Corrida de beneficencia (7)

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Al salir de casa por una puerta enrejada que aboca al paseo marítimo de mi ciudad accidental estuve esta mañana a punto de ser arrollado por un cretino montado sobre dos ruedas. Ni se excusó. La suerte, el destino o un ángel me salvaron de terminar hospitalizado. Adiós a la escritura. Adiós al mar. Adiós a un ánimo rejuvenecido. Yo, a diferencia de McFarlane, mi psicoanalista jamaicano, sí creo en la casualidad siempre y cuando uno no la busque de modo obsesivo, porque entonces todo se estropea.

En fin, voy a probar esta vez a meterme en la cama de la cueva a una hora postmeridiana mientras las hormigas humanas pasean o hacen deporte a lo largo de la amplia acera que bordea la playa, otras se saludan con gestos de cabeza y algunas se acercan para darse el estúpido y absurdo “codo con codo” mascarilla en boca. Las más jóvenes se desentienden de los protocolos sanitarios dándose golpecitos en el hombro o tímidos abrazos como si me dijeran que la pandemia no va con ellas y que sólo azota a los de las canas. Triste realidad.

Venga ya, tomemos el orfidal con el té de las cinco, sin azúcar ni bourbon, que luego me provoca migraña, bajemos casi del todo la persiana de la puerta de cristal que conduce al largo corredor de terraza, tumbémonos mi yo y mi otro yo sobre la cama, encendamos el podcast, escuchemos el adagio del concierto de clarinete mozartiano y transportémonos al mundo onírico de toreros y ratas ilustradas preparando el grandioso espectáculo de ratomaquia, jamás habido antes en el planeta, con el loable fin de recaudar fondos para ayudar a las filas de la vergüenza, a los comedores del hambre que la tragedia ha generado con saña.

¿Y si lo lograra? ¿Y si apretando los puños y cerrando los ojos muy fuerte lo consiguiera? Convirtiera una locura en una realidad. Sería extraordinario. Me sentiría mejor, dejaría de ser un individuo asocial y hasta yo mismo me encargaría de repartir bolsas de alimentos sonriendo y haciendo una elegante reverencia, una leve inclinación nipona de cabeza. Lo hice en Bolivia, ¿por qué no hacerlo ahora también? ¡Ay, qué poco cuesta soñar y qué fácil yo arreglo los males del mundo con la fantasía del triciclo!

Uno de los del Mando Único, un poco remilgado el personaje, nos acucia a mí, a mi amigo Horacio y a Freddy, Teby y Abigail, las ratas inteligentes de la Columbia University, elegantes y limpias con su blazier azul, pantalón gris y corbata de rayas, a seguirlo hasta el Salón Marco Polo, ubicado en uno de los laterales del vestíbulo del madrileño hotel Wellington, el lujoso hotel del barrio de Salamanca famoso entre otras cosas por ser donde se alojan los toreros durante la Feria de San Isidro. “El presidente y el secretario de Estado de Comunicación les aguardan”, dice para agregar luego con cierto embarazo: “¿Es necesario que estén ellas también?”. Respondo desabrido: “Esa cuestión ya ha quedado resuelta, señor. Sin ellas no hay festival. ¿Lo entiende?”.

En la amplia y moderna sala cuyos ventanales dan a la calle Velázquez nos esperan sonrientes mi gobernante, también conocido como conducator, y junto a él su tímido asesor, apodado Monaguillo y al que en algunos mentideros de la Villa y Corte, se le conoce como el Rasputín vasco por sus habilidades tenebrosas y ser oriundo de la Bella Easo.

El conducator parece más alto que en las fotos. Lleva un terno azul, camisa de igual color y una corbata de nudo pequeño oscura con puntitos rojos. Tiene ojeras y las disimula mal bajo una sonrisa que me atrevería a decir que no es del todo cosmética. “Hola, ¿qué tal? Soy Pedro Sánchez”, se presenta de un modo absurdo como si yo pensara que no sé quién es. “Iván me ha contado que estuvo en tu casa hace unas noches con Vicedós y que fuiste bastante crítico con mis homilías sabatinas. Son necesarias y pedagógicas. Créeme. A la gente hay que repetirle una y otra vez que esta es una guerra contra un feroz enemigo invisible al que sólo podremos derrotar si no bajamos los brazos. Con moral de victoria saldremos de la pesadilla. ¡Qué digo! ¡Estamos ya saliendo! En consecuencia, hay que prolongar un poquito más el estado de alarma, pero asimétrico y con cogobernanza”.

Su brazo derecho no hace más que tomar notas. Algunas se las pasa de tapadillo una vez que nos sentamos todos a la mesa, Horacio, las ratas y yo: “Me parece fascinante estar con estos animales tan cultos y educados. Me tengo que dar pellizcos para creerme lo que estoy viendo. Cuando se lo cuente a Vicedós se morirá de envidia, porque tengo entendido que cuando estuvo en tu piso las buscó con malas artes pero no las encontró. ¿Verdad, Iván?”. “Así es, presidente”, responde solícito el secretario de Estado. “Por cierto, antes de que se me olvide me dan muchos recuerdos para ti Luis y Arancha. Os conocisteis en Bruselas, ¿verdad? Me han comentado que tuviste problemas con tu antigua empresa. Son muy especiales, muy arrogantes. Yo también los he tenido. Ahora, la verdad es que no me quejo. Me tratan estupendamente y yo sé aprovecharme de eso. Es un quid pro quo”, manifiesta. “Siempre fueron maestros en eso”, remato.

