Cuatro visiones de Guinea Ecuatorial

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“Mi padre es de Guinea y mi madre segoviana. Los mulatos estamos en una búsqueda constante de nuestra identidad, porque tú tienes muy claro que eres de aquí, pero todo el mundo te dice que no eres de aquí, todo el mundo te pregunta de dónde eres, cuando en realidad lo que quieren saber es de dónde vienes”, dice Lucía Asue. Junto a Carlos Ubenga, Carmelo Nvono y Erika Reuss interviene en el proyecto Guinea 40, que trata de reconstruir la memoria de la histórica relación entre España y Guinea Ecuatorial, único país africano que tiene el castellano como lengua oficial

El proyecto Guinea 40 reconstruye la memoria de la histórica relación entre España y Guinea Ecuatorial, único país africano que tiene el castellano como lengua oficial.

 

El proyecto se desarrollará simultáneamente en España y en Guinea Ecuatorial y tiene como objetivo principal la creación de un álbum familiar común en clave contemporánea que nos cuente las vidas cruzadas de españoles y guineanos.

 

La primera fase del proyecto ha quedado restringida al ámbito territorial español en un formato de visiones, entendidas éstas como diferentes estampas tomadas del natural que representan un mismo lugar.

 

Mediante entrevistas a hombres y mujeres cuya vida ha quedado marcada de un modo u otro por Guinea Ecuatorial, se descubre la relación íntima de cada persona con un territorio que acaba siendo un lugar para el recuerdo lejano o reciente, un espacio para la metáfora. Cada visión es una ventana por donde entra la luz, un punto de vista personal que permite conocer, desde España, Guinea Ecuatorial.

 

El conjunto de todas esas pequeñas historias con minúscula se superpone a la

Historia oficial de la relación entre Guinea Ecuatorial y España

 

 

Carlos Ubenga

(Nacido en Guinea Ecuatorial, país al que no ha vuelto desde que salió para España en 1980. Es trabajador social y mediador intercultural)

 

Yo soy de origen de Guinea Ecuatorial, aunque me nacionalicé español cuando tenía catorce años.

 

En 1980 vinimos mi madre, mi hermano y yo. Mas tarde, en 1983 vino mi padre. Salimos por motivos médicos, ya que mi madre padecía una enfermedad que no se podía curar en Guinea y luego ya decidimos quedarnos.

 

Recuerdo que antes de salir creía que iba a marcharme a otro planeta, pensaba ¿qué habrá allí, ¿habrá personas? Y cuando llegué recuerdo muchos contrastes: la vida aquí, la vida allí, el calor, el frío, la lluvia, las comidas, recuerdo la sensación que tenía cuando probaba platos que no había comido nunca, por ejemplo, el jamón serrano que probé por primera vez en el aeropuerto de Douala, en la escala del vuelo en Camerún. Me lo compró mi madre con un billete rarísimo completamente negro cuya imagen se me quedó grabada. Luego, cuando aterrizamos, cogimos un taxi hasta Móstoles, donde vivía mi tía, y recuerdo que España no me pareció tan diferente

porque la descripción que hacía la gente de este país era muy idílica, casi como de un lugar paradisíaco.

 

Cuando llegué a España, los hombres me parecían todos iguales, no podía diferenciar a uno de otro, excepto por la barba. La gente hablaba demasiado rápido para mí, Conocía el castellano porque lo había oído hablar de niño en Guinea, pero cuando llegué aquí me resultaba imposible entender. 

