Crónica de un vacío triunfal

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Enseguida nos metemos en un relato denso, real, con toda la dureza de la vida no intelectual, eso que teóricamente nos queda un poco lejos. Es posible que los escritores, lejos de la Filosofía y la Literatura, se salven a través de los afectos, el sexo y la pasión. Esa guerra civil del reto amoroso, del orgullo que se pone en juego hasta la humillación. Casi asombra, con lo estúpido que es el mundo de la cultura, que nosotros podamos atravesar la crueldad del mundo como si realmente viviéramos, como si fuéramos seres vivos, mortales y sexuales.

 

¿Qué hemos hecho para que todo el mundo esté tan atrapado en un carrusel urbano de imágenes que no pueda más que interactuar, sonreír, enviar mensajes, ligar, beber, follar? La soledad multiplica los contactos. Al parecer, antes la gente conseguía ser infeliz de manera más tranquila, menos cruenta y menos cara. Ahora son obligatorios una conquista y un divorcio perpetuos. Como si la religión de la movilidad nos tapase la violencia extática de lo real.

 

Creo que éste es uno de los motivos de fondo de Fragmente. Diario de un adicto al sexo (Ed. Eón, México, 2008). Reemplazo y fragmentación. Conductismo de masas, personalizado. Sexo e indiferencia: digamos que está prohibido tener alma, y ésta es una prohibición doblemente eficaz porque jamás se hará explícita. El sexo como forma de tapar los afectos, la posibilidad de quedarse en algún sitio, de ser afectado por algún cuerpo. En la novela de Lorenzo león, la sensualidad de cada cuerpo es descrito siempre en su atractivo animal bien distinto.

 

Fragmente relata el diario de un cobarde, algo peor que un “comodino”. Su pasión por lo escondido, por conquistar lo recóndito de mujeres impresentables entre sí, y difíciles cada una de ellas, tiene que ver con una incapacidad adolescente para soportar la luz del día, esa noche radiante. En todo trágico existencial hay un animal sexual agazapado, se manifieste o no.

 

No, no es bueno que el hombre esté solo. Pero lo que antes las mujeres llamaban “un hombre” ha de saber estar solo; partir una y otra vez del desierto, de un silencio que es como una plegaria. Huyendo del mundo con la desolación de esas continuas conquistas y abandonos (es una pérdida ya cada conquista, por el cinismo calculado con que Barry la afronta), le sirve a menos un sucedáneo de mundo. Barry vive atrapado en esa ancha prisión de paredes cambiantes, de ahí su “depresión” y su alcoholismo.

 

Sofía, Mona, Katia, Paty, Eleanei. Hay tales saltos de un nombre a otro, de un semblante a otro, que la continuidad de lo que sea la mujer, de lo que sea el amor; ante todo, la continuidad de quien sea uno  mismo, queda milagrosamente desactivada. Baudrillard se preguntaba: ¿Cómo encontrar “la mujer de tu vida” si tienes varias vidas? Pero algunas de ellas tienen razón, en Barry eso es una huida estratégica, una cobardía planificada. Para él es necesario fragmentar el amor, desactivarlo: se huye de él hacia dentro, aumentando y multiplicando la penetración. La fusión sexual tapa semblantes. El sexo es una forma, en tal sentido, de no atender a los cuerpos, a las vidas distintas.

 

Como “los hombres creen que las mujeres son diferentes”, lo igual que es el hombre se salva así de sí mismo, de su enigma. De cerca, pegado a ellas, Barry no ve nada, ni el rostro de sus conquistas ni el eco de sí mismo. Lo que no quita, claro, para que pueda saborear inolvidables confidencias de alcoba.

 

Una especie de alta definición corporal tapa la angustia. El problema de Barry es que lo sabe, siente esa angustia que se cuela por las rendijas. No es estúpido, ni del todo inmoral, por eso ha de ser definitivamente “cobarde”, como dicen algunas de sus amantes, y encarnizarse en una carrera que es de todos. Aunque él ha de realizarla de un modo frenético. Por en medio, momentos de sabiduría teológica: “cerró la puerta y sintió que dejaba un horizonte moral ardiendo”.

