“Dizia Fernando Pessoa (ou Bernardo Soares, no Livro do Desassossego): ‘A vida é o que fazemos dela. As viagens são os viajantes. O que vemos nao é o que vemos, senão o que somos’.
Parti à procura do Deserto e descobri um inestimável Tesouro nos confins de Portugal. É das pessoas de carne e osso que gosto. O resto é paisagem. Só paisagem”.
Rui Araújo, Um Tesouro no Deserto. O Algarve entre montes e memorias
Las manos que perdió Venezuela, por Beatriz Portinari

Salen de su país con títulos, experiencia y la mochila del exilio a la espalda. Según la Agencia de Asilo de la Unión Europea (AAUE), en el primer semestre de 2025 se registraron 399.000 solicitudes de asilo en la Unión Europea. En lo que va de año, cerca de 60.000 venezolanos han tramitado su solicitud en España, un 35% más que el año pasado. En el Mercado de Maravillas de Tetuán se concentra un elevado número de emprendedores y trabajadores procedentes de Venezuela, que buscan un futuro mejor en Madrid. Aquí trabajan tres jóvenes de menos de 30 años, Gabriela, Shantal y Dainelys, a las que no les queda más remedio que tejer sueños lejos de sus familias. Son las manos que perdió Venezuela.


Tetuán, donde se juntan los muchos caminos de la tierra, por Pablo R. Seco
Desde la puerta del local, una manguera amarilla atraviesa la acera y serpentea por el asfalto. Si se la sigue, se llega hasta unos finísimos alambres que protegen a los pepinos, calabazas y flores del huerto comunitario que respira el polvo de la ciudad. “Hay que hacer la paz con la tierra”, sentencia Ángel Crespo mientras sigue el agua que lleva hasta ese pequeño jardín.

Cuando acaba su jornada, coge su maletín, su chaqueta marrón y cierra las pesadas puertas metálicas que saludan y despiden a la gente que ha visitado su local: Bellas Vistas, un espacio grande por lo que ahí se habla, se vive y se planea: “Hacer barrio y hacer ciudad”, afirma.
A sus ochenta años, todavía habla con la vehemencia de quien militó en causas revolucionarias en su juventud. Su voz determinante lo dice todo. Ángel Crespo es presidente de la Asociación Vecinal del Espacio de Bellas Vistas, situado en el número 14 de la calle Almansa. No le hace falta más que un mapa y observar a su alrededor para explicar a los inquietos periodistas que le preguntan cómo Tetuán ha sido siempre un foco de “tejido social y de resistencia”, ante la pobreza y la marginalidad que el barrio ha soportado a lo largo de su historia reciente.

“Antes, esto era una zona de pobres”. Las casas bajas y de ladrillo rojo neomudéjar –las que construyeron los albañiles con “sus manos y mucha arte”– unen el pasado humilde del barrio con todas las realidades y mundos que conviven en él: jubilados, obreros, migrantes y soñadores.
“En Tetuán siempre ha habido lucha”, por lo menos “desde que se ejerció una resistencia activa contra Franco durante la República”. Es esa sangre de resistencia la que impulsó a la gente del barrio a defender las revueltas del 68, la caída del franquismo y las manifestaciones del 15M y del 7%. Y son los que se quedan en el barrio, los que tratan de “ayudar a los excluidos e inmigrantes”, como otra forma de resistir.
A pocos metros del huerto, dos vecinas mayores se acercan poco a poco a las vallas de metal. Julia y Modes ríen y disfrutan juntas. Con los bastones clavados al suelo, se apoyan la una en la otra para mantenerse en pie y mirar de cerca unas calabazas que todavía “se ven muy verdes, pero con muy buena pinta”. Julia es de Salamanca, y Modes de Segovia, pero llevan viviendo en ese mismo barrio “más de ochenta años”. “Toda una vida”, asienten ambas tajantes, como tratando de resumir todo lo que han vivido y lo que ya no es.

“Ahora ni sabes quién vive al lado. Pero también hay gente nueva, de fuera, muy maja. El barrio sigue teniendo alma. Los que vienen traen sus costumbres, sus comidas, sus músicas… eso también es vida”, afirman entusiasmadas.
“Esto era como un pueblo –dice Modes– todos nos conocíamos”. Julia asiente, y recuerda cómo se celebraban las fiestas de Nochebuena y de Navidad por todas las calles y con todos los vecinos, como si estuvieran en una “misma casa y familia”. Además, “todo esto era campo. Desde Bravo Murillo hacia arriba, todo eran huertas”. Las dos recuerdan cómo de pequeñas y jóvenes recogían los tomates y las lechugas para hacer la comida. “Ahora ya no se puede, claro. Pero cuando veo las macetas de este huerto –el de Ángel– me acuerdo de aquellos tiempos”.
A pocas calles, la tierra reaparece bajo otra forma: las fruterías. Amán sale de un rincón estrecho y destartalado, donde no llega la luz del atardecer. Viste un delantal verde con manchas y carga unas cajas de fruta para reponer los estantes de patatas.
Amán tiene 30 años, vive en Madrid y nació en Pakistán. En su pueblo, recuerda, todos cultivaban algo: arroz, maíz, tomates. “Después del colegio ayudaba a mi madre en el campo. Era normal, nadie estaba sentado”. En su país de origen, trabajar la tierra en familia era una tradición que añora, pues en la ciudad “todo es muy distinto”. No se hacía tanto negocio con la fruta y verdura, sino que se trataba de manera distinta: “Plantábamos y hacíamos intercambio. Si uno tenía muchas patatas y otro muchos tomates se cambiaban”.

Lleva once años en Madrid, cinco en la misma empresa de fruterías. “Aquí vendo fruta, pero no la toco. No la planto. No huele igual. Cogerla del árbol es una cosa, comprarla en cajas es otra”. Amán añora la naturaleza y el silencio de su pueblo. “Allí no hay coches, ni mucho ruido. Lo que más echo de menos es eso: la sensación de coger una fruta del árbol, su sabor y su olor”. Ahora revisa cajas con manzanas verdes, plátanos y mangos. “España tiene buena fruta”, dice. “Aquí hay control. Pero lo que se pierde es la relación con la tierra”.

Amán habla con tranquilidad; las preguntas son sencillas y muy blancas. Simplemente cuenta sus recuerdos de la tierra de donde viene, aunque no quiera especificar el nombre de la localidad. Sonríe, se ilusiona, y se entristece cuando recuerda a su fallecido padre. Es amable y habla sin interrupciones.
Cuando mira de reojo a su encargado rápido e inquieto se pone a atender a los que esperan con paraguayas y plátanos atrapados en bolsas de plástico. No le importan las fotos, “pero solo a las frutas”. No a él. Tampoco quiere salir unos segundos para hacer una foto-retrato. Sin mirarlas, las señala. Las cámaras parecen apuntarle, y susurra: “No pueden ver que salgo”.
El sol se esconde, y deja oscuras las callejuelas que conforman el barrio de Tetuán. Los negocios y comercios van cerrando, y abren los bares y las terrazas para que la gente disfrute de su descanso con cerveza y un partido de fútbol… ¡Van ganando los alemanes!
Las familias y sus niños entran en los portales. La calle se queda sola ante el silencio, y la iglesia que protege a la noche sigue igual de quieta. Un destello de tono tungsteno sale a través de unos cristales rotos y sucios. Dentro, en Frutas Monsi, el dependiente espera con la única compañía de los clientes y de la música que escucha en sus discretos auriculares.

Él es bangladeshí, pero no quiere hablar de su historia ni decir su nombre, sino la de sus paisanos. Por eso habla claro y rápido, para decir mucho en poco tiempo. Como si tuviera prisa. “Me encanta este país, pero no me gusta este trabajo. En Europa dicen que hay que trabajar 38 o 42 horas a la semana. Nosotros trabajamos 72” –once horas al día. “Yo llevo aquí desde las 9 de la mañana, y voy a acabar hasta las 11 de la noche”.
De vez en cuando, se interrumpe a sí mismo. Tiene que atender a los clientes que forman una cola y le exigen con la mirada cierta prisa para cobrar y venderles las frutas. En muy poco tiempo, cobra, devuelve, repone y corta unos aguacates en una mesa sin limpiar.
Asegura que esa situación laboral sucede en “todos los locales de frutas de Madrid”, tanto si son de empresas españolas como de sus lugares de origen. Lamenta que “nadie quiere hablarlo”. “Yo lo he denunciado en un juzgado”, asegura, “pero el Gobierno no quiere hacer nada, porque no defiende al trabajador, solo al dueño”.

Se calla cuando le ve entrar y salir de la tienda. “Es mi jefe, y ya no puedo hablar más”, dice cuando este, vigilante y serio, se aleja hacia la calle vacía para esconderse detrás de una caseta en mitad del parque, que es de donde venía.
El dependiente vuelve a su trabajo –todavía le quedan tres horas– y frustrado se niega a dar su nombre o a hablar más, por si desde la lejanía le vuelve a escuchar su jefe. Ese local tiene cámaras, y, como en el caso de Amán, también parecen mirarle.
En la misma noche, cada vez más pesada, Modes y Julia acaban los últimos pasos de su ruta y en el huerto comunitario ya no queda nadie. Las fruterías siguen brillando. Dentro, los dependientes siguen trabajando bajo los ojos de una ciudad que no les quiere ver.
Carne y dignidad, por Alejandro Benedicto Costa

Madrid está sufriendo un cambio socioeconómico que no se queda en el centro; ya ha llegado a los barrios aledaños, como es el caso de Cuatro Caminos (distrito de Tetuán). Las calles se llenan de multinacionales mientras que los negocios de los madrileños desaparecen. Solo hay unos pocos capaces de sobrevivir.
Desde que el semáforo peatonal empieza a parpadear hay 12 segundos para cruzar la calle de Bravo Murillo. Transcurrido ese tiempo, una oleada de vehículos con el motor revolucionado reanudará su marcha. Si un conductor no lo hace de forma inminente, el barrio de Cuatro Caminos orquestará una sinfonía de pitidos de claxon que solo cesará cuando el tráfico vuelva a su cauce habitual. Madrid ha cambiado mucho en los últimos años. Está irreconocible.
Tetuán es uno de los distritos de Madrid con mayor desigualdad en renta per cápita; también uno de los que más diversidad cultural atesora. Pero no parece que los ciudadanos se relacionen entre ellos. Nadie piensa más que en sí mismo. Ha llegado la inflación, los inmigrantes dispuestos a trabajar más mientras cobran menos y, sobre todo, las multinacionales. Al mismo tiempo, se han marchado los negocios pequeños. O casi todos.
En el número 119 de la calle de Bravo Murillo, un Burger King –maestros parrilleros desde 1954– se enfrenta al otro lado de la acera con Alimentación Alonso, dentro del Mercado de Maravillas. Ambos venden pan, carne y queso: los tres ingredientes imprescindibles de una hamburguesa, pero no tienen absolutamente nada que ver. Uno es una multinacional, el otro un negocio pequeño. Uno factura millones de euros al día, el otro apenas sobrevive. Uno tiene de director ejecutivo al millonario Joshua Kobza, el otro tiene a Miguel.
Cuando Miguel (59 años) nació todavía quedaba un lustro para que el primer Burger King viniera a Madrid. A sus 15 años había un total de 20 establecimientos de dicha franquicia en toda España. Hoy en día, solamente en la ciudad de Madrid hay más de 100. Por aquel entonces la vida era muy diferente. Sus padres, autónomos, tenían a su nombre cuatro casas y sus empleados también poseían inmuebles. Pero en 2025 a Miguel no le queda otra que conformarse con pagar su alquiler en la Ciudad de los Ángeles.
Miguel se encuentra atendiendo en la sección de carnicería a dos clientes de avanzada edad que, corte a corte y casi de forma improvisada, confeccionan su pedido. A pesar del sudor en la frente, de la mirada cansada y de pasar su palma por el delantal antes de dar la mano, no es un día duro, sino otro martes por la tarde.

La supervivencia de Alimentación Alonso al torrente de multinacionales no ha sido fácil. Durante cinco años, hasta el 2022, el supermercado Lidl insistió en la compra del local junto a otros tantos del Mercado de Maravillas. “Ahora sí me hubiese gustado que comprasen el local. Antes a lo mejor era un poco pronto, pero ahora que solo me quedan seis años para jubilarme, sí”, cuenta Miguel. Desde la invasión de Rusia a Ucrania, el palet de harina ha pasado de costarle 450 euros a 720 euros, un 60% más caro.
Curiosamente, aunque Miguel venda sus productos un 50% (como mínimo) más caro de lo que lo ha adquirido –cuando se inauguró Alimentación Alonso en 1995 era un 30%– no lo hace por otra cosa que no sea la de sobrevivir. Como ejemplo, hace 30 años vendía dos barras de pan por 50 pesetas (30 céntimos el binomio), mientras que ahora la unidad la tiene que vender a 1,30 euros para obtener un mínimo beneficio. El salario de sus trabajadores también se ha multiplicado un 150%.
Hacienda no se lo pone fácil. Le sorprende con exigencias que no siempre puede prever, como cuando le obligaron a actualizar las cajas registradoras hace unos meses. Tampoco se destinan demasiados recursos al crecimiento del sector. Según los Presupuestos Generales del Estado de 2023, el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación recibió 1.188 millones de euros (el sexto que menos), a pesar de aportar un 8,9% al PIB y suponer un 11,3% del empleo. Por otra parte, el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico obtuvo 10.501 millones de euros. “Vamos a tener la energía muy barata, pero al precio de no comer […] nos estamos cargando la agricultura”, sentencia Miguel.
Al cruzar ese semáforo peatonal mientras los motores rugen antes siquiera de la finalización del parpadeo, en la otra acera de la calle Bravo Murillo la empresa Burger King anuncia en su cristalera el regreso de la Cheddar Wave. Este ansiado retorno, disponible únicamente hasta el 20 de octubre, incluye la opción vegana. Ahí también la multinacional le saca ventaja a Alimentación Alonso; el modesto negocio no ha sido capaz de fabricar carne vegana. Entiéndase la ironía.

Dentro del Burger King no está Miguel para atenderte. Esta vez una pantalla táctil de autoservicio te facilita el pedido. Si registras tu cuenta, dicha pantalla tendrá la cortesía de llamarte por tu nombre y acumularás coronas para que posteriormente lo puedas canjear por ofertas irrechazables, como la de tres Nuggets por 2.000 coronas. Eso sí, cuidado, si en 30 segundos no tocas la pantalla, un aviso preguntando “¿todavía estás aquí?” amenazará con una cuenta regresiva para cancelar tu pedido. No vaya a ser que por tu lentitud alguien se quede sin la Cheddar Wave.
Joshua Kobza dio una de sus primeras entrevistas como director ejecutivo de Burger King en noviembre de 2023 a la cadena CNBC de Estados Unidos. Aseguró que las oportunidades que tienen por delante es lo que más le ilusiona de cara al futuro. Las próximas décadas parecen prometedoras para su empresa.
Por otra parte, Miguel prepara otro pedido mientras prosigue con la entrevista. Ya son 30 años cortando y pesando la carne, preguntando “¿algo más?” y tecleando la balanza de charcutería. Al jubilarse se volverá a su pueblo para vivir una vida más despreocupada, fuera de Madrid y su bullicio. Lo que pase con Alimentación Alonso ya se verá más adelante.
—De todos los años que lleva trabajando, ¿qué es lo que más le enorgullece?
No vacila al responder. Le brillan los ojos, no hay duda en sus palabras:
—Mis hijos. Lo que más. Y es lo único que importa.

Al salir del Mercado de Maravillas, la calle Bravo Murillo sigue con su caos de antes. La gente camina y los coches circulan. A la derecha del Burger King, se encuentra un viejo conocido del mercado; el amarillo del logo conduce la mirada. Ese Lidl es el tercero de la calle. El mismo que no pudo comprar Alimentación Alonso se instaló enfrente poco después. Al parecer, en esta ciudad nadie puede librarse de lo inevitable; salvo Miguel y otros pocos, supervivientes del “crecimiento” de Madrid.
Bailando bajo las estrellas, o la mezcla caliente entre lo africano y lo español, por Antonio Torné
Es de noche y la humedad aún encharca los huesos. Es Tropicana, el paraíso bajo las estrellas, como se lo conoce popularmente. Allí se encuentra una joven, Lien Ramos, bailarina del espectáculo que divierte a la clientela del más icónico de los cabarets de Cuba.

El humo del habano disuelve esta imagen noventera. Hace ya tres décadas que aquel mítico escenario en el que actuaron Frank Sinatra y Joséphine Baker y hasta los Payasos de la Tele (Gaby, Fofó y Miliki) no disfruta del talento de esta cubana, afincada desde mediados de los 90 en la capital de España.
Nacida en 1972 en La Habana, su Tropicana particular está en la calle Huesca de Tetuán, uno de los distritos madrileños con mayor índice de inmigración. No es un local nocturno, ni luce bajo las estrellas. Se trata de LV Dance, una escuela de baile. Aunque en realidad, recuerda Lien, también Tropicana cuenta –o contaba– con una escuela de variedades, donde se curtió en un mosaico de coreografías allí donde el movimiento es religión.

