Corrida de beneficencia (15)

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No hay nada ni nadie que me detenga, pese al ruido grave que viene de los disturbios raciales en Estados Unidos. Las irresponsabilidades, las temeridades de ese mal sueño real llamado Donald se pagan. Así que, por tanto, en esta tarde sabatina en la que aún no ha aparecido en pantalla por vez primera mi gobernante no me queda otra que proseguir el relato sin saber cómo acabarlo. ¿En mí está el poder de que termine bien o mal? Lo dudo, pese a lo que en más de una ocasión comenta McFarlane, desde su cómoda poltrona de gabinete psicoanalítico de Jamaica. A todas horas martiriza con sus sentencias, no siempre acertadas.

Cuando llegamos en ascensor al amplio vestíbulo de la primera planta del hotel Wellington, las ratas, Horacio y yo, nerviosos por no estar a la hora marcada en el programa para el almuerzo oficial, salen a nuestro encuentro uno de los funcionarios del Mando Único y un diplomático relamido joven, que se presenta como miembro de la casa civil de Zarzuela. “Apúrense, por favor, Su Alteza y el resto de la comitiva están ya sentados a la mesa”, me ruega un tanto desabrido el relamido. Corto inmediatamente su discurso cuando intenta explicarnos cómo dirigirnos al monarca en una lección urgente de urbanidad que ninguno ha solicitado. “¡Déjese de rollos, por favor! No es culpa nuestra si el encuentro con los dirigentes de Vox se ha demorado”.  “Perdone, lo comento porque tal vez ellas no saben comportarse”, precisa. “¡Mire, señor como se llame, estas tres ratas tienen una educación más refinada que la que usted haya podido recibir durante dos años en la Escuela Diplomática!”, exclamo.

No empieza bien la sesión. Horacio me coge del brazo en una señal, acertada, para que me tranquilice. Pero es que he soportado siempre muy mal a esos remirados burócratas que presionan sin motivo por miedo a recibir una regañina de sus superiores. Lo experimenté en mis carnes especialmente cuando estuve un tiempo fuera de mi profesión viéndola al otro lado de la barrera, en organismos internacionales. “Mejoran”, en el peor de los sentidos, claro, las órdenes de arriba.

Lo primero que veo cuando abrimos la puerta es una mesa redonda cubierta de un mantel blanco en cuyo centro hay un arreglo floral y al fondo de la sala tres banderas con crespón negro: la española, la europea y la madrileña con un retrato del monarca. ¡Qué estupidez! Seguro que no ha sido él quien lo ha ordenado, sino los insectos que lo adulan y le rodean, esos que tratan de que los oídos del amo reciban la gloria, el elogio hasta el extremo de confundirlo. Siempre me acordaré el gesto de desconcierto del dictador rumano Ceaucescu cuando apareció en la balconada del palacio de la revolución y comenzó a escuchar el griterío contra él de la multitud concentrada en la explanada de Bucarest pese al frío. ¿Quién de sus lacayos le engañó? Supongo que todos.

Al entrar hay un ruido de sillas. El monarca viene sonriente hacia nosotros para saludarnos. Los demás invitados, el alcalde, el cardenal y el presidente de Cáritas se han levantado y esperan en la mesa. Felipe VI, vestido con un traje azul oscuro, nos recibe con un “bienvenidos”. Lo había visto anteriormente en tres o cuatro ocasiones por motivos de mi profesión. Se lo comento y dice: “Sí, sí, claro ya me acuerdo”. Es obvio que ni me recuerda y finge con esa elegancia que la gente de poder muestra con quien se presenta a él para tratar de ponerse a la altura del súbdito. Algunos lo hacen rematadamente mal, se les nota su estúpida arrogancia, pero otros, como es el caso del monarca, lo exhibe con una maravillosa habilidad hasta casi convencerte de que te conoce y que sabe perfectamente dónde te vio y de qué hablasteis. Supongo que es una educación aprendida desde la cuna. Una profesión.

Felipe VI se interesa por mis peculiares tres acompañantes y las saluda poniéndose en cuclillas como si fuera algo que hace todos los días en las recepciones oficiales. “Me han hablado muy bien de ustedes”, les dice siempre sonriente. “Pero permítanme presentarles al alcalde de la capital, a su eminencia el cardenal arzobispo y al presidente de Cáritas, que como usted sabe, señor Esteruelas, es quien ha canalizado todos los fondos de ayuda que se han recibido para hacer posible esta magnífica iniciativa suya”. Horacio, mi amigo periodista, muta el rostro hasta ponerse carmesí. Temo que le vaya a dar un síncope.

El cardenal es un individuo mucho más mayor que yo. Viste con la sotana y el birrete de purpurado. Se aproxima de manera cálida y me estrecha la mano. Por Dios, pienso, nos estamos olvidando de los protocolos marcados por el taciturno ministro de Sanidad y mi paisano doctor Simón, que a medida que pasan los días parece una momia iluminada. ¡Pobre hombre! ¿Tendrá algún momento de descanso? ¿Sufrirá pesadillas angustiosas como las mías? “Ustedes también son criaturas de Dios y merecen ser tratadas con igual respeto y dignidad que estos dos señores que las acompañan”, manifiesta con un tono algo exagerado el dirigente eclesiástico. “Hola”, nos dicen afables el alcalde, un tipo joven de pequeña estatura, y el presidente de Cáritas, un señor de pelo blanco que calculo sea de mi edad. “Hola, paisano. Estudié en la Academia Militar de Zaragoza y tengo magníficos recuerdos de mi estancia allí”.