 

Somos empujados al nomadismo porque no soportamos los límites. Vivimos desarraigados del erotismo, del erotismo de la sobriedad de sí mismo. Incluso la sabiduría de Barry, su peculiar valor de hombre, no puede saborear el silencio del mundo más que entre acto y acto, entre sexo y sexo. Él es consciente de la huida que es su mundo, por eso corre más todavía que los otros. Sobre todo, se ha prohibido ser feliz, ser inconsciente en esa carrera. Por tal rezón “besa como un náufrago”, ama como un prisionero.

 

La economía como nuestra magia blanca. Si la cacería sexual culmina la usura monetaria es porque nuestro obsceno afán de lucro mira siempre el reloj porque tiene por objeto el tiempo. Acabado el negocio, el sexo es la mejor manera de ocupar el ocio. Todo ello teñido, hay que decirlo, de una amabilidad sensual y terrible, de una sonrisa desenvuelta que acentúa la angustia del lector.

 

En su precisión, “inmoral” y moral a la vez, materialista y espiritual a la vez, Fragmente es un libro agotador. Y esto ocurre aunque uno de sus efectos secundarios sea conseguir que la vida del lector casi resulte “normal”. Como en Shame, Barry es un hombre prisionero de la multiplicidad, cobarde porque sencillamente no puede pararse. De alguna manera, aunque Fragmente sea más existencial, guarda un cierto parentesco con la cinta de Steve MacQueen: la infelicidad metafísica que está detrás de nuestra compulsión carnal.

 

Los personajes de León se salvan en la variación como hoy nosotros lo hacemos en las redes sociales que nos entretienen. Con la diferencia de que en este libro ocurre de manera analógica y brutal, en el entrechoque de cuerpos que pronuncian palabras. Francamente, comparada con la estupidez virtual que nos enreda en estos burdeles “low cost”, hay una dignidad ancestral en el infierno de Barry.

 

El libro de León es, casi, teología negativa. Al menos como algo invertido, un libro de religión. Una ontología del fracaso, de la desdicha, de la ausencia de cualquier Dios. Con frases para grabar y con expresiones mexicanas sabrosas, sobre todo si son oídas desde España. Una narración sobre vírgenes conectadas: aisladas, casi todas las mujeres de Barry viven en una castidad forzosa teñida de audacia sexual. Con excepciones, están incapacitadas para amar a un solo hombre, menos todavía a una humanidad sin nombre. Ellas y él son gente que ha de tapar con prisas sus bordes, por donde podría reaparecer el vacío. ¿Hemos conseguido entonces que la mujer sea tan “libre” y estúpida cono el hombre? Probablemente.

 

León ensaya un libro sobre la pedacería que nos protege, la fragmentación que nos libra del sentido. En este aspecto, Barry y sus amantes son terriblemente ingenuos, mojigatos. Por fin la ansiada paridad: sí, hemos conseguido que las mujeres sean tan infelices como los hombres.

 

Podríamos encontrar en la biografía y los escritos de Pasolini algo parecido a esta ontología del fracaso, del nomadismo desdichado. Pero Barry es menos violento y también menos creyente que Pier Paolo, de ahí que nunca fracase verdaderamente, nunca parezca romper las paredes de la prisión. Tal vez más postmoderno, más fragmentado, Barry vive en un mundo descuartizado y casi está hecho a la idea, aunque al final de la novela se apunte una salida distinta.

 

”Caminar sin banderas, sin certidumbres… Sin inspiración”. Barry y su entorno sexuado (la excepción es poco más que Radira) tampoco soportaría la certidumbre. Vive refugiados en una duda afelpada, en el reemplazo perpetuo: sin tiempo ni espacio para extraer ninguna conclusión definitiva, ninguna ruptura. No sólo él, sino que sus amigos y sus conquistas encuentran en la fragmentación la velocidad de escape de una entereza mortal que no soportan. Por eso a casi todos ellos les está vedada la dicha de la castidad o de la pareja.

