
La inauguración de la 43 edición del Festival de Otoño en los Teatros del Canal con Coup Fatal de Alain Platel resulta mucho más pertinente de lo que parece. Porque, aunque es un espectáculo pensado y creado en 2014, que está girando de nuevo entra de lleno en el debate de la descolonización de la cultura.
Un debate que muchos consideran espurio e innecesario. Que tiene que ver con la petición de un cambio de punto de vista y una reposición de las piezas arqueológicas y artísticas a los lugares de los que fueron extraídas.
En este caso Alain Platel recurre a dos músicos Fabrizio Cassol y Rodriguez Vangama para crear un espectáculo musical y coreográficamente africano, concretamente del Congo, que África es muy grande y diversa y hay que localizar aunque sea con parámetros coloniales, a partir de la música barroca de Monteverdi, Händel, Gluck o Bach. De ahí que el elenco incluya un contratenor, Coco Díaz, de origen sudafricano que creció y se formó en Nueva Zelanda.
Un espectáculo que musicalmente se podría encuadrar en eso que se llamó música fusión. Termino que solo recordarán los mayores del lugar. Ya que, como era de justicia, ha desaparecido. Porque la música es música y los músicos, en función de sus intereses artísticos la crean, la mezclan y la destruyen para crear más música.
En este caso, crean una música para un espectáculo que recuerda a un concierto de música de los géneros más populares hoy en día. Más modesto que los conciertos de las grandes estrellas que llegan al Movistar Arena o al Palau Sant Jordi pero con la misma estructura de canciones y bailes non-stop.
En esa modestia, consiguen mantener la misma atención. Y provocar unas ganas locas de bailar, cosa que no ocurre porque se impone el contexto: inauguración de un festival de artes escénicas en un teatro, un público que supera la edad media de los asistentes a un concierto, y un espectáculo que se entiende como danza contemporánea y, por tanto, para mirar.
Sin embargo, una vez pasada la sorpresa inicial, se hace un pelín larga y repetitiva. Algo que no se le debió pasar por alto a Platel. Pues para la parte final, introduce un elemento visual y la defensa de una elegancia africana a partir de la reinterpretación de la moda occidental. Un modo lleno de color, diversidad de género y corbatas. Creando un desfile de modelos que se apropia de la música que ha sonado, se ha cantado y se ha bailado durante todo el espectáculo. Ganándose de nuevo el interés y el entusiamo del espectador.
Momento que resuena la hermosa canción de Nina Simone To be Young, gifted and black, Donde parte del elenco, como ya habían hecho antes, baja al patio de butacas y caminan por encima de ellas con la ayuda de los espectadores con el riesgo de caerse.
Y la fiesta que se prometía al inicio de la pieza, cuando los músicos, cantantes y bailarines salieron a escena saltando y gritando con las típicas sillas de plástico de playa tan populares en África, vuelve a tomar aire el aire que mantuvo en gran parte del espectáculo y había decaído. Tal vez, porque como dice la canción es lo que el mundo estaba esperando, que un grupo de jóvenes, más en espíritu que en edad, negros talentosos, muestren su talento.
Un talento que se apropia, podría decirse que coloniza, de forma combativa pero pacífica la música del colonizador. Un talento que ha sido capaz de llegar a nuestros días a pesar de las guerras en las que se han situado países como el Congo para explotar sus recursos naturales. Unas guerras que se encuentran en el escenario en forma de cortinas de cuentas creadas por el artista congoleño Freddy Tsimba con casquillos de balas
Forzando así, gracias a la música y al baile, una mirada descolonizadora de la cultura y de los espectáculos como riqueza inmaterial de la humanidad. Aunque, también, se podría decir una mirada y una escucha colonizada por un nuevo punto de vista. El del talento humano que seduce por su baile y por su música.