Una vez terminado el protocolo de saludos formales nos sentamos a la mesa al tiempo que emerge un enjambre de camareros, uno para cada uno de los nueve comensales. Al fondo, de pie, revolotean el funcionario y el relamido diplomático en permanente estado de agitación.

Aprecio la inteligencia del monarca pues centra la conversación desde el primer momento en Freddy, Teby y Abigail, las tres ratas ilustradas. Les agradece su colaboración en este acto benéfico, en su modestia por aceptar participar como toros en el espectáculo. Le interrumpe Freddy: “Perdón, Alteza, no somos toros y por supuesto no pretendemos ni aceptamos someternos a la suerte de la muerte”. “Claro, claro. Por supuesto”, ríe Felipe VI y todos los demás con él. El alcalde llega incluso hasta iniciar un tímido aplauso. Hay buen ambiente, debo confesar, comparado con el que hemos tenido antes con los líderes de Vox,aunque soy consciente de que la impostura no ha desaparecido por completo .

El Rey intercambia el inglés con el español cuando charla con los tres roedores. Les cuenta que él estudió Relaciones Internacionales en la universidad de Georgetown y que tiene magníficos recuerdos de su estancia en Washington y conserva muy buenos amigos en Estados Unidos. No sé si debido a la copa de vino blanco que se ha tomado en un pispás antes de atacar el cóctel de mariscos, Teby le suelta: “¿Y entre esos buenos amigos, Señor, se encuentra por casualidad Donald Trump?”. Felipe VI sonríe y torea bien: “El señor Trump es el presidente de ese gran país que es Estados Unidos, con quien mantenemos magníficas relaciones”.

Una vez concluido el primer plato y ya al inicio del segundo, una dorada al horno con guarnición de verduras -¡qué bien!, pienso, yo que no trago la carne-, Felipe VI habla de la dramática situación económica y social que ha generado la pandemia, pero se muestra convencido de que España tiene capacidad suficiente para salir del túnel. “Somos un gran país”, señala. Cuando pronuncia la frase me revuelvo en mi asiento. Me parece muy manida, muy repetitiva. Se la oía decir a Rajoy en la pasada crisis y ahora también a su sucesor en Moncloa. “Lo somos, queridos amigos”, continúa el monarca ya lanzado en modo patricio. “Estamos superando la pandemia, aunque haríamos mal si bajáramos la guardia porque el virus no será completamente derrotado hasta que no exista una vacuna”, agrega. “¿Qué piensan ustedes, profesoras? ¿Puedo llamarlas así?”. “Bueno, en sentido estricto diría que sí, aunque no nos dedicamos a la docencia. Sólo somos investigadoras seniors de la Columbia University. Mi colega Abigail, hembra, es socióloga y nosotros, Teby y servidor, machos, somos psicólogos”, puntualiza Freddy.

“Mire, Majestad, estimamos aún prematuro hacer una conclusión de lo que estamos viendo, pero las tres estamos de acuerdo que sin unidad será mucho más difícil que este gran país pueda salir adelante”, declara solemne Freddy y las otras dos asienten.

“Sí, sin duda. Estoy de acuerdo con lo que comenta. Pero, miren, España es un país que ha tenido una historia dura, complicada y hasta sangrienta en el último siglo y medio, pero sabemos encarar de frente las situaciones difíciles cuando se presentan y conseguimos vencerlas. No queda otra”, sentencia el Rey. Percibo de su gesto y de su tono que no llega del todo a creerse lo que acaba de afirmar. Aunque, evidentemente, no podría decir lo contrario. Va en su trabajo.

“Dios le oiga, Alteza”, exclama el cardenal, que hasta el momento ha intervenido poco en la conversación al igual que el alcalde, el presidente de Cáritas, Horacio y yo mismo.

Me duele enormemente la cabeza como resultado del par de pastillas de orfidal combinadas con un nolotil que tomé la noche pasada. Golpea suavemente a la puerta del dormitorio mi discreta ama de llaves: “Bosco, despierte. Salga a la calle que hoy hace un día maravilloso y disfrutará dando una vuelta por el paseo marítimo”. No suena a una orden, sino a una recomendación afable. Así haré y pensaré cómo terminar el ágape real. ¿Pero cómo lo podré hacer consciente?

 

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Bosco Esteruelas
Bosco Esteruelas es periodista y escritor. Ha trabajado en El País como editorialista y corresponsal en Tokio y Bruselas, y antes en la agencia Efe en las delegaciones de Roma, Washington y Londres. Ha sido también portavoz de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) y de la Comisión Europea. Ha publicado tres novelas, "El reencuentro" (2011), "Todo empezó con Obdulio" (2012) y "Retorno a Zumaia" (2014), y una colección de relatos titulada "La chica de Tsukiji" (2014)   En esta bitácora quiero observar e interpretar la realidad política y social desde fuera de la jungla urbana

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