Cuando tu trabajo esconde tu otro trabajo: Los trenes de Wang Fuchun

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Es curioso conocer a una persona por su necrológica. Y encima, ni siquiera la he leído yo, sino que me la ha enviado alguien que sabe que este señor desconocido y yo tenemos (teníamos, mejor dicho) cosas en común. Y eso es curioso y terrible… ¿Cómo no he conocido yo antes a Wang Fuchun? ¿Cómo no conocía su libro, ese fantástico Chinese on the train? Esas son las dos primeras preguntas, luego vienen las otras preguntas… ¿Dónde se puede comprar el libro, si es que puede comprar aún? ¿Hay algún documental, algún programa de televisión sobre él? Porque la necrológica que me pasa mi querido Alfonso Armada, tomada del Economist, es mucho más que una necrológica, pero todo lo que leo me llena de curiosidad y sobre todo, me llena de ganas de ver sus fotos, sus miles de fotos tomadas durante media vida en los trenes de China. Por suerte ahora tenemos esa cosa tan buena y tan mala que es internet, y rápidamente me pongo a buscar. Y lo que veo me gusta mucho, me sorprende, me deja lleno otra vez de preguntas, de vuelta a las primeras preguntas: ¿Cómo es que yo no he conocido hasta ahora a Wang Fuchun?

Naturalmente es una pena saber que este fotógrafo está muerto, aunque cuando lo escucho hablar en uno de los documentales que he encontrado en la red, me parece tan lleno de vitalidad y con tanta pasión por su trabajo que, inmediatamente, me tengo que recordar que todo lo que hagas en esta vida tendrá el mismo final. Pero algo queda, y eso es lo importante, algo queda, y ese algo pueden ser miles de fotos, o un simple libro, o una familia, o un campo de naranjos, pero tú dedicas tu esfuerzo y tu voluntad a algo, día a día, año tras año, y al final algo queda siempre. La pasión de Wang Fuchun eran los trenes, pero no se conformaba solo con los trenes. Porque los trenes vacíos no le servían. Él los quería llenos de gente, bien llenos, con pasajeros en todas partes, con todos los huecos llenos de gente, con sus maletas, con sus pequeños o enormes equipajes, con su vida detrás. Eso es lo primero que veo en sus fotos: la vida de los pasajeros de un tren chino, que aunque está muy lejos en todos los sentidos, en el geográfico y en el cultural, nos recuerda muy bien como eran nuestros trenes no hace tanto tiempo. Y claro, luego está la evolución de estos pasajeros, que va de la mano de la evolución de los trenes. “Antes la gente cooperaba más”, le oigo decir en un documental, “antes les gustaba que les hicieran una foto. Ahora se esconden”. Sí, toda una vida haciendo fotos de gente en trenes da para ver muchos cambios. Los trenes son mejores, los pasajeros se relacionan menos entre ellos. Y tienen menos ganas de fotos.

Ahí se ve dónde está la verdadera pasión, pienso, porque Wang Fuchun siguió haciendo fotos toda su vida. Después de jubilarse, después de ver los enormes cambios que estaba sufriendo su país: él nunca se cansaba de subirse a un tren y empezar a hacer fotos. Y ahí está la verdadera pasión. Y encima, cuando tu trabajo te permite ocultar y alimentar tu pasión es estupendo, más que estupendo, es lo mejor del mundo. ¿Habría sido el camarada Wang un fotógrafo de trenes sin la Revolución Cultural? ¿Sin tener que trabajar en el ferrocarril chino? Pues supongo que sí, supongo que se las hubiera apañado. Pero claro… No sé si hubiera sido lo mismo. Gracias a poder viajar gratis en los ferrocarriles, Wang Fuchun podía presumir de haber subido a todos los trenes de China, que son muchos, son miles y miles de kilómetros, son muchos tipos de trenes, grandes expresos, pequeños cercanías, y millones y millones de personas que los usan todos los días. Y eso es estupendo: que tu trabajo oficial esconda tu verdadero trabajo, tu pasión. Siento envidia, sí, desde luego. A mí también me gustaría ir todos los días de tren en tren, cámara en mano. Pero al mismo tiempo reconozco que hay que ser valiente para hacer fotos a la gente, porque hacer una foto siempre es una pequeña invasión en la intimidad de la otra persona, y para eso hay que tener muy claro que tu trabajo vale esa pequeña (o grande) molestia. Hay que ser constante, disciplinado, y no tener dudas ni caer preso de la monotonía, de la pereza, del cansancio espiritual que al final, más pronto o más tarde, siempre te atacará como un enemigo inesperado y traicionero… ¿Y para qué?, pensaremos. Pero entonces vemos a un anciano Wang Fuchun que sigue haciendo fotos con la pasión del primer día. Y eso será suficiente.

 

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Alfonso Vila
Nací en 1970 en Valencia. He vivido en Orihuela, Madrid, Bruselas, Alicante, Barcelona y Debrecen (Hungría). He escrito en muchas revistas, como: “Cuadernos del matemático”, “Hypérbole”, “Papel de Periódico”, “La Soga” , “Le Miau Noir”, “Circe”, “Kopek”, y “Jot Down” . También he ganado algunos premios, como “Miguel de Cervantes”, “Jaume Roig”, “Vila de Canals”, “Diputación de Castellón”, “Ciudad de Getafe”, “Cortes Valencianas”, “Marco Fabio Quintiliano”, “Dionisia García”, “Mariano Roldán” y “Villa de Cox”). He publicado novelas, libros de poesía, de relatos y de ensayo. También hago fotos.

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