Cosecha de invierno, una carretilla, cerillas y unos versos de Zbigniew Herbert

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Dejo que sea el poeta polaco Zbigniew Herbert quien venga desde la muerte con un pico y una pala, una carretilla y una caja de cerillas para que me ayude a recoger la nieve, las hojas muertas, la desazón, la nieve inútil, los grandes espacios deshabitados de Madrid que los despojos del festín ocupan hasta que llegue la policía con la concertina en la boca y los aleje del palacio, del parlamento, de la barra del bar, del hospicio de la verdad.

 

 

Me dispongo a encender una hoguera

en una península batida por el viento

con las piernas casi tan empapadas

como las cerillas,

el rostro tan aterido

como las manos,

y la sospecha de que tal vez no vaya a salir

de esta aventura en pos de mí mismo.

 

Ah, ¿pero aquel náufrago no imaginario eras tú?

 

Abro el libro al azar

como un juego cabalístico

o como un libro sagrado

al que jamás prestaste la menor atención.

Asoma José María Fonollosa

con el New York Times

bien metido 

bajo la camisa

y el calzoncillo

porque cuando sopla el jazz de enero

no hay cristiano ni apóstata

que se salga con la suya

en esta ciudad hija del viento.

 

Así reza Fonollosa,

con las manos firmemente entrelazadas

a la espalda:

 

«Se nos está muriendo el jazz…».

 

Pero no esta noche, con el viento hecho una cobra

que ha dejado un rastro de hiel

sobre las mejillas del bulevar

un rastro de veneno

de buenas intenciones

para que mañana

cuando abran los kioscos

encuentren algo razonable que vender

no toda esta cosecha de noticias

que confirman

lo que ya sabíamos

acerca de nuestra derrota

y nuestra culpa.

 

Dejo que sea Zbigniew Herbert

quien venga

desde la muerte

con un pico

y una pala,

una carretilla

y una caja de cerillas

para que me ayude

a recoger la nieve

las hojas muertas

la desazón

la nieve inútil

los grandes espacios deshabitados de Madrid

que los despojos del festín

ocupan

hasta que llegue la policía

con la concertina en la boca

y los aleje

del palacio, del parlamento, de la barra del bar, del hospicio de la verdad.

 

Dejo que Zbigniew Herbert

venga esta noche

un rato

del bulevar de la muerte

y escriba

como hacen los grafiteros

en su Informe desde la ciudad sitiada:

 

«y ahora hablemos

de hombre a hombre

no es verdad lo que proclaman los carteles

la verdad la portamos tras nuestros labios apretados

es cruel y demasiado onerosa

de modo que preferimos soportarla solos

no somos felices

de buena gana nos quedaríamos

aquí».