 

Recuerdo que salía de casa en el barrio de Los Ángeles en Malabo y me iba hacia el mercado, donde mi abuela materna tenía un puesto, mi abuela me daba un chicle y me iba hacia otro lado. Recuerdo un campo de fútbol, no sé de qué equipo era, los jugadores iban de verde, me sorprendía que hubiera tanta gente en el campo y una vez intenté entrar al mismo tiempo que los espectadores y vi que había un señor que les cogía un papel. Dije, voy a entrar a ver que hay ahí y, de repente, noté un golpe en la cabeza: ¿Tú dónde vas? También iba a otros barrios, recuerdo paseos fragmentados. Tengo recuerdos como soñados, imágenes del exterior. Tengo algunas sensaciones que no sé si realmente sucedieron o las he soñado o alguien me las ha contado. La ciudad de Malabo la tengo como en partes, como si tuviera cuatro cachos y no sé muy bien cuál está al lado de cual.

 

La información que me llega de Guinea es indirecta, de gente que ha ido y luego cuenta. Supongo que el país estará cambiando para mejor, que habrá algo más de dinamismo económico a raíz del descubrimiento del petróleo, pero  desde el punto de vista de la preocupación social de las administraciones públicas creo que está todo exactamente igual que hace tiempo, no debe haber gran diferencia. Sigue habiendo gente sumida en la miseria, gente que vive en lugares insalubres, sigue habiendo problemas con la luz y con el agua corriente y aunque ha habido pequeñas transformaciones, no han llegado a toda la población. Creo que sigue habiendo. sobre todo, mucha escasez pese a ser un país tan pequeño y con tantísimas fuentes de riqueza y que sigue

habiendo gente que tiene mucho y gente que no tiene nada. Esa es la imagen que tengo a través de la información que nos llega, no me parece que el país haya avanzado mucho en ese terreno.

 

En el fondo creo que, desde el punto de vista de la mentalidad, de la mentalidad en el sentido de la preocupación que tendrían que tener las personas o los ciudadanos, no solamente sobre los que les pasa a ellos o a sus familias sino lo que le pasa al resto de ciudadanos, en eso no hemos avanzado y si no avanzamos en eso… Los pasos hacia adelante de verdad será cuando eso cambie.

 

No es sencillo, la idea de estado-nación que se maneja en occidente no es aplicable en África, allí hay otra realidad y hay que buscar otra forma de estado, de gobierno u otra forma de e asociarse porque esta no funciona, ya que tienen realidades muy tribales. La idea de lo público no es la idea que tenemos aquí y contrasta con las ideas ancestrales que se tienen allí: pensar en lo público como lo de todos, eso constituye un paso grandísimo que tenemos que dar… Y claro eso es un problema, porque si lo público no es lo de todos, entonces quitemos lo público y que cada uno viva en lo suyo, en su terreno, en su poblado, en su comunidad y, a lo mejor, funcionamos mejor y no encontramos comunidades que gobiernan a otras en contra de su voluntad.

 

De España en Guinea queda el español, muchas empresas y religiosos que están trabajando allí y queda esa idea de país de acogida que todavía permanece en la mayor parte de los guineanos, una idea de madre patria, de estado que nos puede salvar de la realidad en la que estamos, una idea de ese país con el que tanta relación hemos tenido y que ahora nos ha dejado abandonados y no nos ayuda. Yo no comparto esa idea, yo creo que los guineanos tienen que tener una visión más emponderada de la capacidad que tienen de trasformar su realidad porque yo creo que cada pueblo es un poco responsable de los gobernantes que tiene y sobre todo quedan muchos guineanos viviendo aquí como consecuencia de la realidad histórica que hemos tenido.

 

A mi madre le sorprende muchísimo que yo no mantenga una relación estrecha con Guinea. De hecho, a veces me lo recrimina, dice: tenéis que volver a Guinea. Y mi respuesta es que para mí ir a Guinea es como ir a cualquier otra parte del mundo.

 

 

Carmelo Nvono

(Vive entre España y Guinea Ecuatorial. Es presidente de la Cámara Oficial de Comercio Hispano-Guineano y del alto Consejo de la Comunidad Negra en España)

 

Salí muy de pequeño de Guinea. Debido a las obligaciones profesionales de mi padre, tuve la ocasión de viajar, por diferentes países del mundo. A España llegué aproximadamente en 1982 con la clara intención de maximizar mi conocimiento de mi propia cultura, que es la cultura hispana.

