Corrida de beneficencia (22)

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Me acabo de enterar, despierto, que la mascarilla se va a quedar con nosotros por mucho tiempo y quien no la lleve arriesga una multa de al menos cien euros. Cuando paseo bordeando la orilla del mar en mi ciudad accidental por las mañanas veo a no pocos jóvenes pero también a adultos que no la portan. Me irrita bastante puesto que siento que con esa actitud imprudente ponen en riesgo mi vida antes que la suya, que no me importa absolutamente nada como buen egoísta que soy desde que comencé a dar los primeros pasos con gran alegría de mi madre. Yo era un niño muy bueno, con algunas peculiaridades, claro, al ser el pequeño de una familia de seis. Ella, si viviera, corroboraría lo que afirmo.

Tenemos que aprender a acomodarnos a lo que mi gobernante llamó una vez decretado el estado de alarma la «nueva realidad». Soy más bien escéptico de que la pandemia nos cambie mucho, pero sí pienso que tendré que habituarme a llevar ese complemento protector tan molesto y mantener en la medida de lo posible la distancia social hasta que no haya vacuna. Lo último no me molesta demasiado. Nunca he sido muy tocón. Ahora bien, lo del tapabocas me causa angustia y asfixia. Deberé acostumbrarme, si sigo entre los terrícolas, a moverme en una sociedad de supervivencia, parafraseando al filósofo surcoreano alemán Byung Chul Han.

La noche pasada no estoy seguro de que haya tenido un principio (eso sí fue cierto) y un final. Debí de excederme con los tranquilizantes y el alcohol. Tengo la sensación de no haber despertado en muchísimo tiempo y de concatenar el sueño del espectáculo de Las Ventas con tres o cuatro pesadillas muy agobiantes, que prefiero no explicar con gran detalle. Una de ellas estaba ligada precisamente a las mascarillas. Una cúpula dirigente mundial, de la que no formaba parte mi gobernante por no haber pasado la criba curricular, anunciaba urbi et orbi que cualquier persona estaría obligada a no desprenderse de la mascarilla hasta el final de sus días; e incluso después, ya que sería enterrada o incinerada con ella.

Los hábitos humanos, según esa horrible pesadilla, iban a cambiar radicalmente. Para aliviar al usuario del calor que produce el tejido, salían al mercado unas mascarillas más resistentes pero también más ligeras, cómo no, de fabricación china. Las habría con abertura en la boca para poder comer y también otras para el beso y la conducta sexual. Al parecer, ricos y pobres nos igualaríamos en el uso de tal complemento. Mi fantasía me llevaba a ver imágenes de funerales de dirigentes mundiales. Así por ejemplo, el cuerpo del joven dictador norcoreano Kim Yong Un, vestido con guerrera oscura y tocado con una mascarilla con el color de la enseña de la república popular, era llorado por miles de sus compatriotas en el Gran Palacio del Pueblo en Pyongyang. Pero también pude ver el cadáver de Nicolás Maduro, con tapabocas y envuelto en la bandera venezolana sobre un catafalco en una gran sala del Palacio de Miraflores. Identifiqué a más dignatarios muertos, entre ellos Donald Trump, que también portaban hasta la tumba esa tortura. Por fin lo veía con la boca tapada y, obviamente, callado. Pienso que no merece la pena explayarme más para no aburrir.

De regreso del farmobar, con un orfidal y un lexatin en el cuerpo, caí en la cama derrotado por el cansancio y el calor. Pronto mi cerebro me trasladó de nuevo al espectáculo de Las Ventas, donde acababa de terminar con gran éxito el número artístico de Freddy, Teby y Abigail. El público había refrenado un tanto la agresividad que despertó la presencia de las tres ratas de la Columbia University. Pero los del tendido hooligan seguían arrojándose vasos de plástico entre sí y de vez en cuando caía algún insulto grueso del bando de los de camiseta morada a los dos representantes de la monarquía española. Vicedós, con rostro sonriente, seguía muy atento desde su palco la refriega y hacía gestos con las manos para pedirles calma.

Por los altavoces el presentador anunció el arranque propiamente dicho del festival de ratomaquia y el nombre de los tres diestros: Monaguillo, Isa y Reconquisto. El primero torearía a Freddy, el segundo a Teby y el tercero a Abigail. Hubo aplausos y algún que otro pito. En fin, la división de opiniones que es a veces esencia de la tauromaquia y de la vida humana. Sin embargo, la grada trocó la silbatina en bronca ruidosa cuando se explicó que sería una lidia de salón, que en ningún caso terminaría con la muerte de los roedores. «Maricones», «Cobardes», «Devolvédnos el dinero» fueron algunas de las lindezas que escuché desde la contrabarrera y que apunté en mi bloc de notas.