Pero la chiquita que iba para Geodésica y Cartografía, una disciplina que le generaba un entusiasmo –digamos– limitado, se adentró por el camino del baile profesional por una carambola. Una estratagema ideada por su prima, en contra de su madre, que quería que comenzara a estudiar tras aquel lejano verano una carrera. Después de que Lien no pudiera realizar las pruebas de Arte Dramático, su “verdadero deseo”, acabó presentándose a una audición en el Teatro Nacional de la capital cubana. “Nunca pensé que me iba a dedicar al baile”, hace memoria, a pesar de que hasta empezar el bachillerato había compaginado la gimnasia rítmica y el ballet clásico. Unos llamativos calentamientos hicieron que el jurado se fijara en ella y no en su prima, que no tenía la edad y tampoco la altura requerida, y en la audición fue ella la elegida.
¿A qué? La “escuela de variedades”, una suerte de cantera desde donde los incipientes bailarines eran seleccionados por los directores dramáticos de las compañías. “Cada tres meses hacían una audiencia abierta para ellos. Si no te cogían te ibas de la escuela”, explica Lien sobre la elevada exigencia que había en aquel entorno. Y el destino le sonrió: durante un año hizo prácticas en la compañía de ballet “del Capri” y tras esa experiencia accedió a Tropicana. Con el mítico cabaret habanero, donde entró primero como corifeo –suplente del solista–, realizó giras por países como Portugal, Belice, Guatemala o España, adonde vino en distintas ocasiones. Precisamente Madrid sería su despedida voluntaria de la compañía, una decisión que no tenía previsto. Pero en su decisión tuvo un peso decisivo que “todos” sus amigos de ella “se quedaron” y la edad: “que hace que no pienses las cosas”.
Y se convirtió en una escala definitiva. “Estuve en varias giras donde se quedó otra gente. Imagino que lo hacían por desarrollo profesional algunos y otros tendrían otros intereses”. Aunque en Cuba hacía lo que le “gustaba” y su situación no era mala, Lien consideró que ya había tocado techo en la compañía, tras haber llegado a primera bailarina. “También me comparé con gente que llevaba muchos años de primeros bailarines y se habían quedado estancados, porque en Cuba no había en este sentido más progresión”, sostiene.
En una de las salas de la escuela, sentada frente a baterías y timbales e incluso bicicletas estáticas, esta cubana rememora con con sentimiento la dureza de aquella decisión: “Llegas aquí y te das cuenta de que no tienes papeles. Me costó muchísimo comenzar, fue super duro. No tenía trabajo ni amigos”, comenta. Pone de relieve que “los que supuestamente se quedaban contigo también se tienen que buscar la vida”. Lien, que recuerda que “de todos esos bailarines ninguno bailan, solo yo”, sí matiza que durante el primer mes se hospedó en la casa de un hombre “amante de Cuba y Tropicana” que “siempre iba a ver los espectáculos”.
A las dificultades propias de su situación legal se unía la falta de ropa apropiada para el clima de Madrid. “Nosotros vinimos en verano. Mi maleta estaba llena de ropa de verano. En Cuba no existe ni el otoño. Cuando empezó esta temporada (final de octubre) ya tenía un frío que me moría”, recuerda.
Así la vida madrileña, su mudanza en la capital “comenzó siendo muy difícil”.
“Nadie me contrataba porque no tenía papeles. Nosotros seguíamos haciendo un grupito de baile que hacíamos cosas en discotecas”.
A pesar de que poco a poco empezó a conseguir pequeños trabajos en locales nocturnos anunciándose como bailarina de Tropicana, su día a día seguía siendo precario.
“El dinero que ahorraba era para pagar el piso, no podía comer. O comía o pagaba el piso, y cogí anorexia. Me quedé en 42 kilos”, señala. “El primer tiempo fue muy duro”. En aquella etapa ya trabajaba en teatros y todo tipo de eventos, además de en discotecas. Allí algunos le pedían a Lien que les enseñara a bailar, momento en el que descubrió su vocación didáctica. Tres años pasó esta bailarina cubana hasta obtener el permiso de residencia, y “la cosa fue mucho mejor”. Ya con su situación en regla, empezó “a meter” su currículum en escuelas de bailes para ejercer de profesora “y, al mismo tiempo” se iba presentando a “diferentes concursos de baile latino. Cada vez más gente me conocía y me llamaban para congresos, con los que recorrí todo el mundo”. Además de “hacer un show”, había “alumnos que pagaban para recibir clases con los mejores profesores”. En esta nueva etapa de su vida Lien visitó Australia, Canadá, China, Irlanda del Norte o Reino Unido. El éxito, asegura, era total: “en todos los países se petaban… en Polonia, Checoslovaquia, Rusia…”.
En 2010 conoció a Vicky, otra cubana, con quien cinco años más tarde abrió esta escuela de baile. Un espacio donde recorrer Latinoamérica a través de sus ritmos, aunque también imparte otras modalidades como indie-hop o sevillanas.

“La música es para el alma lo que la danza para el cuerpo”. Es lo primero con lo que se encuentran los alumnos cuando entran en la escuela. Música o baile, disciplinas que el cubano “lleva en la sangre”, dice Lien, y que representa el espíritu con el que ha creado su escuela: “A un cubano le quitas la música y el baile y lo has matado”. Para ella, esa forma de expresión no entronca con la pobreza sino con “una mezcla muy caliente, que es la mezcla africana y española. Es una bomba de relojería. Somos un poco como los gitanos, desde que nace el niño está dando palmas porque lo está viendo. Nadie nos enseña como lo hago con mis alumnos, todo el mundo se pone a bailar y tocar y bailas y tocas”.
Locutorios: el hilo invisible entre España y América Latina, por Ander Roldán
Lejos de las olas que bañan las playas del Caribe, las calles de Cuatro Caminos amanecen húmedas por el paso de la barredora. Las frutas tropicales ya no cuelgan de los árboles, sino que reposan en cajas sobre carritos que los trabajadores empujan dejando un rastro pegajoso en el asfalto. Hace frío a la sombra de los edificios grises, muy diferentes a las coloridas casas coloniales de Cartagena. La alarma de la barredora se pierde entre las calles estrechas y empedradas. En su lugar, la bachata que brota de los coches y los anuncios de viajes a Punta Cana resuenan como ecos lejanos de la tierra que un día dejaron atrás.
Esos anuncios de playas paradisiacas cuelgan en los escaparates de los locutorios, que son un punto neurálgico del fenómeno migratorio. Estos comercios, además de vender viajes, son los lugares desde los que muchos migrantes envían dinero a sus familiares. Un dinero que, en algunos casos, sostiene la vivienda, comida y educación de familias enteras. Desde esas ventanillas cada día salen miles de euros a diferentes países de todo el mundo. Tan solo en 2023 las remesas alcanzaron los 10.700 millones, según el Banco de España, y mas del 60% tuvo como destino América Latina.
En el mostrador, un hombre de mediana edad entrega un sobre con billetes. Su nombre es Mariano y es originario de la República Dominicana. “Este dinero es para mi mamá. Es la única que queda allá. Con eso repara las ventanas, compra pintura para la casa y tiene para su comida”. Cuenta que lleva 23 años en España y que, poco a poco, fue trayendo a sus seis hijos.
Llegó a inicios de los 2000, cuando “la economía de acá iba para arriba”, y desde entonces no ha podido volver a su país. Extraña sus playas y su grupo de amigos. “Allá la vida se disfruta cada día”, me confiesa con una mirada nostálgica. “Aquí es duro, y más después de la crisis de la construcción”. Explica que, durante muchos años, al igual que otros compatriotas, trabajó en ese sector que se desplomó en 2008. “Ahora cada uno se la busca como puede”, se lamenta. Pero cuando le pregunto a qué se dedica prefiere eludir la respuesta.
Después de un rato aparece otra mujer colombiana llamada Gloria. Llena de energía y con mucho orgullo me cuenta que el dinero es para su hija: “Para que pueda estudiar su carrera de piloto de avión. La matrícula es muy cara, unos 6.000 euros al año. Pero gracias a Dios nunca me ha faltado trabajo”. Gloria era psicóloga en su país, pero, cansada de la inseguridad en las calles, decidió venir a Europa. Ahora cuida a dos hermanos gemelos, por lo que cobra 20 euros la hora. Sin embargo, no siempre fue fácil: “Cuando llegué, compartía piso con una pareja de Latinoamérica y una noche, al volver a casa, vi que me habían robado la maleta con todas mis cosas. Lo peor fue perder la documentación”.
Vino hace dos años, por lo que ya puede optar a la residencia. Tiene su caso bien preparado y la esperanza de poder convalidar su título para volver a ejercer como psicóloga. Antes de despedirme le deseo suerte a ella y a su hija. Me responde que su hija es muy buena estudiante y que será una gran piloto. Aunque añade bromeando: “Eso sí, yo con ella no me subiría ni al carro”.
Tras la partida de Gloria, el locutorio recupera su calma habitual. Aprovecho el silencio para acercarme a hablar con la trabajadora, que también es de la República Dominicana. “Hemos perdido muchos clientes en los últimos años. Antes la mayoría venían para usar los teléfonos y contactar con sus familiares. Pero ahora todo eso ha desaparecido. Lo único que se mantiene son las transferencias de dinero”. Me cuenta que las cantidades que mandan los clientes son de lo más variadas. Algunos lo envían a su cuenta de ahorro para el día en que puedan volver una vez hayan arreglado su situación legal y otros solo para ayudar a su familia. “Por ejemplo, si alguien manda 500 euros eso son dos salarios en República Dominicana. Es un alivio muy grande para los de allá”.
Su testimonio resume la realidad de muchos: trabajar aquí para sostener a los que se quedaron allá. La historia del sacrificio de tantos que dejan toda una vida para poder ayudar a sus seres queridos. Y es en el locutorio donde ese esfuerzo cobra sentido, donde las horas de trabajo y la nostalgia se transforman en esperanza para quienes aguardan al otro lado.
Maravillas, el corazón de América en Madrid, por Carlos Manzano

Los peces tienen cataratas, sus ojos no son frescos, y aun así dos mundos se entrelazan en sus globos oculares. Es el Mercado de Maravillas, el centro social oculto del distrito madrileño de Tetuán. No tiene el mejor pescado, pero sí los olores y sabores más españoles, venezolanos, mexicanos, peruanos, chilenos e, incluso, filipinos. Muchos de los actuales comerciantes vinieron de América en busca de un futuro mejor –estudios, dinero y un horizonte nuevo–, aunque también huían, algunos, de regímenes autoritarios. Los olores se fusionan. Huele a chuletón de Guadarrama a la brasa y a arepa reina pepiada.
Inca Cola peruana, antioqueño colombiano, ají dulce venezolano y morcilla de Burgos. Tan lejos y tan cerca. El laberinto del Mercado de Maravillas es, de hecho, un viaje a Cochabamba, Caracas y Lima para luego volver a Madrid y seguir a medio camino entre Burgos, Cáceres y Soria. La integración y el trato entre nacionalidades, también la española como anfitriona, es un reflejo del barrio. Así lo explican varias mujeres, que se levantan cada mañana a las cinco y preparan sus puestos entre multitud de acentos. Pero, ¿qué les ha traído hasta aquí? ¿Por qué Madrid y por qué España? ¿Qué se siente al abandonar su tierra, su ser más interior? ¿Qué sucede en Perú, Venezuela o Cuba?
“Los latinos hemos invadido el barrio”, bromea Marisol, una peruana que trabaja a media jornada en un puesto de productos sudamericanos. Tarda poco en matizar, entre risas y abriendo una Inca Cola, que “realmente es una mezcla de culturas hermosa”. Aterrizó en Barajas hace apenas dos años para estudiar un grado en Marketing en la Universidad Carlos III de Madrid y en sus tardes libres vende aromas americanos a todo tipo de nacionalidades, también turistas que se pierden en el laberinto de Maravillas.
Marisol no tuvo grandes dificultades burocráticas y logró el visado de estudiante. Daenerys, treintañera venezolana que regenta una parada a tres pasillos, por contra, tuvo que comprar una cita para ser residente legal en España. Pero ambas han encontrado su “segunda patria”, en la que esperan que el mestizaje vuelva a convertirse en bandera, como se hizo, de otras maneras, en el pasado. La joven, con la Inca Cola descorchada, intenta esquivar preguntas sobre la expresidenta Dina Boluarte [en el momento de recoger el testimonio de Marisol, Dina Boluarte era presidenta de Perú, pero fue destituida por el Congreso el 10 de octubre pasado], la dirigente más impopular de Perú en 40 años y marcada por los casos Rolex y Los Waykis en las sombras. Ha venido a estudiar y mejorar su vida, no ha huido de Lima. Los venezolanos son más claros, aunque muchos prefieren no posicionarse. Tampoco sobre si la arepa es colombiana o venezolana –una cuestión mundana capaz de provocar una guerra, al menos social, entre Bogotá y Caracas–. Pero Nicolás Maduro y Edmundo González no tardan en salir a la palestra.

“Si cambiase Venezuela, volvería”, asegura Olga, que lleva poco más de dos años viviendo en Madrid, ciudad que descubrió en unas vacaciones en 2008. Tiene uno de los ajíes dulces más frescos de Maravillas, aunque también vende productos españoles. Se vino, tras cumplir los 50, con su marido a España. Fue un momento decisivo, cuando la “esperanza se acabó”. La inhabilitación de María Corina Machado y la marcha de Edmundo González –al que considera su presidente real y no a Maduro– provocaron su exilio en España. No quiere valorar la discutida intervención española del expresidente José Luis Rodríguez Zapatero en su país: “Yo hablo de lo que sé, de la política de mi país. De la de aquí, solo puedo decir lo que me afecta para bien. Nada más”.
Añora las playas venezolanas. Esa sensación de salpicar sus mejillas con el agua del Salto Ángel, en el parque nacional de Canaima. Quiere volver, pero no puede. Tuvo que dejar su “carro y apartamento” en Caracas y ahora dice, con una sonrisa, que vive de alquiler. Sus dos hijos también huyeron de Venezuela y se instalaron en Estados Unidos. Pese al exilio forzado, asegura que “Madrid y los españoles” les acogieron “con los brazos abiertos”. Con varios “chébere” entrelazados recalca que “los latinos son muy bien recibidos en España” y, sobre todo, en la capital.

En una esquina, junto a la tiendecita de Olga se oye a un hombre gritar “los mejores platos de Cuba”. El olor cambia por completo y te transporta al norte del Caribe. Una cola empieza a organizarse a lo largo del diminuto puesto con dos planchas industriales. Bromean sobre Fidel Castro y sus interminables discursos de media jornada laboral. “Ojalá nos libremos algún día del comunismo cubano”, asevera uno de los clientes, originario de La Habana, que prefiere no ser citado al preguntarle por su país. “Ajiaco, picadillo… la mejor comida cubana”, retumba entre los estrechos pasillos del mercado.
Muchos compradores han acabado su jornada laboral y se acercan a comprar al mercado. No importa el origen, aquí encontrarán de todo. Es un lugar de ocio y en el que conservar su cultura a través de la gastronomía, mientras prueban también sabores españoles. Octogenarias con un marcado acento castellano frente a una misma generación con toques paisas. Maravillas es el buen ejemplo de integración migrante, donde charlar de los problemas de medio mundo. Maduro está muy presente, aunque no es precisamente simpatía lo que despierta.

