Hernán Cortés. El encuentro

La figura de Hernán Cortés es la que más controversia ha provocado en la historia de México. El quinto centenario de la conquista, de 2019 a 2021, anunciaba un aluvión de debates, exposiciones, publicaciones y hasta series en torno al conquistador. Su figura y su legado han sido zarandeados de una tendencia política a otra, desde la hispanidad hasta la hispanofobia.

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Si salimos a la calle y preguntamos a la gente quiénes fueron y qué hicieron Carlos V, Lutero, Maquiavelo, Erasmo o Solimán el Magnífico comprobaremos que el interés por el siglo XVI es muy escaso. Sorprende que un periodo tan determinante para nuestra historia –en el que coincidieron los grandes pensadores del renacimiento, la brecha protestante en Europa, el cisma de Inglaterra, la expansión otomana en el Mediterráneo y la conquista de América– sea de tal forma ignorado.

Si probamos a preguntar por Hernán Cortés la cosa cambia. Todos en América y casi todos en España saben, al menos, que el hidalgo extremeño conquistó México. Su nombre, como el de Colón, sale a la palestra de los medios cada vez que se menciona la leyenda negra americana, pero los pormenores de su conquista parecen escapar a cualquier empeño divulgativo.

Quinientos años después, su biografía no termina de definirse. En España la derecha le reivindica como héroe nacional y la izquierda le desprecia con desdén y cierta miopía. En México, sin duda es el enemigo patrio número uno. Sorprende sin embargo comprobar que en el mundo académico e intelectual, Cortés ha sido tratado con una mesura y una sensatez admirables. Pocos son los historiadores que niegan su impulso del mestizaje. El novelista jalisciense Álvaro Enrigue afirma alegremente que Vasconcelos fue el único mexicano que no le odió. ¿Estará tan seguro de ello? Es posible que su figura sea la que más controversia provoque, pero si se revisan los textos escritos por intelectuales como Carlos Pereyra, Octavio Paz, Luis Villoro, Miguel León-Portilla, Carlos Fuentes, José Luis Martínez y Juan Miralles entre muchos otros, comprobamos que la mirada mexicana sobre el extremeño es más que positiva: todos ellos ubican su acción y pensamiento en el contexto del renacimiento, valoran su impulso del mestizaje y le presentan como el fundador del México moderno.

En 2006, Miguel León-Portilla escribió un interesante reportaje titulado «España y México: Encuentros y desencuentros», en el que hizo un balance de las relaciones culturales entre ambos países. El historiador identificó una «mirada hostil» de una parte de los mexicanos: los «que postulan una continuidad entre los aztecas y el México moderno». Para ellos, el periodo colonial es una concatenación de agresiones brutales, rechazos y antagonismos que termina con un México independiente en el que ven una especie de «retorno al mundo azteca»; incongruencia insostenible donde las haya.

Por el lado contrario, opina León-Portilla, están los mexicanos que niegan la continuidad entre el México azteca y el actual, y aceptan que su cultura es una mezcla de elementos hispánicos e indígenas. Ellos, como los modernos franceses y españoles, que ni por asomo rechazan la invasión de Julio César, ven en Cortés al «menos malo de los conquistadores».

Otro de los admiradores confesos del extremeño fue el poeta y ensayista Octavio Paz –quizás el intelectual más importante del siglo XX latinoamericano–, que le dedicó algunas de sus páginas más lúcidas. En su texto «Hernán Cortés: exorcismo y liberación» (1985), le retrató como militar, político, diplomático, aventurero, ambicioso, mujeriego, devoto católico, explorador osado y laborioso fundador de ciudades. «No es fácil amarlo», remató el Premio Nobel, «pero es imposible no admirarlo».

 

La conquista

Las palabras de Paz son aún hoy difíciles de negar. Independientemente de que condenemos o tratemos de contextualizar la brutalidad y las matanzas de Cortés, debemos reconocer que su aventura no tiene parangón en la historia: se rebeló contra el Gobernador de Cuba –y por ende, contra España– y emprendió su conquista de forma independiente, definiéndose «como un gentil corsario». Comandó a un grupo de apenas quinientos españoles en una expedición suicida hacia el corazón de un imperio indígena superpoblado. Sedujo con gran perspicacia a decenas de miles de nativos de distintos pueblos, gracias a los cuales conquistó una mítica capital lacustre que pudo superar los cien mil habitantes. Su amante y traductora, la Malinche, fue sin duda la clave de su éxito, pero también lo fue el ejército tlaxcalteca que comandó. Tuvo, sin duda, muchísima suerte, pero también una innegable visión estratégica, y una astucia que raya lo maquiavélico.

