Crónica de un viaje a Ucrania y el mal que representa la Rusia de Putin

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Barcelona, 8 de mayo. Nervios y más nervios

Por muchas tablas que un actor posea, por muchas funciones que un intérprete acumule en su trayectoria artística, nada logra evitar ese mariposeo en el estómago previo a un estreno teatral. Y ese miedo escénico a lo desconocido, esa angustia pertinaz que ni siquiera la experiencia logra sofocar, es exactamente lo que he venido experimentando en los últimos días, a medida que se acerca el momento de emprender el vuelo, vía Múnich, hasta Cracovia, antesala polaca de mi viaje al país en guerra. Tres meses atrás, un napoleónico y tahúr personaje de nombre Vladímir y apellido Putin había proclamado, iracundo, que enviaba a su Ejército al país vecino para revertir lo que un día calificó como “la mayor catástrofe geopolítica” de la centuria pasada, algo que, en su imaginario de agente soviético sin reciclar, equivalía a la desmembración de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) acaecida hacía más de tres décadas.

La razón de tanto azoramiento radicaba en las reiteradas noticias de asesinatos de periodistas que en las últimas semanas habían llegado desde el frente ucraniano. Entre ellas, la muerte de Oksana Baulina, una prominente informadora rusa crítica con el Kremlin, alcanzada por un proyectil cerca de Kiev mientras cubría un bombardeo. Según el sentir general, la reportera había sido víctima de una ejecución sumaria en toda regla tras haber sido rastreada por sus asesinos mediante su teléfono móvil. Además, los responsables de su muerte habían empleado una táctica archiconocida por todos los que hemos tenido la oportunidad de cubrir conflictos con la excelsa participación del Ejército ruso: el doble tap, es decir, el bombardeo reiterado de un objetivo previamente atacado, una vez se hallan sur place periodistas, equipos de rescate y paramédicos, diabólica estrategia militar que permite a las fuerzas agresoras incrementar la ristra de muertos y eliminar de paso a testigos molestos.

Receloso de la impúdica impunidad con que actúan los militares del Kremlin, salté como un resorte cuando comprobé que alguien había escrito, con un rotulador blanco indeleble, la palabra PRESS en el chaleco antibalas que se me entregaba en El Periódico para protegerme de los proyectiles y las balas rusas. “¡Pero si para esa gente los periodistas somos precisamente un objetivo!”. Puse el grito en el cielo. Tras los nervios, el buen hacer de Judit Pons, la secretaria de dirección, logró que las aguas volvieran a su cauce. Primero, calmando mis ansiedades; y después, agarrando un rotulador azul oscuro y difuminando las fatídicas letras que, a mi entender, convertían al portador de la prenda en un blanco perfecto para los francotiradores del Kremlin.

 

Aeropuerto de Barcelona-El Prat, 9 de mayo. Regreso al futuro

Nunca he creído demasiado en ese dicho castellano, algo remilgado, de que el pasado, a veces, “se funde con el presente”. El mundo se halla en constante movimiento, y en esas contadas ocasiones en que nos parece que revivimos situaciones, en realidad lo que estamos haciendo es aplicar a experiencias de naturaleza diversa paralelismos arbitrarios creados por nuestra psique. La reciente nostalgia olímpica al cumplirse tres décadas de los Juegos Olímpicos de Barcelona constituye un buen ejemplo de ello. Pedro Sánchez y su gobierno socialista, en su afán por recoser las heridas del procés independentista, quisieron rescatar del pasado ese momento mágico, y empujaron a Cataluña a organizar con Aragón unos juegos de invierno. La candidatura naufragó por razones varias, pero sus promotores parecieron olvidar la más relevante: la Cataluña de entonces era muy diferente a la actual, su gobierno estaba comprometido con la gobernabilidad de España, la ciudadanía no presentaba fracturas internas y el movimiento ecologista atraía solo a un puñado de adeptos.