El Mercado de Maravillas, sobre las ocho de la tarde, comienza a cerrar sus puertas. Los tenderos recogen sus puestos y los clientes inundan las terrazas de Bravo Murillo. Se inicia una segunda ronda entre los barrios de Cuatro Caminos y Bellas Vistas. América se respira en Madrid.
“Conversar para no prejuzgar”, y los hilos que no ves, por Laura de Diego Quiñones

En un banco de madera gastada, frente al portal 177 de Bravo Murillo, Ahmed fuma en silencio. A su alrededor, los sonidos del barrio se entrelazan: el murmullo de los coches, el tintineo de tazas en el bar de la esquina, la risa del frutero que canta mientras acomoda las naranjas. Entre todo ese ruido, Ahmed parece moverse a otro ritmo, más lento, más denso. Cada calada que da al cigarro parece suspender el tiempo, como si necesitara una breve pausa entre el humo y los pensamientos.
Lleva un mono de trabajo gris, salpicado de pintura seca y yeso. Las costuras están torcidas, el color ha perdido su brillo, pero él lo lleva con dignidad. Sus manos son su carta de presentación: fuertes, agrietadas, con los restos de pintura que ni el jabón ni el agua logran borrar. Cuando sonríe, se divisan los dientes gastados por el tabaco y una calidez que atrapa. Habla despacio, escogiendo las palabras. Su acento conserva la música del árabe, pero se mezcla con giros castellanos aprendidos en obras, bares y conversaciones de metro.
Ahmed llegó a España hace veinte años. “Pensaba que estaría aquí unos meses, solo para juntar algo de dinero. Pero luego la vida te ata con hilos que no ves”. Sus ojos se pierden entre los coches que cruzan la avenida. Durante los primeros años regresaba a Marruecos cada ocho meses. “Volvía para ver a mi madre, a mis hermanos, a los vecinos del barrio. Pero los viajes se fueron haciendo más raros. Ahora llevo casi cuatro años sin volver. El trabajo, los papeles, los días que se mezclan… y sin darte cuenta, ya no sabes si sigues de paso o si te has quedado”.
En su móvil, con la pantalla rota por una esquina, se ilumina la foto de su hijo: un niño de cuatro años, con una sonrisa inmensa y una caña de pescar entre las manos. “Le encanta pescar. Igual que yo, igual que mi padre. Es como una herencia”.
Su voz se suaviza cuando habla de él. “Vive con su madre, allá, en Marruecos. Hablamos cada fin de semana. Cuando lo veo en la pantalla, me dan ganas de llorar, pero sonrío. No quiero que piense que su padre es un triste. Quiero que me vea fuerte, trabajador, aunque esté lejos”.
Ahmed se levanta cada día antes del amanecer. Toma café en un vaso de plástico, en un portal o una cafetería abierta desde temprano. Luego baja al metro, entre obreros con mochilas desgastadas y caras aún medio dormidas. “Trabajo en una empresa de reformas. Pinto, tapizo, reparo. Hago lo que haya que hacer. El trabajo me mantiene en pie. Cuando las manos están ocupadas, la cabeza se calma”.
Hace un tiempo el médico le dijo que debía descansar: dos hernias discales, demasiado esfuerzo. Ahmed sonrió y negó con la cabeza. “¿Descansar? Si paro, vienen los pensamientos. Y con los pensamientos, los vicios”.
Hace cuatro meses que dejó el alcohol. “No fue fácil. El primer mes soñaba con el olor de la cerveza, como si mi cuerpo la buscara solo. Pero un día decidí que ya no podía más. Empecé a rezar más seguido. El Corán me devolvió la calma. Me enseñó que no todo lo que se pierde es un castigo”.
Saca del bolsillo una bolsa azul arrugada. Dentro, un pequeño Corán, gastado por el uso.
“No necesito entenderlo todo, dice. A veces solo lo leo en voz baja. Las palabras me limpian la cabeza”.
Durante un tiempo, el alcohol le costó casi todo. “Perdí la confianza de mi familia. Dejaron de hablarme. No los culpo. Cuando bebes, no eres tú. Dices cosas que no sientes, haces daño sin darte cuenta”. Ahora intenta reconstruir lo que se rompió. “El perdón no se pide con palabras. Se gana con tiempo. Con hechos”. Lo dice sin dramatismo, con la serenidad de quien ha aprendido a esperar.
Nació en un pueblo del norte de Marruecos, en una familia numerosa. Quince hermanos, aunque solo cinco comparten los mismos padres. “Mi padre se casó tres veces. Era un hombre bueno, justo. Me enseñó a compartir, aunque no se tenga mucho. Y a mantener la palabra”. Ahmed se queda unos segundos en silencio. “A veces sueño con él. Me dice que no me rinda, que siga trabajando. Era un hombre fuerte. Me parezco a él”.
En todos estos años ha vivido en muchos lugares: Córdoba, Granada, Santiago, Marbella, Cuenca. Cada ciudad le dejó algo distinto. De Córdoba guarda un recuerdo especial. “El día que llegué, dejé mi mochila en un hostal y salí a caminar. No entré a la Mezquita porque había mucha cola, pero verla desde fuera fue suficiente. Me senté frente a sus muros y me sentí en paz. Era como si el aire me hablara”. Esa ciudad, dice, le enseñó a escuchar el silencio, con el que ha convivido mucho tiempo.
A veces, cuando cae la tarde y termina su jornada, vuelve al banco. Enciende otro cigarro y se pone los auriculares. Escucha rezos o canciones marroquíes, a veces alguna melodía española que ha aprendido a querer. “La música me recuerda a casa, pero también me recuerda que estoy lejos”.
No siempre está solo. A veces se sienta alguien junto a él y él inicia la charla, con la naturalidad de quien sabe que conversar puede salvarte. “Antes de ti se sentó una pareja. Hablamos un rato. La gente a veces piensa que los son como yo somos peligrosos. Pero cuando hablo, me escuchan. Y se dan cuenta de que no soy malo”. Ahmed cree en la conversación. “Hablar me mantiene vivo. Si te escuchan, existes. Conversar ayuda a no prejuzgar”.
De pronto se queda pensativo. “Hay gente que roba para sobrevivir, pero yo no. Aunque no tenga nada, siempre se puede pedir ayuda. Robar te quita algo del alma. Yo prefiero trabajar con dolor que dormir con vergüenza”. No se queja, no se victimiza. Habla como quien ya entendió que la vida, por dura que sea, sigue siendo suya. “Aquí aprendí que la vida no es solo ganar dinero. Es levantarse cada día, incluso en los días duros. Hay días que duelen, pero también cuentan”.
Antes de irse, reflexiona: “Yo creo que Dios me cuida. A veces me manda gente para recordármelo”. Levanta la vista hacia el cielo, como buscando una respuesta que ya conoce. Luego apaga el cigarro, recoge su móvil, donde la cara de su hijo brilla bajo la luz de las farolas, y se levanta despacio. Da unos pasos y, antes de perderse entre la multitud, se gira y sonríe.
“¿Sabes quién te ha mandado a hablar conmigo?”, pregunta con voz tranquila. No espera respuesta. Mira hacia arriba, con los ojos encendidos. A lo mejor ha sido Dios.
Y se aleja entre la gente, invisible y presente al mismo tiempo, dejando tras de sí una estela de pintura, humo y humanidad.
Corotos exiliados, por Adrián Guerrero Fuente
Escribiendo esta crónica entendí aquel verso de Pablo Neruda de su poema Oda a las Cosas:
Que no sólo
amé
lo que salta, sube, sobrevive, suspira.
No es verdad:
muchas cosas
me lo dijeron todo.
No sólo me tocaron
o las tocó mi mano,
sino que acompañaron
de tal modo
mi existencia
que conmigo existieron
y fueron para mí tan existentes
que vivieron conmigo media vida
y morirán conmigo media muerte.
De mi libreta deshojada. Una cámara con hipermetropía, un bolígrafo sangrante y una libreta deshojada son los objetos que me acompañan en todos mis viajes. En ellos vuelco mis temores por lo imprevisible del camino, mi soledad y las ganas de contar lo que sucede más allá de las fronteras de mi imaginario.
Acompañado de estas pertenencias me encuentro entre las calles Alvarado y Almansa, donde la comunidad dominicana ha dado vida a una pequeña Quisqueya [nombre literario aplicado a la República Dominicana. De origen taíno, significa “madre de las tierras”]. Las fotos colgadas en las paredes de los locales y negocios muestran las playas de Santo Domingo, las banderas tricolores decoran los balcones, y los altavoces de los coches que cruzan el barrio resuenan merengue a todo volumen. Aquí no hay playas paradisiacas, edificios coloniales de colores, ni plantas de frutas tropicales. Pero el olor a mofongo y café que desprenden los restaurantes y colmados caribeños hace recordar, aunque sea por un instante, a la isla que algún día dejaron atrás sus habitantes.
Cada persona de esta comunidad mantiene objetos personales –corotos, como los suelen llamar–, que los acompañaron durante su viaje, y que son reflejos de su antigua vida. Estos fragmentos de exilios y viajes forzados me han ayudado a encontrar historias dignas de ser contadas.
Una cédula con antecedentes. Romaní (nombre modificado para proteger la identidad), lleva 22 años sin “disfrutar de su paraíso”. Cuando lo conocí, me comentó que se marchó de Santo Domingo para buscar un mejor sueldo. Con él no trajo nada más que su cédula. Ni fotografías, ni joyas ni artesanías, tan solo su carné de identidad.
—¿Y por qué es tan preciado para ti? –le pregunté.
—Gracias a esto fue que pude venir para acá –respondió, acariciando el plástico con el pulgar.
—¿Y no echas de menos Santo Domingo?
—Todos los días, pero aquí se gana un mejor sueldo.
A inicios de los 2000 hubo un boom de inmigrantes dominicanos en Madrid. Como él me explicó: “la mayoría de nosotros nos metíamos de obreros, pero cuando el trabajo se acabó, cada quien buscó su camino”.
Me dijo que ahora trabajaba en un minimarket de la calle Alvarado. Que hace dos años logró traer a su mujer y sus dos hijos a España, y aunque echaba de menos las playas caribeñas, el sol abrasador y la alegría dominicana, el bien de su familia pesaba más. Su rostro rezumaba nostalgia.
Antes de despedirnos me confesó que la razón última por la que se marchó de Santo Domingo fue debido a unos antecedentes por homicidio. En el momento quedé tan impactado que ni siquiera reaccioné a su confesión. Sin embargo, cuando le di la mano no pude evitar mirarlo con otros ojos. De pronto, ese hombre que hablaba con ternura de su tierra, se volvió un extraño.
Y entonces entendí la importancia de la cédula. Ese pequeño trozo de plástico que lo trajo hasta aquí, que le abrió las puertas de otra vida, también guardaba en silencio su oscuro pasado.
Un retrato desenamorado. José recordaba con una sonrisa, cuando trabajaba en el colmado de productos latinoamericanos. Fue su primer trabajo cuando llegó a Madrid, y lo consiguió gracias a su exmujer, quien también le abrió las puertas para poder sacarse un permiso de residencia en España.
—¿Conociste aquí a tu exmujer?
—No, ella es dominicana, vino aquí antes que yo y al año nos reencontramos –respondió José, apoyándose en la pared.
Rosa fue su primer amor, gracias a ella logró un mejor sueldo, y pudo buscar para su madre una vida digna. Con una sonrisa nostálgica abrió la cartera y de uno de los compartimentos para billetes sacó un antiguo retrato y lo desdobló. En él se podía ver, a duras penas, una mujer de tez oscura, pelo liso y ojos grandes.
—¿La echas de menos? –pregunté.
—Sí y no –respondió tras pensarlo un instante–. Yo tengo otra mujer ahora, pero ella siempre va a ser especial.
Me sorprendió que en tan poco tiempo una persona se abriera así conmigo, pero en su mirada rezumaba alivio, como si al hablar de ella soltara un peso que llevaba tiempo cargando. Guardó de nuevo la foto con cuidado, como quien devuelve algo sagrado a su sitio, y sonrió.
“Hay cosas que uno no mira todos los días, pero tampoco puede botar”, dijo suspirando. Y entendí entonces que aquel retrato no era solo una foto vieja, sino el recuerdo silencioso de una vida que todavía lo acompañaba.
La medalla de la abuelita Carmen. Paola se retiró el cuello del jersey de lana y me mostró una medalla dorada con la imagen de la virgen de Altagracia, patrona y protectora del pueblo dominicano.
—Me la regaló mi abuelita Carmen –dijo, sonriendo.
—¿Sigue viva? –pregunté.
—Más viva que nunca –respondió con orgullo.
La abuela Carmen, a sus 97 años, se ocupa de todas las tareas del hogar: limpia, friega, plancha y cocina para sus cuatro hijos, catorce nietos y dos bisnietos. Para Paola, Carmen es como una madre, ya que perdió a la suya a los pocos años de nacer y fue su abuela quien la crio. Carmen financió sus estudios de derecho y le compró el billete de avión para España. Paola me contó que su yaya era de las pocas cosas que extrañaba de Santiago de los Caballeros.
—Me la dio antes de venir para acá, para darme suerte.
—¿Eres muy creyente?
—No, no lo soy, pero siento que la Virgen me ha ayudado en mi camino.
Paola trabaja actualmente en un bufete de abogados, y le manda dinero a la abuelita Carmen cada mes. Como me comentó: “toda ayuda que le doy ahora es poca para todo lo que ella me ha dado”.
Mientras hablaba, Paola acariciaba la medalla con los dedos, como si en ese gesto se condensaran los años de sacrificio, cariño y fe heredada. Sus ojos se humedecieron, pero enseguida sonrió de nuevo, con esa mezcla de ternura y fortaleza que solo tienen quienes han aprendido a salir adelante sin olvidar de dónde vienen.
De una de las hojas arrancadas de mi libreta. En la mesa de mi cuarto están mi cámara, mi libreta y mi boli. La cámara ya ve bien, pues limpié el objetivo; mi libreta ya no está deshojada, pues le compré papeles de relleno; y el torniquete de cinta aislante hizo que mi bolígrafo no sangrase más. Todos estos arreglos los hice por respeto a las historias que guardan, por respeto a las distintas voces que me confiaron sus vidas, sus pérdidas y sus sueños.
Entiendo entonces que mis objetos también son corotos, iguales que los de las personas que me encontré en Cuatro Caminos. De la misma forma que los protagonistas de esta crónica, estas pertenencias cuentan mi vida, mi viaje y me conectan con mi yo pasado. Ahora entiendo los versos de Neruda. Ahora entiendo la importancia de los objetos.
El culto comienza a las 11 de la mañana, por Celia Broncano