 

También parece lejos la alegría de la promiscuidad “juvenil”, sin escrúpulos. Ya que no pueden ser sujetos, Barry y sus amantes se conforman con la pasión de ser objeto. Sólo la sabiduría de Radira permanece al fondo, a la espera. Como dice una de sus conquistas, Barry no está enamorado más que del amor. Un amor que le debe librar de quedarse con ningún rostro, ninguna vida, una sobriedad de ser que así nunca puede cumplirse.

 

El mundo ha de inaugurarse cada vez, como un fragmento continuo. Incluso la pérdida, que se parece a la conquista, tiene el consuelo de que la continuidad del sentido se borra. En tal aspecto, Barry no es adicto al sexo, sino a la variación, a una variación que se convierte en tema. No puede con la continuidad de la tierra. Él es como un ilustrado europeo perdido en tierras americanas. De ahí también uno de sus encantos: como varón, no es tosco.

 

Una novela, en suma, bastante triste, bastante sórdida: aunque, de rebote, nuestras vidas parezcan casi parece normales. Se puede tener la duda, quizás, de que al final se “desdibuje” un poco. Pero es que era muy difícil darle un final a ese angustioso calvario de éxitos… Salvo que no tuviera final y el fragmente continuase, en la mente de Barry y en las vidas que asalta.

 

No le quitemos mérito personal a León, pero debe haber algo en la cultura abigarrada de México que facilita esas visitas no guiadas a lo real. Esos cielos dementes que Lowry o Francisco Solano retratan. Esa manera de Rulfo de ponerse al servicio de los bajíos de un duelo exterior donde muerte y vida se mezclan: “El agua apretó su lluvia hasta que allá, por donde comenzaba a amanecer, se cerró el cielo y pareció que la oscuridad, que ya se iba, regresaba” (Pedro Páramo).

 

Emborracharse de tequila y de cuerpos. No poder soportar el silencio de la vida, su interrogación cambiante, por eso hay que ahogarla en fluidos. Es el opio del pueblo que otros encuentran en la religión. Barry no esquiva la religión, pero la plegaria que es el silencio sólo la puede soportar en el tiempo hecho añicos de la depravación, una conquista y una pérdida que tienen el mismo eje, un aburrimiento letal. “Empezar y acabar. Excitarse y extasiarse”.

 

Para Barry, solitario en el centro de sí mismo, el sexo también parece una disculpa para hablar con alguien, para intimar con alguien que le aleje de sí. Él, que está alejado de sí infinitamente y no alcanza siquiera a desconocerse, tiene así una disculpa para yacer durante unas horas con una vida.

 

También para quedarse en una estancia, acercarse a cosas y situaciones alejadas a diario en el mundo objetivado y rápido en el que desempeña una papel ejecutivo. Por la misma razón, ocurre como si Radira representase una posibilidad terrenal única, una posibilidad de conocimiento casi animal, de ahí la veneración de Barry por ella. No está claro al final si esa posibilidad es estragada o no. Les faltan palabras, se dice, “otro lenguaje”: ¿les faltan definitivamente, para siempre?

Ignacio Castro Rey es doctor en filosofía y reside en Madrid, donde ejerce de ensayista, crítico y profesor. Siguiendo una línea de sombra que va de Nietzsche a Agamben, de Baudrillard a Sokurov, Castro escribe en distintos medios sobre filosofía, cine, política y arte contemporáneo. Ha pronunciado conferencias en el Estado y en diversas universidades extranjeras. Como gestor cultural ha dirigido cursos en numerosas instituciones, con la publicación posterior de siete volúmenes colectivos. Entre sus libros últimos cabe destacar: Votos de riqueza (Madrid, 2007), Roxe de Sebes (A Coruña, 2011) y La depresión informativa del sujeto (Buenos Aires, 2011), Roxe de sebes (Fronterad, 2016), Ética del desorden (Pretextos, 2017). Acaba de publicar Sociedad y barbarie, un ensayo sobre los límites de la antropología en Marx.