Día 25: Cotidianidades

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Cotidianidades. Lunes Santo, aunque de santo poco tenga. El pasado 1 de abril debía de estar cogiendo un avión. Claro está, no lo cogí. Son muchas las cosas que debía de estar haciendo pero no estoy haciendo. Como, por ejemplo, cobrar varias facturas. Lo que no se han reducido son los pagos: ya me han llegado el alquiler de la oficina, los suministros y, por supuesto, los casi 300 de autónomo.

Hoy es nuestro 25 día de confinamiento y para celebrar que nos queda un día menos, hemos subido a la azotea. ¡Como no se nos había ocurrido antes! Igual hasta conseguimos que el niño aprenda a montar en su bici sin pedales durante el confinamiento porque, todo apunta, a que el encierro (#QuédateEnCasa) va para largo. La idea de la azotea me la dieron unas vecinas del bloque de enfrente. Salieron ayer por la tarde a la azotea, con una pelota de tenis y unas raquetas. Aunque con tal mala suerte que, al primer raquetazo, la pelota salió disparada cinco plantas abajo.

Nosotras, el deporte lo hacemos en casa. Mi mujer hace pesas con botellas de fregasuelos y al niño le hacemos circuitos con cojines y jugamos a los bolos con botellas de agua vacías. En Canarias, donde vivo, no se puede beber agua del grifo. Así que cada semana el aguador te trae agua a la puerta de casa. Cuando el niño escuchó el timbre salió disparado a la puerta gritando ¡Abueloooooo! Pero no era abuelo, era el aguador, que no ha dejado de trabajar durante toda la pandemia. Se pone sus guantes y sube y baja planta por planta todos los edificios de la isla. Otro héroe anónimo.

Quien no llevaba guantes, me ha contado mi mujer, es el farmacéutico. Hacía días que no salíamos de casa así que no quedó otra que bajar al supermercado y a la farmacia. La noche anterior hasta estaba nerviosa. Cuando empezó la crisis decidimos que no saldríamos de casa a no ser que fuera irremediable y que, dado el caso, sería ella la que saldría. Así que después de más de medio mes encerradas era necesario ir a comprar. La convencí para que se pusiera unas deportivas -los canarios siempre van en chanclas (aquí llamadas ‘cholas’)-; pantalón largo, camiseta, sudadera, guantes, gafas, el pelo recogido y un pañuelo en la cara. Se despidió. A mí me daba la sensación de que se iba a la guerra. Y se fue. A la vuelta me contó lo de que el farmacéutico no llevaba guantes. Había un cartel en la puerta en el que ponía: “Ni guantes ni mascarillas”. Donde sí daban guantes era en el súper: guantes con los que la gente cogía las frutas, la pasta, las cosas de higiene… y su teléfono. Todos de un lado a otro con el teléfono en sus manos con guantes… Y el teléfono a la oreja y a la boca… Justo el otro día leía un reportaje sobre el teléfono como medio transmisor del virus.

Hoy, además de subir a la azotea, he escrito las noticias de la mañana. Entre ellas, la muerte por coronavirus de una joven de 27 años. Nosotras enseñábamos al niño a montar en bici mientras ella se moría. Negras rimas en estos tiempos de confinamiento. Negras cotidianidades. De eso también van estos días, de cotidianidades: jugar al tenis en la terraza, hacer deporte en el salón, trabajar desde casa, cambiar los madrugones por los desayunos en familia, salir a las ventanas y contabilizar muertos. Cotidianidades distintas a las que estábamos acostumbrados, pero cotidianidades.

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