Crónica de la niebla

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El desprecio que hoy se puede sentir hacia el progresismo medio es que ha terminado viviendo y sintiendo igual que la más rancia derecha: según el contexto, interactuando en el panóptico social, sin alma. Quiero decir, sin ninguna tecnología conceptual para los espectros del atraso, para el subdesarrollo constitutivo de la especie y de toda presencia real. Significativamente, la crónica que hace poco realizaba un destacado ilustrado nacional de una reunión en la embajada rusa de Madrid, transpiraba el mismo odio, idéntica aversión hacia las culturas exteriores, "elementales y primitivas", que cualquier vocero de lo que antes llamábamos fascismo. Lo dijo Baudrillard hace más de veinte años: la extrema derecha occidental sólo dice a gritos lo que la clase política entera, incluida su ala izquierda, piensa con la boca pequeña.

 

Hoy no es un secreto casi para nadie que la otra cara de espectáculo social es el silencio existencial, ese leve zumbido biopolítico que, como un electrodo acoplado al cuerpo, preocupaba tanto a Foucault. Esto también implica, naturalmente, la conversión de la palabra en mercancía. Lo cual expande aquel famoso fetichismo, más allá de las mercancías propiamente dichas, al entero horizonte de lo social. En resumidas cuentas, el lenguaje humano se convierte en tráfico de información.

 

Aviados estamos. Badiou habla de una dialéctica de “clausura e infinitud”, de cuerpos aislados y lenguaje provocativo. Exagerando un poco, esta sociedad es “abierta” porque se cierra en cada punto donde una nueva experiencia irrumpe con fuerza. En un mundo en el cual la indiferencia es el trasfondo de la velocidad consumista, el más “radical” lleva camino de convertirse en el bufón que toda corte necesita para convertirse en eterna.

 

¿Pesimismo? No, no exactamente, no totalmente. Veamos. Economía y tecnología informativa mantienen la misma lógica: fragmentación y asociación, aislamiento y conexión, individualismo y comunicación. Compartido, el narcisismo es más. La misma enajenación del hombre con respecto a toda cercanía real –el fondo oscuro de su subjetividad, cualquier comunidad humana, el mundo silencioso de las cosas- es lo que impulsa la multiplicación de contactos virtuales. Las redes sociales, definiendo un perfil para asociar amigos, son un buen signo de lo que ocurre en las marismas de la vida real.

 

Uno de los problemas culturales del momento es tal vez el conductismo que se ha personalizado masivamente, en virtud del cual casi nadie responde personalmente, o se siente directamente responsable. Por miedo a ser marginal, casi nadie se para a pensar unos segundos, actúa o habla desde la sombra de sus dudas. Lo más rápidamente posible, todos respondemos a los estímulos del entorno, al guión del contexto, comunicando sin parar.

 

Emitir, sin cesar, es la mejor forma de que nada nos llegue. La religión pura, la de la circulación, es el nuevo opio del pueblo. Y sobre todo, de sus vanguardias. En tal sentido, acaso tengan razón los que dicen que la frenética interactividad actual es la cara externa de un nuevo oscurantismo, una sumergida interpasividad. Bajo esta interpasividad personal, que alimenta la interactividad en el orden social, todo lo que no se corresponde con un código que circule velozmente es discretamente orillado. He aquí la pesada carga política de la ligereza que está de moda.

 

Esto podría significar también que lo que se llama presencia real, el encuentro, está forzosamente en crisis. Si es inevitable asistir a algo presencial, lo propio es llevar un guión preparado. Guión que normalmente incluirá la discreción, la reserva. Y una nueva “timidez” –mejor que la antigua, ahora de diseño- en la presencia real: mirar hacia el infinito con ojos congelados, fingir que se toman notas, ojear el móvil… Así hasta el momento de las cañas. Entonces ejercemos de diplomáticos de medio pelo: hablar de todo y de nada a la vez, sólo diez minutos de cada cosa para no meterse en problemas.

 

Silencio en el ascensor, en los lavabos, en las clases, en el metro, en las comidas familiares, en el aspecto inescrutable del público en una conferencia… Incluso, silencio tenso con uno mismo, en el coche lanzado por la autopista, en las salas vacías al atardecer, antes de acostarse. Sobre todo, en esa vacilación de la noche entre el televisor y la hora de acostarse. También en el aparcamiento, con esas crisis de pánico antes de comenzar una franja horaria.

 

¿Pesimismo? No, violencia inclusiva. Tiene gracia, por ejemplo, esta habitual simplificación del lenguaje. Empieza uno diciendo finde y acaba “podando” la relación que mantiene con su propia madre. Hace poco, en uno de estos maravillosos encuentros de domingo que aún existen, salió a colación Jep, el protagonista de La gran belleza. Una amiga lo acusaba de cínico. Se le intentó defender diciendo que no, que Jep era un militante de la humanidad que resta. Jep mantiene todavía, se dijo, el lenguaje y los gestos que brotan de las situaciones. El humanismo de la palabra, el humor, la ironía. También, “cantarle las cuarenta” a alguien que se lo merece. O irse descaradamente de los lugares, supuestamente “eróticos”, donde uno no pinta nada. Antes y después de todo eso, Jep busca sin cesar palabras y gestos que respondan a lo que sucede en su entorno, interviniendo en él.

 

Jep se expresa continuamente, con mejor o peor fortuna. No responde jamás automáticamente, pues atiende al cómo de las situaciones y los personajes antes que al qué. De hecho, a veces pasa mucha vergüenza. Por el contrario, la media de nuestro ambiente progresista es mucho más preocupante. Lo normal es que aquí todo se cocine en secreto, bajo cuerda, en los pasillos. Un porcentaje muy alto de los amigos –y hoy es recomendable tener amigos hasta en el infierno- están en una línea mucho más inhumana que la del protagonista de La grande bellezza. El entorno humano medio se mantiene días tras día en la estrategia de la reserva, es decir, actuando y hablando sólo cuando el guión está claro.

