Corazones rotos

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Imagínenense que van a hacerse un chequeo médico y en ese momento en lugar de diagnosticarles una anomalía cardiaca lo que les provocan es un terremoto emocional. ¿Qué hacer cuando la catástrofe afecta a nuestros sentimientos? ¿Cómo dominar los celos, la rabia? ¿Qué queda a partir de entonces de nuestro mundo?

 

Suena Lovers, de Neuman

 

Reconozco desde un principio que debo andar equivocado pero de buenas a primeras no se me ocurre asociar a los rusos –y si quieren pueden hacerlo extensible a los soviéticos- con el sentido del humor. Aunque conozco a una adolescente llamada Darya, que habla castellano con un curiosos acento andaluz, que es muy graciosa. Pero a bote pronto pensamos que la comedia no es lo suyo. Si hablamos de literatura tuvieron a Tolstoi, Dostoievski y Chejov; si nos adentramos en terreno cinematográfico nos acordamos de Einsenstein, Pudovkin, Tarkovski y de los más recientes Zvyagintsev o, el que ahora nos ocupa, Kirill Serebrennikov. Es pensar en alguno de sus libros o en alguna de sus imágenes y no aparecer ni el menor atisbo de sonrisa. Lo suyo son los dramas cotidianos cuando no las grandes tragedias. Por eso no nos sorprende que cuando Serebrennikov habla de su última película, Traición (Izmena, 2012), se refiera a ella como un “film de catástrofes” para contarnos la historia de dos personajes que descubren –ella se lo confiesa a él mientras le realiza un cheque médico- que sus respectivos cónyuges tienen una relación amorosa y que deciden convertirse en una especie de amantes despechados.

 

La película desde su inicio ya nos ha prevenido de que lo catastrófico, es decir, el elemento desestabilizador puedo irrumpir en cualquier momento, ya sea a nivel emocional, ya sea llevándose por delante víctimas inocentes –la impactante secuencia del atropello múltiple.- Frente al motivo argumental que arranca la trama resulta inevitable recordar Deseando amar (In the mood for love, 2000), de Wong Kar Wai, a su vez una variación de La mujer de al lado (La femme d’à côté, 1981), de François Truffaut, sin embargo ahora, a diferencia de aquella en la que los que padecían el adulterio decidían preservar su honradez y no cometer ellos una traición, aquí las dos víctimas se entregan al juego de “donde las dan las toman”. Ambos deciden seguir los pasos de los amantes, los lugares que visitan –un parque, un banco, una cafetería, una habitación de hotel-, persiguiendo sus sombras, hasta que deciden convertirse ellos mismos en amantes.

 

 

A estas alturas, pues, nos ha quedado claro que aquí no se va a establecer ningún juicio moral, ni va a haber víctimas que padezcan las traiciones de los demás. Todo el ambiente se ha ido enrareciendo, la extrañeza se apodera del relato y la inquietud de los espectadores. No andamos lejos de los territorios hitchcockianos –a lo que no es ajeno el peinado de la protagonista, sin duda- con unos personajes obsesionados per reproducir los gestos y los actos de la pareja adúltera, por una protagonista que por momentos parece arrastrar hacia la perdición a su cómplice, por un protagonista que parece no poder dominar sus deseos. Paulatinamente va creándose algo enfermizo que se acentuará en una segunda parte del film marcada por una cesura que de nuevo remite a Hitchcock.

 

 

Efectivamente, Serebrennikov no deja de ser consciente en todo momento que su película no puede desarrollarse por terrenos convencionales y después de convertir a las víctimas en verdugos, de que el asesinato haya servido de definitivo ajuste de cuentas  le da la vuelta a la tortilla de forma sorprendentemente decidida y admirable. Traición no va a convertirse en un melodrama más como tampoco va a desviarse por los caminos del “thriller” –eso queda resuelto con una confesión y un beso, en los labios, eso sí.- Se produce la elipsis y de repente parece que los ecos de Hitchcock, Antonioni o Wong Kar-Wai nos han llevado hacia los típicos juegos de espejos que tanto le gustan a Kiarostami, o nos ha encerrado en una especie de cuento moral propio de Eric Rohmer que se desarrollara en todas sus posibles variaciones. Quedamos atrapados en una especie de bucle donde el adulterio se repite, donde las vidas trágicas de los protagonistas parecen predeterminadas a la tragedia, como si estuvieran dirigidas al infierno –esa imagen final descendiendo uno de los protagonistas las escaleras-. Pensaríamos que se trata de una comedia del absurdo, tal vez para evitar el desasosiego, tal vez porque nos cuesta admitir toda su verosimilitud. A una película como Traición poco le importan cuestiones como la lógica. ¿Quién la reconoce cuando hablamos de celos, obsesiones, sentimientos contradictorios, corazones rotos?

Josep C. Romaguera (Mallorca, 1976) mientras se licenciaba en Filología Hispánica acudía al Centre de Cultura Sa Nostra para aprender de Dreyer, Kurosawa o Hitchcock. También abandonaba las lecturas del mester de clerecía por las de Bordwell o Bazin. No tuvo suficiente con leer a los críticos como José Luis Guarner o Miguel Marías y decidió que el también podía intentarlo. Publicó en Temps Moderns –editada por el Centre de Cultura Sa Nostra-, L'Espira –suplemento cultural del Diari de Balears-, Zona Ocio –para Última Hora- y ahora también lo hace en FronteraD. También se le ha podido escuchar en El crepuscle encén estels, de IB3 Ràdio, y ver en Taula de cinema, de IB3 Televisió. A veces recuerda todo lo que aprendió ayudando en la producción, la edición y la elaboración de guiones cuando participó en la realización de la serie Baleares. Un viaje en el tiempo, para TVE. Ahora se atreve con un blog.

2 COMENTARIOS

  1. Sé que ahora está medio
    Sé que ahora está medio peleado con la crítica (y no he visto sus películas en mucho tiempo) pero recuerdo que Nikita Mijalkov tenía un excelente sentido del humor en sus filmes. Hablo de aquellos allá a mediados de los 90s

    • Efectivamente, comparto ese

      Efectivamente, comparto ese recuerdo, sin embargo, a esos toques de comicidad que aparecían tal vez en Quemado por el sol siempre asocio un tono melancólico. Me queda lejos Ojos negros y obras como El barbero de Siberia o su versión de 12 hombres sin piedad no las recuerdo por sus toques de humos, si es que los había. De todas formas estaremos de acuerdo que es una generalización seguramente injusta. Con los dirigentes que tienen, y han tenido, supongo que se lo toman con más humor. Saludos.

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