Los domingos, el culto comienza a las 11 de la mañana en la Casa de Dios Estrecho. La pequeña iglesia evangélica está situada en el número 12 de la calle San Enrique, entre Estrecho y Tetuán. Una azafata llamada Nilda con un traje azul y negro, situada en una pequeña recepción a la entrada, da la bienvenida a todo el mundo que llega con un beso, un abrazo y una gran sonrisa.
A los habituales les saluda por su nombre y les pregunta por su familia. A las caras desconocidas les habla con motes cariñosos, para poco después preguntar por sus nombres, apellidos, nacionalidades y sus números de teléfono, los cuales anota en una larga lista de varias hojas. Esta vez, solo hay dos nuevos.
“Nosotros practicamos el cristianismo evangélico apostólico trinitario”, dice el pastor Diego, que lleva al mando del centro los últimos siete años, junto a su mujer Ana. “Aquí aceptamos a todo el mundo, siempre y cuando nos respeten a nosotros y a nuestras normas”.
El matrimonio emigró desde Uruguay en 2007. Diego es un hombre serio, que te mira casi sin parpadear cuando hablas con él. Por su parte, Ana suele esquivar más la mirada y suele delegar las respuestas en Diego. El pastor cuenta que su organización religiosa tiene diez centros de culto por toda la Comunidad Madrid. El principal se encuentra en Plaza Castilla.
Las interacciones con Nilda son cortas, no responde a mucho y rápidamente dirige a todo el mundo a una sala sin ventanas donde se celebra el culto. Otras tres azafatas, con el mismo uniforme que ella, reciben a la gente con la misma efusión y les enseñan dónde están sus asientos.
Hay siete filas de sillas plegables, que poco a poco se van llenando, aunque nadie se sienta. La mayoría de los presentes es de origen latino y tiene una media de edad entre 30 y 40 años. Aunque, de vez en cuando, destaca algún anciano español solitario.
Al frente hay un escenario, donde un grupo de alabanza ofrece una bienvenida musical. La gente les sigue de pie con palmas y un balanceo al son de la música. De vez en cuando se escuchan algunos “amén” sueltos. Si no conoces la letra, no importa. Dos grandes pantallas a los lados la van mostrando.
La melodía disminuye media hora después. En ese momento, sube Ana, que se encarga de dirigir el sermón de hoy. Al igual que las azafatas, viste de negro y azul, pero no viste el mismo uniforme. Se mueve de un lado para otro siguiendo el suave hilo musical de una canción que reza: “solo vine a adorarte”.
La siguiente hora transcurre de una forma casi asfixiante en la que Ana no para de hablar y recitar versos que van apareciendo en las pantallas. La gente la escucha atentamente. Nadie mira el móvil, e incluso dos mujeres subrayan y toman apuntes en sus biblias. Uno de los coristas del grupo de alabanza se pasea por la sala sacando fotos para las redes sociales.
Ana recita con los ojos cerrados. Solo los abre cuando invita a la gente a que se levante a tomar el cuerpo (unas galletitas saladas) y la sangre (zumo de uva en vasos de chupito) de Cristo. Tras esto, la pequeña sala vuelve a explotar en música. El altar es retirado por tres de las azafatas y la gente empieza a ocupar el lugar a pie de escenario mientras rezan en voz alta. Ana vuelve a hablar, se emociona y comienza a llorar, al finalizar la misa. Luego confesaría que fue porque la tocó “el Espíritu Santo”.
“Nosotros creemos en los milagros”, señala Diego con un semblante severo, explicando el porqué de las lágrimas de Ana. “Yo mismo vi como un tetrapléjico se curó instantáneamente en una misa en Uruguay. También lo he vivido en persona. Mi hija nació ochomesina con una hernia, nadie nos daba una solución y un pastor la sanó en el momento. Fue por eso por lo que empecé a estudiar teología”.
Al finalizar el culto los nombres de los nuevos integrantes aparecen en las pantallas y la iglesia les da la bienvenida. Diego bendice a una familia que acaba de llegar de Venezuela y una chica joven relata todos los eventos previstos para los próximos días y pide voluntarios. “La semana que viene el sermón lo harán los niños”, concluye.
“Tenemos muchas actividades”, relata Diego. “Hemos llegado a prestar nuestras salas para que abogados de extranjería ayuden a la gente con sus papeles. Nos ayudamos los unos a los otros”.
El Centro de Dios Estrecho también es un lugar de encuentro comunitario para muchas almas. Así lo fue para Gabriela, de 27 años. “Vine de Venezuela hace un año. Mi novio iba a venir conmigo, pero murió en un accidente de tráfico”. Cuenta que ella no creía antes de llegar aquí: “Tuve un breve acercamiento a la iglesia, pero dejé de creer. Encontré este centro por casualidad. Para mí fue como una señal divina”. Gabriela insiste que ahora tiene todo lo que necesita: “Voy al trabajo, estudio y a la iglesia. Para mí se han convertido en mi segunda familia”.
El oasis entre el ladrillo y el merengue, por Valentina Yusty
Si alguien sabe lo que significa empacar sueños, nostalgias y metas en una maleta de menos de veinte kilos son los vecinos del barrio madrileño de Cuatro Caminos. Caminar por sus calles es como recorrer un mapa emocional del mundo: un viaje sensorial donde el aroma del sofrito dominicano se mezcla con el café bogotano, el ceviche limeño y las especias quiteñas. En cada esquina, un acento distinto te recuerda que Madrid también puede sonar a merengue, cumbia o salsa. Y basta doblar una esquina para descubrir un trocito de Nueva Delhi, con sus bazares repletos de colores imposibles y restaurantes que perfuman el aire con curry y jengibre. Cuatro Caminos no es solo un barrio: es una terminal de llegadas donde caben todos los pasaportes y donde cada balcón cuenta una historia de ida y vuelta.
La explosión de sabores que se puede vivir en el barrio madrileño tiene una parada obligatoria, La Esquina Caribeña. En este restaurante dominicano donde te puedes encontrar entre las 15 y las 17 horas a decenas de compatriotas dominicanos degustando una comida que les traslade a través del sabor a su país tiene unos batidos de frutas que para quienes somos ajenos a esta cultura resultan totalmente exóticos. Un ejemplo es el tamarindo, fruta tropical envuelta en una vaina.
Con este buen sabor de boca recorrer estas pequeñas calles, alejadas de las inmensas avenidas características del centro de Madrid, te transporta a un ambiente de barrio al que ya no estamos acostumbrados. Un grupo de niños juega en la calle ante la atenta mirada de una señora de edad avanzada que posiblemente no tenga parentesco con ellos. Un vecino nos transmite que en cuanto alguno de los niños hace una travesura llaman enseguida a sus padres: “Mira, que la niña está haciendo eso, que el niño está haciendo aquello”. Es el pacto silencioso que se vive en el barrio: unos cuidan mientras otros confían. Porque aquí la calle sigue siendo una extensión del hogar y la comunidad una familia sin apellidos que se reconoce en la mirada y en la costumbre de cuidar lo que es de todos.
Resulta inconfundible un sello de la mujer latina: nunca sale de casa sin arreglarse, luce unas uñas impecables y una melena que suele despertar la envidia –o la admiración– de las europeas. ¿El secreto? Unas manos como las de Raisa, dominicana de sonrisa amplia y pulso firme, que ha hecho de su pequeño salón un auténtico templo de belleza. Día tras día, mujeres y hombres de todos los orígenes acuden a su local en busca de algo más que un peinado perfecto: un instante de conversación, un pedacito de su tierra y la confianza que solo dan años de oficio y el cariño con que Raisa toca cada cabeza.
El local, situado en el número 4 de la calle Tenerife, tiene una decoración sencilla pero acogedora. Al cruzar la puerta se respira el esfuerzo y la constancia de quienes lo levantaron con sus manos. No hay lujos, pero sí una calidez que habla de sacrificio y de sueños compartidos. Dos peluqueras decidieron unir fuerzas para sacar adelante este negocio y afrontar, juntas, las dificultades de convertirse en un emprendedor en una ciudad como Madrid, donde cada metro cuadrado cuesta tanto como la esperanza que ponen en cada día de trabajo.
Nada más entrar se percibe la complicidad que une a Raisa con sus clientas. Laura, por ejemplo, está en pleno tratamiento de hidratación y solo confía su cabello a las manos expertas de la dominicana: “Raiza es excelente en color, en todo lo que tiene que ver con extensiones es una dura”. Nacida en Colombia, cruza media ciudad cada semana para llegar hasta este pequeño salón, donde sabe que su bien más preciado –su pelo– será tratado con el mismo cuidado con que se cuida una historia compartida. Entre secadores y risas, se intuye que aquí no solo se arregla el cabello: también se tejen lazos, se curan nostalgias y se renuevan las ganas de seguir brillando.
Raisa llegó a España hace ya más de nueve años con una certeza que la ha acompañado toda la vida: su sueño siempre fue ser peluquera. Lo lleva en la sangre. Su madre también lo era, y ella creció entre rulos, secadores y conversaciones de salón. Emigrar nunca significó renunciar a su vocación, y en Cuatro Caminos –el barrio que la acogió desde el primer día– encontró el rincón perfecto para seguir construyendo su carrera.
Con cierta nostalgia recuerda cómo hace apenas unos meses tuvo que abandonar el local donde había montado su primer salón de belleza. Los costes del alquiler se volvieron imposibles de asumir. Este barrio madrileño no se queda atrás en aburguesamiento (o gentrificación), que sube los alquileres y convierte en viviendas lo que antes eran locales comerciales. Antes de entrar a este establecimiento hemos visto cómo varias casas bajas se encontraban en plena reforma, anunciando lo que seguramente serán apartamentos a precios que quedarán lejos de ser populares.
Raisa habla con cariño de aquel espacio amplio y lleno de detalles que era su salón de belleza. Pero ese golpe la detuvo. Hoy, desde un local más humilde, continúa peinando con la misma pasión. En sus mensajes de WhatsApp, informa a sus clientas del cambio de dirección y las invita a seguir visitándola. “No es tan elegante como el otro”, dice sonriendo, “pero aquí sigo, haciendo lo que más me gusta”. Y lo cierto es que su lista de espera sigue siendo tan larga como su determinación. Emprender por segunda es un reto para Raisa, quién denuncia la penuria de los autónomos: “Ahora nosotros los autónomos estamos pasando una época jodida porque nos están cobrando demasiado. Demasiado impuestos, sí”.
En esta conversación compartimos impresiones sobre la cantidad de locales cerrados, personas que tampoco han podido encarar la subida de precios y han tenido que dejar aparcados sus ilusiones de abrir un negocio. “Se han ido a otro sitio, la gente se está yendo de España ahora mismo”, dice Raisa. Muchas de sus clientas, también de origen dominicano, se han mudado a otros países europeos. Alemania, Reino Unido y Suiza son los destinos preferidos para empezar una nueva vida ante el futuro endurecido que ofrece la capital española.
La prensa local se ha hecho eco de la crecida de enfrentamientos entre bandas y peleas callejeras que tienen como escenario de Cuatro Caminos. Sin embargo, quienes viven en el barrio cuentan una historia distinta, más matizada, menos sensacionalista. Ante estas noticias, tanto Raisa como sus clientas prefieren dejar de lado la polémica. Mientras el secador zumba y el olor a champú inunda el aire comentan entre risas que esas disputas poco tienen que ver con la vida del barrio de siempre. “Sí, existen esos grupos”, admite Raisa mientras separa un mechón de cabello, “pero ellos tienen sus propios territorios, sus códigos… están en sus cosas, en su mundo, como decimos nosotros. Y no molestan”.
Para ellas, Cuatro Caminos sigue siendo un lugar de convivencia, de saludos en la puerta y favores entre vecinos. Las peleas, aseguran, ocurren lejos del día a día real de la gente que trabaja, estudia y se abre camino en esas calles.
Durante toda la entrevista hay un detalle que pasa inadvertido, oculto tras el ritmo incansable de Raisa. Se mueve de un lado a otro con la destreza de quien domina su territorio. Hasta que la puerta del local se abre y entra su marido con un bebé en brazos, de apenas un mes. Entonces todo encaja. Raisa acaba de ser madre y, aun así, sigue al pie del cañón. Su condición de autónoma no le permite disfrutar de la baja maternal que le corresponde, así que su hijo se ha convertido en su pequeño compañero de jornada. Entre secadores y conversaciones, el llanto del bebé se mezcla con el ruido del salón, como un recordatorio tierno y contundente de que la vida –a pesar de todo– no se detiene.
Veinticinco miradas sobre fronteras invisibles, por Erica Arredondo
Hace unos días, mi padre me contaba que, en los años setenta, el barrio de Cuatro Caminos era el lugar al que mis abuelos le llevaban en las ocasiones especiales: el día de Nochebuena, para comprar marisco fresco; o en su cumpleaños, para elegir un juguete que le hiciera ilusión. Resulta difícil –para bien y para mal– explicarle cómo ha cambiado el barrio desde entonces y transmitirle una imagen nítida de lo que es hoy este cruce de caminos.
Precisamente esto, mirar al pasado y confrontarlo con el presente a través de una crónica, es el ejercicio al que nos enfrentamos los veinticinco del Máster de Reporterismo Internacional. La clase del 30 de septiembre comenzó en un restaurante dominicano llamado La Esquina Caribeña, situado a pocas calles de la glorieta central de este barrio madrileño. Cuando llegué y me uní a mis compañeros ya sentados observé el lugar de forma atenta, casi obsesiva.
Este bar restaurante, regentado por latinoamericanos, ofrece todo tipo de bebida y comida. Su página web reza “Sabor dominicano, corazón madrileño”. No existe mejor manera de resumir su receta.
El suelo del local es de piedras negras y blancas, como el de casi todos los bares de Madrid. Olería a colillas pisadas y servilletas usadas, si no fuera porque ya no se permite fumar y los dueños, por fortuna, parecen bastante pulcros. Las mesas y sillas, de metal negro e incómodas, pensadas para que el cuerpo no se acostumbre y deje pronto el sitio libre, mantienen la estética local. Apenas hay movimiento: junto a un par de amigos del dueño, somos los únicos clientes. Las paredes, azul turquesa y rosa pastel, desentonan con el suelo, pero remiten al Caribe; sobre ellas, junto a guirnaldas plateadas, se acumulan carteles de playas paradisíacas. En el techo sin pintar, blanco, con un tono ceniza adquirido con los años, reposa extendida una gran bandera de España, probablemente para cubrir una gotera o algún desperfecto del tiempo.
Allí, con un suelo madrileño, paredes caribeñas y España en el techo, como coronando un cruce de culturas, comienza la sesión leyendo un poema de Wislawa Szymborska, titulado ‘Fin y principio’. El profesor imparte la clase como puede, alzando la voz para imponerse al ruido de la cafetera. Habla sobre Kapuscinski, la verdad y la mentira.
Una hora después cambiamos de escenario y nos desplazamos al Espacio Bellas Vistas, situado en el número 22 de la calle Almansa, un local abierto a los vecinos donde acogen actividades de todo tipo y cuya intención es servir como herramienta social para fomentar las relaciones interculturales e intergeneracionales. Un lugar que refleja y resume la actualidad de Cuatro Caminos.
Terminada la clase salimos a reportear por el barrio y nos desperdigamos en todas direcciones, intentando encontrar una mirada propia sobre el lugar. Paso la tarde recorriendo la calle de los Artistas y me acerco a lo que fue el Mercado de San Antonio. Pregunto a varios vecinos por las leyendas del barrio, que era el tema sobre el que pensaba escribir inicialmente, pero obtengo poca información.
Cruzando el semáforo que separa las dos aceras de Bravo Murillo alguien grita mi nombre. Me detengo en medio del paso de peatones y mi compañera Sara se acerca para volver juntas al lado de la calle de la que venía, antes de que los coches, dueños de la inmensa avenida, acaben con nosotras.
Me cuenta, con cierta inquietud, que ha encontrado dos historias y no sabe por cuál decantarse: la de una mujer paraguaya que llegó a Madrid con su hijo, pero él no logró adaptarse y terminó regresando a su país, y la del auge de los salones de belleza, la mayoría regentados por latinoamericanas. Sara duda si escribir sobre la dificultad de adaptación de la población inmigrante o sobre la notable concentración de negocios de estética en el barrio.
No he terminado de sugerirle que quizá pueda abordar ambas historias cuando llega otro compañero, Álex. Al reconocernos, pregunta cómo ha ido la tarde. Le hablamos brevemente de nuestras pesquisas y enseguida comparte la suya: ha estado en una carnicería del Mercado Maravillas, un local que ha resistido la gentrificación. Aunque estuvo a punto de ser comprado por la cadena de supermercados situada justo al lado, la carnicería sigue en pie, como un fragmento del pasado incrustado entre tanto futuro. Ha entrevistado al dueño y fotografiado el lugar; tiene claro que escribirá sobre los negocios que han sobrevivido a los cambios del barrio, aunque aún busca las voces de la otra cara, las que representan la transformación.
Mientras Álex hablaba ha llegado Claudia. Su timidez le hace esperar hasta que él termina y entonces, cuando la conversación se abre, cuenta que también ha tenido suerte en la búsqueda de una historia para su artículo. Ha estado en una iglesia evangélica, pero olvidó tomar fotos y vuelve ahora para conseguir imágenes que apoyen y completen su crónica.
Mi tarde no ha sido tan productiva como la de mis compañeros. Al preguntar por las leyendas de Cuatro Caminos apenas conseguí respuestas: la mayoría no entendía a qué me refería. Solo algunos vecinos mayores recordaban vagamente historias sobre hombres que se llevaban a los niños, o de mercaderes fantasmas que todavía intercambian sus productos por las noches en las viviendas que ocupan ahora el antiguo mercado.
Entonces caigo en la cuenta de que nuestros cuatro caminos cruzados, con sus distintas perspectivas, son los que dan nombre a este lugar. Un encuentro de pasados, presentes y futuros que se rozan, se mezclan y después siguen su propio rumbo. Por un instante, en este punto del mapa, el nombre del barrio deja de ser solo teórico y se vuelve realidad: son nuestros cuatro caminos. Estos, que se han encontrado de forma inesperada vuelven a separarse. Sara continuará preguntando a las peluqueras, Álex buscará la voz de los nuevos negocios, y Claudia tomará las fotos que le faltan.
Ahora sí, satisfecha con las historias que he recogido, estoy segura sobre qué voy a escribir. Me siento en el primer banco que encuentro y empiezo a anotar las ideas que bombardean mi cabeza. Minutos después busco en el mapa el bar donde nos hemos citado para compartir las historias del día.
Tras un breve caos con las mesas del restaurante para lograr una disposición en la que pudiésemos vernos las caras y así escucharnos mejor, comenzamos a compartir los borradores de nuestras crónicas mientras pedimos bebida y comida.
Decido entonces que los protagonistas de mi historia serán mis compañeros. No quiero que las voces del barrio impidan que se escuchen las suyas: las de veinticinco reporteros en busca de historias internacionales y un profesor que, sin proponérselo, acaba siendo parte de una más.
Después de escucharles y con lo que he observado durante la tarde obtengo una panorámica clara de Cuatro Caminos: un barrio de contrastes, multicultural, donde los negocios nuevos devoran a los antiguos, aunque estos intenten correr y escapar a toda prisa. Un lugar en el que pasado y futuro conviven de manera estrecha en un presente que no se detiene. En este barrio, principalmente habitado por quienes llegaron de otros lugares, lo verdaderamente extranjero hoy somos nosotros, con nuestras miradas curiosas y nuestras preguntas insistentes.
Pero también me queda otra imagen, más íntima: las veintitantas historias que mis compañeros han encontrado alrededor de Cuatro Caminos. Es como una de esas fotos instantáneas, pequeñas y algo difuminadas, que se utilizan como marcapáginas de los buenos libros. Imágenes que se disfrutan mejor en papel, no a través de una pantalla.
Pienso en ellos, en su curiosidad, en la ilusión con la que observan, preguntan y escriben. En sus miradas concentradas y en la manera en que cada uno traduce el barrio a su propio lenguaje. Para mí, es este el hallazgo más interesante que encuentro en Cuatro Caminos: sus veinticinco formas distintas de mirarlo.
La delincuencia “invisible”, por Celia Sámano
Madrid es una ciudad que escupe y traga a la vez. Así lo viven algunos vecinos del distrito madrileño de Tetuán (unos 160.000 habitantes), el octavo más poblado de Madrid. Calles señaladas por la amenaza inminente de bandas organizadas y el juego de la delincuencia. Condenados a escapar, a la posible inseguridad y a la falta de represalias legales en menores. De Bellasvistas a Berruguete, un recorrido heterogéneo. Desde los rascacielos de AZCA, centro financiero de Madrid, hasta pequeños hogares de tipología rural, herencia del barrio en sus orígenes. Desde arriba, se contemplan bellas las calles del distrito. Al otro lado, solo queda un nombre.
Un ladrido incesante a pocas manzanas envuelve el ruido en el Parque de los Pinos. Desde la pista de patinaje, a la izquierda, los críos danzan sus juegos ultimando la hora de irse a casa. El grupo infantil está envuelto por bancos de padres que turnan vigilancia y pantallas. Por la opuesta, aquellos que empiezan a rebelarse y que gozan del sabor de la libertad confiada. Tres chicos, sus voces apuntan más alto que las del resto. Uno de ellos va descalzo dando saltos por la hierba, su amigo intenta comunicar por teléfono:
—Diego, si tu madre no contesta es que no estará en casa. Eso significa que podemos quedarnos más.
El planteamiento es simple: causa-efecto. Los actos traen consecuencias, aunque a veces esa reflexión se demora en el tiempo. Los años no esperan y las vías se agotan en un barrio que finge Cuatro caminos.

Decisiones, aprendizaje, valores o costumbre. Todos los caminos posibles traen consigo subidas y bajadas. Todos cambian, se complican o se calman. Cuatro. Cuatro clases, cuatro comidas, cuatro hijos, cuatro duros… La cifra es indiferente pero la medida es precisa. Funcionamos con números impresos en un reloj, cubiertos por un cristal. Protegidos por la rutina y por el azar del destino.
Temerarios del hoy sin conocer el mañana. Por la pertenencia a un grupo, al hogar, al querer o al dinero. Es el juego bastardo del ciudadano mediocre que tantea placer y labor, que contempla a los caídos y admira a los afortunados. Que evoluciona o que se atasca. Que lucha por vivir en paz o que sacrifica su paz por vivir. Cuatro, pero son infinitos los caminos que han llevado al barrio a más de 35.000 civiles.