 

El silencio es la ley de la economía que nos salva. El silencio o, lo que viene a ser lo mismo, hablar según el conductismo del contexto. Que una empresa te comunique que estás despedido cuando vas el lunes y ya no tienes mesa ni compañeros, o cuando en el cajero y ves la liquidación, es un epítome del trato humano cotidiano que hemos asumido entre nosotros.

 

Todo el que no se pliega a este nuevo pacto de silencio, en el que todos funcionamos manejando logos mayoritarios o alternativos, pasará por provocador, cínico o simplemente “gamberro”. En resumidas cuentas, en cuanto nos descuidamos, acabamos actuando de bufones de la nueva corte horizontal. Por eso ha sido tan divertida, al margen de las valoraciones políticas, el golpe en la mesa de los rusos. Por fin un impacto real en medio de esta charca de ranas postmodernas. Los rusos son como Jep, necesitan ser elementales y primarios para defender al Idiota que llevamos dentro. Idiota que no pueden olvidar, que jamás olvidarán.

 

Así pues, es posible que la corrupción masiva –aunque no pasará a la primera página- sea la de la neutralización. La primera línea de nuestra violencia suele estar en una cercanía que ya no podemos ni imaginar. Hace tiempo un preso habitual decía, más o menos: Antes en las cárceles siempre sabías a qué atenerte –guardián malo, guardián bueno, preso peligroso, chivato. Hoy en día, recordaba este hombre, como todo el mundo se atiene a las normas, nunca sabes con quién estás. Hasta que ocurre algo, pero entonces es demasiado tarde.

 

Creo que en este contexto sonriente y temible, bajo tal capitalismo existencial, la ideología política es con frecuencia una coartada para que ese conductismo masivo, asumido como inevitable, tome formas sospechosamente alternativas, mutantes, radicales. En definitiva, es el narcisismo minoritario que complementa el tumulto del imperio. Hace años, tres hombres del subsuelo como Pasolini, Foucault y Deleuze ya lo han dicho todo al respecto.

 

“Al silencio que me rodea le llamo capitalismo. No sé cómo le llamas tú, pero al negar la causa –como infiero que lo haces- supongo que solamente queda una enorme sensación de congoja”. No, no debemos tener ningún problema en llamarle capitalismo a esto, sobre todo si logramos imaginar que la economía es aún la superestructura de una infraestructura de la separación, una magia blanca –o negra- cuya máxima función es apartarnos de lo común, la comunidad que sólo puede surgir al chocar con los límites. Marx se equivocó al hacer una crítica sólo política de la economía, pues ignoró la forma de la economía, es decir, la metafísica –furiosamente racista, en relación a la existencia y los pueblos- que guía nuestra política.

 

No, no es fácil hoy ser optimista. Pero tampoco hace falta. Desde luego, la congoja no es nuestro estado de ánimo habitual, ni el más recomendable. Un cierto fondo de melancolía, sí, claro, pero como reserva india de la agresividad, de una voluntad de combate que a veces debe llegar a jugar. Cada día debemos intentar encontrar una línea móvil y sombreada de resistencia. Quiero decir, el borde de intolerancia que hace un poco emocionante todavía vivir en medio de esta sociedad aburridísima, falsamente civilizada. Es posible que no debamos, que no podamos vivir sin una buena relación con la barbarie de lo real, de las afueras.

 

El desprecio que hoy se puede sentir hacia el progresismo medio es que ha terminado viviendo y sintiendo igual que la más rancia derecha: según el contexto, interactuando en el panóptico social, sin alma. Quiero decir, sin ninguna tecnología conceptual para los espectros del atraso, para el subdesarrollo constitutivo de la especie y de toda presencia real. Significativamente, la crónica que hace poco realizaba un destacado ilustrado nacional de una reunión en la embajada rusa de Madrid, transpiraba el mismo odio, idéntica aversión hacia las culturas exteriores, «elementales y primitivas», que cualquier vocero de lo que antes llamábamos fascismo. Lo dijo Baudrillard hace más de veinte años: la extrema derecha occidental sólo dice a gritos lo que la clase política entera, incluida su ala izquierda, piensa con la boca pequeña.

 

Una universalidad de grandes superficies como la nuestra, donde la alternativa radical reza cinco veces al día vuelta hacia París –como máximo, hacia Nueva York-, necesita recuperar la iluminación arcaica del trauma. En eso estamos algunos, mucho antes del encantador Byung-Chul Han.

Ignacio Castro Rey es doctor en filosofía y reside en Madrid, donde ejerce de ensayista, crítico y profesor. Siguiendo una línea de sombra que va de Nietzsche a Agamben, de Baudrillard a Sokurov, Castro escribe en distintos medios sobre filosofía, cine, política y arte contemporáneo. Ha pronunciado conferencias en el Estado y en diversas universidades extranjeras. Como gestor cultural ha dirigido cursos en numerosas instituciones, con la publicación posterior de siete volúmenes colectivos. Entre sus libros últimos cabe destacar: Votos de riqueza (Madrid, 2007), Roxe de Sebes (A Coruña, 2011) y La depresión informativa del sujeto (Buenos Aires, 2011), Roxe de sebes (Fronterad, 2016), Ética del desorden (Pretextos, 2017). Acaba de publicar Sociedad y barbarie, un ensayo sobre los límites de la antropología en Marx.