 

Yo nunca abandoné Guinea, al contrario, siempre he tenido mucho interés en volver a Guinea. Si ahora mismo estoy en España, es porque, seguramente, no se ha generado en mi entorno o en mis circunstancias la oportunidad clara que me permita vivir en Guinea para trabajar más por y para mi país. Occidente me está proporcionando experiencias personales y profesionales muy importantes que no se dan en otros lugares y lo que quiero es aprovecharlas para posteriormente volver a mi país, que es lo que más añoro.

 

Estuve quince años sin volver a Guinea, y cuando lo hice lo que más me sorprendió fue experimentar que estaba yendo a una prolongación de España con gente de otro color, un lugar donde la gente hablaba de Madrid como hablaba de Malabo. Obviamente había diferencias porque Europa no es África y los blancos no son los negros, pero después de tanto tiempo sin ir, me encontré como en casa, nunca sentí la extrañeza de estar en un sitio ajeno a mí.

 

Muchos españoles no saben que Guinea fue colonia española, no saben que Guinea es Guinea Ecuatorial, muchas veces nos confunden con Guinea Bissau o Guinea Conakri. A la gente aquí les sorprende que en África haya un país donde se hable español. Con el paso del tiempo se ha perdido información, ha habido un lapsus de transmisión de información de generación en generación. Por contra en Guinea eso no ocurre: en Guinea la relación, la correlación, el punto de referencia con España es total.

 

Hablar de España con niños pequeños, por ejemplo, es hablar de una prolongación de nuestro propio país. Yo creo que esta cuestión tiene que ver con las relaciones socio-políticas entre los dos países, con la relación dependencia/independencia: Cuando tú estás obligado a depender, estás obligado a tener más información, estás obligado a saber mucho más, porque tú necesitas, pero cuando tú no necesitas y dependen de ti, la obligación es mucho más relativa en ese aspecto.

 

La Guinea de ahora y la de antes es muy diferente, yo recuerdo de pequeño una Guinea triste, con dificultades generales, donde, por ejemplo sólo había un prototipo de tienda, la que llamábamos estatal, una Guinea en la que no había alternativas, recuerdo una Guinea –de alguna manera- militarizada y cerrada. La Guinea actual no tiene nada que ver, una Guinea alegre, porque lo ves en la cara de la gente, una Guinea abierta, una Guinea normalizada, no militarizada, sin exceso de control, urbanísticamente muy modernizada y occidental. Donde nos encontramos con alternativas, donde si quiero comprar algo puedo encontrarlo. Pero, claro, estamos hablando de las dos épocas

diferentes que ha tenido Guinea después de la independencia y esas dos eras políticas son las que marcan la comparación.

 

Recuerdo una infancia muy feliz cuando volvía de vacaciones al pueblo. También tuve la suerte de vivir largas temporadas con un tío mío que me inculcó unos valores que, en aquel entonces, podrían perderse y que eran y son vitales para poder entender la vida: una disciplina muy importante, una tolerancia muy limitada y un comportamiento muy estricto. Valores que me alegro de haber recibido, que me han ayudado muchísimo y que yo intentó inculcar a mis hijos. Mi tío me marcó muchísimo, más que mi padre.

 

En 1979 yo estaba en el pueblo y durante los días de cambio de régimen experimentamos una cierta sensación de incertidumbre que nos llevó a tener contacto con los países vecinos, Gabón en este caso: Un día tuvimos que cruzar la selva a pie, recuerdo el pánico cuando mis primos me decían: ¡Hay serpientes!. Fue una aventura, descubrí las profundidades del bosque y la cercanía con el país vecino, al que puedo llegar a pie.

