Crónica Brasil (VII): Hotel Central y la ciudad que fue

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13 de abril de 2020 – Tutóia, MA (región nordeste)

Hay un cielo que es como siempre. Anaranjado al declinar del sol, un atardecer de trópico puro desde el oeste. Nubes blancas que abrazan su azul. Y las palmeras pespuntan, con ese baile de caricias. Desde este extremo del mundo, me permito un paseo en tiempos de confinamiento y pandemia. La prisión COVID–19 también ha llegado, con sus alambradas invisibles, al más recóndito de los Brasiles, acorralando a estas gentes de mar. Con menos fuerza que en Europa, es cierto, pero ha llegado al fin y al cabo, quién sabe con qué intenciones por ahora.

No hay muertos a estas alturas del recuento; tampoco vivos por las calles. De infectados ni hablar. Y, por terminar el cuadro de datos, apenas cuatro respiradores en un hospital que atiende a casi 60.000 habitantes. Como ya escribí en su día en mi diario –lo revisito por la entrada del 26 de agosto de 2019–, «Maranhão es el estado con peores coberturas del país. Me he venido a vivir a un reducto de África en América. (…) con el segundo peor sistema sanitario de Brasil».

La vida en este apacible rincón ha sido alterada por la amenaza del virus. Inicialmente, cuando todo este surrealismo de origen chino estaba despegando en Brasil, algunos comerciantes encaraban a la policía al tratar de cerrar sus negocios. Hubo altercados mínimos, aunque altercados. Ahora el comercio de necesidad permanece abierto y, del resto, cada cual se toma la situación según su respeto a lo desconocido o a los demás. Es decir, que los hay que salen y los hay que no, los hay que se juntan y los hay que no. A rasgos generales, las mañanas son tan ordinarias como de costumbre, por las tardes solo veo motos circulando desde mi ventana, escucho Foro de Teresina (de Radio Piauí) y me es ligeramente más difícil encontrar tabaco en la gasolinera. Aquí no hay aplausos para nadie, como sí sucede en los balcones españoles, quizás porque nadie los merece.

Este núcleo es el que un día fue tierra indígena. De los Tremembés, concretamente. Adquirió categoría de ciudad en 1938 y si uno camina por sus rúas –nunca mejor empleado el término, que sería portugués sin esa tilde– ve más un pueblo que una urbe, qué duda cabe. El aire es un puchero de olores en el que se intuyen río, mar y horno de leña. Donde digo mar léase océano. Hay en el centro del municipio dos plazas, una de las cuales homenajea a sus ancestros; la otra es un oasis de vegetación y bancos entre la maraña de casas que acapara el distrito, encabezada por un consistorio de estilo definido y balcón limpio.

Se yergue en una de sus calles, tocante con la segunda plaza, un viejo edificio que un día fue un hotel. El Hotel Central. Luce la pared desconchada, con ese cariz fantasmagórico de lo que un día fue algo y hoy es ruina. Y nada me parece mejor metáfora para explicar una ciudad a medio confinar que un hotel medio derruido, probable obra de portugueses o franceses. También sirve, de paso, para poner frente al espejo a la región más desigual del mundo en cuanto a ingresos, sobre la cual se cierne una preocupante amenaza económica derivada del coronavirus. Las columnas de la entrada en los huesos, como quien dice, con ladrillos asomando bajo una capa de yeso y pintura. ¿Se dirían dóricas, tal vez?

La negrura de la humedad tropical salpicando las tejas. Una pequeña verja –bonita– me cierra el paso, pintada de color celeste, la madera astillada y cada estaca soportando su peso. La fachada principal reza, bajo un nombre ilegible, un eslogan que indica usos posteriores del edificio: «A passarela da moda atual». Punto de paso seguro de los firmes comerciantes de Ceará, segundo estado vecino por el este y hoy uno de los focos más graves de la pandemia en el nordeste con 76 muertes y más de 1.700 contagios.

Apenas se ve gente por las calles. Un restaurante cercano preparando pedidos a domicilio, una chica en moto, un niño jugando. Todos ellos testigos colaterales del aislamiento. «Só delivery, agora é só delivery», alcanzo a escuchar al repartidor, que me ve mirando el edificio y añade: «Hoje é um ponto de armazenamento para os vendedores locais». Me acerco a la entrada lateral del hotel y entonces sí, veo el nombre escrito y medio cubierto por carteles posteriores. Hotel Central. En letras azules –larga vida a esos colores del Brasil–, como las ventanas y el portón.

En la fachada se aprecia un bajorrelieve que antiguamente indicaba el poder adquisitivo de la familia. Hay vidrios rotos en el suelo y observo en mitad de la calle, a los pies del edificio, un centro de azulejo y hormigón inconfundible, quizás construido para plantar en su interior árboles que embelleciesen la calle, como sucede apenas unos metros más allá, frente al restaurante llamado Jhony’s. Es de azulejo carioca. Quien conozca Rio de Janeiro sabrá reconocerlo hasta en el cielo. ¡Copacabana en Maranhão! Se vive tranquilo aquí, me digo, en comparación con la impagable ciudad de Rio, destemplada y mágica a partes iguales.

América Latina es muchas cosas, una de ellas abandono. Perros callejeros husmeando entre la basura. Para ellos no hay COVID porque nunca hubo nada. Un tendido eléctrico vibrante, que cruza las calles de tejado en tejado, de pared en pared, de esquina a esquina, estableciendo los encuadres de las fotos. Fotógrafos y turistas saben de esto, que sucede lo mismo en la India que en Bolivia. Es lo que podría llamarse la teoría del cableado, que vendría a presentar la profusa, irregular y dispersa red eléctrica (sujeta por otro lado a caídas periódicas de energía) como rasgo distintivo de los países en desarrollo.

Descarto acercarme hasta la playa caminando; solo hay riesgo a un contagio o a un robo, y no sé qué es peor a estas alturas, pues lo primero puede llevar a lo segundo por falta de gente en las calles y lo segundo puede llevar a lo primero por contacto. Y así es como cierro el domingo de Pascua: con un paseo en soledad, un descubrimiento más en mi haber y un aprendizaje menos en mi lista de debes. Y restando días al confinamiento, que bien puede terminar haciendo de Latinoamérica una región con 22 millones más de pobres extremos en las estadísticas cuando acabe toda esta historia. ¿Acabará como el Hotel Central?

 

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