Cuántos crímenes más como el de George Floyd tienen que ocurrir en Estados Unidos para enterrar el racismo

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Isidro de Villoldo, El milagro de la pierna negra (1547), Museo Nacional de Escultura, Valladolid, España.

 

La tortura pública deliberada y la muerte de George Floyd a manos de Derek Chauvin, oficial de policía en Minneapolis, el 25 de mayo de 2020, y la indiferencia ante el dolor que demostraron hacia este hombre afro-americano el cruel Chauvin y otros tres agentes, Thomas K. Lane, Tou Thao y J. Alexander Kueng, me  recordaron de inmediato la imagen más violenta de El milagro de la pierna negra, del escultor Isidro de Villodo, de 1547 en Valladolid, que en ese entonces era la sede real del imperio ibérico, el más poderoso del mundo occidental.

En este pequeño relieve de madera vemos a un hombre de ascendencia africana que grita de dolor, después de la mutilación de su pierna izquierda por San Damián, que luego injerta en el paciente de origen europeo, mientras que su hermano San Cosme toma el pulso del enfermo y examina su orina en un recipiente. Esta escena atroz tiene lugar en un ambiente lujoso, donde se aprecia la aplicación suntuosa del oro, todavía disponible, que se traía del Nuevo Mundo. La riqueza que aquí se destila contrasta con la violencia del amputado africano que yace, agonizando, en el suelo. El horror desencadenado por esta imagen se ve amplificado por la indiferencia que demuestran los personajes blancos hacia el sacrificio intolerable del amputado. Las leyendas medievales de santos sanadores, que obran milagros de curación corporal, fueron escritas para contrarrestar el horror a la fragmentación de cuerpos con fines políticos o científicos, que eran comunes en Europa occidental a finales del siglo XIII con la legalización de las prácticas de disección en los centros europeos, y la exposición pública de partes de los cuerpos de los criminales, asociada a la práctica de castigos judiciales.

La descripción de la imagen de Valladolid se desvía de las tres leyendas conocidas (griega, latina y catalana) que informan la representación visual de este milagro de los santos Cosme y Damián, aunque la leyenda latina es la más cercana:

“El papa Félix, abuelo cuarto de san Gregorio, construyó en Roma una magnífica iglesia en honor de los santos Cosme y Damián. Un hombre encargado de la limpieza y vigilancia de este templo cayó enfermo de un cáncer que al cabo de cierto tiempo le corroyó totalmente la carne de una de sus piernas. Cierta noche, mientras dormía, soñó que acudían a su lecho los santos Cosme y Damián provistos de medicina y de los instrumentos necesarios para operarle; pero antes de proceder a la operación uno de ellos preguntó al otro:

— ¿Dónde podríamos encontrar carne sana y apta para colocarla en el lugar que va a quedar vacío al quitarle la podrida que rodea los huesos de este hombre?

El otro le contestó:

— Hoy mismo han enterrado a un moro en el cementerio de San Pedro ad Vincula; vete allí, extrae de una de las piernas del muerto la carne que le haga falta, y con ella supliremos la carroña que tenemos que ráele a este enfermo. Uno de los santos se fue al cementerio, pero en vez de cortar al muerto la carne que pudiera necesitar, cortó una de sus piernas y regresó con ella; amputó luego al enfermo la pierna que tenía dañada, colocó en su lugar la del moro, aplicó después un ungüento al sitio  en que hizo el injerto, y seguidamente los dos santos se fueron al cementerio con la pierna que habían amputado al sacristán y la dejaron en la sepultura del moro, al lado de su cadáver. Cuando el sacristán despertó, quedó extrañado al no sentir los dolores que habitualmente le aquejaban; se palpó la pierna que solía dolerle y, como al palparla no notara molestia alguna, encendió una candela y a la luz de ella advirtió que la pierna estaba completamente sana. Su asombro fue tan grande que llegó a sospechar que estaba soñando o que no era él en persona el que se hallaba acostado en aquel lecho, sino otro que le hubiese suplantado; pero al reflexionar y darse cuenta de que era verdaderamente él y de que no estaba soñando, loco de alegría saltó de la cama, despertó a sus familiares, les refirió lo que aquella noche había soñado, y les mostró cómo lo que él creía un sueño había sido una realidad, puesto que estaba completamente sano. Hecho público el suceso, algunas personas acudieron al cementerio, abrieron la tumba del moro y comprobaron que al cadáver le faltaba una de sus piernas, y que junto al resto de su cuerpo se hallaba la cancerosa que los santos habían amputado al sacristán”.