La localidad debe su popularidad a la llegada del metro en 1924, clave para la génesis de un nuevo proletariado urbano alrededor de Madrid. Caracterizado por los movimientos sociales y el ámbito urbano de clases trabajadoras, remonta su historia a 1860. Por aquel entonces el alcalde de cuatro caminos necesitaría de al menos 15 generaciones hasta llegar a serlo. Ramón, originario de la República Dominicana y de 52 años, lleva 27 residiendo en la zona. Su notoria popularidad se debe a su forma de ganarse la vida: la barbería. Conocedor del barrio y los vecinos, adoptó ese mote tras años de implicación y trabajo en su negocio de la calle Topete. Una estancia de paredes verde fosforito y envuelta en espejos de metro y medio al cuadrado. Una cristalera inmensa desnuda el local ante la calle Topete, una de las más o menos concurridas en la zona, según para quién.

El merengue sensorial y los gritos de Ramón se cuelan entre el bulevar. Porta una maquinilla en la derecha y un peine de raya en la izquierda. Su estilo es desenfadado y mantiene el contacto visual con su cliente mientras charlan, a través del reflejo. Viste ropas anchas y una gorra llamativa que mantiene en secreto su peinado. Trabaja y danza sigiloso a la vez. Su cliente es silencioso y apenas gesticula ante el parloteo del barbero. —Tras tres décadas en el barrio todos me conocen, me saludan y me respetan –dice tornando ágilmente el movimiento de la máquina afeitadora–. Para los de aquí soy el alcalde de Cuatro Caminos, saben que pueden confiar en mí y que me entero de todo.
El cliente confirma con la cabeza sin perturbar el trabajo del orador.

La calle Topete es conocida por episodios de vandalismo, peleas e incluso asesinato.
—En esa misma esquina fue que a uno lo encontraron sin vida, y no era la primera vez.
No da más información.
—La policía viene y se va, pero nunca actúa más allá, el barrio está repleto de cámaras pero yo veo cómo delinquen y al rato, nada. Creo que ni siquiera están encendidas.
Hay un silencio. Ramón es testigo de trifulcas callejeras a diario entre chavales de entre 13 y 25 años. Aroximadamente. Jóvenes migrantes, al margen de la educación y al ritmo de la delincuencia.
—Lo hacen porque aquí la policía no les asusta como allá en nuestro país, si hiciesen lo mismo allá les meterían un balazo. Aquí la policía flojea de más.
Para Ramón, los bandidos tienen más presencia que nunca en el barrio.
—Por culpa de ellos se ha dañado la calle, he perdido clientes y muchos residentes se han ido.
Nunca ha sufrido un atentado contra su local, pero ha sido testigo de diversos episodios violentos. Reclama una ley especial para los delincuentes menores de edad.
—Hasta los papás les tienen miedo.
No reconoce su cultura en esos actos, pero afirma que a él lo respetan. No comparte esa forma de vida y reitera su éxito como barbero.

A golpe de tijera, el dominicano sonríe mostrando sus diplomas y medallas tras años en el oficio.
—Quien no progresa es porque no quiere, no me dan ninguna pena.
Los chicos andan parados en la calle de la mañana a la noche.
—He llegado a ver más de 20 coches de policía y 16 chavales parados.
Les retienen por un tiempo y luego se van.
—No sé por qué los muchachos han buscado ese camino, en mis tiempos no era así.
Los Dominicans don’t play (DDP) o los Trinitarios son algunas de las bandas organizadas más conocidas en la zona. Las cámaras graban el intercambio de drogas, ataques con arma blanca o robos violentos. No hay respuesta. La vigilancia intermitente hace dudar a los vecinos como Ramón de la implicación de las fuerzas de seguridad en el asunto.
—Los vecinos tienen miedo de salir a la calle. El barrio ya no es lo que era.
Dice que los vecinos españoles ya son muy pocos. Se mudaron tras la escalada de violencia. Esos pisos ahora los ocupan familias latinoamericanas o filipinas, al menos los que están por encima de su negocio.

Con todo, el alcalde de Cuatro Caminos aprecia su lugar de residencia.
—A pesar de todo, somos muchos los que estamos aquí para ganarnos la vida como cualquier otro. No estamos conformes con la situación, pero nadie hace nada.
En España, la responsabilidad penal en menores la establece por la Ley Orgánica 5/2000. Este documento hace hincapié en la reinserción social y la reeducación en lugar de la sanción penal. Los menores de 14 años no son imputables penalmente y solo pueden ser sometidos a medidas de control civil. La adolescencia es una batalla interna que puede acenturse cuando se sienten excluidos de una comunidad. Los capos de las bandas criminales conocen esta vulnerabilidad y sacan provecho de la legislación vigente para perseguir sus intereses. Los caminos de la vida a veces se deciden y otras, se imponen. ¿Quién devolverá a los niños al Parque del Pino y a la pista de patinaje? Delatar la verdad del tiempo y de cómo se escapa. De que no hay camino porque se hace al andar.







Fotos: Celia Sámano.
La banda sonora de un barrio, por Clara Queralt
Salsa, bachata, reggaetón, música tradicional india, pop inglés moderno y la melodía de Bella Ciao al ritmo de flauta dulce, todo forma parte de la banda sonora de Cuatro Caminos. Se escucha en peluquerías, restaurantes, asesorías legales, saliendo de comercios dedicados a la tecnología, bazares e incluso en mitad de la calle.
Esta música tan diferente como representativa del barrio de Cuatro Caminos define su multiculturalidad. Un lugar en el que conviven 35.192 personas, el 15% de las cuales son extranjeras: provienen, entre otros países, de Rumanía, China, Venezuela, Colombia, Perú, Italia, Ecuador, Honduras, Marruecos y Paraguay, según el análisis de población de Tetuán de 2025.
“En este barrio convivimos todos, hace muchos años que hay extranjeros en este barrio y los españoles ya se han acostumbrado. Aquí estamos muy contentos”, dice Yoseline, una de las dueñas de la peluquería Las Amigas, en la calle Almansa.
Al entrar en su negocio la encuentro tranquila, sentada en una silla, mirando su móvil, riendo y hablando, a gritos, con otra de las peluqueras del local. Al ritmo de la salsa que se escucha de fondo en el local, comenzamos una conversación. No tengo muchase oportunidades de preguntar porque ella dirige la conversación continuamente, se queja de los impuestos que tiene que pagar, que gana lo estrictamente necesario para vivir, que hace jornadas larguísimas y que de todo su esfuerzo le queda una miseria.
—Soy de Republica Dominicana pero llegué a España hace más de 20 años –me dice con una sonrisa–. Estudié ingeniería de sistemas en la Universidad Autónoma de Santo Domingo, pero no llegué a ejercer.
—¿Por qué?
—Cuando llegué a España empecé a trabajar en una peluquería por aquí cerca y me gusta más esto –me señala un espacio pequeño en el que dos trabajadoras trenzan a una mujer que habla a gritos–. Tratar con la gente, no soporto estar delante del ordenador todo el día.
Sigo mi camino, entro en uno de los muchos negocios dedicados a la asesoría legal. Tramitan los papeles relacionados con la nacionalidad, las citas con el ayuntamiento y algo que denominan en su cartel como “extranjería”.
El dueño del local es Nelson, también de Republica Dominicana. Voy directamente al grano, me intereso no tanto por su historia sino por saber cómo ayuda a los extranjeros, si son del mismo barrio, cuanto tiempo lleva haciéndolo… Me sorprende que en un lugar donde se hacen trámites tan serios y relevantes para la vida de alguien suene a todo volumen una canción de reggaetón que no sé diferenciar.
—Yo ya no hago esas cosas, lo pone en el cartel, pero ya solo me dedico a hacer envíos de paquetes.
—¿Por qué?
—Se ha puesto muy difícil. El Ayuntamiento no da citas y así es imposible tramitar nada. Yo cuando vienen les digo qué papeles tienen que rellenar para cada trámite y los mando a la Casa de Baños –un espacio dónde la gente puede ducharse por 0,50 euros en el número 133 de la calle Bravo Murillo–. Allí, en la cuarta planta hay una oficina de extranjería.
Me mira sonriendo y se calla. De fondo suena una nueva canción, esta vez de salsa. Entiendo que la burocracia se ha complicado desde el Covid-19, y que realizar el más mínimo trámite es un dolor de cabeza que se alarga hasta que la Administración, con toda la calma del mundo, lo resuelve.
Mientras camino por las calles de Cuatro Caminos veo tiendas de comida especializada en productos de Latinoamérica, locutorios, peluquerías donde hacen trenzas africanas, twists y demás peinados para pelo afro. Veo restaurantes de comida caribeña, india, kebabs, bazares y tiendas de electrónica. Es toda una combinación de elementos que conviven en un mismo espacio sin tener nada que ver.
Cambio la música de la superficie por la subterránea. Me acerco al metro de Estrecho, en el límite de Cuatro Caminos. Antes de entrar veo a un chico tocando la flauta dulce, una canción que no conozco. Se llama Eval. Colombiano de Bogotá, ha llegado hoy a Madrid y solo se quedará hasta mañana. Tiene que coger un tren para llegar a Barcelona, desde donde irá a Canet de Mar para realizar un curso de dos semanas en la congregación APR Ministries. Es una especie de nueva iglesia que reúne a personas creyentes. Hablan de Dios y de todo lo que hizo por ellos y sus antepasados.
Durante esos 15 días pretende hacer castillos de arena en alguna de las muchas playas catalanas, intentar que algún Ayuntamiento le deje hacer una especie de exposición de castillos de arena. Desde allí pretender ir a París para tocar de nuevo su flauta dulce debajo de la Torre Eiffel, como hizo el año pasado. Me cuesta digerir todo lo que me cuenta y supongo que eso se refleja en mi cara porque de repente suelta un grito:
—¡Esperá, te muestro!
Efectivamente, él y su mejor amigo hacen castillos de arena desde hace muchos años por lo que se ve en su perfil de Facebook. También tiene varios vídeos suyos tocando la flauta en uno de los jardines que se extienden a los pies de la Torre Eiffel. En el vídeo suena Bella Ciao, una famosa canción italiana adoptada como himno antifascista por la Resistencia contra el régimen de Mussolini y la ocupación nazi. Supongo que no es coincidencia que cuando comienzo a hacerle fotos toque la misma canción, con la misma pasión y euforia que tenía en el vídeo de Facebook. Quizás disfruta teniendo una cámara enfrente.
Bajo al metro para tener la perspectiva subterránea del mismo barrio que llevo dos horas recorriendo. No hay mucho que ver, no se escuchan casi conversaciones, no es como la superficie, llena de estímulos visuales y auditivos. Hay un par de chicos que llevan guitarras enfundadas en sus espaldas, puede que vuelvan de clases de música, ya que cerca hay varias academias. Una mujer se sube en la estación de Alvarado (todavía en el límite del barrio) hablando por teléfono a gritos y con acento latino. Va a ver un ensayo general de música, pero no entiendo bien de qué, habla demasiado rápido para captar todos los detalles.
Decido terminar mi recorrido por el lugar, volver a la superficie, llegar al bar donde he quedado con los demás compañeros del Máster de Reporterismo Internacional y que, con suerte, me ayuden a enfocar mi reportaje. De momento, solo son una combinación de historias cortas que no tienen nada que ver conviviendo en un espacio caótico.
Antes de llegar al mesón Los Pequeños Aros, en la calle Tenerife número 15, paso por el restaurante Los Hermanos, unos números más atrás. La música que sale del local se escucha en prácticamente toda la calle y, como alguien que lleva toda la tarde siendo bombardeada por estímulos sonoros, me acerco a preguntar por la canción.
La camarera y uno de los clientes no se ponen de acuerdo. Él dice que es una bachata, ella que una salsa. Llega una segunda camarera que lo que tiene claro es que el cantante es Eddie Santiago, cantautor y salsero puertorriqueño. Animada por ellos, saco el móvil y recurro a Shazam para saber cual es la canción que todo el mundo disfruta y nadie parece conocer. Se trata de Esa mujer, de Toni Vega, también puertorriqueño.
Todas las horas que he paseado por aquí he escuchado una u otra canción, casi siempre salsa, bachata o reggaetón que sale de todo tipo de locales. También he escuchado pop comercial al pasar ante bazares y tiendas de electrónica, e incluso melodías que podrían ser indias saliendo de restaurante y droguerías de productos para el cabello.
Cuatro Caminos ha resultado ser una especie de musical que, con su propia banda sonora, invita a bailar, relajarse, caminar, desconectar. Esas canciones que suenan en todos los lugares que he visitado esta tarde tienen algo en común, y no es el género: la gente que las escucha parece tranquila, disfrutar de la música y de las conversaciones con un ritmo especial de fondo. Se trata de melodías individuales que componen una banda sonora conjunta: la banda sonora de Cuatro Caminos.
Cruzar el charco para terminar anclado a un banco: la historia de Javier, por Álvaro Valladares Miñaca
Son las ocho de la tarde y el cielo ya casi ha oscurecido. Quién sabe cuántas horas lleve ahí sentado. Se mantiene casi inmóvil en una postura que parece congelada en medio de los ríos de gente que recorren la calle Bravo Murillo un miércoles por la tarde.
A escasos metros de la estación de Estrecho, en pleno corazón del barrio madrileño de Tetuán, Javier sostiene frágil sobre sus muslos un precario trozo de cartón que usa como reclamo para llamar a la solidaridad de los que pasean. “Ayuda para comer por favor”, se lee en el improvisado cartel escrito casi apresuradamente con bolígrafo azul.
Hace nueve meses llegó de Perú en busca de un mejor trabajo. Nació en Lima hace 50 años, donde se dedicada al negocio de los transportes. Ahora prueba suerte por segunda vez en España. Atrás han quedado su único hijo, ya mayor, con esposa e hijos, y una ex pareja: una relación que se rompió hace mucho tiempo.
Hablar con Javier es un ejercicio de escucha exhaustiva. Su tono es demasiado bajo y apenas te mira mientras te habla. Su mirada se mantiene casi fija en los pies de los que pasan frente a su banco. Casi todos parecen ignorar su presencia, como si fuese un elemento más de la calle. Algo que siempre ha estado ahí, pero que la cabeza decide obviar casi por costumbre.
Su voz es débil y su acento causa bastante notorio. Pero la dureza de su rostro y la ausencia de su mirada parecen hablar por sí mismos. Hace tres meses, cuando todavía hacía calor, le asaltaron tres chicos jóvenes cerca de la Puerta del Sol. Se llevaron su teléfono móvil, el poco dinero que llevaba encima, junto al bien más preciado de un migrante recién llegado: su pasaporte. Desde entonces las cosas no han hecho más que ir cuesta abajo.
“No quiero pasar el invierno en Madrid. Me han dicho que es muy frío y yo sufro de los pulmones”, cuenta casi entre susurros. Su único deseo ahora es regresar a Perú, pero sin dinero para poder renovar el pasaporte ni pagar un billete de avión de vuelta se presenta una tarea casi imposible.
“En la embajada he pedido apuntarme para el retorno voluntario. La vida en Madrid me gusta, pero las cosas no me han salido como esperaba”, añade. Mientras conversa, un joven se acerca a darle unas monedas. Parece que de las pocas que ha recibido en toda la tarde.
En estos meses ha conseguido algunos trabajos temporales, y muy precarios, aprovechándose de su condición de indocumentado. Después del robo, unos compañeros de trabajo le dejaron quedarse en su apartamento por lo menos para poder dormir bajo techo.
Cuenta cómo la vida en la calle es dura, y más por las noches, cuando “la gente mala sale a hacer de las suyas”. “A veces la gente me colabora, pero sobre todo acudo a la Iglesia del barrio donde suelen dar ayuda”, añade. Ha oído rumores de que cuando llegue la verdadera época frío el ayuntamiento abrirá un albergue para personas como él.
A medida que hablas con Javier parece que la conversación sirve de engranaje para devolver algo de movilidad a su estático cuerpo. Poco a poco su melena corta, descuidada y muy oscura, deja ver mejor su rostro. Te mira.
La luz del letrero del comercio de enfrente permite entrever las facciones de una persona agotada, que apenas gesticula al hablar y que desprende cansancio a través de sus ojos pequeños y rasgados. Esa mirada perdida se mantiene a pesar de haber cambiado el punto de enfoque. Como si su cabeza se negase a asumir la realidad que tiene delante.
“Usted señor no podrá conseguirme un teléfono que tenga por ahí por casa para llamar a mi hijo en Perú”, dice algo esperanzado. Un hijo con el que dice no habla hace mucho tiempo y del que tampoco recuerda su número. A pesar de ello, ofrece el de un compañero suyo al que pide que contactemos en caso de conseguir un aparato.
El rostro de Javier es uno de los muchos tras los que se esconde la precariedad del migrante en España. Cientos de miles han cruzado el charco en el último lustro atraídos por la bonanza económica que parece que de nuevo se respira desde el sur de Europa. Madrid es una de sus locomotoras más cotizadas.
Empacan sus pertenencias confiando en la promesa de una vida mejor, pero ignoran que ese tren de la “abundancia” es de vía estrecha y con vagones cada vez más llenos. Sin previsible aforo suficiente para todos.
La historia de Javier no es solo la de un viaje con mala suerte. Es la de los sueños frustrados y las ambiciones rotas de quienes recorren mundo para terminar viendo como esa locomotora dorada se marcha sin ellos. Allí los dejan abandonados en un banco junto a estación de metro a decenas de miles de kilómetros de casa, sin pasaporte, sin dinero, y añorando regresar de donde una vez se marcharon con esperanzas.
Entre ruido y silencio, solo se oye trabajo, por Sara Pérez González
Aquí pasa algo y pasa desde hace tiempo. Está ocurriendo un miércoles, el primer día del mes de oectubre. O más bien ocurre todos los días, aunque finjamos no verlo. Son las 18.10 de la tarde y las nubes todavía dejan espacio para que las calles se iluminen gracias a los rayos de sol. En el barrio de Cuatro Caminos de Madrid se percibe una energía variada. Noto ajetreo, prisa, movimiento. Se escuchan gritos, lloros, y claxons de coches. Se ven letreros de luces. De peluquerías, casinos, restaurantes, agencias de viajes o locutorios. Pero, en medio de todo ese caos, también existen rincones de calma, en los bancos, en los parques, dentro de los restaurantes o en las iglesias.
El ritmo del barrio hace que me deje llevar. Así que a medida que me pierdo entre las calles estrechas me limito a escuchar. Y cuando el barullo de la calle, por fin, me permite hacerlo, escucho conversaciones. De todo tipo. Algunas entre risas. Otras a voces entre una esquina y otra. Otras por teléfono o en bancos de la calle. Conversaciones marcadas por todo tipo de acentos: peruano, colombiano, dominicano…
Pero entre tanto ruido no puedo sacar nada en claro. Me impide pensar. Entonces sigo andando por una calle que poco a poco se va volviendo más silenciosa. Podía haber calma en el caos. Tal vez es que yo iba buscando eso: algo de silencio. Y es esto lo que hace desviar mi atención al letrero: ‘Distinto bar’. El nombre me intriga. Por la bandera que tienen colgada en la ventana del local deduzco que es un restaurante paraguayo. Dentro, dos mujeres bailan salsa tras la barra. Están riéndose, y su risa es suficiente para invitarme a entrar. Son madre e hija, paraguayas, y llevan veinte años en España.
Sin apenas mucha presentación, la dueña me cuenta su historia. Llegó a Madrid con sus dos hijos pequeños. Quería una vida mejor y un país más seguro que Paraguay. Consiguió trabajo como interna gracias a un cura de una parroquia a la que iba todas las semanas. “No libraba ni un día”, me dice. “Cuidaba a una señora mayor, y no tenía tiempo para ver a mis hijos”. Solo trabajaba porque necesitaba dinero para mantenerles. Su voz se quiebra al contar que los médicos recomendaron que su hijo menor regresara a Paraguay: “Lo estaba pasando muy mal. Decían que podía caer en depresión. Entonces le mandé de vuelta”. El trabajo que le dio estabilidad también la separó de su hijo. “Yo solo trabajaba”.
Años después ahorró lo suficiente para abrir este restaurante. “Montar un negocio aquí es más fácil que en Paraguay, pero mucho más caro”. Hoy trabaja junto a su hijo, que regresó de su país dos años más tarde. Sirven comida paraguaya y española a sus clientes habituales. Habla de su tierra con cariño, pero también con pena: “Hace mucho que no vamos. Económicamente es difícil”.
“No queda más remedio que trabajar. ¿La vida es así, no?”, me pregunta riéndose. Y sí, es cierto, el trabajo es una obligación, pero no una condena. Ese trabajo que le dio dinero le separó de lo que más quería. Le quitó lo más valioso: el tiempo con los suyos. Después de seguir charlando un poco más me invita a quedarme. Le digo que tengo prisa, pero que volvería. El olor que desprende el restaurante hace que no me lo piense dos veces.

