes en llegar. Ya estoy preparada.

 

 

Pagué la cuenta, que casi me tengo que quedar a fregar los platos, y con los últimos cuatro dólares que llevaba encima enfilé la calle 51 hasta el Raffles, que fueron veinte minutos andando a paso mucho más que rápido a causa de la eterna duda que le surge al borracho. ¿Y si todo aquello era una broma? ¿Y si gastándome mis últimos dólares hubiera quedado en riesgo de exclusión social, borracho, sudado y sin cuartos? Al llegar al Raffles estuve a punto de pasar a la historia de Camboya porque por muy poco casi paso a ser el primer extranjero al que no le dejaban entrar al hotel. La conversación con el mayordomo que te recibe en la entrada disfrazado de épocas demasiado pretéritas, de traca.

 

¿Dónde va usted?

 

Y a usted qué le importa –de hecho estaba en juego la hombría y el poder del occidental en una clara afrenta de un jemer sin más.

 

Si no me dice adónde va no le puedo dejar pasar.

 

Mire, si le digo adónde voy acabará podrido de la envidia.

 

Dígamelo. Es mi deber saberlo. Estoy aquí para algo.

 

La verdad es que la imagen era tétrica. Y luego me quejo de que si me sale competencia más joven y forzuda, cuando no hago nada por parecer más atractivo. Pantalón corto verde militar que se había oscurecido completamente a causa del exceso de transpiración, camiseta negra lisa con las axilas blancas de la mezcla de sudor de Rexona ‘anti-manchas’, y la cara clásica de un alcohólico, con los ojos inyectados en sangre, blanquecinos pómulos, y con serios problemas a la hora de vocalizar, que cuando uno se embriaga se le nota más cuando no se expresa en su lengua materna.

 

Voy a la habitación 456. A poseer a una mujer. ¿Acaso es que usted también quiere venir?

 

Deberá registrarse en recepción.

 

¿Por quién me toma? ¿Por una prostituta?

 

En esas sonó mi móvil, atendiéndolo sin mirar quién llamaba y recibiendo una violenta frase en inglés con acento ruso: ‘Hola guapa, ¿cuándo quieres que te monte?’. Me quedé paralizado. Tanto, que el mayordomo del hotel me dejó pasar sin necesidad de que me identificara en recepción, una humillación para los que no queremos contar a lo que nos dedicamos. A Metralla le colgué sin contestar. Ya en el ascensor me envió un mensaje. ‘¿Qué ha pasado?’. Y mi respuesta, estudiada al detalle para que se inyectara algo de orgullo a mi hombría. ‘Estoy con Aspersor. Ya te llamo otro día’.

 

Fueron tantas las emociones que casi ni me afectó que Shirley, australiana, tuviera 76 años. El Cialis volvió a arrinconar a mi alcoholismo severo que detiene mis erecciones generales. Aunque debo reconocer que con Shirley no me hubiera puesto a tono ni tras un año abstemio. A la mañana siguiente salí del hotel, con la misma ropa que el día anterior, cuando el mayordomo me dio los buenos días esbozando una cruel sonrisa. Porque al paso que voy no es que mis clientas vayan a acabar abonadas a Metralla, sino que algunas morirán, en escasísimo tiempo, por culpa de las leyes de la naturaleza. Al menos olía bien.

 

 

Joaquín Campos, 13/04/14, Trat, Tailandia.

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