 

Vivíamos los hermanos solos, lejos de Guinea, pero queríamos estar informados de lo que pasaba en Guinea y no había comunicación como la hay hoy. Hasta tal punto añorábamos Guinea y necesitábamos Guinea para trasmitírsela a nuestros hermanos pequeños, que no habían nacido en Guinea o que nunca habían estado allí, que los domingos intentábamos hablar con nuestros padres para que nos mandaran algo de comida con alguien en el avión e íbamos, y no éramos los únicos, al aeropuerto y traíamos a casa bananas de Guinea, piñas de Guinea, mangos de Guinea, aguacates de

Guinea. Cuando mis hermanos pequeños, acostumbrados a la fruta de aquí, probaban y veían esa fruta enorme y buenísima… Por teléfono era difícil, era todo por carta, se nos mandaba alguna foto, para tener alguna referencia… Era muy difícil mantener esa imagen viva de Guinea en nosotros.

 

Una choza de madera, con suelo de tierra, en el pueblo, que era la casa de mi abuela materna, en la que identificaba, e identifico, mi ser como negro, como africano, como fang. La identifico como el punto de origen de nuestra existencia, de nuestra esencia. Detrás justo está la selva, no hay cemento, no hay luces en la calle, no hay nada, una lámpara de bosque es lo que había en las casas, ahora hay luces, pero entonces no. No había mesas en la casa, había unas camas de madera hechas por ellos mismos manualmente que servían como silla, como cama y como la propia mesa. Y siempre estaba allí, y me quedo con esa sensación de origen y de identidad. Todos tenemos que saber que provenimos de una situación y de una base, que luego podemos mejorar, que luego podemos cambiar de vida… pero no podemos olvidar que allí, no fue donde yo empecé, pero allí es donde empezaron mis abuelos y que los padres de mis abuelos estaban allí también.

 

 

Erika Reuss

(Vivió en Guinea Ecuatorial en la época previa a la independencia.

Posee la mayor colección particular de libros y documentos sobre Guinea Ecuatorial que existe en España)

 

Llegué a Guinea en el año 1965. Fui porque me casé con el contable de la empresa Muñoz y Gala. Nos casamos aquí en España cuando él vino con un permiso de seis meses. Él se había marchado a los diecisiete años y nos hicimos novios por carta. Vino, nos gustamos, ya nos conocíamos de pequeños, y a los tres meses, nos casamos. Estuvimos de viaje de novios los tres meses restantes y luego nos fuimos allí.

 

El primer mes fue duro, yo tenía veinte años, todo era rarísimo para mí: Lo primero que me llamó la atención fue que las casas no tenían ventanas, ni alfombras. Teníamos un boy y yo no sabía si venía siempre el mismo o venía otro, no podía distinguirlos. No fue fácil pasar de ser una niña bien del barrio de Salamanca a llegar a un país tan distinto, que aunque era España y tenía unas costumbres un poco españolas, era otra cosa: Gente distinta, un lugar con un clima horroroso, un calor insoportable, con una humedad del noventa y tantos por ciento. Pero pasado ese primer mes, me fui acostumbrando y ya me hice al país y me gustó, y me sigue gustando. Ahora, cuando vuelvo me sigo encontrando en casa, aunque esté en un hotel y las condiciones sean distintas, me siento en casa, vuelvo a casa, considero mi casa tanto aquello como esto.

 

El viaje fue en avión, larguísimo, eran nueve horas si no hacías escala y doce con escala. A mí me interesaba viajar, yo tengo un afán viajero heredado de mi familia. Creo que viajar es una cultura fundamental para cualquiera y una apertura hacia el mundo. Y si no puedes viajar, por lo menos leer, leer es viajar también.

 

Me levanto pensando en Guinea y me acuesto pensando en Guinea, estoy rodeada de libros de Guinea, de cosas de Guinea, de gente de Guinea.

