Crónicas desde Ayamonte, 0 – Vale ya

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La sucesión anterior de fotografías, con el día iluminando algunas palabras de Ayamonte, quisiera dar a entender que junto al aire y el silencio, frente al alto muro de cal, como si fuera una hoja en blanco o porque lo es, cabalguemos.

Cabalga, calle.

Como le preguntaban a aquel que cabalgaba alejándose de su tierra, calles, pasos de cebra y semáforos.

¿Por qué cabalgas?

Para volver, respondía, despidiéndose a caballo y acariciándole el cuello.

Era Caballo, amigo de Burro, Perro y Mantecá. Animales de Ayamonte por la noche.

Lo que he querido decir y digo, en este último texto desde Ayamonte, es que sigamos escribiendo y leyendo siempre, aunque sean los nombres rotos de las calles, echando vistazos rápidos hacia arriba.

Así, conociéndonos por estas tierras sobre el mar, continuamente y entre todos.

A pesar de las cuestas.

También, por penúltimo, me gustaría conectar por tierra, mar y río este lugar de frontera última con otro a cientos de quilómetros de distancia, aquel de Fuenterrabía y Hendaya, separados por el río Bidasoa, donde pasó el tiempo Miguel de Unamuno.

El Guadiana saluda.

Unidos quedan, gracias también a Sergio del Molino, quien tanto nos ha enseñado con las fronteras y sus lugares fuera de sitio, y seguirá.

Y así, que el Guadiana se vierta, anochecer tras anochecer, tarde a tarde, al mundo, los peces y el mar.

Al mar.

Aunque camino muchas noches, noches de viernes y sábado incluidas, por las calles de Ayamonte. Las cuestas del barrio de la Villa, una mezcla entre el Albayzín de Granada, con sus callejones y flores en tiesto, y mi lugar entre encinas y caminos de tierra a cincuenta y cinco quilómetros y medio de la ciudad de Madrid, donde debo volver en muy pocos días. Nunca hay nadie, no veo personas, tampoco sombras, si acaso alguien paseando con un perro atado a una correa. Me pregunto dónde estarán, cómo es posible que no salgan a pasear por este lugar tan bonito a oscuras, cuesta abajo y cuesta arriba, iluminado de farolas naranjas, de luna, del sonido y las luces de las casas, de recuerdos, olor a jazmín blanco y pequeño, o garaje con bicicletas quietas.

A veces pienso si no estaré equivocado, si no debiera… quizás…, si no debiera, quizás, dejar de recorrer las noches del día y quedarme dentro, si no tuviera…, debiera…, si no tuviera y debiera callarme ya.

Ya.

Yo he de levantarme. […] Fuera, allí cerca, a dos pasos de la ventana, a flor de tierra, el noble Guadiana se desliza, manso, callado, transparente…

La ruta de Don Quijote, Azorín.

Yo ya he estado al final del Guadiana, donde se desliza fronterizo, enorme, con gaviotas, azul y negro.

Ya no.

Y vale.

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