En su biografía hay episodios de violencia y crueldad extremas: Cortés podía ser un humanista encantador cuando se le trataba bien, pero se convertía en una máquina de matar y torturar cuando alguien le traicionaba. Con Moctezuma, el emperador mexica, parece ser que prevaleció la amistad. El tlatoani, haciendo gala de la sempiterna hospitalidad mexicana (y quizás pensando que Cortés era una especie de Dios), le dio una bienvenida épica y le alojó en uno de sus mejores palacios.

Consciente de la vulnerabilidad del tlatoani, el extremeño le apresó y le mantuvo cautivo. Pero aun así intimaron durante meses: según cuentan las crónicas, salían de caza, visitaban el zoo, daban banquetes, disfrutaban los juegos de pelota, navegaban el lago en bergantines recién construidos por los españoles, jugaban al totoloque (una especie de petanca) y al patolli (algo parecido a los dados). Desayunaban tamales servidos en platos de barro rojo o negro de Cholula, bebían cacao endulzado con miel, comían todo tipo de platillos de carne de venado, perro y rata con salsa acompañados de hormigas, renacuajos, ranas y gusanos de maguey. Quizás los españoles callaron el consumo de alucinógenos como el peyote o las setas sagradas; en todo caso ellos ya usaban el estramonio, la mandrágora y la belladona con los mismos fines. Las mujeres fueron sin duda otra de sus grandes diversiones: Cortés fue acusado de «echarse  con infinitas»: de entre las más conocidas, además de Malinche se acostaba con una hija y una sobrina de Moctezuma. El emperador se había convertido en un hombre dócil, indeciso y servil: según Hugh Thomas estaba «hipnotizado» y enamorado del conquistador.

Ningún historiador sabe con certeza cómo fueron aquellos siete meses de convivencia pacífica en Tenochtitlán, pero sin duda constituyeron el verdadero encuentro entre los dos mundos: quizás el acontecimiento más influyente en Occidente. Las únicas fuentes que tenemos son las crónicas españolas y las pinturas, códices y relatos indígenas traducidos por los frailes. Hay dos formas de afrontar dichos textos: creerlos con ciertas reservas y excepciones (todos coinciden en lo esencial) o negarlos de forma radical y considerar a sus autores verdaderos novelistas del pre-realismo mágico. La gran mayoría de los historiadores han optado por lo primero.

Tras un primer intento de convivencia pacífica, todo el proyecto cortesiano se desbarató por culpa de la torpeza y la bestialidad de otros conquistadores españoles. Hugh Thomas, autor del mejor libro sobre el tema, afirma que el objetivo inicial de Cortés era establecer una alianza taifal en Tenochtitlán y continuar su camino en busca de la ruta a China e India. Si dicho plan hubiera funcionado, México hoy se parecería más a la India, con un sinfín de lenguas vivas, templos y costumbres distintas en cada territorio. No fue así: su subalterno Alvarado provocó una matanza absurda e indiscriminada en el Templo Mayor, los mexicas se rebelaron en masa y los españoles fueron atacados, humillados y obligados a huir de la ciudad-lago. Moctezuma fue asesinado por los suyos y poco después, el aguerrido Cuauhtémoc asumió el mando.

A partir de ese punto tenemos a un nuevo Cortés: el hábil diplomático se convierte en un asesino vengativo que opta por aniquilar el imperio. Lo hizo sin más apoyo que el que ya tenía –sus cientos de españoles y sus miles de tlaxcaltecas–. Construyó bergantines de casi veinte metros y cercó la ciudad desde las orillas del lago. El asedio duró casi tres meses. Durante los combates finales, el estruendo de los gritos, bocinas y timbales mexicas casi le vuelve loco. «Parecía que se hundía el mundo», repitió obsesivamente en sus cartas. Ofreció la paz repetidas veces para evitar la destrucción de su amada ciudad, pero ante la negativa de Cuaúhtemoc, decidió incendiarla y masacrarla. «Me pesaba en el alma», se lamentó después, sorprendido ante una resistencia mexica que rozaba lo suicida. Él no lo sabía, pero en náhuatl, el verbo «morir» también significa «casarse con la tierra».