 

Mi marido ya llevaba siete años allí, en la empresa, y conocía a todo el mundo, poco a poco me fue presentado gente. Se iba mucho, prácticamente todos los días, al Casino, que era un sitio muy agradable, había piscina, porque bañarse en la isla era difícil, había que salir de Santa Isabel, hoy Malabo, para buscar una playa. El Casino desapareció, estaba en un lugar precioso, la ciudad está sobre el cráter de un volcán y la bahía tiene dos puntas, se llamaban Punta Cristina y Punta Fernanda. En punta Cristina estaba, y está, el Hotel Bahía y el Casino, con unas vistas preciosas, era un sitio muy fresco, abierto al mar. Hacíamos fiestas por la patrona de Santa Isabel, bailes con orquesta, era la única ocasión para vestirse de smoking los hombres y de largo las mujeres

 

Te relacionabas con todo el mundo, éramos dos mil o tres mil, nos conocíamos todos, menos a los finqueros, que eran hombres de campo que andaban por el interior y que no bajaban apenas, con todos los demás tenías trato, o si no trato todos sabíamos quienes éramos todos, nos conocíamos por lo menos de vista. Nosotros estábamos en un grupo intermedio y nos tratábamos con unos y con otros, no éramos de la elite política ni económica. Aunque finalmente la separación acababa siendo más entre mujeres y hombres que por clases sociales.

 

No había nada que hacer, no había televisión, la radio era muy limitadita, charlábamos. Amanecía muy pronto, preparabas el desayuno y tu marido se iba a trabajar y nada, arreglabas la casa, e ibas a hacer la compra, había algunos lugares que llamaríamos hoy supermercados, en los que había comida española cuando venía el barco una vez al mes. Recuerdo que usábamos leche en polvo o condensada y, como era puerto franco, había una carne en lata y unas mermeladas inglesas maravillosas y tabaco en botes de doscientos cigarros. Lo único fresco que comíamos era el pescado y el pollo o lo poco que se cultivaba en el valle de Moka. Y las frutas del país, tropicales: las piñas

 

que venían de la finca Sampaka, la banana y el plátano verde, guayabas, mangos, aguacates y, algo parecido a la chirimoya pero más grande y más ácida, que se llama sagua-sagua y que me gustaba muchísimo y que, cuando he vuelto, la he probado y no me ha gustado nada. También se cosía, porque allí había que hacérselo todo y recuerdo que la tela se compraba por yardas. Ya con los hijos había que tener mucho cuidado con la higiene, allí todos los suelos son de loseta y se limpiaba con Zotal y se echaba Baygón por toneladas. Lo peor de Guinea son las cucarachas y los mosquitos, por eso había tanto paludismo. Todos lo teníamos, pero no le dabas tanta importancia; la sanidad era muy buena, la mejor de África, los médicos eran españoles.

 

La colonización fue magnífica, pero la descolonización fue un desastre, se hizo fatal, no se consultó a los auténticos protagonistas, allí hubo muchos políticos que se quisieron poner una medalla y fue un fracaso absoluto. Había varias tendencias y varias opciones, al final se concedió la independencia a todo el conjunto del territorio y se hizo mal, no por darla en conjunto, sino por darla a destiempo, muy rápido, y no estaban suficientemente preparados los que tenían que acceder al poder, no se hizo con unos plazos determinados. Fue de golpe y nos cogió a todos de golpe, tanto a los guineanos como a los españoles y creo que ahí salimos perjudicados todos. Se sintieron abandonados todos, hay un resquemor que, pese al paso de los años, se mantiene. hubo gente que perdió todo y no ha habido indemnizaciones ni ayudas ni nada.