Todo esto viene a cuento por lo siguiente: en cuanto comencé a departir, en el aeropuerto de Barcelona-El Prat, con Juanjo Pérez Monclús, cámara de un equipo enviado por el programa Planta Baixa de TV3 y capitaneado por la combativa Cristina Solías, una moviola me trasladó a una época ya remota, tres lustros atrás, y a un escenario bélico muy diferente: el desierto de Afganistán tras la caída del régimen talibán. Me bastaron un intercambio de saludos y un par de frases para tener la sensación de que tenía delante a uno de mis colegas más queridos y admirados de la profesión, el difunto David Beriáin, asesinado meses atrás en Burkina Faso y con el que había viajado varias veces al país centroasiático. Juanjo hablaba como él, se movía como él, gesticulaba como él, y muy probablemente, una vez estuviéramos en el terreno, trabajaría como él. Ante la idea de resucitar una experiencia pasada tan satisfactoria, me dejé llevar por el entusiasmo, y en mi fueron interno, le motejé con el apodo de “mini-David” antes incluso de recorrer la pasarela que nos daba acceso al avión alemán.

Ni qué decir tiene que el fotoperiodista catalán se sintió de lo más halagado con su nuevo alias en cuanto tuvo conocimiento de éste. Conocía al de Artajona al dedillo, ya que había trabajado en su productora durante muchos años hasta su fallecimiento, acompañándole en muchos de sus viajes por Latinoamérica. Moraleja: sí, las equivalencias son productos artificiosos de nuestras neuronas. Pero todo lo bueno se pega. Es ley de vida.

 

Lviv, 5 de mayo. Guerras nuevas, viejos métodos

Una de las características del régimen de Vladímir Vladimírovich es su predictibilidad. Y con el Ejército ruso, uno de los pilares del Estado putiniano, sucede tres cuartos de lo mismo.

Las tácticas no cambian y se transmiten en las academias militares rusas sin apenas modificaciones o innovaciones. Se aplican a rajatabla, sin tener en cuenta las variables o particularidades de cada situación. Los fracasos se digieren de la misma manera por los comandantes, ignorando los hechos y mintiendo cual bellacos acerca de su alcance a la población súbdita. Esta ancestral deshonestidad e incapacidad creativa de los mandos militares rusos contribuye a que las fuerzas armadas del Kremlin hayan sido comparadas por sus oponentes con orcos. Avanzan en oleadas, sin mucho discernimiento, como los soldados de Mordor, nos dicen los ucranianos. Y si caen en el campo de batalla, son tratados por Moscú como material de desguace y/o reemplazable, al igual que los avernos del infierno en El Señor de los Anillos.

Tras varias contiendas armadas libradas en las últimas décadas en Chechenia, Siria y el este de Ucrania, los mandos rusos tienen la lección bien aprendida, y a la hora de ocupar un territorio son sota, caballo y rey. Primero prohíben el movimiento de ciudadanos, luego levantan los así denominados campos de filtración, donde deberán ser investigados todos y cada uno de los nuevos tributarios de Moscú, y por último establecen un duro régimen de tránsito. Sin el sello de tan infausto lugar estampado en el pasaporte interior, el susodicho no será más que un ente al albur de las fuerzas ocupantes al que le puede suceder cualquier cosa.

Tatiana Loboiko, una de nuestras primeras entrevistadas, logró dar un quiebro a este trágico destino, cruzando la línea de frente al norte de Jarkiv acompañada de tres críos gracias a la ayuda de vecinos y amigos, y reuniéndose posteriormente con su marido ya en territorio bajo control de Kiev. Además de corroborar todo este relato de asfixiante burocracia, maltratos y dificultades de movilidad, añade algunas revelaciones antes de embarcarse, en la estación de Lviv, en un tren con destino a Chequia. Afirma que el duro régimen de ocupación tenía como objetivo provocar la carestía y forzar a la población local a “huir a Rusia”. Y concluye que los que cruzaban la frontera “firmaban un papel por el que se comprometían a no regresar a Ucrania en cinco años”.

Ha transcurrido casi un siglo del Holodómor, la hambruna provocada por Stalin a principios de los años 30 para obligar a los campesinos de Ucrania y el sur de Rusia a aceptar la colectivización. Pero todo parece indicar que los principios y las lógicas que empujaron al sátrapa soviético a matar de inanición a más de 3,5 millones de personas continúan plenamente vigentes en Moscú.