La apocalíptica imagen de miles de cadáveres y gente hambrienta pesó en el alma de Cortés. El extremeño trató en vano de frenar el sadismo de sus aliados tlaxcaltecas, felices, ellos sí, de arrasar la odiada Tenochtitlán. Finalmente Cuauhtémoc se rindió, Cortés le perdonó la vida y la batalla terminó en medio de la noche tormentosa. Murieron unos cien castellanos y más de cien mil mexicas. Los conquistadores lucharon con valor y fiereza, aprovechando el carácter divino que muchos indígenas aún les atribuían. Pero, a fin de cuentas –Thomas dixit– fueron los mexicas quienes lucharon como dioses.

 

El México de Cortés

La gesta de Cortés, comparada a las de Ulises, Alejandro Magno, Julio César o los trescientos espartanos de Leónidas, propició la épica de los humanistas castellanos. Pero la gloria le duró poco. Tras los años fulgurantes de la conquista, el extremeño poco a poco fue marginado y apartado del poder. La corona no veía con buenos ojos la gloria de ese advenedizo rebelde cuya fama ya resonaba en toda Europa. Hasta sus cartas de relación –traducidas tempranamente a varias lenguas– fueron prohibidas.

El resultado de la conquista, no obstante, no fue la eliminación del modo de vida indígena. Desde el principio, la relación del extremeño con la famosa Malinche y su alianza con los tlaxcaltecas fue la clave de un proceder absolutamente revolucionario que integraba al indígena y propiciaba el mestizaje. Su propósito fue erradicar la religión y los sacrificios, pero no así las costumbres. Ni Julio César, ni el Cid, ni muchísimo menos los conquistadores protestantes de América del Norte integraron, respetaron y admiraron tanto a sus enemigos. Ni siquiera los gobiernos independientes de México y Argentina –responsables de segregaciones y matanzas indiscriminadas de indios– pueden jactarse de ser más indigenistas de lo que fue Hernán Cortés en el siglo XVI. Como afirma Enrique Krauze, a diferencia del resto de países de América, la peculiaridad mayor de la conquista reside en el largo proceso de convergencia cultural que propició. Hoy, basta con caminar por las calles de México para darse cuenta de lo que esto significa. Si en vez de Cortés hubiera llegado otro conquistador, las cosas habrían sido distintas.

Quien más claro expuso el dilema cortesiano fue el francés Bartolomé Bennassar en su biografía ensayística, Hernán Cortés, el conquistador de lo imposible. «Cortés fue el fundador del México actual», resumió Bennassar. «Destruyó un mundo para crear otro y ejecutó a miles de personas. Pero no tuvo más remedio. Si hubiera podido conquistar pacíficamente, lo hubiera hecho. Siempre consideró a México un pueblo igual en razón, arte y organización al europeo. Amó mucho a ese país».

Cada vez que se profundiza en el análisis de las fuentes, se descubren nuevos rasgos humanistas de Cortés. Ya en 1950 Luis Villoro le definió como un indigenista enamorado de México y sus culturas. Hoy sabemos que pidió que los templos mexicas fuesen conservados –fueron los frailes quienes se empeñaron en destruirlos, quince años después–; y que amaba más la Nueva España que su propia tierra –prefirió ser enterrado en Coyoacán y no en la península–. En 1539 decidió regresar a la corte para reclamar a Carlos V su  poder y reconocimiento, pero el emperador le ignoró una y otra vez, sumiéndole en la amargura y el desagravio. La derecha nacionalista que hoy lo reivindica omite la ingratitud con la que fue tratado en España y el sentir mexicano del conquistador. En su testamento, Cortés decidió «que para descargo de su conciencia», se liberara a los nativos, y que si sus tierras pertenecían a señores indígenas, les fueran devueltas. Por supuesto, sus descendientes ignoraron dicho deseo.

 

Aventura póstuma

El conquistador murió en 1547, pero el infortunio póstumo no dejó reposar su cadáver: tuvo nueve entierros y a cada cual peor y más pobre. El cuerpo cruzó el charco, llegó a la capital mexicana en 1566 y tras ocupar varias fosas provisionales fue a dar en 1794 a la iglesia anexa al Hospital de Jesús, a pocas cuadras del Zócalo, donde aún hoy descansa. En la segunda década del XIX, el fervor antiespañol de los independentistas llevó a varios intentos de profanación. El historiador Lucas Alamán (de tendencia hispanista) decidió esconder la fosa entre los muros de la iglesia para evitar su destrucción. Los huesos permanecieron ocultos y en paradero desconocido durante más de cien años. Finalmente, en 1946 fueron localizados y desenterrados gracias a una carta secreta que Alamán había dejado a la embajada española. Un año después se le otorgó un pedacito de pared blanca en la deslucida iglesia y una placa circunspecta en un rincón deprimente. Hoy ni siquiera se permite sacar fotos en el lugar.

