Cuatro

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Ni Uno, ni Dos, ni Tres: Cuatro. La simbología del Cuatro presenta una dolorosa asimetría. Por una parte, es abismática: el Cuatro anuncia el fin del Mundo, la atroz jornada en que los humanos verán cabalgar, por primera y última vez, a los cuatro jinetes del Apocalipsis. Se huye del Cuatro como de una amenaza: la Reforma luterana entendió que el culto a la Virgen María amenazaba de cuaternidad la esencia del cristianismo, habida cuenta de que los católicos elementales la veneraban como una Diosa-madre. Pero, por otra parte, el Cuatro es un símbolo prosaico. Cada cuatro años cambian gobiernos sin que este cambio altere en lo esencial el curso de las cosas. Cada cuatro años se celebran grandes eventos deportivos en los que esforzados atletas compiten entre sí demostrando, una y otra vez, cuán biológicamente torpe es el mamífero humano. Ni corremos más que los galgos, ni nadamos más que las focas, ni saltamos como gamos, ni poseemos la fuerza del elefante. Ni, ni, ni.

 

Es difícil sustraerse a la sutil y melancólica simbología del número cuatro. El cuatro es el pariente pobre de esos números naturales que un azar antropológico ha convertido en guarismos conjeturales. Siendo mayor que el uno, el dos o el tres, es menor, sin embargo, su prestigio taumatúrgico. El Uno es la clave tradicional de lo absoluto. Los pitagóricos adoraban su obvia simplicidad, de modo que todo lo real debía su existencia a la agregación de unidades perfectas. Los primeros monoteístas descubrieron asimismo la utilidad de Uno: se podía combatir con éxito esa tendencia natural del homo sapiens hacia la multiplicidad teológica en sus variadas formas. Adorar un solo Dios es económico y tranquilizador. Entregarse a la multiplicidad es como adorar el infinito, que es un número innumerable e incomprensible.

 

¿Y qué decir del Dos? Símbolo clásico de la dualidad, pervive como esquema general de análisis de casi todo: mente y cuerpo, cielo y tierra, sombra y luz, onda y corpúsculo, género y diferencia, euro y dólar, tirios y troyanos, moros y cristianos, equipo de fútbol A y equipo de fútbol B… Lo dual satisface nuestra íntima necesidad de orden, nuestro afán taxonómico. Fácilmente, además, lo dual se transmuta en Uno: basta anhelar en lo dual la unidad perdida, remitirla al origen remoto, al inicio primigenio: Big Bang. Dual es también la civilización digital: código binario. Y duales son las revoluciones que han transformado nuestro mundo: jacobinos contra aristócratas, proletarios contra burgueses, etc.

 

El Tres también exhibe un impresionante currículo connotativo: durante siglos, se entendió el alma como una estructura tripartita. El más sofisticado de los monoteísmos, el cristiano, convierte la trinidad divina en misterio de misterios, transmutación de lo triádico en monádico sin dejar de ser triádico ni monádico. Tres son los lados del triángulo, y con una reflexión sobre la triangularidad funda Descartes la Modernidad. En esencia, lo dialéctico es triádico. Y lo topológico: a diario, se triangulan en el planeta Tierra millones de artefactos provistos de GPS. El Tres posee, además, un lado tenebroso: Satanás es lo tercero que nos impide gozar del favor de Dios. Entre el cielo y la tierra está el Purgatorio.

 

La simbología del Cuatro, en cambio, presenta una dolorosa asimetría. Por una parte, es abismática: el Cuatro anuncia el fin del Mundo, la atroz jornada en que los humanos verán cabalgar, por primera y última vez, a los cuatro jinetes del Apocalipsis. Se huye del Cuatro como de una amenaza: la Reforma luterana entendió que el culto a la Virgen María amenazaba de cuaternidad la esencia del cristianismo, habida cuenta de que los católicos elementales la veneraban como una Diosa-madre. Pero, por otra parte, el Cuatro es un símbolo prosaico. Cada cuatro años cambian gobiernos sin que este cambio altere en lo esencial el curso de las cosas. Cada cuatro años se celebran grandes eventos deportivos en los que esforzados atletas compiten entre sí demostrando, una y otra vez, cuán biológicamente torpe es el mamífero humano. Ni corremos más que los galgos, ni nadamos más que las focas, ni saltamos como gamos, ni poseemos la fuerza del elefante. Ni, ni, ni.

 

Al Cuatro le ha tocado, además, convertirse en la cifra del desamor. Según estudios publicados enPsychoneuroendocrinology, el enamoramiento sólo dura cuatro años. La segregación de oxitocina, que es la droga somática del amor, se inhibe con el paso del tiempo. El cuatrienio es la medida universal del amor físico. Si se prolonga, se convierte en otra cosa cuyos parámetros endocrinológicos aún se desconocen. Puede inferirse, por tanto, que la pasión amorosa se divide en ciclos más o menos cuaternarios separados por breves periodos de atonía erótica.

 

Este aparente prosaísmo del Cuatro lo convierte, sin embargo, en la auténtica medida de nuestras vidas. Las mejores edades de nuestra breve existencia son múltiplos de cuatro: los estupendos cuatro años, los metafísicos ocho, los cabales doce, los disparatados dieciséis, los plenipotenciarios veinte, los introspectivos cuarenta o los jubilosos sesenta. Cada cuatro años se cambia de vida: se renuevan las expectativas, se evocan los éxitos y se conjuran los fracasos. Se deberían festejar los cuatrienios, no los cumpleaños. En la modestia del Cuatro radica, en realidad, su fuerza simbólica. Número terrenal más que celeste, intramundano más que trascendente, el Cuatro nos obliga a perseverar en lo que somos,  desplegar —como escribió Spinoza— la potencia del conatus, la potencia de ser, el hálito de la vida.