 

Se arrió la bandera española, sabíamos que el 12 de octubre se concedía la independencia y ya lo habíamos asumido, pensábamos seguir, lo que pasa es que las cosas se complicaron de una manera absurda. No sé cómo habían pensado hacer la transición, el caso es que, de un día para otro, aquello cambió. Macías se encontró con que los empresarios españoles, los bancos, empezaron a sacar el dinero y a no invertir por lo que sea, porque veían que aquello no iba a funcionar… Y que no había dinero en el país para pagar a nadie, ni al gobierno, ni al ejército, ni a los funcionarios. Pidió dinero a España, y se encontró con que no había dinero, y aguantó hasta marzo de 1969, cuando hubo el golpe de estado de Atanasio Ndongo, que era el vicepresidente. Antes empezaron a correr rumores, hablabas con unos y con otros, entonces vivíamos en Bata y éramos aún menos que en Santa Isabel, se hizo una especie de contraseña por si pasaba algo y aquello no funcionó para nada.

 

Pero cuando se dio el golpe de Estado fue cuando todo cambió, no fue que fueras viendo progresivamente que se estropeaban las cosas, había indicios, pero no les dabas demasiada importancia porque las cosas seguían funcionando tranquilamente Yo salía con los niños sin ningún problema. Pero después del golpe empezaron las juventudes de Macías a correr por las calles, hubo toque de queda, un lío tremendo, y ahí fue cuando se desmoronó todo, de repente. Fue visto y no visto. Concretamente el día del golpe de Estado yo estaba en el gallinero dando de comer a las gallinas, así que imagínate lo enterados que estábamos. La factoría de Muñoz y Gala estaba pegada a la casa y vino mi marido, me dijo: Métete en casa que ha habido un golpe de Estado. Fueron cinco días de caos total. Intentamos salir, los maridos intentaron sacar a sus familias, hubo una estampida general de gente que se fueron con lo puesto y se metieron en el cuartel de la Guardia Civil huyendo de las juventudes de Macías, que disparaban a veces con la escopeta al revés. Pero como andaban borrachos y como una jauría en un momento de exaltación… Dijeron que mandaban un barco para repatriarnos. Pero nos cogió el toque de queda y no pudimos llegar al puerto, así que nos fuimos a casa y no pasó nada. Estuvimos un mes más. Mi marido nos consiguió plaza en el avión, él se tuvo que quedar porque Macías dio orden de que los gerentes de las empresas no podían salir.

 

Llegamos a Barajas vestidos de verano, con un frío pelón. Las señoras de auxilio social nos tuvieron que dar unas mantas. Estuvimos nueves meses en Madrid con mi madre y nos volvimos a Santa Isabel en 1970. La vuelta definitiva fue en 1971. Cuando la situación se hizo insostenible nos fuimos con mucha pena. Prueba de ello es que yo he mantenido esa unión, no física, pero sí intelectual y cultural para no perder el vínculo con Guinea hasta que en 2001 volví gracias a la Universidad de Alcalá de Henares y a la Universidad Nacional de Guinea Ecuatorial. La vuelta fue difícil. Me alojaba en el Hotel Eureka, mi casa estaba medio abandonada, las calles estaban desastrosas y todo estaba sucio. Fallaba la luz, no había agua potable y me llevé un golpe bastante brusco. Pero la acogida fue muy agradable y hubo gente por la calle que me reconoció, y habían pasado treinta años. Es algo que, cómo no vas a echarlo de menos. Son pequeños detalles, no es nada.

 

Hacíamos poquísimas fotografías porque había que llevarlas a revelar a España, y era un lío. Y de vez en cuando hacíamos un rollo de fotos en color que había que mandar directamente a París. Comprabas el carrete de Kodak con el revelado incluido. Y salía muy caro, y además allí el material se estropeaba mucho. Yo he conseguido ahora recuperar unas fotografías que no sé donde tengo los negativos, que ya estaban de color morado, un lila muy feo, desvaído.

 

Cuando pienso en Guinea pienso en mi casa de Bata, en la que estuve mucho menos tiempo, era una casa feísima, bajita, que tenía cuatro dormitorios y una puerta de madera en ángulo. Si la abrías entera te quedabas sin paredes y estaba muy mal hecha. Pero a mí lo que gustaba era que tenía terreno y podía tener plantas y árboles. Y era estar más pegada a la tierra, más África. No sé como explicarlo. El continente es precioso y las playas son maravillosas, con arena blanca, playas de esas de películas caras.