Santiago de la Vorágine recopiló la leyenda latina del trasplante milagroso de una pierna negra en su libro La Leyenda Dorada o Vida de Santos (1275), las historias más difundidas de santos de las épocas medieval y renacentista en Europa. En esta imagen de Valladolid, el desvío más radical de esta leyenda es que el “etíope” mutilado no es un cadáver de un cementerio, sino un hombre afro-hispano cuya pierna ha sido amputada mientras estaba vivo. Es imposible comprender la violencia de esta imagen si no tomamos en cuenta el telón de fondo de la abolición de la esclavitud indígena en el Nuevo Mundo en 1542 y la aparición de un nuevo sistema de esclavitud: el de los africanos, que comprendió su captura y exportación a las Américas, comercio que fue promovido directamente, no solo por la Corona y el Cardenal Inquisidor Francisco Jiménez de Cisneros, sino también por Bartolomé de Las Casas. Este último solo expresa su preocupación pastoral hacia los nativos americanos mientras contribuye activamente a la exportación de esclavos negros a Nueva España en los años comprendidos entre 1516 y 1543, acción de la cual se arrepentirá (1545-47) antes del famoso debate de Valladolid sobre el alma de los nativos americanos con Juan Ginés de Sepúlveda (1550-51). Esta imagen horrorosa es simbólica no sólo del proceso de colonización del imperio español, sino sobre todo de la apropiación del cuerpo negro y de la violencia de la esclavitud, de la emergencia paradójica del afro-hispano cristiano esclavizado, y del encuentro con sujetos europeos cristianos libres. Lo sorprendente en esta escena es que el valor del hombre mutilado negro está definido en relación a la subordinación total hacia su amo blanco. Ser una persona negra en la España imperial, entre el último cuarto del siglo XV y finales del siglo XVIII, significaba ser una pieza, un objeto, una propiedad que se contrataba, compraba y vendía en las subastas públicas como si fuera un producto de lujo; significaba convertirse en objetos de intercambio material, como negociación para salvar el alma del donante, regalos, dote y patrimonio; como dinero para pagar deudas, liquidar cuentas o hipotecas, y alquileres. Ser una persona negra significaba ser propiedad de un amo de esclavos y sufrir el castigo ante cualquier signo de rebelión contra esa completa deshumanización en una sociedad donde la palabra negro y la apariencia física de la negritud eran sinónimos de la condición social específica de la esclavitud. Además, ser una persona negra también significaba convertirse en un recurso estratégico para la colonización del Nuevo Mundo.

No hace falta que los africanos y sus descendientes, sepan de nuestra parte, que la institución de la esclavitud constituye un crimen contra la humanidad. Han tenido la experiencia del proceso de deshumanización inherente al funcionamiento de la esclavitud cada día, cada hora, cada minuto, cada segundo de sus vidas durante los últimos cinco siglos. La muerte del señor Floyd demuestra que persisten aún los efectos de la esclavitud transatlántica, inicialmente institucionalizada por el imperio ibérico, que fue parcialmente responsable de la presencia de unos dos millones de esclavos que vivían en la Península Ibérica y en las islas durante el período moderno.

El problema no es la diáspora africana. El problema de los que nunca fuimos esclavos es la actitud hacia el Otro, en este caso hacia los africanos y sus descendientes. Tenemos que cambiar nuestra actitud y ser más conscientes de su historia y del sacrificio secular que han recibido a mano de sus amos. Nunca experimentamos la falta de libertad total ni la naturaleza de la subordinación total hacia un amo. Y en realidad, nunca permitimos que los africanos fueran totalmente libres. El hecho de que las mujeres y hombres podían liberarse legalmente de la esclavitud, no significaba que fueran libres. En la actualidad, los asesinatos deliberados de personas negras muestran sistemáticamente que todavía consideramos a los africanos y a su descendencia como nuestros esclavos. Creemos en su sentido de inferioridad y seguimos exigiendo de ellos sus servicios incondicionales porque consideramos que gracias a nosotros se convirtieron en “humanos” y “civilizados”. Como sociedades, seguimos exigiendo el sacrificio absoluto de sus vidas, talentos y aportes porque aún creemos que nos deben su bienestar, libertad, educación y carreras. Después de todo, ahora son “civilizados” porque los rescatamos de los estados salvajes, bárbaros y paganos. Les enseñamos a ser buenos cristianos. Todavía pensamos que deberían estar agradecidos por estas oportunidades que les dimos en la vida, de modo tal que si necesitamos una de sus piernas para curar nuestro cuerpo nos apropiaremos de ella sin consulta previa. Si necesitamos su vida para alcanzar nuestros objetivos, la tomaremos sin dudas. La evidencia es la muerte de George Floyd. ¿Cuánto tiempo más nos llevará para convencernos de que los africanos y su diáspora en las Américas y en Europa ya no son nuestros esclavos?

