Crónicas costeñas

0
262

El otoño porteño llegó de improviso mientras terminaba de aterrizar en Buenos Aires, con la sensación de que esta vez no habrá tiempo de aterrizar del todo, pero las impresiones que dejó Colombia en la retina y en el alma siguen muy a flor de piel. Aún en mi cuaderno de bitácora guardo algunas notas que me gustaría compartir con vosotros…

 

Sentada en este hotelito de Tolú, en la costa caribeña de Colombia, al final de la tarde se ve pasar la vida de este pueblo tranquilo y cálido de pescadores, bicitaxistas y artesanos como Marc y Luis. Luis me vendió esta tarde en Coveñas, muy cerquita de Tolú, dos collares de nácar. Su piel es negra, su mirada, pacífica, y habla con orgullo calmo de su esposa y socia. Luis viaja a su isla natal, en frente de Cartagena, para buscar en el mar los materiales con los que ambos trabajan. Pero Coveñas es ya su casa, porque, como él dice, uno es del lugar en donde se enamora.

A sus 23 años, Marc ya tiene un hijo de cinco y una bebé. Es de Tolú y desde hace un tiempo hace artesanía. También estudia, porque, dice él, quiere llegar a ser un profesional, aunque ya es profesional la soltura con la que construye pulseras y collares y con la que habla de su arte, del pulido de las piedras coloridas y hermosísimas que encuentra en el fondo del mar, este mar que provee de casi todo a los costeños. Marc tiene la piel mulata, la sonrisa franca y amplia y la mirada tranquila. Me cuenta que aquí en Tolú mucha gente se gana la vida con la pesca, que los respeta mucho, pero que no es para él. Que otros muchos trabajan como bicitaxistas –es increíble la creatividad de estos costeños para crear medios de transporte alternativos: mucho que aprender de ellos-, pero que eso de tanto pedalear acaba provocando impotencia, y muchos problemas en los hogares. Que los respeta mucho, pero que para él, no es. Él lo que quiere es estudiar y ser un profesional, y, con esa sonrisa y ese empuje, seguro que consigue lo que se proponga. Yo le cuento que soy periodista, que está buenísimo serlo porque le permite a uno viajar, y que en España se vendería muy bien su artesanía. Y fantaseo con la idea de hacernos socios algún día.

Como Luis, Marc se tiene bien aprendido su discurso de venta. Aquella frase de que cuando uno vuelve a casa lo primero que le preguntan es, ¿qué me has traído? Aquello de que mirar es gratis, y así, aunque no me compres nada, por lo menos me regalas tu buena onda. Así es imposible no picar; además, todo lo que venden está a muy buen precio. Me explican que la temporada alta –de calor, le dicen aquí: y uno sonríe cuando le dicen ‘temporada fría’ a estos 35 grados- por las lluvias y el derrumbe de algunos puentes, y por eso están vendiendo tan barato. Me lo dicen con una sonrisa, porque, como dice Marc, Dios proveerá, y más en esta tierra generosa que regala plátanos y yuca y donde el mar provee desde alimento hasta joyas…

 

En Cartagena me invade esa sensación extraña, habitual en esta América Latina, de estar en un paisaje y un clima tan nuevos, en pleno Caribe, y sin embargo con una arquitectura tan española, tan familiar: los balcones con flores, las plazas con arcos, los patios interiores.

En Cartagena le cae a uno el peso de la historia: la conquista, el oro, los piratas que se llevaron buena parte, con licencia de la Reina de Inglaterra. Las venas abiertas de la América Latina. Así es mi país, le digo a mi guía: provoca dos genocidios para después regalarle a otros la riqueza –a los telares ingleses lo que dejaron los piratas- sobre la que se fundamentó la revolución industrial y se afianzó la preeminencia europea –pero de otra Europa, esa que queda al norte de los Pirineos- durante dos o tres siglos más.

Casas de colores. Colores de las frutas, de la artesanía creada con la riqueza que viene del mar. Colores de las flores en los balcones. Cartagena de colores, tan limpia y cuidada y segura –mucha policía-, tan bonita y bien conservada y llena de turistas en estas calles privilegiadas del centro. Un poquito más hacia acá o hacia allá, esa torre de marfil deja lugar a otra realidad, desangrada y de contraste, también tan frecuente –ay- en esta América Latina, este continente acelerado donde la abundancia, la plenitud y la alegría conviven con la exclusión, la violencia y la miseria. En las afueras de Cartagena, como en otras ciudades colombianas, los cinturones de pobreza se ensanchan con la llegada de los campesinos desplazados por los paramilitares, o, si se quiere, de ese ‘fuego cruzado’ del que eufemísticamente le gusta hablar a la prensa local. Las venas siguen abiertas, pero se aprecian también signos de cambio, puertas a la esperanza. En Suramérica, como en el resto del planeta, los tiempos se aceleran…

Nací en Extremadura, pero soy -también- madrileña. Periodista por vocación y convicción, llegué a América Latina en 2008, a esa ciudad caótica y fascinante que es São Paulo. Después de unos años entre samba y tango, me establecí en Buenos Aires, desde donde trabajo como 'freelance' y colaboro para medios como El Mundo y Le Monde Diplomatique. Aunque, cada vez más, apuesto por los proyectos independientes: la revista Números Rojos, la web Carro de Combate -dedicada al consumo responsable y la denuncia del trabajo esclavo- y, por supuesto, este Fronterad.   Afincada por fin en Buenos Aires, una ciudad que me cautivó desde mucho antes de visitarla, cuando se me mostraba desde las páginas de Julio Cortázar, sigo descubriendo este continente diverso y complejo, este continente con las venas abiertas que, sin embargo -o por eso mismo-, tiene tanto que enseñarle al mundo.