 

 

Lucía Asue

(Nacida en España de padre ecuatoguineanos con DNI español y madre española. Es periodista de Televisión Española)

 

Mi padre es de Guinea y mi madre segoviana, Los mulatos estamos en una búsqueda constante de nuestra identidad, porque tú tienes muy claro que eres de aquí, pero todo el mundo te dice que no eres de aquí, todo el mundo te pregunta de dónde eres, cuando en realidad lo que quieren saber es de dónde vienes.

 

Siempre hemos tenido Guinea ahí como una especie de Ítaca, como el lugar al que regresar, y es un regreso extraño porque ¿cómo vas a regresar a un lugar en el que nunca has estado? ¿Cómo vas a regresar a un sitio del que no eres realmente? Sin embargo lo llamamos regreso.

 

—Soy española.

—No pasa nada, dímelo, si yo tengo amigos hondureños.

—Es que no soy hondureña. Que soy española, hombre, y de Alcorcón, ¿es que no se me nota? Mire usted cómo hablo.

 

Mi padre nos contaba historias de cuando él era pequeño, todo trascurría en un bosque, en una selva llena de animales. Nos contaba que se había hecho sus cicatrices con un machete o subiendo por una liana y yo me moría por ir a Guinea, creo que me llegué a inventar que ya había ido y se lo contaba a mis amigas del colegio. Luego vas creciendo y estudias, te enteras de cosas, ves las noticias, ves imágenes y rebajas un poco la leyenda que tienes sobre el país. Así que me decepcionó un poco Bata porque para mí era como Oropesa del Mar. Habían hecho un paseo marítimo enorme y algunos rascacielos y yo decía ¿pero esto qué es? ¿Dónde están las tortugas de las que me hablaba mi padre? Claro que hay una diferencia gigantesca entre lo que yo me imaginaba antes de ir y lo que me habían contado y lo que me he encontrado.

Todo es mucho más terrenal, es que yo vivía Guinea como si fuera un cuento, pero aún así ha sido fantástico poder ir.

 

Mi padre me había hablado mucho de la familia, y en ese aspecto todo lo que creía ha mejorado. Mi padre me decía que cuando fuéramos allí nos iban a tratar como reyes, y tú te crees que es una expresión, pero es que es verdad.

 

La llegada, la primera sensación, yo lo vi y pensé que era como Cuba, trescientos kilos o litros de humedad encima, y ya los familiares esperándonos en el aeropuerto, familiares que nos cogen con un cariño que yo no he visto aquí jamás. Son gente que en realidad no conoces, que aunque sabes cosas de ellos y has visto trescientasmil fotos te sorprende cómo te tratan. Gente que se había desplazado sólo para recibirnos, porque nosotros llegamos a Malabo y mi casa y mis familiares están en el continente, en Bata. Nos quedamos en casa de un familiar, salimos por la noche y a mí me encantó: Todo te sorprende, todo te llama la atención, todo te parece interesante, todo te resulta fotografiable, escribiendo todo el tiempo… Nada más llegar comimos carne de antílope… Eso queda superbién, mensaje a mis amigas: Estoy cenando carne de antílope.

 

El día a día era curioso, torbellino de familia, avalancha familiar desde las seis de la mañana, allí funcionan con el horario del sol. Y a las seis de la mañana ya había gente tocando la puerta y allí las onomatopeyas son distintas, en vez de toc-toc-toc allí dicen co-co-co. Visitas constantes que nos agasajaban como podían, el primer día dos gallinas vivas. Claro, yo le hice una foto a mi madre con esas gallinas, en plan trofeo.

