‘Cuando vendrás seré casi feliz’. Cartas de Alberto Moravia a Elsa Morante

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En febrero de 2014 la periodista y novelista napolitana Brunella Schisa publicaba, en las páginas del inserto cultural ‘Il Venerdì’, del diario La Repubblica, un largo artículo que proponía al lector desvelar el lado más secreto de la escritora romana Elsa Morante (1912-1985), célebre autora de obras claves de la literatura italiana del pasado siglo, como Mentira y sortilegio (1948), La isla de Arturo (1957, que le valió el premio Strega) y La historia (1974). Brunella Schisa dialogaba con el traductor francés y amigo de la escritora, el franco-siciliano Jean-Noël Schifano, que iba a publicar las memorias novelescas E. M. o la Divina Barbara. Romanzo confidenziale non finito (E. M. o la Divina Bárbara. Novela confidencial no acabada, 2015).

Nunca quise hojear ese libro. En la entrevista se daban a conocer detalles de la vida de Elsa tan íntimos que leerlo me hubiera parecido violar de una forma muy vulgar la dimensión privada de una persona que, si bien se había convertido todavía en vida en emblema literario de futuras generaciones, venía ahora expuesta en toda su impúdica desnudez. Con cierto pudor rechazaba la obra. Un pudor que por cierto nada tenía ver con valores morales, sino con la aceptación empática de los excesos que pueden embargarnos en determinados casos de la vida. Y, sin embargo, la imagen de la mujer en plaza San Marco a Venecia con la falda levantada y agarrándose el sexo en forma de rebelión y protesta contra su examante Luchino Visconti quedó grabada como estandarte de anarquía y pasión.

Pero será en las cartas que su marido Alberto Moravia le envía entre 1947 y los primeros años ochenta, reunidas por Alessandra Grandelis en Quando verrai sarò quasi felice (Cuando venga seré casi feliz, Bompiani), donde se le restituye a la escritora una dimensión menos infeliz. Después de la boda, en 1941, la pareja pasa algunos meses en Anacapri, en la costa amalfitana, uno de los raros momentos de felicidad conyugal: “Elsa andaba con un gato siamés con correa y yo caminaba con un búho en el hombro” [“Elsa girava con un gatto siamese al guinzaglio ed io camminavo con un gufo sulla spalla”(página xv)]. Moravia regresará ahí varias veces a lo largo del matrimonio, a menudo solo, en búsqueda de los últimos vestigios de una sugestión lejana: “Por desgracia, el momento en que te amé más fue cuando decidiste no amarme en absoluto” [“Purtroppo il momento in cui ti amai di più fu quello in cui tu decidesti di non amarmi affatto” (página 23)].

Los amores, en su mayor parte trágicos, de la Morante con el director Luchino Visconti y enseguida con el pintor norteamericano Bill Morrow reflejaban una tensión constante. La fascinación ante figuras envueltas en la ambigüedad del deseo, como constataba también el marido: “las razones de tu infelicidad son oscuras y expresadas de manera oscura” [“le ragioni della tua infelicità sono oscure e oscuramente espresse” (página 18)]. En 1950 se produce la primera ruptura. La pareja seguirá estando casada hasta la muerte de ella, pero vivirán gran parte de su vida en apartamentos separados. Moravia lamenta la irascibilidad de la Morante, su “espíritu impetuoso y apasionado” [“animo impetuoso e passionale” (página 154)] e incluso llega a propugnar la relación con Morrow creyéndola la única solución a las intemperancias y depresiones de la esposa. “A pesar de que es una relación difícil, trágica e infeliz, igualmente es algo vital que tú necesitas y que él necesita, y que al menos por ahora no puede ser interrumpido” [“Sebbene sia un rapporto difficile infelice e tragico, pure è qualche cosa di vitale di cui tu hai bisogno e di cui lui ha bisogno e che almeno per ora non potrà essere interrotto” (página 166)].

