Correo rojo

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Aquel lunes había decidido dar un paseo por el barrio. Los colores que marcaban el final de verano estaban volviendo a cambiar y no quería dejar de observar el espectáculo. Decidí aprovechar la excursión para enviar unas simples postales. La funcionaria de correos había dejado sobre el mostrador la aborrecida notita blanca en la que se comunicaba que estaba en medio de un descanso técnico, por lo cual, había que joderse y esperar.

       Los descansos técnicos de los rusos eran poco menos que curiosos. No había ninguna regla que los explicase, sino que quedaban al libre albedrío de cada uno. Uno quería ir a tratarse el delirium tremens, descanso técnico; momento idóneo para vendar las heridas de la última reyerta, descanso técnico; por qué no inculpar a un checheno de contrabando de heroína, descanso técnico…

       Después de veinte minutos de pausa, una gorda malhumorada salió bufando de las profundidades de la oficina. El sistema postal ruso no tenía la menor intención de enviar mis cartas.

 

–  Eche las cartas fuera.

–  Pero ya tienen el sello puesto…

–  Le digo que recoja sus cartas y las eche en el buzón de afuera.

–  Pe, pero…ya están selladas, ¿no se las puede quedar usted?

–  Ese no es el procedimiento.

 

Respiré hondo. En el descanso técnico no le debía de haber dado tiempo a denunciar a nadie.

 

–  ¿Qué procedimiento…?

–  El procedimiento único.

 

Su cara se enrojecía como una tetera a punto de explotar.

 

–  Usted sale, echa las cartas en el buzón, el cartero las recoge y luego las vuelve a meter dentro.

–  Ah….ya.

–  ¿Está claro?

–  Perfectamente.

 

       No entendía nada pero obedecí. Salí a la calle con las postales. El buzón tenía una ranura diminuta por la que no cabían las cúpulas encebolladas de un San Basilio colorido con el que pretendía recordarle a todo el mundo que Rusia me hacía enormemente feliz. La iglesia se negó a penetrar por el agujero.  ¿Mordisquear la postal hasta arrancar las cruces era una opción…?

       Volví a la cola con cierta mala leche. Cuando finalmente llegó mi turno le expliqué a la morsa soviética que las postales no entraban en el buzón.

 

–  Y qué…

–  ¿Y qué?

–  Sí…y qué….

–  Mire, ¿no sería usted tan amable de quedarse las postales? Como puede ver llevan su sello correspondiente…

 

       Su mirada lo decía todo: no era su problema que yo fuera una extranjera subnormal que comprara tarjetas religiosas. Un Putin karateka sí tendría las dimensiones correctas para la ranura del buzón. Bajé el rabo y me di la vuelta. Vagaría por todos los caminos de Moscú en busca del buzón adecuado. Después regresaría a mi habitación y me las comería con patatas fritas.

 


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Autor: María Iverski