Cuando abril es el mes más cruel, y el amor a la tierra de la infancia se concentra en una piedra 

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Las imágenes apocalípticas invadieron las ciudades de Ucrania. En esa vieja Europa, abril fue el mes más cruel, los implacables ángeles con las copas llenas de la ira de Dios, bajaron a la tierra, y el cielo se llenó de pájaros de fuego. Mirando cómo nuestro mundo se viene abajo y casi vislumbrando, desde lejos, a los cuatro jinetes, de los que también habla Cioran:

“Mi profeta es Durero. Cuanto más medito sobre el paso de los siglos, más me convenzo de que la única imagen capaz de revelar su significado es la de los Jinetes del Apocalipsis. El tiempo pasa solo aplastando a las multitudes bajo su rodillo; los débiles perecerán, los fuertes también, y estos jinetes, excepto uno. Por él, por su temible fama, han sufrido y aullado los siglos. Lo veo aparecer en el horizonte y ya puedo escuchar los gemidos, incluso nuestros gritos. La noche que vendrá sobre nosotros no nos traerá paz, como hizo con el salmista, sino terror”. (Historia y utopía, de Emil Cioran, Tusquets Editores, traducción de Esther Seligson).

Es Semana Santa en Bucarest, tiempo de recogimiento y peregrinajes, y entre una primavera que se empeña en volver a la vida, mostrando su cíclico resurgir que llena de retoños y flores el paisaje y un silencio que habla, mi pensamiento está con los niños que perdieron la posibilidad de vivir una infancia feliz, en su tierra. En la frontera norte, entre Rumanía y Ucrania, los tres pasos fronterizos Siret, cerca de Suceava, Sighetul Marmației en Maramureș, donde el puente sobre el río Tisa une las dos orillas que conecta la localidad rumana con Solotvina, destruido durante la Segunda Guerra Mundial, y Halmeu, en Satu Mare, permiten la entrada en el país.

Desde el inicio de la guerra, el 24 de febrero, que empezó con el asedio y bombardeo de distintas ciudades de Ucrania, por esas tres localidades pasaron miles de ucranianos en busca de refugio a los países vecinos, a salvo de las bombas. Ciudades y casas destruidas y abandonadas, tanques y calles llenas de cadáveres cuyos rostros son, a veces, difíciles de identificar. Dolor y sufrimiento también por parte de los que decidieron quedarse. Y, sobre todo, mucho miedo. En un mundo de pérdida de valores, rodeados de guerras que traen destrucción, desolación, hambre, muerte, las tierras de los campos de girasoles y trigo están yermas, llenas de polvo y ceniza.

La omnipresencia del dolor forma parte de esa generación, ahora fragmentada, en busca de un nuevo destino, hacia otras tierras próximas. Un colapso del mundo y una terrible lucha interior, una fragmentación del ser por el trauma de la guerra, que tardará muchos años en curarse, en intentar convertir el dolor emocional, mental, físico y espiritual en aquel estado de ánimo optimista que permita al ser humano seguir con su vida y su propósito.

En las circunstancias actuales, de un panorama asolador, son imprescindibles los momentos de reflexión sobre la gran obra de Eliot y sobre el mundo en el que vivimos. Nos encontramos con aquella imagen de a hand-full of dust esparcido por ciudades de la Ucrania devastada por la guerra.

Esa gran y profunda fragmentación del paisaje, del mundo y del ser humano lo describió T. S. Eliot en su obra maestra La tierra baldía. El escritor empleó la fragmentación como forma de caracterizar las imágenes, los mensajes, las voces del poema, lo que significó que cada momento, cada descripción, cada intuición introspectiva del pensamiento de los personajes estaba bastante fragmentada.

Es una obra donde coexisten la relativa mundanidad de la existencia y la inevitabilidad de la muerte, de múltiples voces, pensamientos e ideas, con muchas referencias y alusiones. Un poema sobre la desolación, la destrucción, la desesperación, sobre la pérdida de la espiritualidad, reflejo del mundo después de la Primera Guerra Mundial. Un poema sobre una sociedad ante el colapso, a psychological breakdown, del mundo y del ser humano.

Es allí en esa tierra baldía donde se descubre la esterilidad de un lugar desértico, incapaz de dar fruto. Por eso abril, que una vez era mes de lluvias que bendecían la tierra, mes de esperanza y despertar de la Naturaleza, llegó a ser el mes más cruel, después de la guerra, imagen irónica utilizada apropósito por el autor, en contraposición con los versos de Chaucer: “Abril es el mes más cruel: engendra/ lilas de la tierra muerta, mezcla/ recuerdos y anhelos, despierta/ inertes raíces con lluvias primaverales”. (La tierra baldía, ‘El entierro de los muertos’, de T. S. Eliot, traducción de Agustín Bartra, 1977).

