Crónica realista desde el país de los pobres mentales

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En primer lugar, este artículo bien podría titularse No sé, no sé, título hegeliano justificado por la dudas que asaltan a los que se atreven a indagar en la ocultas causas que sostienen nuestra situación. Sí, que me registren, no sé nada, no entiendo nada.

 

Lo mío, y nuestro, es llegar aquí y ejercer lo de siempre. lo que hemos hecho de toda la vida en nuestra condición de pobres mentales. Y lo primerísimo, el agua de lavar o, si te lo aconsejan, de beber. Yo vivía en un barrio en el que todos eran pobres mentales y ahí enfundé mi traje y salí en busca del líquido elemento. Hacía un mes que la dueña original de la casa fue abordada por unos plomeros porque, por fin, iban a instalar los tubos que nos llevarían al camino acuodoméstico del horizonte 2020. Pero, oh hado atroz, pusieron los tubos y se fueron, hasta hoy. Yo, que soy ligero de paciencia, y debe de ser la pobreza mental que me afecta, fui a un sitio donde unos señores de una iglesia daban agua en nombre de su Dios. Pero había allí tanta gente que descubrí que hasta que me tocara el turno, y no tenía la cara de más necesitado, el gallo ya habría cantado más de 3 veces. Entonces cogí mi carretilla y busqué por donde sabía que daban de beber a otra gente que hasta que lo abandoné, no había sido llamado vecino, aunque ejercía con creces líquidas aquella vecindad. Y, oh hado feliz, las cosas estaban en su sitio y pude mojarme los pies, los brazos y llenar los cubiles de plástico que he utilizado en toda mi puñetera vida. Hice, creo, dos viajes y acabé con los músculos ateridos. Pero contento, porque podía lavar, mojarme el cuerpo para apagar el doloroso fuego que me abrasó cuando supe que no entendía nada, y que iba a recorrer los mismos caminos de hace 24 meses, 730 días, para unos cuantos litros de agua. Acabé como acabé, pero totalmente tapado por el hecho de que no entendía absolutamente nada.

 

Yo soy enfermero diplomado y he trabajado en uno de los centros relacionados con la salud más serios de la Guinea Ecuatorial. Soy, por muchos lados, escritor de ficción y no-ficción y he escrito más libros que cualquier guineano vivo. Aun así, soy un pobre mental, y heme aquí relatando las especiales condiciones de este estado.

 

Pero vamos a ver: sabemos que si el primer ministro de Vanuatu, con quien no he tenido el gusto de tomar unas copas, dijera que los guineanos son unos pobres mentales, saldría el general en jefe de la fuerzas represivas de este país y exigiría una rectificación y unas disculpas, sobre todo si el reconocimiento del estado mental de los guineanos se hiciera en la ONU, por ejemplo, o en cualquiera de estas cumbres que cada mes los que apoyan a los mandamases han conseguido que se organice en Sipopo. A lo que íbamos, sabemos que la ofensa exigiría alguna diplomática reparación. Esta es la razón por la que no diremos nada al general que descubrió que éramos unos pobres mentales.

 

Como sabemos que ningún ministro, viceministro o cualquier persona de rango superior o inferior ha salido al paso para decir nada al respecto de nuestra pobreza mental, entonces podemos entender que ellos también creen que los guineanos somos unos pobres mentales. ¿Pero alguno de ellos está en condición de decir tal a cualquier guineano? Creemos que no. Y por el recorrido que hizo cada uno para llegar a firmar como un ministro que sólo tiene eso, una firma. Y muchas veces este recorrido fue así: Estaba en el pueblo, en el interior de Río Muni, cuando el suegro oficial del general en jefe paró ahí para tomar malamba. Charló el suegro con su padre y como resultado, su nombre fue dado al suegro. Él viajó luego a Bata, fue alistado para repartir camisetas y carne de cebú en las siguientes elecciones, y cuando supieron que era un gran «nacionalista», su nombre fue colocado en una lista y acabó de miembro alto de un gobierno. Con esta posición inesperada, cobra y viste trajes de…, y como en Malabo hay una cumbre a la semana, resulta que una chica escolarizada en bachiller elemental estuvo por ahí en uno de estos días en los que cierran todo y todos tienen que ir a aplaudir a los que llegan; y ahí la vio el ministro. Y la tomó por segunda mujer. ¿Este tío tiene la cara para pensar que alguno puede ser un pobre mental y no ser él?

 

No sé, no sé. No sé qué decir. En Guinea está pasando una cosa muy grave, y ahora lo veo con más claridad: los recursos naturales del país y el personal del «Gobierno» no deben estar pendientes de satisfacer los intereses privados, que muchas veces son suyos, y otras de personas foráneas. Ahí está el quid de esta mentada cuestión llamada la maldición del oro negro. Y es que podría ser oro real, coltán, cobre, algodón, o atún, la cuestión no es el recurso, sino quiénes están detrás del mismo. Es cuando las ansias del beneficio privado fagocitan lo público y, además, con la concurrencia de métodos opacos o claramente corruptos. Podemos decir sin exagerar que el problema de este país es que prácticamente no existe. Al ritmo de hacer las cosas en Guinea Ecuatorial, en el que la educación nacional es descuidada hasta el extremo de que no vale un carajo, entonces, ténganlo por seguro, siempre vamos a ser unos pobres mentales, pues este largo periodo de sequía sí que pasará factura. Dentro de unos años, y no estamos siendo nada pesimistas, seremos pobres de solemnidad, y también pobres mentales, unos espantapájaros necesitados de la caridad internacional.

 

Esto lo sabemos por el grandísimo miedo que tienen los que mandan ahora a los que les señalan los renglones torcidos, miedo que muchas veces justifica las bestialidades que contra estos se cometen. ¡¡Y pensar que son personas que por su necesaria labor, opositores al régimen, deberían recibir una subvención nacional!!

 

Detrás de los que se benefician hay quienes se ríen por bajo de nuestro destino infeliz. Son los mismos que dirán el día de mañana que necesitamos unos kilos de leche en polvo porque nuestra condición racial impide el crecimiento de la inteligencia, por lo que necesitamos ayuda. Esto ya lo dije en otra ocasión. Ahora lo digo otra vez desde el corazón mismo de los pobres mentales.

 

Malabo, 18 de febrero de 2013

Juan Tomás Ávila Laurel. Es un joven y prolífico escritor, residente en Malabo, donde ejerce como técnico sanitario. Se ha convertido últimamente en un exitoso y asiduo conferenciante de numerosas universidades extranjeras. Ha representado a su país en importantes foros internacionales y ha sido conferenciante invitado en España, Reino Unido y Estados Unidos. Su obra se caracteriza por un compromiso crítico con la realidad social y politíca de su país y con las desigualdades económicas. Estas preocupaciones se traducen en una profunda conciencia histórica, sobre Guinea Ecuatorial en particular y sobe África en general. Tiene más de una docena de libros publicados y otros de inminente publicación, entre ellos las novelas y libros de relatos cortos La carga, El desmayo de Judas, Nadie tiene buena fama en este país y Cuentos crudos. Cuenta tambien con obras de tipo ensayístico, libros de poemas y obras de teatro.