 

Mirotske, alrededores de Kiev, 7 de mayo. Héroes sobre el papel, criminales sobre el terreno

De entre los países que integran la primera división de potencias globales, Rusia es quizás, y con el permiso de China, el estado que goza de mayor autonomía para establecer los parámetros de la realidad ante su propia población. Desde la era de los zares hasta los tiempos actuales –y con especial ahínco durante el intermedio soviético– las autoridades han hecho, por lo general, lo que les ha dado la gana, y se han sentido con absoluta libertad para explicar a sus residentes qué es verdad y qué es mentira, para ordenarles qué deben creer y qué deben desdeñar. Se trata de una coyuntura difícil de entender en nuestro privilegiado mundo de pesos, contrapesos y cuartos poderes.

Contrariamente a lo que dicen muchos, no pienso que los rusos estén fabricados de otra pasta, o encuentren satisfacción alguna en que sus líderes les cuenten milongas. En un rincón del mundo donde no hace mucho millones de personas desaparecieron por la zonza paranoia de un líder supremo con trastornos de personalidad, donde el actual jefe del Estado dispone, al menos en teoría, de la capacidad de destruir el mundo con solo pulsar un botón, muchos asumen con resignación y hasta naturalidad que carecen de los mecanismos para desafiar al régimen cuando éste se pone farruco y se empeña en decirle a uno, por poner un ejemplo, que la camisa negra que lleva hoy puesta es, en realidad, blanca. Así las cosas, me inclino a pensar que, por lo general, los rusos, cuando las autoridades desbarran y se instalan en una realidad paralela, como parece suceder en este preciso momento histórico, se limitan a abrir el paraguas, y a esperar a que escampe.

Cristina, Juanjo y un servidor nos dimos literalmente de bruces con esta dicotomía entre realidad oficial y realidad real, valga la redundancia, cuando nos adentramos en el bosque de Mirotske, cercano a Kiev, para observar de cerca y con lupa el lugar donde, durante semanas, acampó toda una división aerotransportada rusa. De entre el impresionante entramado de trincheras, letrinas, blindados carbonizados, proyectiles artilleros incrustados en árboles, uniformes ensangrentados o paracaídas abandonados, Volodímir Tishenko, nuestro guía ocasional, extrae un ejemplar de Krasnaya Zvezdá (Estrella Roja), el diario del Ejército ruso, y lo abre por una página interior repleta de fotos de soldados y oficiales en uniforme de gala bajo el grandilocuente titular ‘Héroes del día’. A muy pocos metros, probablemente en el interior de la zona acordonada por las fuerzas de seguridad locales, se sitúa una nada épica infraestructura: una fosa común cuyo descubrimiento fue anunciado en días anteriores y donde fueron hallados tres cadáveres maniatados, con los rostros desfigurados y hasta las uñas arrancadas.

 

Dytiatky, norte de Ucrania, 10 de mayo. No hay consuelo para Lilia

La cobertura de un conflicto armado está siempre sujeta a imprevistos, a situaciones inesperadas que, con frecuencia, obligan a modificar agendas y a asumir cambios en el orden del día. Uno puede hacerse un esquema de lo que deparará la jornada. Pero en el así llamado periodismo de guerra, probablemente más que en ningún otro ámbito de la profesión informativa, las cambiantes circunstancias pueden volver del revés, en cuestión de segundos, todo lo ceñudamente reflexionado durante las horas previas al momento de ponerse en canción.

Ya sea porque un oficinesco soldado en un puesto de control se empeña en revisar concienzudamente pasaportes y acreditaciones, ya sea porque los combates cierran tal o cual acceso a tal o cual lugar, ya sea porque llegado el momento de entrar en un punto caliente, al conductor, al guía –o a uno mismo– nos entra el canguelo y decidimos dar marcha atrás, ya sea porque a la hora de escribir internet se cae y no hay puñetera forma de enviar el texto a la redacción. Pero lo cierto es que el trabajo de enviado especial se asemeja mucho a una carrera de obstáculos, en la que recibir la confirmación de que la crónica ha sido recibida en la redacción entera y verdadera constituye la ansiada meta volante de cada día.