La Ciudad de México que conquistó, destruyó y refundó, nunca le concedió un solo monumento. Los pocas estatuas que hay del conquistador han sido escondidas en rincones poco transitados o lóbregos como cuevas (para encontrar su busto en el Hospital de Jesús hace falta una linterna). El dicho «lo cortés no quita lo valiente» tiene una jocosa versión mexicana: «Lo Cortés no quita lo Cuauhtémoc». Pero como afirma Juan Villoro, mientras que todo mexicano se siente descendiente del último emperador azteca (del que no se conoce casi nada), muy pocos aceptarían al extremeño en su árbol genealógico.

 

El retorno de Cuaúhtemoc

La independencia mexicana y la revolución impulsaron un radicalismo ideológico que agrandó las distancias culturales con la ex metrópoli española. A partir de 1923, José Vasconcelos, flamante secretario de educación, alentó la obra de los muralistas para convertir la urbe en un gigantesco museo colectivo que reivindicara el mestizaje.

Por supuesto, Vasconcelos no quedó contento con el tono maniqueo de las obras que hoy colorean la Ciudad de México. En 1940 escribió un ensayo sobre el conquistador Hernán Cortés, creador de la nacionalidad, en el que pintó al extremeño como un héroe civilizador lleno de virtudes cristianas que salvó a México de la barbarie repulsiva del mundo azteca.

Su empeño hispanista no tuvo el éxito esperado; desde los años veinte, un artista gigantón y excéntrico llenaba las paredes de la ciudad con un pasado azteca idílico en el que españoles violadores y sanguinarios saqueaban y masacraban a su antojo a los honorables y refinados mexicas. Diego Rivera –ya por entonces el pintor más famoso de América–, radicalizó su discurso hasta extremos delirantes y en 1950 retrató a Cortés como un sifilítico verdoso, deforme, alopécico y malévolo. Aún hoy, las escuelas visitan esos muros en el Palacio Nacional. Y los niños tienen muy claro quien es el malo de la película.

No fue el único mensaje anticortesiano: si analizamos la producción artística del movimiento muralista, comprobamos que en la mayoría de las ocasiones el extremeño fue retratado como un tirano lujurioso sediento de oro y mujeres. José Clemente Orozco lo pintó como un Adán desnudo que se impone sobre Malinche y pisa el cadáver de un indígena. Siqueiros retrató el suplicio del valiente Cuauhtémoc ante sus torturadores –aunque hay indicios de que Cortés se opuso a dicha tortura–. Los pintores se habían convertido en gurús de un mensaje no ya mestizo, sino indigenista y radicalmente antiespañol. Sin duda estas obras ejercieron un poder simbólico y una influencia mucho mayor –y también más simplista y menos rigurosa– que los textos de los ensayistas, intelectuales e historiadores. A pesar de ello, son auténticas y maravillosas obras de arte. Sólo hay que aprender a mirarlas.

Hoy, el mito de Cuauhtémoc ondea en el discurso nacionalista e indigenista de López Obrador. Y en la otra orilla del charco, el simplismo histórico también campa a sus anchas: en España, sólo la derecha radical y los franquistas de Vox (las antípodas ideológicas de lo que fue Cortés en vida), recuerdan su figura.

A pesar del maniqueísmo nacionalista, México y España  tienen ganas de debatir sobre la conquista y reflexionar sobre su propio origen. Ojalá que tras este V centenario se cumpla el deseo de Octavio Paz: ojalá Cortés sea restituido al sitio al que pertenece con toda su grandeza y todos sus defectos: «a la Historia». Ojalá que todos nos demos cuenta de que, tras ese episodio de violencia y crueldad, se esconde el legado de todo un continente: todo latinoamericano es heredero de Cortés y Malinche, de Moctezuma y Cuauhtémoc, pero también del Cid, de Abderramán, de Julio César y de Homero. La conquista marcó el devenir de todo occidente, promovió la mezcla que hoy define nuestro mundo y convirtió América en el mayor experimento humano del planeta. Fue, sin duda, el primer gran encuentro cultural premeditado y masivo, el comienzo de un ciclo mestizo que, pese a todo, ha avanzado hasta el día de hoy derribando fronteras y venciendo al racismo y al nacionalismo, los venenos de nuestro tiempo.

Ojalá ese ciclo no sea detenido por ninguna pandemia biológica. O ideológica.

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