Se me queda rondando esa idea en la cabeza. Ese concepto de sobretrabajo. ¿Acaso esto está normalizado en la sociedad que vivimos? El sol va cayendo y con él la tarde. Paseo por las calles más transitadas de Cuatro Caminos. Pero, de nuevo, el ruido de fondo me impide escuchar. Decido adentrarme en una calle algo desértica. Solo escucho el sonido de algún pájaro. Me asomo a un negocio de uñas, pequeños, que, al igual que el restaurante paraguayo, está vacío. Las dos mujeres con las que me encuentro dentro están una frente a otra con sus móviles en la mano, y con mascarilla.
Son dos hermanas, de 22 y 28 años, nacidas en China. Les pregunto si pueden hablar conmigo. Se ríen y empiezan a hablar en su idioma. La más joven es con la que sostengo la conversación. Llevan dos años en Madrid y el negocio es suyo. “Abrimos a las nueve de la mañana y cerramos a las diez de la noche”, me dice. Su descanso anual se resume en una semana en verano de vacaciones y el último día del año, que también cierran. Su descanso semanal se reduce al domingo porque los sábados también abren. Pero lo que es peor es que su único descanso diario a veces se produce y otras no: “Si no hay gente descansamos, si hay gente solo trabajamos”.

Le pregunto si le hace feliz su trabajo. Me lo niega automáticamente con la cabeza, mientras dice: “No me gusta mucho hacer las uñas”. Su sueño es estudiar Administración de Empresas en la universidad. Lo tiene claro, pero de momento no piensa hacerlo. Este negocio la ha absorbido hasta tal punto que ve imposible estudiar. La palabra dinero sale varias veces de su boca. Tienen que trabajar para ganar dinero, dice. ¿Qué preferirías, más días de descanso o seguir así? Para mi sorpresa, opta por la primera opción.
Hace casi siete años que no pisan China. “Hay que trabajar mucho para ir a mi país”. ¿Más? ¿Acaso les quedan días de descanso que quitarse de su calendario? ¿Es posible abrir el negocio más horas al día? Mientras habla de su país natal, veo en sus ojos la sonrisa que oculta la mascarilla. China la hace feliz. Allí están sus abuelos y sus tíos a los que dice que echa de menos. Llegamos a la conclusión de que sí tienen dinero para viajar, pero de lo que carecen es de tiempo. Algo que no vuelve.
Cuando me callo, las dos hermanas se vuelven a mirar entre ellas y a hablar en su idioma. No entiendo nada de lo que dicen. Pero me da la sensación de que se ha puesto a reflexionar sobre el tiempo y el dinero. Se despiden de mí diciéndome adiós con la mano y sonriendo, aunque la mascarilla tapa la mitad de sus rostros.
Mientras me pierdo por otras calles del barrio se me viene una idea a la cabeza: el trabajo es un enemigo silencioso. Te consume sin que te des cuenta. Y es capaz de alejarte de los tuyos de una manera tan sigilosa que puede que no llegues ni a darte cuenta. En Cuatro Caminos, entre el ruido y el silencio, entiendo que esas mujeres no solo comparten el mismo barrio, sino el mismo destino: trabajar para sobrevivir, pero no para vivir. Y eso indica que aquí está pasando algo.
Vuelta a casa. La historia de Carlos y Mila, por Keyling T. Romero

Aquí todo me recuerda a casa. El mural a medio pintar que está estampado en la pared. Las banderas azul y blanco que sirven de centro de mesa. El guardabarranco que reposa junto al resto de símbolos patrios en el muro de la derecha. El olor agrio y picante de la ensalada de repollo y zanahoria que acompaña las papitas que sirven como botana. Y el sonido de la marimba que embriaga el ambiente cuando el tradicionalista, Emilio Gutiérrez, quien vino desde Masaya a Madrid, da el primer golpe de bolillos.
— Yo me siento en Nicaragua. Me siento viva. Me siento entre mi gente –dice Milagros Pinel, conocida entre sus amigos como Mila.
Mila es copropietaria del restaurante Volcanes, ubicado en el número 14 de la calle del General Ramírez del madrileño barrio de Tetuán. Es migrante nicaragüense y junto a su esposo, Carlos Andrés Pérez –a quien conoció en Madrid, aunque nacieron en el mismo pueblo de Jalapa, Nueva Segovia– inició hace 13 años el sueño de emprender un negocio.
El anhelo por volver a casa, que sólo quienes ya no viven en su país comprenden, los hizo abrir este restaurante. Carlos, alto y de tez morena, aprendió a cocinar por necesidad. Salió de Nicaragua en 1997, cuando tenía 18 años, convencido por unos vecinos que habían migrado a Costa Rica y que volvieron a su pueblo de vacaciones.
“Me dijeron que me fuera con ellos, entonces yo me fui engavillado, como se dice popularmente”, esboza sonriente.
En Costa Rica, donde vivió durante once años, aprendió a cocinar para sobrevivir. Trabajó en restaurantes y poco a poco cogió el gusto a lo que comenzó haciendo por obligación. En 2007, “cansado de la rutina”, dice, migró a España con ayuda de una hermana. Fue entonces que conoció a Mila, abogada de profesión. Pero viajó a España en 2006 tras quedarse sin empleo. En esa época eran pocos los nicaragüenses que llegaban desde tan lejos en busca de las oportunidades que su tierra les negaba.
Aquellos primeros años no fueron fáciles, admite Carlos. Aunque él tenía “experiencia” siendo migrante, si es que se puede tener. Aunque en España se hable su misma lengua, había palabras, frases y jergas que él no entendía. Que no lo hacían sentirse parte.
“Me decían, traeme una trina y yo no sabía qué era eso”, recuerda Carlos, quien comenzó trabajando de camarero para sobrevivir en el nuevo país.

Carlos y Mila conocen con exactitud ese nacionalismo que brota en todo aquel que está lejos de casa. El anhelo por volver a probar el nacatamal o sopa de res que no faltan los domingos. La fritanga (carne asada con gallopinto) de los viernes o el quesillo inconfundible por su olor a vinagre y cebolla. Ellos mismos buscaron ese sabor y así es como llegaron a Cuatro Caminos.
La pareja solía recorrer las calles de Cuatro Caminos buscando sin éxito el sabor de sus platos. Como entonces no había restaurantes de comida centroamericana, menos de nicaragüenses, se conformaban con el arroz con pollo frito que alguno de esos días encontraron en un restaurante árabe o la comida dominicana que, sin ser exigentes, les recordaba a sus platillos.
“Fue pura necesidad”, dicen.
Juntando los ahorros que reunieron durante sus primeros cinco años en España, préstamos de familiares y apoyo de amigos, abrieron Volcanes. El nombre hace alusión a la cadena de volcanes que atraviesa todo el Pacífico nicaragüense.
Decidieron quedarse en Cuatro Caminos porque era un barrio donde venían muchos centroamericanos a los locutorios (centros de llamadas internacionales y de envío de remesas) y porque entonces albergaba a la embajada de su país.
Al poco tiempo, el restaurante se volvió popular en la comunidad centroamericana, que comparte en muchos platillos el mismo sabor.

“Se nos llenó de nicaragüense, hondureños, salvadoreños y de costarricenses que tampoco tenían un lugar dónde ir a comer y que extrañaban la calidez, el acento y las costumbres de Centroamérica”, dice Mila, mientras sorbe una taza de café desde afuera de su negocio porque adentro, ensordece el sonido de la marimba que no ha dejado de sonar desde hace unos 20 minutos.
Y no sólo llegan los migrantes que viven en Madrid, agrega Mila, quien no ha dejado de estar ni un minuto pendiente de las mesas del lugar. Ya hubo casos de compatriotas que viven en Estados Unidos o Europa y aprovechan su paso por España para volver a casa en este pedacito de Nicaragua.
“Me he encontrado a personas que vienen directo a tocar el mural y dicen que se sienten en su país. Otros que me dicen: Carlos, este restaurante no es tuyo, es de nosotros”, dice con orgullo.
“La gente viene desde lejos porque quiere encontrarse consigo mismo”, agrega Carlos. “Nosotros, aunque no los conocemos (a los clientes), nos sentimos como hermanos. Nos saludamos como hermanos”.
Y es que basta con probar la primera cucharada de gallopinto para sentirte, aunque sea un momento, sentado en la mesa del comedor de tu casa, dar el primer sorbo al fresco de cacao con leche o el primer trago de una lata de toña, la cerveza tradicional de Nicaragua, para recordar las reuniones con amigos, las calles calurosas del verano, el sonido de las cumbias y las risas de los chistes locales que no hace falta explicar. Así en tan solo una cena, se vuelve a casa, aunque se esté a más de 8.500 kilómetros de distancia.
‘Los genuinos’ de Casa Eladio: resistencia castiza en el barrio más multicultural, por Patricia Donohoe
Fuma a caladas cortas en el patio de la cocina, con medio ojo puesto en la sala y otro medio en la entrada. Desde que he empezado a preguntarle me rehúye la mirada como un chiquillo. Las orejas y las mejillas se le han teñido de un color rojo que indica que le impone la grabadora o que no esperaba que un día alguien le pidiera una entrevista. Un coche de policía cruza la esquina. No lleva luces, ni sirena, tampoco pasa rápido. Dos hombres, con relojes grandes, chalecos y una copa de balón en la mano, charlan. Otros dos más jóvenes, sostienen un vaso de tubo al final de la barra.
Javier de Antona no es demasiado alto, ni tampoco especialmente corpulento. Como Astérix el Galo, es más bien fibroso, de cara alargada y mirada viva. En su juventud jugó al fútbol en el Real Madrid y el Betis, de los que es socio desde los dos años, cuando su abuelo le hizo el carnet. Reconoce que lo del Madrid es heredado.
Una guitarra corona un mini-altar al Betis, no queda pared sin sus fotos con futbolistas, modelos y actores –muchos “amigos” como Guti, que posa junto a las hijas de Javier; otros, ilustres visitantes de un día–. Señala una justo encima de mi cabeza: “Esa es mi hermandad, la Macarena” –Javier peregrina al Rocío todos los años–. Observo que hay muchas imágenes taurinas. Pregunto si también es herencia o si es aficionado. “No, sí, pero tampoco quieras que… Sin más. Lo he hecho más bien a mi estilo”. No sé si duda honestamente o ha notado cierto prejuicio en mi tono. En cualquier caso, le digo que es muy castizo y auténtico, que me gusta: me recuerda a un videoclip de el madrileño. Como la “irreductible aldea Gala”, Casa Eladio tampoco va a dejarse influenciar por otra cultura, aunque no sea la romana.

Entra un tercer hombre que irrumpe en nuestra conversación. Como si hiciera un saludo general con la mirada, escanea el local desde la pequeña balconada que crean los cuatro escalones que separan la calle del suelo. Se dirige a la barra mientras Javier ya está cogiendo un vaso de cubata. No es copa de balón, tampoco de tubo: se parece a los de sidra, pero con el vidrio más grueso. “Todavía no, Javi. Aún me queda faena. Despuésde trabajar”. Charlan un rato hasta que se despide con un “luego te veo”. Ese es el tipo de relación que tiene Javier con “los genuinos”: sus clientes.
Así es como se refiere a los que le conocen desde pequeño, o a los que ve a diario desde hace tanto tiempo que se sienten como hermanos. Su restaurante se encuentra en la misma esquina en la que trabajaban su padre y su abuelo Eladio antes que él. Cuenta, orgulloso, que es la tercera generación al frente de un negocio que ha visto cómo todo ha cambiado. El barrio lo ha hecho tanto que hasta el edificio donde se encuentra el restaurante es nuevo. Fue derribado en el 75, cuando Casa Eladio ya existía. El padre de Javier compró el local en el nuevo edificio. Al otro lado de la esquina antes había una fuente. Ahí se sentaba con un cesto la señora Rita, todos los días. Javier recuerda ir con pantalones cortos a su puesto de pipas a que le diera golosinas. Creció donde se cruzan Almansa y Garellano antes de hacerse cargo del negocio familiar.
Los jóvenes que se encontraban al final de la barra se despiden de Javier. “Son unos artistas”. Se cruza con ellos en la puerta Juan Cabals, otro genuino. Abrió su estudio de fotografía publicitaria hace 26 años en el número 2 de la calle Aranjuez y dice que este es “su bar”. Porque conoce a las hijas de Javier desde que eran pequeñas –igual que la señora Rita conocía al pequeño Javi–. Porque desde que empezó a trabajar en este barrio come aquí a diario: “¿Habrá sitios para comer mejor? Pues no lo sé, pero me da igual. Yo vengo a comer aquí, pero ya no es por lo que me ponga, sino porque estoy en casa”. Juan es más alto y corpulento, se mueve pausadamente, pero camina ligero. Como si fuera Obélix. Desde que ha llegado, Javier parece más relajado y parlanchín. Ambos participan tranquilamente en la conversación.
Intento entender cómo es su relación con el barrio de verdad, un barrio que es el segundo a la cabeza de los seis que forman el distrito. Tetuán supera la media de inmigrantes de la ciudad de Madrid. Y es que la particular aldea gala en la que nos encontramos ha sido rodeada por muchas culturas diferentes. Según la edición de 2019 de Radiografía social de Tetuán (Madrid), el folleto que nos facilitó Julián, del grupo social Invisibles de Tetuán, estas culturas vendrían de: República Dominicana (5.706), Filipinas (5.572), Ecuador (4.804), Paraguay (3.749), Venezuela (3.276), Perú (2.967), Marruecos (2.137), Colombia (1.933), China (1.820) y Rumanía (1.316). Les pregunto por los cambios en Bellas Vistas. Me hablan de la policía, que antes “pasaba constantemente” y ahora, según ellos, apenas pasa para controlar que todo está bien – aunque en la hora y media que llevamos hablando he contado tres patrullas, una de ellas con las luces puestas-. Mencionan la escuela de panadería de al lado, ahora reconvertida en un “piso para 8 estudiantes” dice uno “y me parece que son todos noruegos” añade el otro. Si bajas al portal de al lado, solo ves unas ventanas con buen aislamiento y los cristales opacados, como tantos otros locales comerciales reconvertidos en ratoneras para los que aún se atreven a soñar con tocar el cielo desde Madrid.
No sé si ignoran el cambio cultural que ha experimentado el barrio en los últimos años, o que (igual que cuando hablamos de toros) evitan hablar de los vecinos que vienen de lejos, por si acaso –o quizás están sencillamente disfrutando de recordar los viejos tiempos–. Les pregunto por los edificios, si hay algún otro ejemplo como el de la escuela de panaderos. Me cuentan de la antigua carbonería, del 20 de la calle Pedro Barreda. Juan Carlos recuerda que cuando llegó al barrio ese local estaba “okupado por los moros”, aunque matizan: “nunca nos han robado ni hecho nada”. “Todo lo contrario”, interrumpe Juan. “Yo voy por aquí y la gente me saluda, todos los vecinos del barrio, dominicanos… Al final han ganado más los latinos. Antes había más magrebíes y aquí no encajaban bien porque los dominicanos no se dejan apabullar”. Si es cierto que en los años anteriores a la pandemia, la población en el barrio de Bellas Vistas procedente de Venezuela y Paraguay creció, pero también lo hizo la de origen filipino. Mientras que la procecente de República Dominicana y Marruecos se estancó. Todo era muy diferente hace 20 años, pero hay cosas que no cambian. Siempre quedarán aldeas galas.
El banco que se hace el loco con Perú, por Claudia Murillo Rivera