Entre los supuestos que le empujan a uno a dar un golpe de timón existe la aparición de una historia dramática, irresistible, que eclipse la idea inicial y cautive al reportero de forma irremisible. Y eso fue exactamente lo que sucedió mientras recogíamos en Dytiatky, pequeña población situada junto a la zona de exclusión en torno a la central de Chernóbil, testimonios sobre lo sucedido durante la ocupación rusa de la planta atómica. A punto de emprender el regreso a Kiev, una mujer de pelo canoso, de nombre Lilia Ogneva, menuda y vestida con un pantalón de chándal, se nos acercó y susurró, como pidiendo perdón por la intromisión, que los rusos habían matado a su marido y a su hijo en las primeras horas de la invasión. Inmediatamente, dejamos lo que teníamos entre manos y seguimos a esa treinteañera de mirada perdida y cabizbaja, que fumaba un cigarrillo tras otro y cuyo temblor en los dedos le impedía siquiera pulsar certeramente las teclas de su teléfono móvil.

Calibramos raudos las dimensiones de la tragedia. En el hogar de los suegros, cubierta por una lona, se hallaba la deformada carrocería de una furgoneta en la que viajaban padre e hijo cuando ésta fue alcanzada por un disparo realizado desde el blindado maldito. El techo había sido constreñido sobre los asientos delanteros, deformidad provocada por el mismo vehículo autor del asesinato. Éste, tras abrir fuego, apartó violentamente el coche hacia la cuneta, aplastando literalmente a sus pasajeros. Horas después de aquellos sucesos, cuando por fin la familia pudo recuperar el vehículo y los cuerpos en su interior, Lilia agarró su móvil y tomó fotos de cónyuge y vástago en un estado en el que nadie desearía jamás, bajo ningún concepto, ver a un ser querido. Aquello era una gran desdicha, pero había que dejar constancia de lo sucedido para cuando llegara el momento de exigir justicia a los ocupantes.

Es la hora del adiós. Cristina, abrumada por la magnitud del infortunio, se funde en un largo abrazo con la única hija que le queda a Lilia. Fue un silencioso achuchón de casi 10 minutos de reloj, propio de alguien que se agarraba a la forastera como si de un clavo ardiendo se tratara. “No me dejaba, y me parecía violento apartarla”, nos explicaría luego durante el viaje de regreso a Kiev.

 

JárkIv, 11 de mayo. Culebreando en Saltivka

Culebrear es una acción normalmente atribuida a cualquier ofidio inofensivo para el hombre, y según el diccionario de la Real Academia Española (RAE), consiste en moverse haciendo eses, avanzando de un lado a otro. También implica marchar a ras de suelo, sigilosamente, con la intención de no ser percibido por los depredadores. Lo que no resuelve el manual de referencia de la lengua española es cómo debería denominarse la referida escaramuza en el caso de que la serpiente sí cuente con la capacidad de dañar al ser humano. Porque el verbo viborear, por el momento, carece de uso en el lenguaje hispano ibérico, y solo es utilizado en América Latina con la acepción de hablar mal de una persona, sin ninguna relación con el movimiento.

Discusiones semánticas al margen, el recurso a los zigzags culebrinos –adjetivo éste caído en desuso allá por el siglo XIX, RAE dixit nos resultó de gran utilidad al día siguiente de arribar a Járkiv, la segunda ciudad en importancia de Ucrania, de estética soviética pero alma democrática. Tras una mañana de pérdidas, desplantes y negativas, en la que los astros parecían haberse conjurado para impedir que enviáramos a nuestras redacciones una historia con cara y ojos, regresamos al hotel para replantearnos la situación. Y con la fuerza que nos concedía haber constituido un cohesionado grupo humano y profesional, con valores y ética periodística similares, conseguimos rebobinar nuestro alicaído estado de ánimo para intentar de nuevo la incursión en Saltivka, barrio norteño machacado por la artillería rusa durante los meses previos y convertido en oscuro objeto de nuestro deseo, después de habernos sido vetada la entrada matinal por un puntilloso militar de guardia.