Lejos de ser el atormentado reproche de un marido infeliz, las cartas de Moravia demuestran no solamente el vínculo profundo entre estos dos monstruos sagrados de la literatura italiana, sino sobre todo dos diferentes actitudes ante la vida. “Como una persona cargada de pasión verdaderamente asombrosa de energía y de frenesí que, precisamente por esta pasión, quisiera ir más allá de los propios límites de la realidad y crear, como dice Plutarco a propósito de Antonio y Cleopatra, una vida inimitable” [“Come una persona carica di passione veramente stupefacente di energia e di frenesia, che, appunto per questa passione, vorrebbe andare al di là dei limiti stessi della realtà e creare, come dice Plutarco a proposito di Antonio e Cleopatra, un vivere inimitabile”(página 161)]. Lo que más distanciaba a las dos personalidades era justamente el lazo que ambos tenían con la realidad: uno más pacato, melancólico y a la vez amparado en la distancia que la mirada irónica del escritor interponía entre él y las distorsiones del mundo; el otro más sufrido y dramático, el más inmediato y desbordante de la Morante.

De hecho, habría que relativizar el juicio que el mismo Moravia expone en una conversación con Dina d’Isa: “Elsa Morante […] odiaba la realidad, huía de ella, como el gato le teme al agua, porque la identificaba con la concretización de la vida, con la rutina daría, es decir, cocinar, ir a a la estafeta de correos, conducir el coche, etcétera. Ella adoraba soñar, deseaba vivir en un ambiente poético porque ella misma era poética. Yo no soy así. A mí me gusta lo real, en todas sus manifestaciones, lo amo tanto que trato de entenderlo y expresarlo” [“Elsa Morante […] odiava la realtà, la sfuggiva, come il gatto teme l’acqua, perché la identificava con la concretezza della vita, con la routine giornaliera, cioè il cucinare, l’andare alla posta, guidare la macchina, eccetera. Lei amava il sogno, desiderava vivere in un’atmosfera poetica perché lei stessa era poetica. Io non sono così. A me piace il reale, in tutte le sue manifestazioni, l’amo tanto che cerco di capirlo e di esprimerlo” (página xxix)].

Si tenemos en cuenta a la persona y a la mujer, deberíamos alejarnos de una vez por todas de la opinión que comúnmente se tiene de los suicidas y angustiados crónicos, porque la constante inclinación de la Morante a distanciarse de lo real no se debe a una indiferencia o desprecio hacia las cosas concretas del mundo, sino más bien a la intensidad insoportable y fatigosa con la que esas mismas cuestiones hacían irrupción en la su atormentada e inquieta emotividad. Si además se toma en consideración su figura de escritora las conclusiones serían similares. Por más que se haya debatido largamente sobre escritores comprometidos en contraposición a autores supuestamente frívolos y hedonistas, cada escritor posee –lo quiera o no– un vínculo intrínseco con la realidad de su tiempo a la hora de escribir.

Gabriel García Márquez describió un pueblo perdido en la sierra colombiana porque allí había vivido su infancia: en los cuentos de su abuela. Siendo ciego, Jorge Luis Borges enumeró aquellas obras antiguas apiladas en las repisas polvorientas de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires. Pudimos contemplar hasta las venas hinchadas del caballo del príncipe Andréi en la batalla de Austerlitz, y sin embargo León Tolstoi nunca estuvo ahí. Algunas de las páginas más realistas de la historia de la literatura son pura invención, nos recuerda el escritor nicaragüense Sergio Ramírez.

El celebre historiador francés Jules Michelet escribió: “Se verá lo verdadero, lo real, en el espejo de la fantasía” [“On verrá le vrai, le réel, au miroir de la fantaisie”]. La literatura nos da permiso para contemplar “la vida de aquellos que jamás existieron” decía Oscar Wilde. Lloramos “por la muerte de seres que, como Cordelia y la hija de Brabancio, viven eternamente”. Luchamos junto con el alma de nuestro señor Don Quijote que, nos asegura Miguel de Unamuno, aún vive. En fin, soñamos, sin reparo ni remordimiento.

Si Elsa Morante pudo escribir La historia o Mentira y sortilegio fue porque era hija de una época que se disponía a contar con profunda empatía y espíritu crítico. Hizo su ingreso en el mundo con la valentía de los tímidos y el frenesí de los sedientos, nos dejó un corpus de obras imprescindible en la constelación de la literatura universal.

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