Muy cerca de mí, un ganadero salmantino y un apoderado andaluz discutían acaloradamente sobre el guión de la función. «Esto es una charlotada, peor que la de los enanos toreros», le decía el salmantino al andaluz. «No entiendo cómo Romerales no ha suspendido el festival», respondía éste. «Pues porque hay mucho dinero de por medio, Manuel Antonio. El Gobierno distrae a la opinión pública con esto, la Corona está detrás y, además, hay que admitir que se hace por una buena causa», argumentaba el primero chupando varias veces su habano.

La música racial del pasodoble condujo a otra mucho más refinada. Los toreros habían preferido la clásica para no exacerbar más todavía los ánimos del público. Sonaron los primeros compases alegres del concierto número 5 de Mozart ante la sorpresa del graderío al tiempo que con elegancia entró en el ruedo Monaguillo, con su traje de luces azul diplomático y esos dibujos extraños de números y porcentajes. Saludó con el brazo al respetable. Exhibía temple pese a su inexperiencia. Se ganó algunos pitos. Escuché una voz rota: «Vete a San Sebastián, Rasputín de mierda». El secretario de Estado no se alteró por esos previos de mal agüero y esperó en el centro la salida de Freddy, con su faldita. Cerrada ovación. «Revuelca a ese Cantinflas como se merece», gritó desde los tendidos de sombra un orondo individuo.

Freddy y Monaguillo parecía como si hubieran ensayado previamente la lidia. El secretario de Estado hizo un par de pases con el capote a los que embistió graciosamente la rata, ganándose el aplauso. «El tipo tiene clase. Me recuerda a El Viti», comentó el apoderado a su acompañante. La música mozartiana, con el piano en allegro andante, ayudaba a que los dos gladiadores, el humano y el roedor, se esmeraran con cabriolas y saltos muy sutiles. Monaguillo, cuando la orquesta se arrancó con el andante, decidió exhibir todo el muestrario de su sabiduría taurina. Realizó una verónica bien aprovechada por la rata, que embistió con finura el trapo sin siquiera rozar el cuerpo del torero. Arreciaron las palmas y los olés y algún grito de entusiasmo desde el tendido de los entendidos. «A ver si le enseñas a torear a tu jefe, que no tiene ni idea». Miré al palco presidencial y atisbé que mi gobernante lanzaba una carcajada a la que acompañaron el Rey y el Emérito. A éste se le veía un poco más relajado e intercambiaba frases con la vicepresidenta primera, que como él era muy aficionada a las corridas de toros.

En el final mozartiano Monaguillo y Freddy decidieron llevar a cabo una exhibición de manoletinas muy bien coordinadas. Qué tipos estos, pensé. Freddy podría desempeñar un magnífico trabajo de asesoramiento en Moncloa si el conducator quisiera. En realidad, recordé, cuando nos vimos en el salón Marco Polo en el Wellington hace días, mi gobernante y la rata habían tenido buena química. Pero, en fin, eso era soñar. No creo que Vicedós se hubiera mostrado entusiasta de incorporar a la rata líder al trabajo de la presidencia. Podría hacerle sombra.

Terminada la música ambos, Monaguillo y Freddy, se acercaron hasta el centro del ruedo y de nuevo con gran coordinación saludaron al público, que les respondió con una generosa ovación. Aparecieron desde las gradas muchos pañuelos blancos. Bueno, me dije, los ánimos están más templados y a lo mejor con suerte el festival termina con gran éxito y sirve para amainar la insoportable crispación política que vive el país.

El presentador anunció una media hora de descanso antes de continuar con el programa: Isa, la líder madrileña, frente al tibio Teby y el racial Reconquisto contra la desconfiada Abigail. Aún quedaba mucha tela que cortar y no pocos peligros.

Bosco Esteruelas es periodista y escritor. Ha trabajado en El País como editorialista y corresponsal en Tokio y Bruselas, y antes en la agencia Efe en las delegaciones de Roma, Washington y Londres. Ha sido también portavoz de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) y de la Comisión Europea. Ha publicado cuatro novelas, "El reencuentro" (2011), "Todo empezó con Obdulio" (2012), "Retorno a Zumaia" (2014 y "Gracias, asesino" (2020), y una colección de relatos titulada "La chica de Tsukiji" (2014)   En esta bitácora quiero observar e interpretar la realidad política y social desde fuera de la jungla urbana

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