Para evitar un nuevo fracaso había que modificar radicalmente el planteamiento: en lugar de entrar por carretera el taxi nos dejaría en las inmediaciones del distrito. Y desde allí, cual sierpes, avanzaríamos a pie y ondulando nuestro caminar, sigilosos, sin llamar la atención, y evitando a toda costa ese pernicioso punto militar escasamente sensible a nuestras necesidades reporteriles. En resumen, entraríamos “culebreando”, como bien describió el cámara catalán en un momento de gran lucidez.

Nuestra tenacidad obtuvo su finalmente recompensa: además de poder explicar a nuestros lectores uno de los más evidentes crímenes de guerra del Ejército de Putin –la destrucción de todo un barrio urbano, con la práctica totalidad de sus fachadas mostrando de forma impúdica el interior de unos apartamentos desventrados por la artillería–, la cobertura se convirtió en una didáctica lección de vida acerca de la capacidad del ser humano para adaptarse a las circunstancias más adversas. En aquellos dañados bloques, horadados por la artillería rusa cual queso gruyere, seguían residiendo decenas de hombres y mujeres, en su mayoría de edad avanzada, que habían hecho en su fuero interno un cálculo de pros y contras, y decidido que era mejor exponerse a la –nunca mejor adjetivada– ruleta rusa de los bombardeos que instalarse, como tantas otras familias, en la seguridad del subsuelo que proporcionaba la cercana estación de metro Heroi Pratsi.

Había personajes como Zhenia, hombrecillo prematuramente envejecido que hablaba en un hilo de voz, quien malvivía en un piso con las ventanas hechas añicos en una época del año en la que la temperatura nocturna aún descendía a cinco o seis grados. Había simpatiquísimas ancianas como Irina Nikolaenko, que adquiría a diario nuevos boletos en el macabro sorteo de un desenlace fatal saliendo a alimentar a los 37 gatos callejeros que merodeaban por el vecindario. Había mujeres benevolentes como Ludmila Kiskina, agradecida al cielo de que el único daño que presentaba su piso fuese las balconeras hechas trizas. Para ellos/as, y para todos aquellos/as que padecen los estragos de una guerra en similares circunstancias, la RAE debería acuñar un nuevo verbo, mejor aún si es también de inspiración reptiliana, que defina la acción de afrontar un conflicto armado encerrado en un cubículo y arrastrándose cual ofidio, pero a la vez mostrando admirables dosis de entereza y circunspección.

 

Bohorodychne, región de Donbás, 17 de mayo. Evacuación entre disparos de artillería

El debate está servido desde ese ignoto día en que el periodismo asumió por vez primera la función de transmitir no solo noticias u opiniones, sino también de reflejar dramas humanos como desastres naturales o guerras, tratándose, además, de una discusión profesional para la cual no existe todavía una respuesta inequívoca ni definitiva. ¿Qué debe hacer un reportero enfrontado a una situación de peligro potencial para uno o varios testigos de su historia? ¿Debe limitarse a tomar constancia de los hechos y a reproducirlos para su audiencia, o debe dejar a un lado el trabajo, arremangarse y cooperar para sacar a esos seres humanos del apuro? Al fin y al cabo, como bien decía Roger Simpson, fundador del Centro Dart para el Periodismo y el Trauma, “sujetar una cámara o grabar lo que ves o escuchas puede ser incluso la mejor forma de intervenir”.

Y ciertamente, a mediados de mayo en Bohorodychne, pequeña aldea del Donbás ucraniano junto al monasterio de las Cuevas de Sviatohirsk, la situación estaba de lo más comprometida para los ocasionales protagonistas de nuestro reportaje diario. La artillería rusa se había situado a tan solo un puñado de kilómetros del casco urbano, y bombardeaba de forma constante el lugar para preparar una ulterior ocupación territorial, táctica bélica a la que bautizamos con la perífrasis de la apisonadora. Los ataques en los días previos habían sido de gran intensidad, prescindiendo olímpicamente los invasores del precepto de distinguir entre objetivos militares y civiles, obligación ésta exigida en esas convenciones escasamente respetadas y firmadas hace décadas en una internacional ciudad suiza con nombre de licor espiritoso. La cosa había llegado a tal punto que incluso Dima, a los mandos de la furgoneta en la que viajábamos, tuvo que dar un volantazo para impedir que nuestro vehículo literalmente se estampara contra un proyectil incrustado en plena calle principal.