Tal vez podríamos aprender de otra imagen española: el retrato del pintor esclavizado Juan de Pareja (Antequera, Málaga, 1606- Madrid, 1670), por su célebre maestro, Diego Velázquez, pintor de la corte de Felipe IV, retrato realizado en 1649 y que se exhibió con gran éxito en Roma durante el año del jubileo de 1650, antes de otorgar la libertad a Pareja en Roma, el 23 de noviembre del mismo año. En su retrato de medio perfil sobre un fondo gris indefinido, el esclavo de Velázquez mira directamente al espectador, mientras sostiene su capa con el brazo derecho. Su amo retrata a Pareja como caballero español vestido con jubón de terciopelo gris oscuro y una capa con “valona blanca de encaje” exclusivo de Flandes. En este retrato, que hoy se encuentra en el Metropolitan Museum of Art de Nueva York, el sujeto representado es la única figura y su poderosa mirada domina totalmente el lienzo e involucra directamente al espectador.

En su retrato Juan de Pareja, Velázquez ha llegado a elaborar la aparición del “sujeto esclavizado” en la España de los Habsburgo. El pintor de la corte reconoce y expresa la vida interior de su esclavo al representar su “pensamiento” y las “perturbaciones de su alma”. De este modo, Velázquez dota a Pareja de su propia humanidad: su esclavo posee la misma mirada que la de sus espectadores. El poderoso sujeto de este extraordinario retrato no está representado como un sujeto subordinado como la víctima etíope sacrificada del Milagro de la pierna negra. El esclavo Pareja está representado como un sujeto libre, incluso antes de su emancipación. La adopción y adaptación del género restrictivo del retrato por parte de Velázquez, para incluir a su esclavo, magnifica el efecto del sentido de humanidad y valor de Pareja. La representación de un esclavo “mestizo”/”mulato” en un retrato suprime la esencia de este género y produce una dislocación en la mente del espectador. Juan de Pareja trasciende la norma hegemónica en la España imperial que sólo podría ser considerado un oxímoron. La poderosa representación que Velázquez nos da de su esclavo proporciona el andamiaje conceptual y la forma en que Pareja realiza su propio autorretrato como exesclavo libre representándose como “sujeto esclavo emancipatorio” en su pintura La Vocación de San Mateo, elaborada para la corte de los Habsburgo en 1661, un año después de la muerte de su amo, y que solo se exhibe recientemente al público, en el Museo del Prado en Madrid.

El liberto Pareja logró forjar una carrera como pintor en la corte española. El paradero de casi 20 de las 30 pinturas del artista, recientemente identificadas, se desconoce aún, e incluye retratos de personajes no identificados y pinturas religiosas. Sin embargo, las obras que nos han llegado de Pareja, que están firmadas y fechadas, se encuentran en los siguientes museos: el Museo del Prado y la Fundación Lázaro Galdiano, en Madrid; el Museo del Hermitage, en San Petersburgo; el Museo de Bellas Artes de Valencia; y el Ringling Museum of Art de Sarasota, en Florida.

Necesitamos recuperar urgentemente las historias a menudo ocultas e invisibles de la diáspora africana y de sus contribuciones culturales a las sociedades europeas y americanas. Podemos celebrar la negritud como en este extracto del extraordinario poema La canción de un liberto (1700) de un Afro-Hispano anónimo, descubierto en 1993:

 

“Soy un negrito,

Guinea es mi patria,

soy negro en el cuerpo

y negro en el alma,

y también es negra

toda mi prosapia,

mi gloria es ser negro

y hago de ello gala”.

 

 

 

Carmen Fracchia es profesora de historia del arte en la Birkbeck College de Londres y se especializa en la representación del sujeto negro en la pintura española de la época imperial. Este es su perfil de la universidad y el enlace a su libro que acaba de salir publicado en Oxford UP, Black but Human:

Black but Human: Slavery and Visual Arts in Hapsburg Spain, 1480-1700 (Oxford and New York: Oxford University Press, 2019).

 

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