Cortesía napolitana

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Ha pasado mucho tiempo. Estuve en Nápoles y me llamó la atención con qué elegancia y civismo se expresaban las paredes públicas de esa ciudad caótica, atiborrada de cultura antigua y atormentada por problemas modernos: Alza la merda del tuo cane, fa lo giusto! No se puede increpar con más firmeza y educación; La pulizia ed il silenzio sono indici di civilta; rispettiamoli. ¡Y nadie lo tacha! En la casa donde nos alojábamos y éramos tratados con muchísimo cariño y pulizia, un azulejo cantaba ingenuamente un acertijo: Cosa sono? Sono una piccola cosa. Non costo nulla e tuttavia valgo piú dell´oro. Piú mi usate piú mi avete, apro le porte e dissipo i pregiudizzi, io creo la buona volontá,  favorisco l´amicizia, ispiro il rispetto e l´ammirazione. Mi chiamo CORTESIA! Un gran talante para unas elecciones. También vi escrito el antagonismo, pero sin excesos: Giorgia, ti amo, y Salvini, Napoli ti odia

Recupero anotaciones tristísimas (la mayoría proferidas por gente “con estudios”), de disparates que sigo apuntando; lo hago sin mala intención, sólo por si se da la circunstancia de que le aproveche a alguien, algún día.

Un señor dijo en la radio hace no mucho que “las perdices pululan los márgenes del río Saona”, una muestra más de lo que he bautizado como un conflicto verbo/preposición de los hablantes. Tengo muchos ejemplos: “Caemos de (por) siete” (en deportes); “Los atascos de estas rotondas de salida repercuten a (en) la A6”; “Expresó su deseo por (de) dejar el cargo”; “Rehuyó de su declaración” (aquí, con la ya habitual mescolanza de huir y rehuir incluida). Supongo que todos los autores de estas expresiones están alfabetizados, al menos, hasta el nivel de bachillerato. Otro, que puede que tenga estudios, recuerda a alguien que pasó por el Congreso entre 2016 y 2019 y “fue allí donde granjeó su amistad con Yolanda Díaz”.

Pero oí algo más lamentable, y además repetido: un periodista que afirma desde Bogotá: “A finales del 22, los homicidios se redujeron dramáticamente en esta ciudad”. Un error constante, una pesadez, que aqueja especialmente a los periodistas que malsaben inglés y traducen el inglés dramatic por dramático, incluso cuando, como en este caso, resulta un clamoroso disparate; los traductores lo llaman “servilismo” lingüístico, a mí también me parece incultura y vagancia. Esto salió, hace bastante, en El País, y denota una clamorosa ausencia de edición eficiente, que parece ser que sigue existiendo.

Leí hace tiempo en El País Semanal una entrevista con la activista social Rocío Quillahuaman y la entrevistadora le hizo, entre otras, estas preguntas: “Qué le diría a une chiquille que acaba de llegar?”; “Si tuviera une hije y la familia decidiera (…)?

Así seguimos, un constante toqueteo autoritario del idioma.

 

Soy coruñesa con algo de portuguesa, recriada en Madrid. Como tengo tendencia a la dispersión, estudié Ciencias Políticas. Aparte de varios oficios de supervivencia, he sido socióloga, traductora, documentalista y, finalmente, editora y redactora en El País durante veinte años. En mi primer colegio de monjas tuve la suerte de aprender bien latín. Pasar de las monjas al instituto público Beatriz Galindo de Madrid, donde enseñaban Gerardo Diego, Manuel de Terán, Luis Gil…, fue definitivo para cambiar de fase. Creo que si falla el lenguaje, falla el pensamiento y falla la razón.