En cuanto echamos pie a tierra, el silencio, roto tan solo por aparatosos estruendos secos procedentes del horizonte, inquietantes sonidos que, a bote pronto, podrían compararse con el de un armario repleto de cachivaches desplomándose. El lugar, además, había sido mayoritariamente evacuado y nadie respondía a nuestras requisitorias puerta a puerta, incluso en los escasos hogares unifamiliares que mostraban ropa tendida o animales domésticos correteando por el jardín. A media mañana, y puede que hasta con síntomas de embriaguez, surgió de la nada la delgada figura de Dmitri Marchuk, acelerado y aturdido a la vez, haciendo oídos sordos a las insistentes demandas de entrevista. “Tengo que ir a ordeñar una vaca”, protesta una y otra vez. Nuevos disparos interrumpen la conversación y, en un acto reflejo, hacemos ademán de huir y buscar refugio. Dmitri, echando mano a su dilatada trayectoria convivencial con las artillerías rusa y ucraniana, nos tranquiliza: “No hay que temer; disparan desde aquí. Los tengo bien estudiados”.

El drama de Bohorodychne se desplegó en toda su magnitud cuando nos introdujimos en la morada del matrimonio formado por Anatoli Dronichev y Vera Gerasimenko. Postrado él en una sucia cama, con la cara torcida, apenas podía mover las extremidades debido a un infarto cerebral. Su mujer imploraba de rodillas, santiguándose y dirigiéndose al cielo, que les evacuáramos en nuestra furgoneta; nos explicaba que su marido se paralizaba de miedo en cuanto oía disparos, que toda la culpa había sido suya por haber ignorado las ofertas de evacuación formuladas por las tropas ucranianas en cuanto los rusos mostraron el hocico en la región. De inmediato, Cristina y servidor nos enfrascamos en el viejo debate de si procedía o no atender la petición de Vera. Y en plena discusión, fue Dima quien, en un arrebato, cogió el toro por los cuernos, adelantándose a cualquier resolución que pudiésemos adoptar. Agarró con sus poderosos brazos el frágil cuerpo de Anatoli y lo introdujo en el vehículo entre quejidos desgarradores de dolor. Deseosa de salir de aquel infierno cuanto antes, Vera agarró los documentos de identidad, un par de bolsas con enseres y la silla de ruedas, dejando atrás incluso al perro de la familia.

Una hora más tarde, en la seguridad de la entrada de ambulancias del hospital de Sloviansk, Vera se despide de nosotros, no sin antes evidenciar lo arraigado que se halla aún el gen soviético en una parte de la población ucraniana del Donbás. “Espero que por haber dado una entrevista no me acaben encerrando”, musita a un miembro del personal hospitalario.

 

Lisichansk, 18 de mayo. Los últimos  

Yerra quien piensa que parajes de un país inmerso en un conflicto armado se asemejan los unos a los otros. Que, con haber visitado una ciudad destruida, una trinchera excavada en la roca, o una posición guerrillera apostada junto a un ventanal durante un furibundo combate urbano, uno ya lo ha visto todo lo que debía ver en una guerra.

En realidad, perspectivas bélicas en apariencia similares suscitan conclusiones diferentes al observador si éste pone atención y se molesta un poco en hurgar entre las evidencias. Es una suerte de sexto sentido que va recogiendo, de aquí y de allá, pequeños indicios y que a la postre facultan al intruso a hacerse una composición de lugar sobre lo que en realidad está sucediendo en el frente, permitiendo incluso detectar peligros y alertar de ellos al instinto de supervivencia. Resumiendo lo dicho de otra manera: es posible sentirse en la más absoluta seguridad reporteando en una ciudad totalmente destruida y recurrentemente bombardeada, mientras que una localidad en perfecto estado de conservación y completo silencio puede resultar aterradora, y atenazar de miedo a los periodistas que en ella irrumpen.