En The waste land son constantes las oscilaciones entre pasado y presente, recuerdos de la Europa de antes y después de la Gran Guerra en Londres, entre lo que era y dejó de ser, entre un presente que perdió lo espiritual y abandonó los valores religiosos como los peregrinajes de antaño a Canterbury, al santuario del mártir Thomas Beckett, que tenían lugar durante el mes de abril.

Eliot hizo alusión al ‘Prólogo general’ de los Canterbury Tales, de Geoffrey Chaucer, que empezaba con las alabanzas de abril, mes de despertar y renovación, cuyas lluvias y cálidos vientos devolvían la vida y la fertilidad a la tierra y sus habitantes: “Las suaves lluvias de abril/ han penetrado hasta lo más profundo de la sequía de marzo/ y empapado todos los vasos con la humedad suficiente/ para engendrar la flor”. (Los cuentos de Canterbury, de Geoffrey Chaucer, Cátedra, traducción de Pedro Guardia Massó).

En el inicio de ‘The burial of the dead’ Eliot destacó la presencia de la sequía y la tierra muerta, lugar donde ya nada podía crecer, sin ninguna esperanza, en ausencia de Dios y de la fe. Aunque llegaran las lluvias de abril, nada se pudiera hacer para que esa tierra resurgiera de nuevo.

Haciendo alusión al texto bíblico (Juan 15:5) “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer”, el escritor, nacido en Massachussets, subraya una vez más que sin raíces que arraigan, no crecerán ramas en tierras pétreas, donde el árbol muerto no cobija, lares donde reinará solo el miedo y el polvo.

En la quinta y última parte de su poema, ‘What the thunder said’, Eliot envió un mensaje claro a la humanidad, de hecho, una instrucción comunicada a los Devas, Manushyās y Asuras (dioses, hombres y demonios), mediante el imperativo Da, repetido tres veces con las palabras Dāmyata, Datta, Dayadhvam. Los términos, provenientes de la mitología hindú, de los Upanishads, que significan autocontrol, sé generoso, sé compasivo, los emplea para sugerir que la humanidad debe seguir esas instrucciones para evitar que se repita una guerra mundial. Es el tiempo de hacernos las mismas preguntas que también se hizo el escritor estadounidense en su poema, y de intentar encontrar respuestas. ¿De dónde vengo? ¿Por qué estoy aquí? ¿A dónde voy? Preguntas que, en esa vida, en esa realidad de la tierra baldía no tenían respuesta.

Vitalie es originario de la ciudad de Jarkov y tiene solo seis años. Junto con su madre tuvo que recorrer 1.500 kilómetros a pie, un largo y duro camino, por la frontera norte, hasta llegar a Botoșani, en Rumanía. Aunque es demasiado joven para entender realmente por qué debe abandonar su país y el porqué de una guerra, Vitalie sabe qué significa el amor por su lugar de nacimiento. Antes de salir de su casa cogió del patio una piedra, del tamaño del cauce de su mano y, durante ese largo viaje, no la soltó ni un segundo. Con el mismo gran amor que Taras Shevchenko tenía por su tierra, el niño ucraniano da una gran lección de amor por el lugar más especial, la casa de la infancia, con la esperanza de que aquella piedra marrón le permita estar en contacto con ella, adonde quiere volver algún día. En esa piedra, que agarra con fuerza en su mano, está escrita también la palabra añoranza, que le acompañará durante el tiempo que esté en tierra extranjera.

Es tiempo de reflexionar sobre un mundo donde cada vez más se pierden valores tan esenciales como generosidad, empatía, compasión, y también el sentido de lo sagrado, y donde ponernos en el lugar del otro es casi imposible por estar demasiado ocupados con nuestras vidas.

Ante la cruda realidad de su tiempo, cuando los sentimientos afligían su corazón y oprimían su espíritu, el gran poeta ucraniano Shevchenko se hacía una pregunta: “¿Habrá justicia para todas las personas, por fin?”.

En esa tierra baldía, agónica y agrietada de Ucrania, con imágenes infernales, desesperantes y apocalípticas, “de truenos secos y estériles, sin lluvia” donde siguen doblando las campanas, quizá la imagen de Vitalie pueda ser la esperanza de que un día los niños ucranianos puedan volver a su país a cumplir sus sueños.

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