Crónicas desde Ayamonte, 2 – Calle Realidad e imaginación

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Hay una calle en el centro de Ayamonte llamada Realidad, ella sube, ve el Guadiana y Portugal a la derecha, y baja al pueblo. En su camino Realidad se cruza con Marte, Carmen y un mirador de escalera en caída, además de la plaza de toros, casi siempre cerrada.

 

¿Qué le dirá nuestra Realidad a Marte por la noche? ¿Le pedirá explicaciones por la inexistencia de vida semejante y calles tan lejos? ¿Le dirá que se acerque un poco? ¿Y a Carmen, qué le preguntará o querrá saber de ella? ¿Quizás por qué las mujeres llevan una a o tantas aes en muchos de sus nombres?

 

¿Buscará otros escritos y enmarcados por Ayamonte?

 

¿O hablará con la calle Silencio cuando atardece y empieza a anochecer?

 

2

 

El puerto pesquero de Ayamonte es pequeño y el último de España. Los barcos vienen de alta mar por las tardes, descargan el pescado en la lonja, donde se subasta y vende. Al final, se lo llevan y se hace de noche, oscura. Las gaviotas descansan sobre los barcos quietos y posan para las fotografías.

 

Cuando los turistas de lonja y gaviota se marchan ellas vuelven y duermen a escondidas.

 

¿Dónde duermen las aves?, pregunta la calle Realidad en voz alta, junto al ladrido de los perros.

Aquí no, contestan muchas.

Aquí tampoco veo, responden otras.

—Pues nos quedamos sin saber.

—Buenas noches entonces. 

 

 

 

3

 

Muy cerca del puerto hay un campo de fútbol de arena y tierra, con redes raídas pero útiles en las porterías. Es también el último de España. Un pelotazo fuerte, tras un rechace, echaría la pelota al Guadiana, con la que jugarían los peces transfronterizos y los cormoranes negros, al menos un rato con la corriente. Se gritaría desde la tierra: «devolvédnosla, que no tenemos otra, que todavía no se ha ido el sol y podemos jugar más, echárnosla, ¡venga!». Un pez la lanzaría hacia arriba de un coletazo y una gaviota de vuelta a casa la recogería sobre las alas, la lanzaría desde arriba, caería.

 

Y el partido se reanudaría entre todos.

 

Veintidós a treinta.

 

 

4

 

La plaza de toros de Ayamonte, la última, abre poco, dicen que sólo en septiembre. Parece un paquete blanco cerrado y al cielo. La calle Realidad, a su lado, no escucha nada durante meses. Entonces piensa e imagina, para que el ruedo sirva de algo, encierros de escarabajos de arena contra lagartijas, es más: escarabajos sobre garzas blancas lanzando sus cuernos contra lagartijas raudas, porque no quieren perder sus colas.

 

 

5

 

El Passage es el café literario del pueblo de Ayamonte, situado en la Plaza de la Laguna. En la entrada hay un Quijote alto y con lanza. Las mesas son de mármol y redondas, las sillas de madera. Los camareros elegantes. El Passage, cuyas conversaciones giran en torno a las demás cafeterías del mundo, de esas donde algunos leen y muchos dialogan, pide dos cafés solos e invita a la calle Soledad a sentarse fuera, a ver si cambia el nombre después de estar juntos en la terraza. Soledad llega y observa el café. Realidad y Carmen están expectantes. Marte está a otra cosa o en otro mundo, nunca se sabe muy bien.

 

Pero nunca antes las calles se habían juntado con los cafés.

 

7

 

La biblioteca de Ayamonte tiene de todo. Tiene, entre realidad e imaginación, La montaña mágica de Thomas Mann.

 

Lo pedí prestado hace dos semanas, me anotaron la fecha de devolución en un marcapáginas.

 

Me quedo, ya, triste y contento, con y sin Hans Castorp para toda la vida. Fueron más de mil páginas juntos.

 

8

 

Desde el punto más alto de este lugar al final de España, donde hubo un castillo de defensa destruido por el terremoto de Lisboa de 1755, se ve todo. Todo. El mar al fondo y la desembocadura del Guadiana, Portugal y España muy cerca, a la vez. Las tierras llanas y el océano plano. De noche una luz que llega desde el otro lado gira, da vueltas e ilumina durante unos segundos puntos de España, generando sombras fugaces repetidamente.

 

La luz viene del extranjerio, del faro de Vila Real de Santo António, quien en lo más alto da vueltas y gira como un loco. Como un loco redondo.

 

Esta es mi montaña mágica, la llamaré Colina Guadiana. Subo mucho. Aquí gobierno mis pensamientos.

Esperaré, esta vez, a que nieve, para bajar en trineo.

 

Y volveré a Ayamonte, a toda velocidad, por la calle Galdames.

 

 

6

Cuando finalicé el libro en el Passage cogí el periódico, disponible para todos.

Leí:

Un movimiento de desobediencia civil paraliza Londres al bloquear localizaciones clave durante una semana y visibiliza la crisis ambiental.

No somos antisistema ni antigobierno. Nuestro credo supera la política, dice Boudewing Dominicus, activista ecologista.

 

Antes, sobre Hans Castorp, en la página 1034:

En cualquier caso, las autoridades ya no tenían necesidad de vigilar, porque estaban seguras de que en su pecho no germinaría ningún deseo de subversión, porque se había convertido en un veterano, un hombre definitivamente aclimatado que, desde hacía tiempo, ya no sabía adónde ir y ni siquiera era capaz de concebir un regreso al mundo de allá abajo.

 

 

9 y 10

La última palabra de la Montaña traducida es amor en interrogación.

 

La última del Quijote es vale.

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