 

Mi madre es la que más me ha sorprendido de todos. Es una señora que ha ido por primera vez a África con 54 o 55 años y estaba como pez en el agua, en Guinea se sentía fenomenal. Yo la veía feliz, a ella le gusta mucho la gente mayor de Guinea. Treinta años después de estar casada con mi padre conoce a sus cuñadas. ¡Que ya era hora! Pero claro mis tías no hablan castellano y mi madre no habla fang. Se encontraron y se pusieron a gritar y a bailar… Y mi madre las cogió y bailaba con ellas, cantaba con ellas… Luego no sé cómo se entendían, estaban todo el día juntas y se iban de un lado para otro del brazo.

 

Va pasando el tiempo y sigues idealizando, de aquello que no conoces puedes tener una idea en tu mente y hacerla más o menos bonita. Siempre he tenido una idea muy positiva de Guinea. Hasta que llega 2007 y hago mi primer viaje, un viaje que se pospuso bastante tiempo, al principio por motivos económicos y, más tarde, porque yo creo que mi padre tenía miedo de que aquello nos generara rechazo y que por eso ha esperado, por un lado, a que fuéramos suficientemente mayores, y, por otro, hasta construirnos su casa, que para él era como nuestra burbujita europea en la que refugiarnos.

 

Hay mucha gente, hijos de ecuatoguineanos que ha ido y no ha vuelto. Hay gente a la que no le interesa ir, que es algo que yo no puedo entender, para mí era una necesidad. Necesito ir y ellos necesitan que yo vuelva. Necesito conocer mi mundo, mi vida, mi casa, mi familia. Hay gente que no quiere ir porque sus padre no tienen un buen recuerdo de Guinea por motivos políticos, pero eso no tiene nada que ver. Igual que hay gente a la que le gusta volver al pueblo que tengan, en Toledo, en Segovia… Y ver la casa de sus abuelos y el desván con los armarios con la ropa de su madre y los cuadernos que tenía cuando era pequeña, pues eso yo también necesito verlo.

 

Me ofende profundamente lo que pasa aquí, la falta de memoria que hay en España. ¿Cómo es posible que te hayas olvidado de que hace cuarenta años tenías una provincia en África? Allí no sucede lo mismo, allí están mucho más cerca de España y se sorprenden de que hoy aquí nadie sepa qué es lo que pasó con Guinea.

 

Me acuerdo que cuando era pequeña, todos lo martes o los sábados, no recuerdo bien, íbamos al aeropuerto. No por recoger a nadie sino para ver qué se contaban. Íbamos todos con los niños, a lo mejor venía alguien, te traía una carta, una piña, o no te traía nada, pero te traía noticias sobre cómo estaba aquello.

 

Yo creo que la ausencia de fotografías es la ausencia de atención.

 

Me apetece escuchar a los españoles que están allí. Hablé con uno por teléfono y me gustó porque fue claro cómo el agua: ¿Por qué te quedaste allí después de tanto tiempo, a pesar de que Guinea dejara de ser colonia española y de que muchas empresas se fueran?, le dije, y me contestó que él allí era alguien y que aquí no era nadie.

 

Cuando cierro los ojos me acuerdo de la playa que está enfrente de mi casa, en Comandachina, es la playa más bonita que he visto nunca. 

 

Tenemos unos sobrinos que me encantaron, son un poco más jóvenes que yo y allí la jerarquía por rango está marcadísima y nos llamaban de usted al principio. Un día les dije que como se estaban portando tan bien con nosotros les invitábamos a cenar al sitio al que solieran ir a tomarse algo… Se miraron, yo no lo entendí, pero luego descubrí el porqué… Fuimos a un libanés y comieron mucho y se pusieron malos porque no habían ido en su vida, era la primera vez que pisaban un restaurante.

 

 


Autor: Nophoto

Fotografias: Jonás Bel, vídeo documental; Juan Valbuena, recuperación archivos fotográficos, y Carlos Sanva, fotografía contemporánea