Cuando el Nordeste deja de ser bahiano

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El 14 de enero abandonamos Bahia, después de once días en el mayor estado de la región Nordeste de Brasil, y llegamos al estado de Sergipe. Decepcionados pro su capital, Aracaju, fuimos a dar a Pirambu, un pueblecito costero a unos 30 kilómetros de la ciudad. La playa, con piscina de sal incluida, nos recibió con una sonrisa y un cielo en que varias tonalidades de azul se entremezclaban con nubes esculpidas a cincel. La cerveza que ayer costaba siete reales hoy cuesta la mitad; el ‘peixe ao molho de camarão’ que ayer nos estaba vetado, hoy se adapta a nuestro bolsillo en un restaurante a la orilla del mar. Las cosas empiezan a cambiar. Hemos encontrado gente sencilla, bien dispuesta y poco ostentosa, muy distinta al agitado pueblo bahiano.

 

Al norte del estado de Bahia, cerca ya de la frontera con Sergipe, vimos cómo el paisaje cambió casi de golpe en apenas unos kilómetros: de la densida generosa de la mata atlántica a las palmeras y las dunas. El sol cada es cada vez más severo -supongo que será una constante según vayamos subiendo-, pero a la noche refresca, al menos en el litoral. Al norte del estado de Sergipe, pasada Aracaju, el paisaje cambia de nuevo: los vatos cultivos de caña de azúcar dejan ver un amplio horizonte que me trae recuerdos de los campos de Castilla.

 

En la frontera de los estados de Sergipe y Alagoas, encontramos el río San Francisco, el segundo mayor del país. Atravesamos en balsa la frontera fluvial, ‘o Velho Chico’ (el Viejo Chico: tardo unos minutos en caer en que Chico es, en portugués, el diminutivo de Francisco). Ya en Alagoas, las palmeras asumen el protagonismo absoluto. A pocos kilómetros de la frontera encontramos el primer paraíso: Feliz Deserto. David lo tenía claro desde el principio, pero yo comprendí sólo al llegar qué es un desierto de arena y dunas junto al mar alagoano. Las nubes, si bien nos protegen del sol del mediodía, no nos dejan disfrutar en su esplendor de las tonalidades verdes del mar alagoano que quedaron en mi retina de mi primera -y fugaz- visita a Maceió, hace ahora casi dos años. Después de Feliz Deserto, la siguiente parada será para tomar un ‘petisco’ junto al río de Coruripe; después, en Jequiá da Praia. No faltan los paraísos en Alagoas. Ya desde la carretera divisamos la Praia do Gunga, cuyo mirador a una inmensidad de palmeras recuerdo también del anterior viaje. Comimos ‘peixada’ de 10 reales. Entramos en Maceió al atardecer, bajo un cielo de aquellos que despliegan la paleta del mejor pintor, esta vez en tonos magentas.

 

Los chicos hablan de proyectos, sueños, realizaciones. Bajo este cielo es fácil soñar, aunque se perciban, también, todos los problemas sociales que esconde la belleza paradisíaca de esta región Nordeste, la más pobre del país, y de este estado de Alagoas que ostenta el triste honor de ser el más violento de Brasil.

Nací en Extremadura, pero soy -también- madrileña. Periodista por vocación y convicción, llegué a América Latina en 2008, a esa ciudad caótica y fascinante que es São Paulo. Después de unos años entre samba y tango, me establecí en Buenos Aires, desde donde trabajo como 'freelance' y colaboro para medios como El Mundo y Le Monde Diplomatique. Aunque, cada vez más, apuesto por los proyectos independientes: la revista Números Rojos, la web Carro de Combate -dedicada al consumo responsable y la denuncia del trabajo esclavo- y, por supuesto, este Fronterad.   Afincada por fin en Buenos Aires, una ciudad que me cautivó desde mucho antes de visitarla, cuando se me mostraba desde las páginas de Julio Cortázar, sigo descubriendo este continente diverso y complejo, este continente con las venas abiertas que, sin embargo -o por eso mismo-, tiene tanto que enseñarle al mundo.