Creatividad, divino tesoro

0
262

La revista Newsweek de esta semana le dedica un amplio reportaje a la creatividad en los Estados Unidos y la conclusión que extrae no es muy optimista: el niño americano de hoy es más inteligente que el de hace dos o tres décadas, pero bastante menos creativo. Las razones que aporta la revista respecto a este supuesto declive son varias, y va desde echar la culpa a la televisión y los videojuegos hasta pensar que los programas de estudio en los colegios dejan poco margen para que el niño piense por su cuenta. El reportaje, bien documentado y mejor construido, es, sin embargo, excesivamente alarmista.

 

No tengo datos para cuestionar la tesis principal del reportaje, pero me cuesta trabajo aceptar que Estados Unidos, país que ha inventado casi todo en los últimos setenta años, se vea ahora claramente superado por los europeos y los chinos en su coeficiente de creatividad. ¿Qué nueva idea o qué nuevo producto o qué invención revolucionaria han surgido en China o en Europa recientemente? Este nuevo género que ahora empleo, el blog, ¿a quién se le ocurrió? Y el libro electrónico en el cual acabo de leer el referido reportaje, ¿qué patente tiene? Y el ordenador Apple desde donde estoy tecleando estas palabras, ¿quién lo diseñó? La creatividad es un valor intangible en el ser humano, pero dentro de una sociedad sólo se puede medir por la cantidad de patentes registradas y productos novedosos lanzados al mercado; y ahí los americanos no tienen rival por el momento.

 

Hay sociedades más creativas que otras. Estados Unidos, desde sus inicios, ha sido un país creativo hasta el exceso. España, por el contrario, es tradicionalmente un país mimético. El “que inventen ellos” de Unamuno, dicho a manera de paradoja por aquel “energúmeno español”, es una realidad aceptada por toda la sociedad española, al menos tácitamente. Otra cosa es que se reconozca. Pero basta encender la televisión, abrir el periódico o pasearse por cualquier barriada construida en estos años para darse cuenta hasta qué punto carecemos de capacidad inventiva. Y no es de ahora, sino de siempre. En pleno siglo XVI el jurista Arce de Otálora se expresaba en estos términos con respecto a la falta de creatividad del español:

 

… harta vergüenza que no haya en España un español que sepa hacer un reloj…, ni un ingenio de agua ni de fuego ni de aire ni de tierra, si no es un molino o una aceña, y ésa mal hecha.

 

Ahora los molinos sí se hacen mejor y tengo entendido que hasta vamos a construir una planta de energía solar, la mayor del mundo, en el estado de Arizona, con lo cual a lo mejor las cosas están cambiando y, en efecto, el coeficiente de creatividad del español va en aumento, mientras que el de los americanos, como afirma la revista Newsweek, se ha reducido en estos últimos tiempos.

 

La creatividad consiste, según yo lo veo, en crear algo que antes no existía y que contribuye a mejorar o a hacer más felices a sus beneficiarios. Ese algo puede ser una canción, un reactor nuclear o el organigrama de una empresa. En algún sitio he leído que la creatividad a gran escala es el proceso por el cual se crea un nuevo paradigma cultural en sustitución de otro, como pasó cuando Copérnico tiró por la borda el sistema solar de Ptolomeo o cuando la imprenta de Gutenberg eliminó de un plumazo a los copistas. Todo nuevo invento o descubrimiento acaba con una tradición, a veces milenaria y a veces, como en el caso de los códices miniados, maravillosa. La pintura figurativa jamás fue ya igual tras el invento de la fotografía y uno sólo puede sentir nostalgia por toda una cultura oral que se difuminó con el libro impreso y que desapareció por completo en el siglo pasado con la irrupción de la radio, el cine y la televisión.

 

La creatividad florece en sociedades que aplauden la novedad, se sienten a gusto con los cambios y no se disgustan ni poco ni mucho con los desvaríos de la moda. Cuando más variada y caprichosa es la moda de un país, más posibilidades hay de que en cualquier rincón surja un Einstein con la melena revuelta y con una nueva teoría que ponga patas arriba el status quo de la ciencia y del universo.

 

Miro por la ventana y veo pasar por la calle durante unos minutos a los peatones. La variedad es extraordinaria. Judíos ortodoxos, chicas rusas en minifalda, un gordinflón con unos pantalones fofos que arrastra por el suelo, varios obreros de la construcción con cascos amarillos. Finalmente, un adolescente, todo vestido de negro, se para en mitad de la calle y mira por un momento al cielo. ¿Se pregunta si va a llover? ¿Piensa en su novia? ¿Invoca a la musa? ¿Baraja alguna interrogante sobre la teoría de cuerdas? Seguramente nada de eso se le pasa por la cabeza, pero al verlo así, ensimismado por unos segundos entre tanto viandante variopinto, sé que el alarmismo del Newsweek es infundado y que muy pronto él, u otro como él, gritará un Eureka en algún punto del país…

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.