Me llama la atención su desenvoltura. No nos conocemos y ya me confiesa su opinión sobre la empresa líder de la comunicación en el país. Contesta a todas las preguntas que le formulan Freddy, Teby y Abigail. Son cuestiones generales sobre la estructura de su gobierno, la crisis del coronavirus y el futuro europeo. Cuando alguna de las ratas solicita con educación alguna precisión él muestra habilidad y se evade con algo completamente distinto repitiendo eslóganes seguramente preparados en fichas por su gurú monclovita. “Mira, Bosco, ZP me dijo un día que si él llegó a la Moncloa cualquier español puede hacerlo. Eso le digo a Begoña, mi mujer, y voilà, aquí me tienes. También tú lo puedes intentar si te pones a ello. Ya te dejaré mi Manual de resistencia, si aún no lo has leído”. “Muchas gracias, señor, pero mi reino no es de este mundo”, contesto. La sonrisa desaparece inmediatamente del rostro y se torna en un gesto amenazador. Me mira fijamente a los ojos como si quisiera decirme que si busco reírme de él estoy muerto.

A continuación se explaya sin que ninguno se lo haya preguntado, tampoco las ratas investigadoras, sobre la última crisis abierta en el Gabinete a raíz del polémico acuerdo de los socialistas con los abertzales sobre la derogación de la reforma laboral de Rajoy. Nos pide discreción. Mira directamente a los tres roedores, les pide por favor que apaguen la grabadora y les ruega que si hacen uso de sus palabras en su estudio no se lo atañan a él. “Esto es un off the record, señoras”. Cuando se dirige de esta guisa a los tres curiosos personajes, todos, incluido él mismo y los propios animales, nos quedamos un tanto desconcertados.

Nos cuenta que la situación es delicada. Hay serias fisuras en el Ejecutivo entre los ortodoxos socialistas y los aventureros podemitas con peligro de que la máquina descarrile y caiga el Gobierno, lo cual agravaría más la crisis: “Es lo que quiere esta derecha montaraz que tenemos. Mira, esta mañana la portavoz, siguiendo las instrucciones del secretario de Estado, de este señor al que tú llamas Monaguillo, ha desempolvado la estrategia militar de Sun Tzu, según la cual la mejor defensa es un ataque directo, y ha culpado al PP de nuestro acuerdo con Bildu”. Nada digo, pero miro a Horacio, quien parece estar tan perplejo como yo.

Lanzado ya en su confesión nos cuenta que aunque tiene últimamente cierta empatía con el vicepresidente segundo es consciente del peligro que representa para el Gobierno y para el país: “Tiene un ego desmedido y busca ser la reina madre. Yo le digo: calma, Pablo, que con tantas declaraciones nos perjudicas a todos”. Hay un silencio en la sala, que lo rompe él con una frase que nos deja a las ratas, a Horacio y a mí bastante sorprendidos: “Tan pronto pueda le pondré la zancadilla y le invitaré a bajar del autobús. Y él lo sabe perfectamente que así será, de ahí que quiera aprovechar cualquier momento para alimentar su ego. Es una puesta en escena. Es un gran actor”.

“En fin, amigos, se hace tarde y sé que tenéis otros compromisos. Quería deciros que vuestra iniciativa me parece muy noble y maravillosa. Yo estaré en Las Ventas y por supuesto será un honor que el secretario de Estado represente al gobierno progresista toreando a estas inteligentes ratas. En consecuencia, suerte y al toro. Nunca mejor dicho”, concluye con una carcajada dejando ver una dentadura inmaculada. Sabe de su belleza y la explota con elegancia, porque a lo mejor es su principal o única virtud.

Nos despedimos y salimos juntos del salón Marco Polo. Tres guardaespaldas lo rodean y lo dirigen hasta la calle donde está estacionado el coche oficial. Quién le iba a decir a él hace cuatro años que iba a ser el deus ex machina después de que tuvo que salir de la sede del partido derrotado y humillado como si hubiera sido el mismo Maligno. Vivir para creer, debe pensar mi gobernante.

Abro los ojos. Ya no hay luz natural. La noche ha invadido el dormitorio. Los de abajo han debido morir víctimas del coronavirus porque no oigo ni un ruido. Claro, cómo va a haberlo si al mirar el reloj digital del móvil marca las 4.10 de la mañana. ¿Y ahora qué hago?, me digo. Qué mejor que ir a la cocina y a hablar con mis inquilinas temporales, las cultivadas ratas cubano-neoyorquinas. Pero allí no hay nadie. Bueno, sí, mademoiselle solitude.

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Bosco Esteruelas
Bosco Esteruelas es periodista y escritor. Ha trabajado en El País como editorialista y corresponsal en Tokio y Bruselas, y antes en la agencia Efe en las delegaciones de Roma, Washington y Londres. Ha sido también portavoz de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) y de la Comisión Europea. Ha publicado tres novelas, "El reencuentro" (2011), "Todo empezó con Obdulio" (2012) y "Retorno a Zumaia" (2014), y una colección de relatos titulada "La chica de Tsukiji" (2014)   En esta bitácora quiero observar e interpretar la realidad política y social desde fuera de la jungla urbana

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