En Lisichansk, la última población de tamaño respetable en la provincia de Luhansk que en mayo aún se hallaba en manos del Gobierno ucraniano, la balanza más bien se inclinaba hacia esta segunda categoría. Pese a hallarse su casco urbano relativamente intacto en comparación con lo visto durante los días precedentes de nuestro periplo bélico, no tardamos ni un par de minutos en percatarnos de que la cosa estaba a punto de solfa para que los rusos culminaran una nada triunfal entrada en la población. Que era simplemente cuestión de tiempo que los invasores del Kremlin se hicieran con el control de esta ciudad semiabandonada, privada de su fuerza productiva ante el masivo éxodo de los jóvenes, y habitada únicamente por pensionistas convertidos en sombras humanas y sin lugar a donde ir.

Para empezar, en el último tramo de la carretera, los escasos puestos de control del Ejercito ucraniano todavía en pie habían sido evacuados. No hacía falta devanarse los sesos para identificar el porqué de todo ello: constituían un objetivo demasiado expuesto para una aviación y una artillería rusa que intensificaban sus ataques y preparaban el terreno para el inminente avance de su infantería. Nada más penetrar en el entramado de calles, un grafiti sobre un muro alertaba de la batalla en ciernes: “Lisichansk, Kiev está con vosotros”. Por la localidad tan solo transitaban gentes de mirada huidiza, con prisas y sin demasiadas ganas de hablar con periodistas occidentales, pura estrategia de prevención y supervivencia ante el cercano día en que los soldados enemigos hicieran acto de presencia.

Con semejante percal, decidimos que había que actuar con rapidez. Cristina, avezada en las tareas audiovisuales, se ventiló en un santiamén y casi a la primera la correspondiente entradilla televisiva, filmada a toda prisa junto a un gigantesco proyectil ruso incrustado en la acera de una zona residencial. Más tarde nos adentramos en el susodicho barrio, situado en un extremo de la localidad próximo a las posiciones rusas. La artillería, aquí, había arreado de lo lindo, a juzgar por la pintada en uno de los portales, que rogaba a los vecinos no encender las luces del rellano de la escalera durante la noche so pena de convertirse en objetivo militar.

Tras múltiples intentonas fallidas, Albina Kalaga, una joven treintañera con dos críos, fue la única en aceptar nuestra petición de ponerse frente a la cámara y explicar sus padecimientos. Sentada en la oscuridad del sótano, entre mantas malolientes y ajadas, y restos de un frugal almuerzo a base de pan y más pan, esta joven admitió que no tenía un duro, que vivía de la ayuda humanitaria que aún le proporcionaba el Gobierno ucraniano y que, a su piso, solo subía para ducharse y cambiarse. Había declinado seguir los pasos de su madre, casada con un hombre diferente a su padre y evacuada a una zona bajo el control del Gobierno de Kiev. En ausencia de su progenitora, y por aquello de que las desgracias siempre unen, se había hecho íntima de sus vecinas, convertidas en su nueva familia.

Antes de marcharnos intercambiamos números de teléfono para mantener el contacto y estar al corriente desde España de lo que el futuro pudiera depararla. Tras la caída de la localidad en manos rusas envié a Albina algunos mensajes que se han quedado sin respuesta, y de vez en cuando, entro en su whatsapp y compruebo que lleva tiempo inactivo. Ahora que el Kremlin ha ocupado Lisichansk uno no puede dejar de preguntarse si estará bien y, sobre todo, si habrá encontrado acomodo entre los nuevos amos y señores de su ciudad.

 

Poltava, 21 de mayo. Reflexiones sobre la guerra en un tren nocturno

Uno de los aspectos más apetecibles de viajar por aquellos países que, por H o por B, aún no han desarrollado una red ferroviaria de alta velocidad es la posibilidad de trasladarse en tren a la antigua, es decir, en el compartimento de coche-cama de un convoy nocturno. Estos trayectos ya olvidados en un país como el nuestro, que contra viento y marea sigue extendiendo, año tras año, los tentáculos a donde arriban sus trenes veloces, permiten al viajero saborear incluso el momento del desplazamiento, al tratarse de un lugar ideal para relajarse, dormir, reflexionar, leer y hasta escribir. Ucrania, como antigua república soviética, todavía conserva la herencia de la potente tradición ferroviaria de la URSS, que convirtió durante el siglo pasado a su sistema de trenes en uno de los más eficaces del mundo. Incluso en tiempos de guerra como los presentes, decenas de convoyes ucranianos continúan surcando impasibles cada noche, de punta a punta, este extenso país, garantizando la movilidad, la evacuación de refugiados y la logística necesaria para el esfuerzo bélico.

