Cosas sencillas

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Atardece que no es poco.

Quiero celebrar este instante en el que todavía podemos mirarnos a los ojos. Fijamente. Sin distracciones. Como hace siglos. Quiero hablar de esa luz humilde que entra por el salón y araña la mesa que trajiste con tu padre. ¿Te acuerdas? De las cosas sencillas. Nimias. Efímeras. Pasajeras. De las cosas inútiles. De las cosas importantes. «Las cosas nunca son solo cosas», dice Christian Bobin. Del olor a café cuando cuelo la nariz en el tarro al que tú no llegas. Sí, del aroma a café y a pan tostado que dice Manuel Vicent que echará de menos cuando ya no esté. Quiero detenerme, sin prisas, en los domingos por la tarde. Cuando nos sentamos a hacer «el sedante crucigrama», como lo llama Joan Didion. Cuando te leo en voz alta una página de un libro que me gusta y balbuceo, y me encasquillo. Y recuerdo que a Nabokov le pasaba lo mismo. Comenta Vladimir: «Pienso como un genio, escribo como un autor distinguido y hablo como un niño».

Quiero hablar de la gente a la que solo localizas en un fijo. De las últimas cabinas de teléfono. De los últimos kioskos de periódicos del pueblo. De los casi cuarenta kilómetros que tengo que hacer para conseguir el libro que quiero. De todo eso que se está apagando. De todo ese mundo que se está muriendo a nuestros pies. Quiero celebrar esas tardes en que ellos se sientan en un banco a contarse sus vidas. A narrarse sus historias. De la lentitud de las mujeres que caminan, cogidas del brazo, por los senderos de polvo y tierra. De las que andan solitarias entre los árboles, con sus perros. De lo que he aprendido mirando a los gatos. De esa despreocupación que tienen. De ese saber vivir el ahora.

Quiero escribir de los días que puedo quedarme varias horas en la cama. Leyendo a Leila o una carta a Lucilio. O a Barnes. De los días que llueve y dejo que me caiga encima todo el agua. De la espuma que cubre en verano mi cuerpo cuando me hago el muerto en la orilla. Quiero escribir del mar. De las veces que me ha serenado en momentos límites. En horas en las que uno está perdido en la vida. Quiero celebrar esas mañanas en las que pedaleo muy suave por el paseo marítimo y me saludo con los extranjeros. Nos sonreímos. Nos levantamos la mano o la barbilla. Y pienso en la hospitalidad. En que también está desapareciendo. En cómo las ciudades son ahora pequeñas Troyas crueles, con sus murallas afiladas, vigiladas, inaccesibles. «Si queremos recobrar la salud como especie, será indispensable que reemplacemos la moral de la reciprocidad («No hagas al prójimo -próximo- lo que no quieras para ti») por una ética de la compasión. Ampliar el marco de nuestra pertenencia. Hacer del otro, todos los otros, humanos y no humanos, el semejante», señala Chantal Maillard en ¿Es posible un mundo sin violencia?

Vengo aquí a celebrar el presente. No la actualidad sino el ahora. Eso por lo que merece la pena vivir. Esa canción que me hace cerrar los ojos y andar por la casa a un palmo del suelo. Me refiero a Clair de luna, de Kamasi Washington. Minuto 4:03. Me refiero a Johnny Hartman cantando Lush life con John Coltrane. Me refiero a entrar a una película de cine ya empezada, como hacía Godard, y quedarme mirando el reflejo de luz blanca en la cara de los espectadores, que maravillaba a Truffaut. Me refiero a sentarme en el suelo, en cualquier rincón de casa, a leer poemas de Rafael Espejo: Sobre una mesa de madera pobre / y en cuenco de terrazo, unos trozos de pan y tres naranjas / acompañan al vaso ensombrecido / de vino rojo. Me refiero a todo eso que me hace sentir vivo antes de que me muera.

 

 

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