Hay un banco que se calienta de seis a siete de la tarde, justo cuando el sol ya no toca los edificios de la calle Hernani. No es solo el calor que el sol lleva dejando durante todo el día lo que abriga sus astillas marrones. Es otro tipo de calor, más silencioso, el que se queda pegado en la madera después de tantas vidas que se sientan ahí.
En ese banco está Manuel, frente a una de las pocas iglesias evangélicas coreanas de Madrid. Lleva una gorra rosa, una sudadera roja y unos deportivas de un azul brillante. A su lado, una mochila con el compartimento pequeño abierto. No mira al móvil; mira al suelo.
Dentro de la iglesia coreana una mujer indica que ya están cerrando. “¡Nos vemos mañana!”, se escucha. Todo está impolutamente blanco y limpio. Al salir surge el impulso de avisar al hombre que está sentado enfrente: “Disculpa, si quiere entrar a rezar tiene que hacerlo ya, que están cerrando”. Levanta la cabeza despacio. Tiene los ojos enrojecidos, como si hubiera llorado hace poco. Pero responde con una sonrisa tranquila: “No te preocupes, ya lo sé”.
Desde hace años, Manuel se sienta cada tarde en ese banco (o en el de al lado, si este está ocupado) cuando termina su jornada laboral. Si llueve, no viene. Si hace sol, siempre.
Manuel llegó a Madrid en marzo de 2001 desde Trujillo, Perú. Algunos amigos de la familia ya vivían en la capital y cada mes les enviaban cartas llenas de entusiasmo. En cada pliego hablaban de trabajo, de oportunidades, de futuro. Sus padres lo vieron claro: era cuestión de tiempo que sus niños también salieran de Trujillo.
El miedo llevaba años gestándose, pero el golpe final azotó una noche de finales de 1998 en una playa. Manuel no recuerda bien cuál, pero recuerda el sonido: una música de fondo mezclada con las olas del mar. Un grupo de amigos bebía al ritmo de la música. Entre ellos, el primo de Manuel, que en un momento dado se apartó para orinar detrás de una roca. Entonces se oyó un disparo.
Manuel y una humareda de gente corrieron hacia el sonido, apagaron la música y solo quedó el ruido del mar. El grupo se disipó. Su primo había muerto sin explicación. A partir de esa noche, la tía de Manuel se mudó con ellos y se encerraron. “La casa se convirtió en un refugio que sabíamos que no duraría”, cuenta.
Empezó la cuenta regresiva. Los padres decidieron mandar a sus cinco hijos “de uno en uno”. El primero de los hermanos partió a España en 1999. El segundo al año siguiente. En 2001 le tocó a Manuel. “Desde aquel marzo no he vuelto a pisar Perú”, dice mirando las baldosas del suelo.
Manuel vive con una de sus hermanas en la calle Oviedo, paralela a la calle donde se encuentra el banco. Su mujer, Rosana, volvió a Perú hace un año. “Se cansó”, dice. No le gusta la televisión, aunque sí el fútbol: cuando hay partido del Real Madrid se va al 100 Montaditos de la rotonda de Cuatro Caminos para verlo con los amigos.
Sus manos curtidas hablan más que él. No dice en qué trabaja y yo no pregunto. En los cuarenta minutos de conversación apenas levanta la mirada del suelo dos veces: al principio, cuando me topé con él, y al final, cuando le pedí su nombre. Ya había olvidado sus ojos llorosos.
Cuatro Caminos ha cambiado tanto como él. Cuando llegó a Madrid, se instaló con Rosana en un piso en Alcalá de Henares, pero allí duraron tres años. El trabajo estaba lejos y consiguieron el dinero suficiente para poder moverse al centro. “Un hombre del trabajo me dijo que mucha gente peruana estaba empezando a vivir en Tetuán”. Casi 22 años lleva Manuel viviendo en ese piso de la calle Oviedo. “No es pequeño, tiene tres habitaciones y dos baños”. Aun así, él prefiere su banco.
En la zona de Cuatro Caminos abundan los locutorios. Las esquinas de las calles de Tetuán están plagadas de carteles de Ría, Western Union o MoneyGram. Entre esas esquinas hay, para sorpresa de nadie, más locutorios. Algunos cerrados, pero la mayoría abiertos. Cuando Manuel llegó, apenas había uno o dos en todo el barrio.
En los primeros años, los hermanos se ayudaban entre ellos: si alguno tenía cuenta en un banco, el dinero que enviaban iba en nombre de los demás. A veces daban el dinero a conocidos que viajaban a Perú con sobres llenos de encargos. Todo era lento y costoso.
La paradoja está en que ahora que entre la calle Oviedo y la calle Hernani hay más de cinco locutorios, Manuel no los necesita. Él no lo sabe, pero su forma de hablar del barrio suena igual que cuando describe Trujillo. Su mujer le cuenta por teléfono que su calle ya no es la misma, que apenas quedan peruanos, que ahora solo hay chilenos y argentinos. Él le responde, en broma, que los de Trujillo están todos en Cuatro Caminos.
Enfrente del banco no solo está la iglesia coreana, también hay una escuela de artes escénicas. En mitad de la conversación, una chica tiene el mismo instinto. Va a entrar a la escuela cuando nos mira detenidamente y nos pregunta: “¿Estáis esperando para entrar?”. Era como si Manuel llevara toda la vida esperando algo o a alguien.
Manuel dice que ya no sabe si es de Perú o de Madrid. Quizá del banco. De ese pedazo de madera que cada tarde guarda su silencio y de esas baldosas que recogen su mirada. En los mapas, Cuatro Caminos y Trujillo están a más de nueve mil kilómetros, pero la distancia se mide en otra cosa: en los años que lleva sin volver, en las llamadas que ya no hace y en los locutorios que dejó de usar. “Con Perú me hago el loco”, dice. Y mañana, como cada tarde, el banco volverá a calentarse.
En cada esquina que no miramos, por Natalia Santamaría Llimona
Como una Gran Vía aparte, en la calle Bravo Murillo –a la altura de Alvarado–, un río de personas baja y sube con ritmo frenético para llegar a algún lugar. Entre ellas yo, buscando una historia. No sabía dónde, ni cómo empezar, y me adentré en las calles de Cuatro Caminos como menos se debe hacer: caminando con prisa y observando mal. Tan mal que al rato empecé a escuchar inglés entre los turistas y las calles se ensancharon. Llegué a un espacio conocido en el que las tiendas cubren cada esquina y los edificios se alzan metros y metros hacia el cielo. Entre ellos, me atrajo un bloque de hormigón gris con grandes ventanales: la Parroquia Hispanoamericana de la Merced.
Entré sintiéndome pequeña por los altos techos –66 metros de largo– y el inquietante retablo –un cristo de dos toneladas y media–. Dejando de lado el mero turismo, hacía años que no pisaba una iglesia, probablemente desde mi primera comunión. Esta no era diferente a las demás: luz tenue, olor a limpio (o tal vez puro) y la temperatura fría que crea la piedra. Pero las capillas laterales invitaban a adentrarse. Cada una estaba decorada con la bandera de un país latinoamericano y su santo o virgen correspondiente: la patrona de Perú, de Paraguay, de Chile, de Venezuela…

Niños y niñas de distintos orígenes ocupaban las tres primeras bancadas. A cada pregunta del párroco, se levantaban y saltaban, alzando las manos lo máximo que sus brazos les permitían. Los más atrevidos gritaban directamente las respuestas. Entre ese jolgorio salió un señor de tez oscura, vestido con hábito, al que las voces infantiles dirigieron un “hola” al unísono.
“Vino de África, antes de ayer”, dijo el catequista, presentando al fraile. Sin especificar de dónde, sin explicar su historia. No sabía español, así que el párroco –sonriente– se encargó de responder por él: “Se quedará un tiempo con nosotros”. El fraile no dejó de saludar. Ya llevaba dos días de “un tiempo”, un tiempo lejos de su idioma, de sus cercanos, lejos de casa. Un tiempo en el que lo que le mantendría sería la fe.
Yo tampoco soy madrileña, pero llevaba dos semanas viviendo entre Estrecho y Alvarado –como dice la canción– y, casi por inercia, volví tomando el camino a casa. Las calles se estrecharon, los edificios se volvieron más bajos, más de barrio, más humildes, y comencé a reconocer la cantidad de fruterías y las infinitas peluquerías.
Por primera vez, no estaba haciendo el paseo del metro a casa –o de casa al metro–, y presté atención a la Dominican Style donde unos chavales se cortaban el pelo con la música a tope, mientras reían. También me fijé en la camarera asiática de un pequeño local de comida china que, a las 19.30, preparaba las mesas. Colocando manteles de papel, cubiertos y vasos, miraba por el cristal con la esperanza de que llegasen clientes a los que atender.

Noté la cantidad de locutorios que cubren las calles, anunciando sus países de destino en los escaparates y percibí la fe –como la del fraile recién llegado a España– de los que hacen cola, esperando que su esfuerzo se convierta en dinero para quienes les piensan a miles de kilómetros. Esperando que pronto puedan hacer otro envío o, mejor aún, cumplir una promesa: volver a casa.
Aubrey es la chica que atiende el local de productos filipinos Kab Yan, en una callejuela de Alvarado, a la que mis compañeras de piso dijeron: “tendríamos que entrar algún día”. La tienda está llena de salsas, especias e ingredientes de Filipinas, pero esto no hace que sea su hogar. Escondida tras las estanterías –minuciosamente ordenadas– y tras sus grandes gafas, Aubrey sonríe tímidamente. Sus ojos brillan porque quiere hablar. Acabamos comunicándonos en inglés, pero ella lleva tres años en España y –seguidas siempre de una suave risa– trata de meter las palabras que ha aprendido en ese tiempo.
El idioma es una barrera para Aubrey. No ha hecho muchos amigos, aquí vive con su madre, sus dos hermanos y su padre. Ha venido “para ahorrar”. Pero su abuela y su marido siguen estando a más de 11.000 kilómetros y no puede evitar pensar en ellos. “En Filipinas soy mucho más feliz”, dice bajando la mirada. “Esperamos estar como máximo otros tres años y poder volver a casa”, explica. Con esa fe va Aubrey a trabajar cada día.

Suena una ligera música cuando alguien entra en la tienda. Una señora mayor –también filipina– se acerca y pregunta por una salsa. Hablan en tagalo, y Aubrey casi parece otra: más suelta, más directa. Le acaba vendiendo un siopao, un bollo al vapor típico de su tierra. Yo también me llevo uno. Al salir de nuevo a la calle, me sobresalta el pitido de un coche y escucho a dos señoras riendo por haber cruzado en rojo, continúan recto, caminando con prisa y observando mal.
Norberto Azor, poeta, activista, voz de Tetuán, por Cinthia Piñeiro Acevedo

Todo el barrio conoce a Norberto Azor. Él es vocal vecinal de origen dominicano en el distrito y mantiene una presencia destacada en la vida de Tetuán, donde la integración de la comunidad migrante y la lucha contra el prejuicio son sus grandes preocupaciones. Norberto también gestiona la agenda cultural de un barrio plural y diverso, por lo que tiene encomendada una de las tareas municipales más complejas y, al mismo tiempo, divertidas.
Acude con asiduidad el bar Pampa de Cuatro Caminos, un espacio que conserva la esencia de la Madrid de barrio, un local donde disfrutar de un buen vino y marcharse satisfecho. En esta ocasión, una de las mesas más escondidas de la Pampa, próxima a una puerta trasera, también es un lugar que propicia conversaciones íntimas para reflexionar sobre un Tetuán multicultural.
Azor lleva 15 años en España y se define como dominicano y español. Es autónomo, pero acumula muchos años de formación a sus espaldas. Consiguió el título de Educación en la República Dominicana. Decidió continuar sus estudios cursando Filología en España y, desde entonces se quedó a vivir en la capital. Norberto recuerda los viejos tiempos con cariño, con una sonrisa ladeada que manifiesta su disfrute al hablar de ello. Pero pronto regresa al presente, donde sus preocupaciones son claras: “El barrio de Tetuán es maravilloso, pero hay mucho estigma, a los jóvenes los empujan a pensar que no pueden hacer cosas. Pero no es así, ellos valen mucho”.
Norberto critica la criminalización de determinados espacios del distrito, como Bellas Vistas: “Han arruinado muchos negocios y los medios solo ponen el foco cuando pasa algo malo. Pero tenemos muchas cosas buenas que no salen. En poco tiempo organizamos una carrera de jóvenes, vienen muchos. Pero eso no lo verás en prensa”. Destaca también los retos a los que se enfrenta la política municipal en materia de diversidad y la necesidad de proteger las comunidades de origen extranjero, cada vez más vulnerables a los prejuicios sociales.
Con una curiosidad insaciable, Norberto ha trabajado en múltiples sectores: “menos robar, traficar y prostituirme, he hecho de todo”. Tiene un sentido del humor contagioso. Trabajador social y productor musical, es también emprendedor, sastre de celebridades, locutor y hasta poeta. Azor ha escrito siete libros de poesía. Acaba de reeditar el último para financiar iniciativas culturales como el Espacio Bellas Vistas.
El diálogo se interrumpe con frecuencia. Norberto se para y se levanta en tres ocasiones saludar a transeúntes que pasan la puerta del local. La familiaridad y el reconocimiento que le muestran los vecinos reflejan la estima que despierta en el barrio. Como un joven miembro de una banda de música emergente del barrio. Norberto aprovecha para presentarlo y darle publicidad, además de hablar de actuaciones y de lo último que el artista tiene entre manos. Su experiencia como productor musical le permite identificar y promover iniciativas culturales que refuerzan la múltiple identidad del barrio.
“Aquí pasa lo que dice Shakira en sus letras: muchas veces se hacen los ciegos y sordomudos cuando criminalizan a los jóvenes del lugar”. Para Norberto, la multiculturalidad es un freno para el racismo. La convivencia entre distintos se vuelve costumbre. No obstante, Norberto reconoce que quedan barreras. Recuerda la noticia e que una dominicana había asesinado a un niño. “Ni siquiera pasó en Madrid. Hubo gente que me preguntó si la conocía. Otros creían que podía ser pariente mío. ¿Qué pasa, tengo que conocer a todos los dominicanos del mundo?”.
Se acaba el vino, cae el sol y el tiempo se escapa. Las luces del bar se suavizan, pero sigue iluminando el barrio. Entre risas, historias y saludos a los vecinos que pasan por la calle, queda la sensación de que Tetuán no se comprende sin él.
Una bala, un euro y ‘Una Vaina Loca’, por Adrián García