Hace menos de tres horas que mi tren, formado por más de una decena de vagones azules y amarillos, los colores de la bandera ucraniana, ha dejado atrás Járkiv. Cuando aún quedan casi mil kilómetros de viaje hasta la frontera el maquinista detiene el desmesurado convoy ferroviario durante una media hora, al caer la noche, en la estación de Poltava.

Coincidencias de la vida. Es precisamente en esta localidad ucraniana, de tamaño similar a Valladolid, donde a comienzos del siglo XVII tuvo lugar una de las batallas más reverenciadas por el imperialismo ruso resucitado por Vladímir Vladimírovich. Corría el año 1708, y el rey sueco Carlos XII irrumpió en territorio enemigo al frente de decenas de miles de hombres con el objetivo de meter en cintura al zar Pedro I, quien acababa de fundar San Petersburgo a orillas del mar Báltico y amenazaba su hegemonía en el norte de Europa. Gracias a su triunfo militar en Poltava, Rusia pudo asentar su estatus de potencia europea y neutralizar para siempre a Suecia, su gran rival regional. En las mentes pensantes del Kremlin, ávidas de referentes históricos que confirmen que Ucrania no es más que una provincia de la Gran Rusia, el nombre de esta ciudad estará para siempre vinculado a las gestas militares de los Romanov.

Aprovecho la parada para googuelear Poltava en mi ordenador. Y mientras engullo una sabrosa y enorme salchicha ucraniana compruebo que ya por aquel entonces un cosaco ucraniano, de nombre Iván Mazepa, había buscado aliarse con los suecos para obtener la independencia de Moscú. Aunque en los últimos años la identidad nacional ucraniana parece haberse gestado más sobre la base de un proyecto político homologado con Occidente y Europa que a una idea nacional, me divierte comprobar que, ya por aquel entonces, había lugareños dispuestos a batirse el cobre por emanciparse del yugo imperial.

Salir de un país en guerra y sin comunicaciones aéreas tiene sus ventajas. El principal de todos: ahorrarse el brutal choque de pasar, en pocas horas, del fragor de los bombardeos a la seguridad del hogar barcelonés. Y mientras digería mis experiencias ucranianas arrullado por el cansino y monótono traqueteo del tren caí en la cuenta de que mis compañeros y yo habíamos sido testigos, durante las últimas tres semanas y media, de un hecho excepcional: la encarnación de un mal atroz, pavoroso y absoluto, un concepto que, por alguna razón, el ser humano tiende a desdeñar de forma instintiva. Las personas preferimos los matices, y descartamos tanto la bondad como la maldad perenne. En el fondo, no nos creemos que los psicópatas puedan traspasar las pantallas de televisión, o existan más allá de las películas de serie B. Cuando una persona o Estado ejerce la violencia sobre otro, en nuestro fuero interno no podemos dejar de preguntarnos si la víctima no habrá contribuido, con su comportamiento, a azuzar al agresor.

Hace más de un lustro comprobé los oscuros abismos a los que un ser humano puede descender cuando me secuestró Estado Islámico en Siria durante seis meses, siendo testigo del maltrato, tortura y posterior asesinato de mis compañeros de cautiverio a manos de personajes que disfrutaban infligiendo y observando el sufrimiento ajeno. No quiero minimizar los eventuales abusos que pueda estar incurriendo el bando ucraniano en esta terrible guerra de desgaste y que puedan descubrirse en el futuro. Pero sí considero una obligación moral como periodista proclamar a los cuatro vientos, sin censuras, constreñimientos o cálculos políticos, que las acciones del Kremlin bajo la batuta de Vladímir Putin son equiparables a los peores y más oscuros episodios vividos en la historia reciente de la humanidad.

Pido de antemano disculpas al lector si parezco altanero o engreído. Ni me considero infalible ni tampoco me siento en posesión de la verdad. Solo quiero concluir este relato, visto lo visto, de la única forma en que me parece posible: con una denuncia radical, sin ‘peros’ ni medias tintas, de ese mal omnímodo que representa la Rusia de Putin.

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