Siete son los colores tradicionales del arcoíris: rojo, naranja, amarillo, verde, azul, añil y violeta. En el colegio me enseñaron que este fenómeno sucede cuando el sol y la lluvia combinan, pero no me explicaron que había algunos que solo tienen tres colores (rojo, blanco y azul), que giran sobre sí mismos y que solo desaparecen cuando las persianas golpean el suelo. Hoy, en Cuatro Caminos, ha sido la primera vez que he visto tantos, todos ellos junto a las barberías del barrio. Paseando con mi compañero cuento más de cuatro en la misma acera y, tal y como tenía el pelo, decido entrar en una.
“…yo voy a darte por tu pum-pum-pum-pum. Cuando te choco, mami, tum-tum-tum-tum…” es lo primero que escucho nada más abrir la puerta. No reconozco ni la letra ni el ritmo del tarareo, pero sí su origen: Joel Giménez, el peluquero. Después de dudar durante unos segundos me decanto por pedirle a Joel que me rape al dos por arriba y que me haga un degradado al cero por los laterales.
Para el que piense que ser barbero no es una profesión de riesgo que le pregunte a Joel, que un día le estaba cortando el pelo a un chico de 16 años cuando entró un hombre y le disparó a su cliente. “En el momento que vi cómo asesinaron a ese niño decidí salir del país y venir a España”, me cuenta todavía traumatizado. Dejó a su mujer y dos hijos en Santo Domingo, su ciudad natal, y se fue en junio de 2005 a Fuerteventura. Meses más tarde, en agosto, llegó a Madrid. Su objetivo era sacar a su familia de su país de origen y poder traerlos aquí.
Mientras me corta el pelo y me relata su historia vital aparece Amaia, una pequeña de cuatro años que quería pasar a saludar a su padre. Joel. “Ya has visto a tu papá cariño, déjale que está trabajando”, le dice tiernamente la mujer del peluquero, que había entrado junto a su hija. Esta niña nació en Madrid, pero sus hermanos de 25 y 22 años son nativos de República Dominicana y de pequeños tuvieron que ver como su padre se iba de casa para buscar un futuro mejor para ellos.
Dicho futuro comenzó con un euro. Este barbero compartía piso en Lavapiés con un amigo y decidieron salir a comer por Cuatro Caminos cuando vio un cartel que decía: “Se busca peluquero”. Joel entró, le dejó su número al dueño y se fue. “Un par de días después estaba viendo Pasión de gavilanes con mi amigo y me llamó el peluquero. Me dijo que si podía venir para hablar. Le dije que sí, pero había un problema. En ese tiempo el ticket de metro de un viaje costaba un euro y no teníamos ni eso”, recuerda. Me sorprende al decirme que nada más colgar el teléfono su amigo salió del piso y volvió en menos de 20 minutos con el euro que necesitaba. A día de hoy el barbero desconoce el origen de esa moneda.
Lo primero que le preguntó el peluquero a Joel fue si tenía los papeles en regla. “Le dije que estaba en trámite, pero era mentira. Ni trámite ni su puta madre. Yo andaba con el pasaporte, ¿sabes? Con el visado sencillo y ya”, me confiesa mientras cambia de cabezal a la maquinilla. Finalmente volvió con su labor de cortar el pelo en esa misma peluquería sin problemas hasta que un día apareció un inspector de trabajo. Seismil euros tuvo que pagar el dueño de la peluquería por tener a nuestro protagonista trabajando sin estar dado de alta en la Seguridad Social y sin tener los papeles en regla. Al igual que Joel, muchos son los extranjeros que han sufrido las consecuencias por permanecer en España en situación irregular y que a día de hoy no mejora. Según FUNCAS, centro de análisis de datos que forma parte de la Obra Social de CECA (asociación de cajas de ahorros, bancos creados por ellas y fundaciones), en 2023 casi 700.000 extranjeros estaban en el país sin papeles.
Con el paso de los años y los baches administrativos ya superados, Joel se centró en su carrera profesional. Al ver en la peluquería fotos de Cristiano Ronaldo y Leo Messi le pregunto si le había cortado el pelo a algún famoso. “Zion, el cantante, vino exclusivamente a que yo, Joel Giménez, le cortara el pelo. Uno de mis ex compañeros se lo cortó a Nicky Jam, pero estuvo todo el rato hablando conmigo y se sacó las tripas”, bromea el barbero dominicano al contar que este último le confesó todos sus trapos sucios. En ese momento entró un colega del babero y empiezó a debatir con nosotros sobre el reggaeton, género musical que compruebo que nos gusta mucho a los tres. Esto le recuerda que también le había cortado el pelo a Fuego, otro reggaetonero.
“Si papi, el de Una Vaina Loca…” –se lanza…
“…que me lleva a la gloria…” –le sigo yo.
En ese preciso momento me acuerdo de que era la misma canción que estaba tarareando cuando entré a la peluquería. A partir de ahora siempre que escuche Una Vaina Loca me acordaré de Joel Giménez, que además de contarme con detalle su vida me dejó “muy chulo”, como dijo él, con el corte de pelo.
—Pues Fuego se me durmió mientras le hacía el corte.
—¿Y eso? ¿Tuvo concierto la noche anterior?
—Que va, es que estaba muy fumado.
El ocaso de las alfombras persas, por Mónica Flores Pérez
Las alfombras más valoradas del mundo son las iraníes, pero no todas terminan en palacios persas. Algunas encuentran su destino en lugares tan cotidianos como una tienda del barrio madrileño de Cuatro Caminos.
Alfombras Pastor, en el número 105 de la calle Bravo Murillo, impresiona nada más cruzar su puerta. El local es amplio, necesario para la extensión de las piezas que alberga, y está envuelto en un aire oscuro y recogido. Los ventanales están cubiertos por alfombras para protegerlas de la luz, que deteriora los tintes naturales. Pilas de alfombras enrolladas, colgadas en las paredes o extendidas sobre el suelo invitan tanto al tacto como a la contemplación. El silencio y la luz tenue realzan los colores y detalles de cada tejido, otorgándoles un protagonismo casi museístico.
“La gente cree que las alfombras dan calor, pero es justo al revés: son aislantes”, explica Eduardo, propietario del establecimiento, con una sonrisa amable. Este es un negocio que se hace de cara al público, de conversación y trato cercano.

Alfombras Pastor lleva más de cinco décadas en Cuatro Caminos. Fue lo primero que se habitó en el edificio y, con el tiempo, se convirtió en un referente para los vecinos. El negocio lo fundó el suegro de Eduardo, antiguo representante de alfombras, quien llegó a ser invitado a Irán. “Volvió asombrado, allí todo estaba cubierto de alfombras”, recuerda el heredero del negocio.
En la tienda conviven piezas de Irán, Pakistán, China, Turquía y Bélgica, junto con alfombras nacionales de Crevillente (Alicante), histórico centro textil español. “Desde que España se abrió al mercado común llegaron también las de Bélgica y Turquía, que ofrecen precios más competitivos”, señala Eduardo. Sin embargo, las auténticas siguen siendo las persas: tejidas a mano y con tintes naturales. “El pelo se aplasta, pero no se desgasta”, añade, acariciando una pieza iraní.

Algunas alfombras se fabrican hoy con telares mecánicos, imitando los diseños tradicionales. Pero la demanda ha cambiado. “Antes los suelos eran fríos, de terrazo o baldosa, y la alfombra era necesaria. Ahora, con los suelos radiantes o las tarimas modernas, ya no hace tanta falta. Aun así, sigue siendo un complemento decorativo importante”, explica.
“Nuestro público es sobre todo español y de más edad. La gente joven no quiere dedicar tiempo al mantenimiento”, comenta Eduardo. Solo quienes crecieron viendo alfombras en casa mantienen esa costumbre, especialmente en el centro y norte de España. Olga, su mujer, apunta que en el sur se usaba más el esparto y las alfombras eran mucho menos habituales.
La transformación de Bravo Murillo es visible: “No era la Milla de Oro, pero había mucha vida comercial. Poco a poco han ido cerrando y el pequeño comerciante ha desaparecido”, lamenta Eduardo. Donde antes había hasta tres tiendas de alfombras hoy apenas queda la suya.
“Cuando me jubile, no habrá continuidad, aunque mantendremos algo en línea para dar salida al amplio almacén que tenemos en Orusco de Tajuña”, explica Eduardo. Sus hijos han estudiado en la universidad y no continuarán el negocio. Habla sin dramatismo, con la serenidad de quien ha visto muchas alfombras envejecer con dignidad.
“Soy muy mayor”, por Estela Andrés Gómez

Salía del metro de Estrecho y parecía desorientada. Vestía con un pantalón de chándal rosa y un forro polar gris sin abrochar. Debajo llevaba una blusa azul oscuro con un estampado de flores. Los labios pintados rosa y las cejas marcadas. Se notaba que era una señora mayor, sin embargo, el tiempo parecía haber sido amable con ella. En la mano, una bolsa de la marca C&A. Buscó con la mirada algún rostro dispuesto a ayudar y, con amabilidad, se acercó a preguntar por la tienda en cuestión. Tras una breve búsqueda en el teléfono móvil, alguien se ofreció a acompañarla los pocos minutos que quedaban hasta el establecimiento.
Mientras avanzaban por la calle Bravo Murillo se hizo evidente un acento extranjero difícil de ubicar. La mujer se presentó y comentó su edad con una sonrisa: “Soy muy mayor”, pero sin concretar los años que tenía. Dijo que había nacido en la India, aunque pasó gran parte de su infancia y adolescencia en Ghana, donde su padre, comerciante, había trasladado a la familia por motivos de trabajo. Fue allí donde comenzó a dar clases de inglés a los hijos de diplomáticos. Cada mañana, un chófer la recogía para llevarla a la residencia del embajador. Años después, se mudó a Londres para trabajar en unas oficinas, pero continuó dando clases particulares a los hijos de una conocida. Aseguraba que ser profesora era su verdadera vocación. En 1980 se estableció en Madrid por motivos laborales, aunque no dio demasiados detalles sobre la empresa. No le parecía relevante.
Sin necesidad de que nadie le preguntara, comenzó a hablar de su hermana pequeña, que vive en Estados Unidos y está divorciada. Contó que su madre la obligó a casarse cuando tenía solo dieciocho años: “Las mujeres indias que no se casan están muy mal vistas”, confesó con resignación. El matrimonio duró siete años y terminó tras la muerte de su madre, enferma de alzhéimer. La mujer relacionaba aquella enfermedad con el disgusto que le causó a su madre el deseo de su hija de acabar con su matrimonio: “No soportó que mi hermana quisiera divorciarse, el divorcio está muy mal visto en India”.
Cuando la conversación giró hacia su propia historia, explicó que regresó a la India a los 23 para que su madre le buscara un marido. “La única condición que le puse fue que el chico con el que me casase me tenía que gustar. Y no me gustó ninguno”, recuerda. Habló entonces del peligro que corren las mujeres en su país cuando rechazan a un hombre, las agresiones, las violaciones, los ataques con ácido destinados a marcarlas de por vida.
Los cinco minutos del camino se convirtieron en veinte, y cuando por fin llegaron a su destino, en lugar de entrar a la tienda, prefirieron sentarse en un banco a seguir charlando. La mujer continuó compartiendo fragmentos de su vida, con la serenidad de quien ha contado muchas veces su historia, pero sin perder la emoción de revivirla. En realidad, había nacido en una región que hoy pertenece a Pakistán. Su nacimiento coincidió con uno de los momentos más convulsos de la historia del subcontinente: la partición de la India en 1947. Aquel año, el Imperio Británico se retiró y el territorio se dividió en dos naciones, India y Pakistán, separadas por razones religiosas y políticas. Millones de personas se vieron obligadas a abandonar sus hogares de un día para otro, musulmanes huyendo hacia el recién creado Pakistán, e hindúes marchando hacia la India. En medio de ese caos, su familia también tuvo que desplazarse.
Ella recuerda mucha rivalidad entre musulmanes e hindúes. Hablaba de aquellos años con una mezcla de tristeza y resignación. Decía que en su ciudad los enfrentamientos eran constantes y que las familias vivían con miedo a salir de casa. Contaba que una noche los musulmanes prendieron fuego a un hotel cercano, y que muchas personas murieron atrapadas. No sabía si aquello ocurrió exactamente en su barrio o era un relato que había escuchado repetir tantas veces que lo sentía como propio. Pero los incendios eran una realidad. “También murieron musulmanes esa noche, no solo hindúes. No se puede distinguir si una persona es de una religión u otra porque todos tenemos rasgos parecidos en la India”.
Expresó en varias ocasiones su amor por su país. Hablaba de sus paisajes, de sus montañas. “Parece Suiza”, evocó con una sonrisa. Volvió a mencionar a su hermana sin contexto alguno, como si su recuerdo la acompañara siempre. “La echo de menos, nos llevamos varios años y para mí era como una hija”. Contó que la relación entre ambas se rompió cuando la menor comenzó a pedirle dinero de forma reiterada. “Al divorciarse, su marido dejó de mantenerla y me pedía a mí que lo hiciera. Le presté dinero varias veces, pero cuando me negué a seguir ayudándola nuestra relación terminó”.
Enlazó el tema de su hermana con la religión. Confesó practicar el hinduismo, lo único que le quedaba de su país natal. Habló de dioses como Shiva, Brahma, o Vishnu, protector del universo, tiene la piel azul, “es hermoso” afirmabó. También mencionó a Sathya Sai Baba, un gurú indio al que seguía desde joven. Contó que, según la leyenda, cuando era niño empezó a hablar en sánscrito, una lengua que no conocía, y hacía aparecer flores o dulces de la nada, lo que para muchos eran actos milagrosos. Recordó una de las historias más celebradas por sus seguidores: el gurú dejó caer un ramo de jazmines al suelo y los pétalos formaron su nombre escrito en telugú, su lengua natal. Hablaba de él con respeto y convicción, convencida de que representaba la bondad y la espiritualidad que, según decía, aún podían encontrarse en el mundo. Ella acude a menudo a un templo en Madrid que rinde culto al gurú. Se encuentra en la calle de Ardemans, muy cerca del metro Diego de León.
La mujer no se preguntó por qué alguien había mostrado tanto interés en su vida hasta el final de la conversación. Cuando su acompañante le explicó que estaba escribiendo una crónica internacional ambientada en el barrio de Cuatro Caminos sonrió con timidez. Le pidió que no utilizara su nombre real. Temía que alguien en la India pudiera reconocerla. Al despedirse, le deseó suerte en su trabajo y le dio las gracias acariciándole la mejilla, con un gesto tan familiar que no parecía que se habían conocido hace unas pocas horas. Antes de entrar a la tienda, se giró por última vez y dijo, casi como una revelación: “Por cierto, tengo 80 años”.
El barrio que siempre late, por Miguel Ángel Bauset Guardado
La mañana cae sobre la plaza de la Remonta con una luz que perfila las fachadas y obliga a la gente a buscar sombra en los bancos. Allí se cruzan quienes van al trabajo, familias que bajan al mercado de Maravillas y mayores que conversan sobre las últimas noticias. El mercado, con sus puestos abarrotados y sus regateos continuos, marca el ritmo: puestos que reclaman clientes, fruterías donde se negocian kilos y tiendas con productos de varias latitudes que recuerdan la mezcla cultural de Tetuán.
Alrededor de Bravo Murillo la ciudad tiene otra intensidad: tiendas centenarias que resisten y locales nuevos que buscan abrirse paso. Entre ambos, el Centro Cultural Eduardo Úrculo, en la Avenida de Asturias, funciona como punto de alivio y encuentro: sus exposiciones y actividades atraen a estudiantes, vecinas y grupos de talleres que llenan las salas y los pasillos. Más arriba, la iglesia de San Francisco de Sales sigue siendo referencia arquitectónica y espacio de pequeñas ceremonias que mantienen el pulso religioso y comunitario del distrito junto a la mezquita central de Madrid.
En las asambleas vecinales las palabras comunidad y cultura aparecen con insistencia. La Asociación Vecinal Cuatro Caminos-Tetuán y la Asociación Almenara (La Ventilla) mantienen mesas informativas y jornadas sobre los diferentes eventos culturales que tienen lugar en el barrio como el ciclo de cine de Tetuán, talleres de mediación o consultorios para la gente joven del barrio. Los carteles pegados en los tablones de los centros sociales anuncian asesorías legales, reuniones y actividades formativas, y el mantenimiento de estas muestran la necesidad de apoyo colectivo.
El parque Rodríguez Sahagún ejerce de pulmón: padres con carritos, gente mayor paseando y jóvenes haciendo skate y yendo en bici. En algunos rincones del barrio, iniciativas comunitarias han convertido solares y espacios abandonados en pequeños huertos y talleres autogestionados que funcionan como escuela práctica de cuidados compartidos y organizan eventos en ellos. También tienen montados grupos de danza, de consumo de verdura local, clases de árabe, o reuniones para personas mayores para evitar la soledad no deseada.
Por la tarde, las cafeterías y bares próximos a la Plaza de la Remonta cobran protagonismo. Conversaciones largas sobre la historia reciente del distrito se mezclan con planes para desconectar el fin de semana. Los murales y las pegatinas en las paredes relatan luchas pasadas y presentes: reivindicaciones por servicios, campañas contra la especulación y convocatorias de eventos culturales. Esa cartografía de resistencia se escribe en pisos, en fachadas y en el boca a boca.
Al caer la noche, Tetuán no cede su latido. Las asociaciones y las oenegés que trabajan en el barrio organizan comedores colectivos y redes de apoyo que atienden a quienes más lo necesitan. La vida del barrio se articula en la intersección de lo cotidiano y lo político: cada paseo, cada puesto del mercado y cada banco del parque son puntos desde donde se construye una comunidad que mira hacia atrás para recordar y hacia adelante para proteger lo común.
La crónica no exige conclusiones contundentes. Tetuán continúa siendo un espacio en movimiento, hecho de nombres conocidos, plazas transitadas y colectivos que sostienen la trama social. Contarlo así es reconocer los lugares reales donde se tejen las alianzas y se gestan las resistencias que mantienen vivo al barrio.
Firman este artículo, además de Beatriz Portinari, Pablo R. Seco, Alejandro Benedicto Costa, Antonio Torné, Ander Roldán, Carlos Manzano, Laura de Diego Quiñones, Adrián Guerrero Fuente, Celia Broncano, Valentina Yusty, Erica Arredondo, Celia Sámano, Clara Queralt, Álvaro Valladares Miñaca, Sara Pérez González, Keyling T. Romero, Patricia Donohoe, Claudia Murillo Rivera, Natalia Santamaría Llimona, Cinthia Piñeiro Acevedo, Adrián García, Mónica Flores Pérez, Estela Andrés Gómez y Miguel Ángel Bauset Guardado, alumnos de la tercera promoción del Máster en Formación Permanente de Reporterismo Internacional auspiciado por la Universidad de Alcalá y el Instituto de RTVE.





